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Ex-delincuente, funda la Brigada Criminal Francesa.

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Vidocq, un delincuente arrepentido, fue el fundador y el primer jefe de la Brigada Criminal de París
Carlos Berbell 19 Marzo, 2017
En octubre de 1809 la emperatriz Josefina descubrió que un collar de esmeraldas de gran valor, regalo de su marido, Napoleón Bonaparte, había desaparecido. Para ambos eran momentos muy duros. Durante mucho tiempo se había pensado que el problema que impedía que le pudiera dar un heredero era de Napoleón ya que ella había probado su fertilidad dando a luz dos hijos en un matrimonio anterior. La certeza de que esto no era así, puesto que Napoleón había dejado embarazada a la condesa polaca Walewski, cambio el estado de cosas.
Napoleón decidió divorciarse de Josefina para poder tener el heredero, con otra mujer, el heredero que anhelaba para el Imperio. En consecuencia, hasta que se produjera el acto legal, Josefina se había trasladado provisionalmente a una mansión a las afueras de París. Allí Jean-Baptiste Isabey, pintor de cámara de Josefina, le hizo su último retrato como emperatriz, en el que aparecía con el collar de esmeraldas robado.
La “razón de Estado” que disolvió el matrimonio el 10 de enero de 1810 —el primer divorcio bajo el nuevo Código Napoleónico— no impidió que Josefina y Napoleón siguieran siendo muy buenos amigos. Siempre se habían entendido muy bien y la comunicación entre ambos siguió fluyendo de forma natural. Por ello, en cuanto la emperatriz —que retuvo el título después del divorcio— descubrió el robo, informó de inmediato a Napoleón.
El emperador montó en cólera. ¿Cómo era posible que a la emperatriz le pudieran robar nada, y menos un regalo que él le había hecho y que tenía en gran aprecio?
Llamó a su presencia al ministro de la Policía, el todopoderoso Joseph Fouché.

— Recupere ese collar de esmeraldas, Fouché. Cueste lo que cueste. Pero, ¡recupérelo!
El problema con la Policía de Fouché es que era una policía política. Había sido entrenada para detectar y aplastar cualquier tipo de conspiración contra la “seguridad del Estado” y contra Napoleón que se pudiera producir. La lucha contra el crimen era algo secundario a lo que no se le daba casi importancia. No sabían cómo investigar en el mundo de la delincuencia, ni tenían la formación necesaria ni, mucho menos, disponían de redes de confidentes en el bajo mundo.
Fouché, que estaba informado de todo, también estaba al tanto de los éxitos de un “colaborador” de la policía, François Eugene Vidocq, de 34 años, un delincuente arrepentido que estaba probando sobradamente su eficacia al servicio de la ley.
¿Quién podría atrapar a un delincuente mejor que otro delincuente?, se dijo Fouché. Era una apuesta arriesgada, pero segura. Vidocq buscaba una oportunidad como esta para probar su valía.
Fouché le explicó todos los detalles de los que disponía sobre el robo y la descripción del collar y el interés del emperador.
— Encuentre el collar cuanto antes. Será recompensado generosamente —le dijo Fouché.

