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La libertad nunca es gratis

La libertad nunca es gratis

“- Tus hijos tienen mucha más libertad que la que vos tuviste cuando eras chico…”

La frase de la terapeuta abrió la caja de Pandora. Lo primero que vino a la mente de Mario fue su imposibilidad de dedicarse a lo que soñaba cuando tenía 17 años. Al terminar el colegio, era el campeón nacional y lo único que le interesaba en la vida era jugar a ese deporte.

Su exitosa carrera deportiva era una realidad. No se trataba de que tal vez tuviera futuro. Tenía un presente impresionante y pensar en dedicarse a eso que le llenaba su alma era su anhelo más profundo. Sin embargo, no tenía ninguna chance de hacerlo. Su familia tenía una larga historia de prestigio académico, por lo cual estaba obligado a estudiar una carrera universitaria. Ser deportista no era una opción.

Para peor, estaban los proverbiales miedos de los padres, convencidos de que tener un título aseguraba un futuro y no tenerlo era el mismísimo apocalipsis. ¿Habría algo que aseguraba un futuro? ¿Tenía sentido destruir un presente lleno de vitalidad y conexión con uno mismo en pos de un supuesto futuro mejor?


Mario no tuvo la fuerza para patear el tablero y seguir a su corazón. Escindido, empezó a cabalgar dos caballos que se movían en direcciones distintas y muchas veces contradictorias. Como era natural, antes de destruirse del todo, abandonó aquél caballo que tanto amaba, que era su deporte.

Se preguntó por qué no había tenido la fuerza para explicarle a sus padres que él quería hacer su vida y no la que ellos querían. ¿Por qué las personas estaban tan dispuestas a hacer algo que no querían con tal de evitar conflictos? ¿Eran los seres humanos evitadores seriales de conflicto?


¿O esa característica era sólo un rasgo de inmadurez, que a partir de los cuarenta años y haber conocido el sufrimiento, se iba reduciendo? ¿Por qué resultaba tan difícil expresar lo que uno sentía y lo que uno quería? ¿Era a lo que se refería la terapeuta, de los escasos márgenes de libertad con los que había contado?

Sin escalas pasó a recordar su infancia. Pese a que su familia pertenecía a una clase media profesional, lo enviaron al colegio más aristocrático. Aquella decisión lo marcaría para siempre.

Como no podía mantener el nivel de vida que tenían sus compañeros, su estrategia adaptativa fue tornarse invisible. Muchas veces había deseado que existiera la pintura de la invisibilidad, para no ser percibido y por ende, estar a salvo de exigencias.


Contrario a la creencia de que ser, era ser percibido, en el caso de Mario era todo lo contrario. Como su ser no encajaba en los parámetros establecidos, él creía que debía ser corregido.

Tardaría quince años en empezar a darse cuenta de que su ser no estaba mal. Que no debía ser corregido entre otras razones, porque eso no era posible. Sin embargo, durante el colegio optaría por simular antes que resultar disonante. Su mejor estrategia para no desentonar, era no ser percibido. Resignaba conectar con alguien, pero al menos tenía paz. El precio de su tranquilidad no era otro que la soledad y el aislamiento.

Sin proponérselo, Mario había desarrollado una enorme capacidad adaptativa, siendo capaz de mimetizarse con cualquier entorno. Parecía uno de esos animales que se ven en los documentales del Animal Planet o el Discovery Channel, en el que ciertas especies tienen la aptitud de perderse complemente con su entorno. Pueden parecer piedras, pasto, ramas, fondo marino. Pero es muy difícil detectarlos.

Si Mario estaba con gatos parecía un gato más, y si estaba con perros era otro perro. Obviamente, ni se animaba a preguntarse qué clase de animal era él en realidad.


La efervescencia adolescente con la política había sido otro tema. Mientras su familia tenía una estrecha historia con un partido político, todos sus compañeros de colegio odiaban a aquél partido. Algo natural, ya que los que tienen mucho suelen no querer ninguna revolución que mejore la vida de los más pobres, sino que su preocupación central pasa por conservar y acrecentar lo que tienen.

En ese contexto, Mario simulaba ser uno más de los que odiaba al partido al que pertenecía toda su familia. Su nivel de disociación no podía ser mayor. Se pensaba una cosa en su casa, y se creía exactamente la opuesta en su colegio. Inevitablemente, en su primer votación a los 18 años, no tenía ni remota idea de a quien votar.

