El Hombre de Neanderthal (Primera Parte)

El Hombre de Neanderthal


Un poco de Historia


El primer hombre de Neanderthal apareció no lejos de la ciudad de Dusseldorf (Alemania), en el lugar en que un afluente del Rin discurre por una escarpada garganta llamada Valle de Neander, Neanderthal en alemán antiguo.
En 1856 las laderas de la garganta se explotaban para extraer caliza. Durante el verano los barrenos dejaron al descubierto una pequeña caverna, a unos 20 metros sobre la corriente. Cuando los obreros hundieron sus piquetas en el suelo de la caverna dieron con algunos huesos antiguos. Pero a los canteros solo les interesaba la caliza; no prestaron demasiada atención a los huesos, y se perdió la mayor parte de lo que probablemente era un esqueleto completo de hombre de Neanderthal. Únicamente se salvaron la bóveda craneana, algunas costillas, parte de la pelvis y algunos huesos de las extremidades.

El propietario de la cantera creyó que los fragmentos pertenecían a un oso y se los regaló al profesor de Ciencias de la localidad, J. K. Fuhlrott, a quien sabía interesado en tales cosas. Fuhlrott tenía suficientes conocimientos de anatomía para darse cuenta de que los restos del esqueleto no correspondían a un oso sino a un hombre, y a un hombre muy extraordinario. La robustez de las extremidades y el grosor y la oblicuidad de la frente de la bóveda craneana, le parecieron de mucha antigüedad. Al intentar explicar esta aparente antigüedad y la accidental localización de los vestigios, llegó a la conclusión de que debieron pertenecer a un pobre mortal arrastrado a la caverna por el diluvio universal.

Comprendiendo que convenía discutir esta opinión, acudió a un especialista, Hermann Schaaffhausen[/b], profesor de anatomía de la Universidad de Bonn. Schaaffhausen coincidió en que los huesos correspondían a una de las "más antiguas razas humanos". Imaginó una época no superior a unos pocos miles de años, y pensó que los fragmentos fósiles podían ser los de algún bárbaro que hubiera vivido en el norte de Europa antes de la llegada de las tribus celtas y germanas. Nunca se le ocurrió a Schaaffhausen que aquellos huesos pudieran pertenecer a un individuo mucho más antiguo, distinto de cualquier raza conocida, bárbara o no.

En 1856 el mundo científico no podía imaginarse que el género humano hubiera existido sobre la tierra durante un extenso periodo de tiempo. Y ningún científico respetable creía que los seres humanos hubieran existido bajo un aspecto distinto del que entonces tenían. Una noción de este tipo no habría encajado con el esquema conocido por el nombre de Cadena del Ser, base del pensamiento biológico desde los tiempos de Aristóteles. La Cadena del Ser[/b] era una jerarquía ampliamente concebida para todos los seres vivos. En ella, cada criatura tenía asignado un puesto fijo. Partiendo de los gusanos inferiores, la jerarquía ascendía continuamente, pasando por especies cada vez más avanzadas hasta alcanzar el pináculo mismo de la vida, es decir, el hombre. Los seres que ocupaban una posición próxima en la cadena presentaban naturalmente algunas semejanzas, e incluso el hombre se parecía a los simios en su forma externa (aunque se consideraba que sus aptitudes mentales y espirituales eran infinitamente superiores). Pero la semejanza entre tipos de seres no sig¬nificaba conexión familiar. Se creía que los distintos eslabones de la Cadena del Ser habían sido perpetuamente fijados en el momento de la Creación; las especies nunca cambiaban y, ciertamente, jamás evolucionaban a partir de formas inferiores.

Este esquema regular dominaba todavía en 1856, pero se iba debilitando por la aparición de huesos animales distintos de los de cualquier ser vivo, sugiriendo a algunos pensadores disidentes que la Cadena del Ser no relataba la historia completa de la vida. La mayor parte de las autoridades en la materia eludían el problema. Atribuían los huesos anómalos a un "capricho" de Dios, o bien sostenían que en el pasado se habían producido varias Creaciones separadas.

Pero los animales extinguidos no eran la única amenaza para el esquema. En el año 1700 se habían hallado ya algunos fósiles humanos de apariencia primitiva, y probablemente varias veces antes de esa fecha. Lo que hoy conocemos como restos de hombres de Neanderthal se descubrieron en Bélgica en 1829 y en la fachada norte de Gibraltar en 1848. Sin embargo, a diferencia del hombre hallado en el Valle de Neander, esos hallazgos no se hicieron públicos, y es por ello que la ciencia no estaba realmente obligada a tratar de comprender su significado.