Vidocq inició su investigación adoptando uno de sus muchos disfraces. Comenzó su investigación en las tabernas y tugurios donde se reunían los delincuentes y que él conocía tan bien. No le costó mucho. Tres días después, detuvo al ladrón y recuperó el collar de esmeraldas de la emperatriz Josefina.
Napoleón Bonaparte quedó maravillado por la rapidez y eficacia de Fouché y de “su hombre”, Vidocq —el primero de “los nuevos investigadores” de la historia de la criminalística.
Hasta pocos meses antes, François Eugene Vidocq había sido uno de los delincuentes más temidos y buscados de Francia. También de los más aclamados por el público, porque había conseguido fugarse de todo tipo de prisiones.
El 1 de julio de 1809, pocos días antes de cumplir 34 años, fue detenido por última vez. Cansado, tomó una decisión que cambiaría su destino. Pidió que le llevaran ante el prefecto (jefe) de Policía de París, Louis-Nicolas Dubois, quien, intrigado por la petición de Vidocq, accedió al encuentro.
El delincuente le explicó, sin preámbulos de ningún tipo, que estaba cansado de huir y de vivir al margen de la ley y que quería trabajar para la Policía. A Dubois aquella propuesta no le conmovió lo más mínimo.
Vidocq fue el primer investigador moderno; sus recursos para la obtención de información, para infiltrarse y para hacer frente a la criminalidad han sido reconocidos por la historia.
La había escuchado decenas de veces en otros delincuentes, y siempre había sido mentira. Miró a Vidocq detenidamente desde el otro lado de la mesa de su despacho, bajó los ojos y e hizo un gesto a los gendarmes que lo flanqueaban para que se lo llevaran. Pero Vidocq no se rindió.
— Ahora me van a llevar estos dos gendarmes a prisión, inmovilizado con grilletes. Si logro escaparme en el trayecto y regresar, esto será una prueba mi buena fe —le dijo mientras lo agarraban por los dos brazos y se lo llevaban literalmente en volandas.
Dubois lo miró y le dirigió una irónica sonrisa al mismo tiempo que salía de su despacho de la Prefectura.
Treinta minutos después, un Vidocq libre, ufano y orgulloso, reapareció, en el despacho del prefecto Dubois, saltándose toda la vigilancia y protección.
El delincuente arrepentido comenzó a colaborar con la Policía como confidente en el interior de la cárcel de la Bicetre desde el 20 de julio. Luego fue trasladado a la prisión de La Force. Gracias a sus informaciones se resolvieron un buen número de crímenes y de importantes delitos.
Durante los 21 meses siguientes —con la excepción del “trabajito” del collar de la emperatriz Josefina— Vidocq cumplió su parte del trato a plena satisfacción de los jefes de la Policía. En especial de John Henry, máximo responsable de la Segunda División de la Prefectura de París y de la represión de la delincuencia. Henry, conocedor de su valía, se convirtió en su principal protector.
Su salida de prisión se escenificó como una “nueva” fuga, a la que tenía tan acostumbrado a sus colegas del bajo mundo. El objetivo era que continuara trabajando como agente encubierto para la Policía.
Fuera de la cárcel, volvió a retomar viejos contactos y a forjar otros nuevos, informando a Henry de los delitos y crímenes que se estaban planeando. En ocasiones tomó parte en diversos golpes, para poder arrestar a sus colegas delincuentes. Y siempre cambiando de apariencia. Vidocq era un maestro del disfraz. Los resultados fueron asombrosos. Cientos de delincuentes fueron detenidos y un gran número de casos, solventados, como nunca antes.
A finales de 1811, Vidocq propuso a Henry un experimento, una idea “revolucionaria” para ese momento: la creación de un grupo de policías de paisano que pudieran actuar libremente por todo París. Hasta entonces los policías iban de uniforme por lo que eran detectados con facilidad por los delincuentes. En algunos barrios les era imposible acceder.
Henry dio su visto bueno a la “Brigade de la Sûreté” (la Brigada de Seguridad), que comenzó a funcionar sólo con cuatro hombres.
Vidocq fue el precursor de la Policía que conocemos hoy, una Policía que no actuara sólo después de cometido el delito sino que pudiera preverlo y evitarlo. En esa búsqueda de la perfección fue el iniciador de la criminalística, entendida como el conjunto de los procedimientos aplicables a la investigación y al estudio del crimen para poderlo probar y combatir eficazmente.
Fue el primero en elaborar un archivo de delincuentes. Por cada persona detenida, abría una tarjeta que incluía una descripción física —un antecedente claro del llamado “retrato hablado”—, los alias que utilizaban, las condenas que habían tenido, el modus operandi y cualquier otra información que considerara relevante. También incluía pruebas caligráficas del detenido. Esta metodología fue después adoptada por las policías de todo el mundo.
Vidocq fue asimismo el primero en introducir los estudios de balística, en hacer moldes de yeso de las huellas de pie e impresiones de zapatos; desarrolló las técnicas de vigilancia y seguimiento de los sospechosos, inventó un tipo de papel y de tinta indeleble que hacía muy difícil la falsificación de pagarés y cheques y diseñó un primitivo formulario para tomar las huellas digitales.
En la raíz de la moderna policía francesa está su fundador, Eugene Francçois Vidocq.
De la misma forma, fue un precursor en el campo de la balística. Uno de los casos más recordados es el asesinato de la condesa Isabelle d’Arcy, que tenía un amante mucho más joven que su marido. El principal sospechoso, como era lógico, fue el marido, que fue detenido.
Vidocq se convenció de que el viejo conde no tenía, ni mucho menos, el perfil de un asesino. Examinó las pistolas que poseía –armas para duelo- una de las cuales se asumía que había sido utilizada en el crimen. El jefe de la Sûreté examinó las dos pistolas y comprobó que ninguna había sido disparada recientemente.
El investigador le pidió a un médico que extrajera en secreto la bala de la cabeza de la condesa —las autopsias forenses no estaban protocolizadas todavía—. La comparó, a ojo, con las que utilizaban las dos pistolas del conde y se cercioró de que la bala mortal era de un calibre mayor.
El policía centró toda su atención en el joven amante. Registró su piso. Allí encontró una pistola del calibre de la bala junto con un gran número de joyas. Confrontado con las pruebas, el sospechoso se derrotó y confesó el asesinato.
El trabajo llevado a cabo por Vidocq en Francia fue de inspiración tanto para Gran Bretaña como para Estados Unidos y sus respectivas policías.
Entrenaba la memoria de sus hombres.
Una de sus aportaciones más personales –y que después Scotland Yard convirtió en una de sus “marcas”- fue la de entrenar a sus hombres en la memorización de la cara y el aspecto de los delincuentes. Solía llevarse a los agentes a la prisión. Allí hacía desfilar a los reos ante ellos para que pudieran recordarlos cuando salieran a la calle. En la identificación estaba la clave.
También los enseñaba a disfrazarse, dependiendo de la clase de ambiente en la que tuvieran que moverse. Sus memorias –un best seller de la época- cuentan como atrapó a más de un delincuente haciéndose pasar por un mendigo o un “viejo cornudo”.
Vidocq era, evidentemente, un policía adelantado a su tiempo. En sus memorias relata que no solía llevar a los detenidos que consideraba importantes a prisión inmediatamente. En vez de eso, les invitaba a cenar, creaba un clima distendido y de confianza que invitaba a hablar, sonsacándoles hábilmente la información que buscaba —era un gran observador amén de un mejor escuchante.
Los éxitos, desde ese momento, se sucedieron. La Brigada aumentó su plantilla a 8 agentes –casi todos ellos ex convictos (¿quién, si no, podía conocer mejor a los delincuentes?, siguiendo la línea de pensamiento del ministro de la Policía, Fouché) y luego a 12. Entre ellos había varias mujeres.
En octubre de 1812, la Prefectura reconoció la eficacia del “experimento” propuesto por Vidocq un año atrás. Fue oficialmente convertida en una unidad de la Policía y su líder puesto al mando. Catorce meses después, el 17 de diciembre de 1813, Napoleón Bonaparte firmó un histórico decreto que convirtió a la Brigada de Seguridad en la fuerza de policía de seguridad del Estado, la “Sûreté National” y nombró a Vidocq —un ex delincuente reformado— como su primer jefe.

