Buenas a todos.
A raíz de este buen post: http://www.taringa.net/posts/info/2089256/Estrategias-de-Manipulaci%C3%B3n.html de ZzeusS me acordé que tenía este texto que saqué una vez de la Revista La Nación, pensando en lo incoherente de que un medio tan reaccionario publique un texto de ideas progresistas, y me di cuenta que no es incoherente, es precisamente lo que les conviene, hacerse los progre y hacer todo lo contrario.
En fin, el texto está bueno y se lee fácil (por eso hay que leer lo que no nos gusta, la derecha siempre pisa el palito y se hunde sola... a los amigos cerca, y a los enemigos más cerca todavía). Así que prestemos atención a lo que dice y hagámosle caso, pero en su contra.

Sin más preámbulo.

La otra inseguridad (por Guillermo Jaim Etcheverry)

Casi la mitad de los jóvenes argentinos que completan la educación media tienen dificultad para comprender un texto. La experiencia cotidiana nos confirma que muchas personas, jóvenes y no tanto, no logran expresar con claridad lo que piensan. Esto no sólo ocurre entre nosotros: en Francia, uno de cada diez jóvenes de entre 17 y 25 años no lee ni escribe correctamente. El lingüista francés Alain Bentolila considera que esta situación genera lo que denomina inseguridad lingüística. La incapacidad de expresar con precisión el pensamiento propio en palabras y de recibir el del otro con exigencia termina encerrando a los jóvenes en un verdadero ghetto social. Esta falencia los condena a la exclusión, los impulsa a la rebelión y, posiblemente, también a la violencia. La inseguridad lingüística desemboca, así, en una grave desigualdad social.
De acuerdo con Bentolila, el diez por ciento de los niños que ingresan a los cursos preparatorios en Francia dispone de menos de 500 palabras en lugar de las 1200 que, en promedio, utilizan los demás. Esta pobreza lingüística hace que las mismas pocas palabras terminen refiriéndose a realidades distintas, hasta opuestas. Cuando se dispone de menos palabras, más se las utiliza, con lo que pierden precisión. Contamos con numerosos ejemplos de términos crecientemente empleados para denotar realidades muy diferentes. Cuando las palabras pierden su precisión, se acentúa también la tendencia a reducir la comunicación a un número limitado de personas. Esa pobreza lingüística estimula la conformación de ghettos que la protegen, generándose una especie de autismo social, una cofradía de fracasados. Se acentúa la desigualdad entre quienes poseen las palabras y los que, careciendo de ellas, no pueden discernir.
¿Cómo se llegó a esta situación? Aunque las causas son múltiples, tal vez la más importante sea el escaso interés por enseñar y aprender la lengua, tarea que no es tan natural como parece. En realidad, se trata de un trabajo arduo. Cuando un niño aprende a hablar, lo hace en el ámbito de su círculo reducido de convivencia: pocas palabras le bastan para indicar lo que quiere. Pero al abandonar ése ámbito y aventurarse a lo desconocido, necesita expandir su lenguaje para dirigirse a personas que jamás ha visto, a las que dice cosas sobre las que tal vez ellas no escucharon hablar. Para eso, el niño necesita la ayuda de los adultos, mediante una intervención comprensiva, pero exigente. Cuando no se entiende lo que los niños dicen, es necesario enseñarles, demostrarles que para el otro es muy importante comprenderlos. Hay que querer expandir el mundo para apoderarse de las palabras y hay que querer apoderarse de las palabras para expandir el mundo, como señala Bentolila.
Hoy se mira con simpatía esta lengua empobrecida y rudimentaria porque se la considera “lengua de jóvenes” y, por lo tanto, protegida por la veneración que despierta la “cultura juvenil”. La actitud demagógica de no enseñar la lengua limita aún más las posibilidades de quienes necesitan apoderarse de la herramienta esencial para enfrentar al mundo. Mientras que quienes dominan la lengua –que son cada día menos- pueden utilizar las jergas sin riesgo, los desheredados de palabras quedarán excluidos, encerrados en ghettos cada vez más vastos. El respeto de la especificidad cultural no justifica renunciar a un valor universal como es la posesión de muchas palabras, el capital intelectual humano por excelencia. La lengua es poder, ya que permite nombrar, describir y explicar no sólo lo que se ve sino, sobre todo, lo que no se ve. Por eso, es preciso reaccionar ante esta severa limitación del poder de las nuevas generaciones sobre el mundo, pues provisto de palabras el ser humano se lanza a ser más creador y menos criatura.


Fuente: una Revista La Nación de hace como dos años que ya no tengo más, última página.

Saludos

PD.: Lo busqué y no lo encontré, si es repost avisen y lo saco, no denuncien porque si.