Durante el siglo anterior, la visión dominante acerca del pasado se basaba en el Génesis, que narra que el mundo fue creado en seis días, hacia unos 6.000 años. Pero incluso en el siglo XVIII unos cuantos hombres perspicaces opinaron que la Tierra debía ser mucho más antigua. Uno de ellos, un geólogo ingles aficionado, James Hutton, sostenía que los accidentes de la superficie de la Tierra (montañas, llanuras, océanos) solo podían explicarse si el planeta hubiera experimentado repetidos cambios; si la Tierra se hubiera levantado y luego erosionado. Opinaba que, para producir los cambios, las fuerzas geológicas debieron actuar durante largo tiempo. En consecuencia, Hutton rechazaba el calendario bíblico acerca del origen del mundo, y declaraba que "no hallamos huellas de un principio, ni perspectivas de un fin".
Prácticamente todas las personalidades coetáneas estaban en desacuerdo con Hutton. En el mejor de los casos, aceptaban que los accidentes del planeta podían haber variado unas cuantas veces durante la prehistoria a causa de cataclismos, como inundaciones, colisiones con cometas, etc. Pero en la década de 1830 otro geólogo ingles, Charles Lyell, aporto montones de pruebas que demostraban que la Tierra era remodelada constantemente en virtud de complejos procesos geológicos y que existía desde hacia millones de años.

Las pruebas de Lyell acerca de la gran antigüedad de la Tierra fueron causa de que muchas personas se preguntaran dónde había estado la humanidad durante esas épocas de cambios geológicos. La respuesta más sencilla, era que los seres humanos habían sido creados bastante recientemente. Otra explicación era que los hombres se habían refugiado en el Jardín del Edén. Pero esos pintorescos conceptos acerca de la relativa juventud del género humano estaban a punto de ser sustituidos por la idea de una venerable antigüedad.
El cambio de opinión de los especialistas se produjo solo dos años después del hallazgo del fósil de Neanderthal. Sin embargo, los viejos huesos del hombre de Neanderthal nada tuvieron que ver con el cambio de teoría. La prueba que convenció a los científicos de que los hombres habían estado presentes en la Tierra durante muchísimo tiempo, surgió de los utensilios de piedra. Agricultores, constructores de carreteras y prácticamente cualquier persona que hubiera excavado el suelo había hallado tales instrumentos durante siglos, aunque sin darse cuenta de lo que eran. Esos objetos, en lugar de ser considerados obra de hombres antiguos, culturalmente no desarrollados, eran tenidos por productos caprichosos de la naturaleza: de la humedad, de la radiación solar o, mucho más a menudo, de los rayos. En ingles se llamaban popularmente thunderstones —piedras de rayo-, y algunos agricultores franceses y escandinavos los colocaban en las paredes o bajo los umbrales de sus casas para protegerse de los rayos, basándose que el rayo jamás hería dos veces en el mismo lugar.

En la década de 1830 un inspector de aduanas francés, llamado Boucher de Perthes, vislumbro la verdad acerca de esos utensilios. En las terrazas de grava del valle del rio Somme, en el noroeste de Francia, hallo pedazos de piedra desbastada. Recogió y clasifico las piedras de manera sistemática, fijándose en sus puntas y en sus bordes, y quedó convencido de que se trataba de instrumentos fabricados por el hombre. Basándose en su posición en capas situadas debajo de la superficie del suelo, llegó a la conclusión de que eran anteriores a la historia registrada. Sus hallazgos se publicaron en varios volúmenes, pero fueron acogidos con general desprecio en Francia. Hasta que, en 1858, un grupo de científicos ingleses decidió realizar una inspección ocular de los restos, algo que sus colegas franceses no se habían molestado en hacer. Visitaron el yacimiento y llegaron a la conclusión de que Boucher de Perthes tenía toda la razón. Los utensilios de piedra que había encontrado tenían por lo menos 30.000 años de antigüedadçç

Y luego, solo un año después de que la delegación inglesa hubiera validado la obra de Boucher de Perthes y de que hubiera dotado oficialmente a la humanidad de un pasado de aterradora extensión, el mundo científico se tambaleó hasta los cimientos con la publicación de un libro, On the Origin of Species, de Charles Darwin. [/b]
Con la aparición de esta obra, el ordenado esquema de la Cadena del Ser quedaba desmontado. Darwin demostraba que las especies vegetales y animales no eran inmutables, sino que podían cambiar y dar origen a nuevas formas. Demostraba también que los testimonios geológicos ofrecen pruebas del desarrollo evolutivo de la vida, desde formas inferiores a superiores. Darwin apenas hablaba acerca de la posibilidad de la aparición del hombre a partir de una forma inferior —esta reserva no impidió que un iracundo galés le escribiera una Carta llamándole "viejo mono peludo"—. Y, sin embargo, existía ya una prueba para tan revolucionaria conclusión: el fósil encontrado en la caverna de Alemania. Se trataba de un hombre de aspecto diferente del de cualquier otro hombre vivo.