Optó por adherir a las ideas de su familia, aunque el candidato le produjera un rechazo importante. Y ese pequeño estigma también lo seguiría toda su vida. Que su primer voto fuera a alguien que no le inspiraba ninguna confianza y le generaba un fuerte rechazo, lo marcaría para siempre. Otra muestra de su desconexión.

El mecanismo adaptativo de volverse invisible para evitar conflictos, se fue tornando algo natural. Habiendo sentido que él era lo que estaba mal, era lógico que simulara ser lo que debía, para no generar ruido.

El tema es que ese ruido se generaba adentro suyo. Afuera todo parecía perfecto, y en su interior todo se caía a pedazos. Por más esfuerzos que hacía, Mario sabía que vivía evitando conflictos.

La situación con su ex mujer era otro caso típico. Después de la separación, él se sentía culpable. Y si bien siempre estaba muy cerca de todos acompañando, conteniendo, educando, pagando gastos, solía ponerse mal al pensar que no había podido darles una familia unida.

Su ex esposa no terminaba de perdonarlo, y él no podía lograr su libertad. Pese a todo lo que la ayudaba y la cuidaba, el hecho de haberse separado era una causa que no prescribía nunca. Debía pagar de por vida. De poco importaba la responsabilidad de ella en la separación. ¿O acaso existen separaciones en donde alguien no tuvo nada que ver?

A su ex mujer la enojaba mucho que él tuviera una nueva relación, y se descontrolaba cada vez que los hijos entraban en contacto con la novia del padre. Para evitar conflictos, Mario eludía estar con con su pareja cuando estaba con los chicos, hecho que le traía complicaciones logísticas y un sinnúmero de planteos.

Él, que quería vivir en paz, con frecuencia se encontraba atrapado entre dos fuegos. Su ex, que daba batalla en cada milímetro cuadrado de territorio, y su pareja actual, que planteaba que nunca terminaba de ser reconocida porque él no la defendía, no se hacía cargo.

Mario se dio cuenta que él había sido la variable de ajuste de todas sus relaciones. Para que los demás no se enojaran o decepcionaran, él cedía. Aunque ese ceder fuera contra sí mismo, y el reclamo que tenía enfrente fuera desproporcionado e injusto.


Vino a su mente la historia de aquél elefante que cuando era pequeño había sido atado a una estaca con una soga. Después de agotarse intentando zafarse, había concluido que nunca más podría librarse de esa atadura.

El tema era que en su adultez, con dos toneladas de peso, seguía convencido que no podía con aquella soga, cuando en realidad la podría haber arrancado con facilidad. Las malas experiencias de la infancia lo seguían limitando en la madurez, cuando no había ninguna razón real para que eso ocurriera. Todo era cuestión de darse cuenta que sus recursos actuales le permitían otros niveles de libertad de los que él no estaba ni enterado.

Volvió a pensar en sus reiteradas adaptaciones a algo que no era, solo para evitar conflictos. La raíz de esa conducta era claramente afectiva y de su más tierna infancia. Como el elefantito.

¿Cuál era el punto de equilibrio entre ser un evitador serial de conflictos y ser alguien egoísta al que solo le importaban sus deseos?


No encontró una respuesta clara, y seguramente fuera otro de los misterios que requerían ese arte necesario para vivir. Sin embargo, una cosa le quedó clara. Vivir era mucho más que evitar conflictos. Y tampoco se podía ir en contra de lo que uno era.

Si el precio para evitar un conflicto era dejar de ser lo que uno era, eso nunca resultaría. Como a veces, el costo a pagar por ser lo que uno era podía ser muy alto, habría que juntar fuerzas, coraje, y sufrir lo necesario para poder avanzar. Pero definitivamente, lo único que no se podía hacer era naturalizar la situación. Hacer pasar por normal algo que no lo era, anular la propia esencia.

En esos casos, había que buscar por todos los medios la forma de pararse y salir de esa situación. No importaban tanto las explicaciones, sino más bien comunicar quién era uno. Los demás podrían entender o no. El tiempo podría ayudar o no. Pero uno siempre estaba llamado a ser lo que uno era. El precio de no querer escuchar esa convocatoria era arruinar la vida.

Mario suspiró. Sintió que tenía pendiente tareas importantes. Algunas las percibía como escalar una montaña. Pero por primera vez, se dio cuenta que ese esfuerzo bien valía la pena. En la cima estaba su libertad.

3 comentarios - La libertad nunca es gratis

barrabas_fumado
Que loco.... en mi caso y en el de PRACTICAMENTE TODOS mis amigos y conocidos no fue así. Yo tuve un nivel de libertad que hoy no le puedo dar a mis hijos por la cantidad de peligros que hay