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Cuentos Cortos:"El almohadón de plumas"de Horacio Quiroga

Cuentos Cortos:"El almohadón de plumas"de Horacio Quiroga
Horacio Silvestre Quiroga Forteza (Salto, Uruguay, 31 de diciembre de 1878 – Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937) fue un cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo. Fue el maestro del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista. Sus relatos, que a menudo retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, y como enemiga del ser humano, le valieron ser comparado con el estadounidense Edgar Allan Poe.
Vivió en su país natal hasta la edad de 23 años, momento en el cual, luego de matar accidentalmente a su mejor amigo, decidió emigrar a Argentina, país donde vivió 35 años —hasta su muerte—, donde se casó dos veces, tuvo sus tres hijos, y en donde además desarrolló la mayor parte de su obra. Mostró una eterna pasión por el territorio de Misiones y su selva, adonde se asentó en dos oportunidades y cuyo entorno trasladó a la trama de muchos de sus escritos.
La vida de Quiroga, marcada por la tragedia, los accidentes y los suicidios, culminó por decisión propia, cuando bebió un vaso de cianuro en el Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires a los 58 años de edad, tras enterarse de que padecía cáncer de próstata.


horacio quiroga

"El almohadón de plumas"


Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón habría impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de plumas.

Literatura

5 poemas cortos de varios autores, nacionales o internacionales

Aldous Huxley
William Shakespeare
Ko Un
Umberto Saba
Vicente Aleixandre
Jose Maria de Heredia
Dante Alighieri
Walt Whitman
Ruben Dario
Pedro Salinas
Ezra Pound
Rafael de Leon
Jack Kerouac
Sylvia Plath
Cesar Simon
Antonio Machado
Horacio Quiroga
Miguel de Cervantes Saavedra
Maria Elena Walsh
Jose Saramago
Johann Wolfgang Von Goethe
Charles Bukowski
H.P Lovecraft
Federico Garcia Lorca (Tercera parte)
Federico Garcia Lorca (Segunda parte)
Federico Garcia Lorca
Silvina Ocampo
Oliverio Girondo
Oliverio Girondo
Alejandra Pizarnik
Pablo Neruda
Juan Gelman
Julio Cortázar
Jorge Luis Borges (II)
Jorge Luis Borges
Alfonsina Storni
William Blake
Edgar Allan Poe

cuentos


Cuentos cortos de diferentes autores nacionales e internacionales

"El muerto" de Jorge Luis Borges
"El verdugo" de Silvina Ocampo
"Hop-Frog" de Edgar Allan Poe
"La torre de las ratas" de Victor Hugo
"Mañana" de William Faulkner
"El matadero" de Esteban Echeverria
"Esa mujer" de Rodolfo Walsh
"El sátiro sordo" de Ruben Dario
"Hola y adiós" de Ray Bradbury
"La francesa" de Adolfo Bioy Casares
"Asnos estupidos" de Isaac Asimov
"Los Asesinos" de Ernes Hemingway
"La cabeza de mi padre" de Alberto Laiseca
"Diálogo sobre un diálogo" de Jorge Luis Borges
"Zombie" de Chuck Palahniuk
"Tripas" de Chuck Palahniuk
"El Extraño" de H.P. Lovecraft
"A la Deriva" de Horacio Quiroga
"La Gallina Degollada" de Horacio Quiroga
"El Corazón Delator" de Edgar Allan Poe
"Las Babas del Diablo" de Julio Cortazar
"15 centímetros" de Charles Bukowski

Saludos y Buen Dia!

12 comentarios - Cuentos Cortos:"El almohadón de plumas"de Horacio Quiroga

brignole13 +1
Lindo feriado para leerse varios cuentos cortos +10 amigo !
demode +1
Que buen cuento "El almohadón de Plumas" +10 por el recuerdo!!
ThePostaThrower +2
Este cuento es tremendo, como el de la gallina degollada, Quiroga era realmente el Poe rioplatense.
Taringo-Diamond +2
lo lei en el colegio y me daba miedo usar almohadas
djbloke +1
Muy bueno, me trajo recuerdos, lo lei en primaria, sexto o septimo no me acuerdo bien... uno de los pocos cuentos que me dieron en la escuela que me gusto jaja
julianbsas +1
existe es bicho????
kevinlucasclause
Si pero no esta tan grande y ataca aves
julianbsas +1
@kevinlucasclause como se lllama?
kevinlucasclause +1
@julianbsas no tenga ni idea, se q es verdad por q el profesor de la facultad nos dijo q RL escritor sacó la historia de una noticia verdadera, pero q los bichos no eran como en el texto
SuperStalin +1
Un grande quiroga, estaba loco como Poe y tenia su misma creativa. Mis favoritos son Los Buques Suicidantes, éste y El Solitario. Buen aporte!
RAFAELALEJANDROG +1
Que buen aporteee ! Lo leimos en la secundaria, nunca me acorde del autor, muchas gracias x los recuerdos ! +10 reco y favoritos, si te gusta leer pasa por mi post
diego_ac_dc
de chico leía muchisimo a Quiroga, me acompañó mucho en mi infancia, inclusive con sus cuentos más oscuros y tristes. Ahí se podía ver su dolorosa vida. van 10
Veritydigger
Es un placer encontrarse con un post inteligentes. Van puntos...
No se si sera porque los lei ya siendo padre pero los cuentos que mas me impresionaron de Horacio Quiroga fueron "La gallina degollada" y "El hijo".
Si son padres y quieren sufrir leanlos...

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/quiroga/el_hijo.htm

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/quiroga/la_gallina_degollada.htm
sapbrannigan +1
Que buen post por favor....!!!!!!!!!!