Nadie acepto que el hombre de Neanderthal fuera un antepasado del hombre de entonces. Casi nadie estaba dispuesto a admitir que el fósil fuera antiguo. La opinión general era que los huesos de Neanderthal correspondían a un típico ser humano cuyas extrañas características debían atribuirse a alguna enfermedad o a su "origen extranjero".
Únicamente el Dr. William King, profesor de anatomía del Queen's College de Galway (Irlanda), acepto que el fósil correspondiera a una forma extinguida de ser humano y sugirió que el ejemplar fuera considerado como una especie distinta, el Homo neanderthalensis. Al conceder al fósil el nombre genérico de Homo, King le reconocía una semejanza general con el género humano; pero notó que no podía atribuirle el nombre especifico del hombre moderno —es decir, sapiens, que en latín significa "sabio"— porque, según sus palabras, "el cráneo de Neanderthal es tan acusadamente simiesco... que me veo obligado a creer que los pensamientos y deseos que otrora residieron en su interior nunca fueran, realmente, más allá de los de un animal".

La apreciación de King se acercaba a la verdad mucho más que cualquier otra. Pero luego cambió su interpretación al enterarse de que Rudolf Virchow, prestigioso anatomista-antropólogo alemán, sostenía que el hombre del Valle de Neander de ningún modo era antiguo sino un moderno Homo sapiens que había padecido raquitismo en su niñez y artritis en su vejez, y que, además en algún momento de su vida había recibido varios golpes muy fuertes en la cabeza. Este juicio, por proceder de una autoridad tan respetable, detuvo de hecho toda especulación posterior.

¿Como podían tales autoridades llegar a la conclusión de que fueran modernos los huesos de Neanderthal? El hecho de que el fósil se conservaba incompleto era un factor:
dado que al cráneo le faltaba la cara y la mandíbula,resultaba difícil decir a que se parecía. Asimismo, nadie podía asegurar con certeza que el hombre de Neanderthal fuera verdaderamente antiguo, dado que no se habían hallado junto a él ni utensilios de piedra ni huesos extinguidos. A falta de pruebas de gran antigüedad, parecía más prudente inclinarse por la cautela y asignarle una fecha no demasiado alejada del presente.
Y no sería justo acusar a aquellos cautos científicos de inclinarse hacia la posicion más segura. Quienes aceptaban las teorías de Darwin y de Boucher de Perthes eran espíritus muy abiertos. Se necesitaba una buena dosis de valor intelectual para renunciar a las teorías aceptadas durante siglos y aceptar el atrevido nuevo mundo de la evolución de Darwin.

Apenas Virchow hubo proclamado que el singular aspecto de los huesos del Valle de Neander era resultado de una dolencia más que de su antigüedad, el fósil dejo de preocupar a los científicos. Sencillamente se olvidaron de él. Sin embargo, los prehistoriadores seguían muy interesados en encontrar un antiguo fósil antepasado del hombre moderno, pero con una condición: el fósil debía parecerse al hombre moderno, pues cualquier cosa que se asemejara a un antepasado animal, fuera mono o antropoide, era rechazado casi automáticamente.
Esta curiosa norma para la aceptación quedó evidenciada en 1868 con la aparición de un nuevo fósil. En las proximidades de una colina conocida con el nombre de Cro Magnon,en el sudoeste de Francia, los obreros que preparaban los cimientos para tender una vía férrea descubrieron un antiguo abrigo rocoso, borde saliente que podía preservar de la lluvia o de la nieve. Excavando en los depósitos de tierra situados debajo del abrigo rocoso, tropezaron con utensilios de sílex, huesos rotos de animal y... restos de cinco individuos. Un esqueleto masculino estaba casi completo. Dejando aparte cierta robustez, se parecía muchísimo a un hombre moderno. El cráneo tenía bóveda alta, rostro vertical y mentón prominente. Además, la presencia de utensilios de piedra y de huesos de animales extinguidos no dejaba duda de que el hombre había vivido mucho tiempo atrás. Fue bien acogido casi de inmediato en el árbol de la familia humana. No era un animal de extremidades pesadas y arco superciliar prominente, sino un individuo alto y señorial.