En 1820 la “Sûreté National” se ufanaba orgullosa de haber reducido en un 40 por ciento la criminalidad en París con una plantilla de 30 agentes.
Era imposible que la personalidad de Vidocq pasara desapercibida para los grandes literatos franceses del momento, como Alejandro Dumas padre, Víctor Hugo, Honoré de Balzac y Eugène Sue. Dumas se inspiró en su persona para dar vida a Edmond Dantés, el conde de Montecristo. Hugo hizo lo propio en su obra “Los Miserables”; tanto el “bueno”, el fugitivo Jean Valjean, como el “malo”, el jefe de Policía inflexible Javert, tienen como punto de origen la personalidad de Vidocq.

Balzac lo utilizó como referencia en varios de sus libros. Y Sue lo inmortalizó en “Los misterios de París”.
Otros, menos amigos, como Émile Gaboriau, se imbuyeron de su espíritu para dar vida a Monsieur Lecoq, uno de los primeros detectives metódicos y científicos de la historia de la literatura mundial, que, a su vez, influyó en Arthur Conan Doyle y en su mundialmente famoso Sherlock Holmes.
Se cree, igualmente, que Edgar Allan Poe se inspiró en una de las historias de Vidocq para crear al primer detective de la ficción, C. Auguste Dupin, un personaje que apareció en la novela corta “Los asesinatos de la Rue Morgue”.
En 1827 Vidocq dimitió de su puesto de jefe de la “Sûreté” y, aunque volvió dos años más tarde, su segundo mandato duró apenas tres años.

3 comentarios - Ex-delincuente, funda la Brigada Criminal Francesa.

DONKOJONES +2
Te dejo 10+ por ser tan optimista y aspirar a que la muchachada lea todo eso.
JuanAlcalaELosRi
Gracias compañero. Se trata de una historia verídica, interesante de leer y curiosa. Comparto contigo. Saludos.
Elcolapsodeluniv +1
Lo elí todo, a fav y +10
JuanAlcalaELosRi
Muchas gracias por tus puntos. Me pareció una historia que, además de ser verídica, es interesante de leer y curiosa. Saludos.