El "Viejo Hombre de Cro-Magnon", como se le denomino, parecía confirmar que los seres humanos habían tenido siempre el mismo aspecto que hoy tienen. Se produjo una general sensación de alivio.
Pero esta difícil adaptación al pasado se quebró cuando en 1886 aparecieron nuevos fósiles; esta vez de aspecto primitivo. En una caverna próxima a la aldea de Spy (en Bélgica) se encontraron dos esqueletos. Una calavera, probablemente de mujer, recordaba el viejo fósil hallado en el Valle del Neander, en Alemania, aunque el cráneo era más alto y la frente algo menos inclinada. El otro cráneo era prácticamente idéntico al del fósil de Alemania. Coincidencia? Si, dijo Rudolf Virchow; y se desentendió de los esqueletos de Spy considerando que eran nuevos ejemplares enfermos del hombre moderno.

Pero esta explicación empezó a sonar a falso. No solo parecía muy improbable la coincidencia de una deformidad patológica sino que tales fósiles eran claramente muy antiguos, según indicaban los utensilios de sílex primitivos y los restos de animales extinguidos encontrados junto a ellos. La mayoría de los científicos se vieron obligados a admitir que un pueblo arcaico, distinto del hombre moderno, había vivido en Europa durante una era ya pasada.
Estos individuos eran rechonchos y de corta estatura; tenían la cabeza alargada y baja, con arcos superciliares pronunciados; sus rostros eran voluminosos y proyectados hacia adelante; la mandíbula, poderosa, y la barbilla huidiza. ¿Eran realmente nuestros antepasados? ¿Acaso el Homo sapiens, la flor mas primorosa de la creación, derivaba de tal linaje? Casi todos los científicos dijeron que no. Estaban dispuestos a conceder al hombre Neanderthal un lugar en el árbol de la familia humana, pero no en la misma rama que el hombre moderno.

Poco más tarde, en 1891, salió a la luz un fósil de aspecto más primitivo aún. El Pithecanthropus, un ser de mandíbula enorme y cerebro pequeño, fue descubierto en Java.
¿Que relación había entre el Pithecanthropus (mas tarde designado con el nombre de Homo erectus) y los Neandertales de Bélgica y Alemania, de cerebro más grande? La mayor parte de los especialistas no veían relación alguna, pero unos cuantos trataron de realizar una audaz síntesis. Sostuvieron que tanto el Pithecanthropus como los Neanderthales merecían ser colocados en el tronco del árbol familiar.
Este era su razonamiento: El Pithecanthropus parece el más primitivo; los Neanderthales algo menos, y el ejemplar de Cro-Magnon es completamente moderno. O sea, la lógica nos indica que la evolución humana ha pasado por tres etapas distintas, representadas por los tres tipos distintos de fósil. Como si se quisiera reforzar esta conclusión, en 1907, en una cantera de arena cerca de Heidelberg (Alemania) se encontró una mandíbula maciza: parecía indicar que el Pithecanthropus había vivido en Europa, en época anterior a la de los hombres de Neanderthal y a la de los de Cro-Magnon.

El Hombre de Neanderthal (Primera Parte)


Esta galería de retratos del hombre de Neanderthal, empezada en 1888 (arriba a la izquierda), muestra cuanto ha variado la imagen de él, a pesar de basarse en el mismo hallazgo fósil. La reconstrucción en la que se aprecia su musculatura (arriba, en el centro) fue modelada a comienzos del siglo XX por el eminente antropólogo francés Marcellin Boule a partir de un cráneo encontrado en la Chapelle.aux-Saints. Otros científicos, basándose en el mismo cráneo, pero reconstruyendo de distinto modo los tejidos blandos, han creado las cabezas de la segunda línea a la izquierda y de abajo a la derecha.



A partir de ese momento, los Neanderthales empezaron a interesar de nuevo a la gente. La asombrada reacción inicial ante la teoría de la evolución de Darwin estaba superada. La desconcertante idea de que el hombre había estado presente en la tierra durante docenas o centenares de miles de años iba siendo aceptada.
Los fósiles de Spy indicaban que los Neanderthales eran hombres antiguos; no seres modernos deformados por enfermedades. Y el descubrimiento del Pithecanthropus con su cerebro pequeño contribuyó a prestar atención a los Neanderthales.

Pero precisamente en dicho momento, cuando el enigma del linaje humano parecía a punto de quedar resuelto, nuevos testimonios enturbiaban el problema de manera desesperanzadora.
En la primera década del siglo xx, los paleoantropólogos trabajaban activamente en la región de La Dordoña, en el sudoeste de Francia. Muchos millones de años atrás esta comarca estuvo cubierta por un mar cálido. Minúsculos organismos calizos marinos murieron y se fijaron en el fondo del mar, formando densos depósitos de caliza; mucho mas tarde, el fondo del mar se elevó y se secó. La meseta caliza así formada se fue erosionando gradualmente hasta convertirse en un laberinto de colinas y cañones por los que vagaban grandes manadas de animales. Y la región también ofrecía excelentes abrigos a los cazadores, ya que en los lugares en que las aguas subterráneas habían disuelto la caliza se había formado un rosario de cavernas.
A partir de 1860 en La Dordoña se habían hallado innumerables utensilios de piedra, lo que demostraba que en tiempos remotos había sido un centro de poblamiento. A principios de 1908 se descubrió una esplendida colección de fósiles de Neanderthal. Uno de los primeros en aparecer fue el esqueleto de un anciano, en una caverna próxima a la localidad de La Chapelle-aux-Saints. Otra caverna, cerca de Le Moustier, en la que anteriormente se había recogido una gran cantidad de instrumentos de piedra, ofreció el esqueleto de un joven de Neanderthal. En un abrigo rocoso de La Ferrassie se encontró un varón adulto de Neanderthal y más tarde los restos de varios niños. Otro abrigo rocoso, en La Quina, contenía partes de varios esqueletos neanderthalenses.

A partir de entonces los científicos podrían estudiar los parecidos físicos —o la ausencia de parecidos— entre los Neanderthales y el hombre moderno.
El hombre de La Chapelle-aux-Saints fue elegido para realizar una detallada reconstrucción de un Neanderthal típico, tarea que fue encomendada a un especialista francés, Marcellin Boule, del Museo Nacional de Historia Natural de Francia. Boule era paleontólogo, especializado en el estudio de huesos antiguos. Para realizar la reconstrucción dispuso de una magnifica y excepcional colección de huesos. Los materiales estaban bien conservados, y a pesar de que algunos huesos se hallaban rotos, casi todo lo importante era aprovechable, excepción hecha de algunos dientes y vertebras. Sin embargo, Boule cometió una asombrosa serie de errores, que se mantuvieron vigentes durante décadas.
Boule interpretó tan mal los huesos, que el Neanderthal resulto semejante a un mono, de pies a cabeza.
Boule hablo con desprecio del "bestial aspecto de este cuerpo musculoso y tosco, cuyo cráneo de recias mandíbulas revela el predominio de una naturaleza puramente vegetativa o bestial sobre las funciones de la mente... ¡Qué contraste con los hombres de la época siguiente, los hombres del tipo del Cro-Magnon, dotados de cuerpo más elegante, cabeza más fina, frente alta y espaciosa, que habían dejado tantos testimonios de su habilidad material, de sus preocupaciones artísticas y religiosas y de sus facultades abstractas, y que fueron los primeros en merecer la gloriosa denominación de Homo sapiens!". Boule quería conceder a los Neanderthales el honor de pertenecer al género Homo, pero, en cambio, los relegó a una especie distinta y aberrante que había desaparecido mucho tiempo atrás.

Aunque una pequeña minoría de prehistoriadores se mantuvo fiel a su idea de que los hombres de Neanderthal eran antepasados, perfectamente respetables, del hombre moderno, prácticamente todos pensaron entonces que había quedado demostrada científicamente la imposibilidad de tal descendencia, dado que los hombres de Neanderthal parecían ser, en efecto, enteramente simiescos.
Ciertos indicios incidentales señalaban una laguna evolutiva entre los Neanderthales y los Cro-Magnon, a quienes se reconocía como antepasados de los hombres actuales. Aunque los Neanderthales no fueran tan torpes como suponía Boule, su aspecto era distinto del de los hombres de Cro-Magnon, y nadie había encontrado jamás un fósil que representara una transición evolutiva entre los Neanderthales y un hombre moderno. A falta de un fósil intermedio, lo más prudente era pensar que los Cro-Magnon descendían de una estirpe que había vivido en Europa o en otra parte del mundo exactamente durante la época de los hombres de Neanderthal, o posiblemente antes.

Además, los arqueólogos opinaban que no había relación cultural entre los pueblos de Cro-Magnon y de Neanderthal. Los utensilios de piedra de los Cro-Magnon parecían muchísimo más refinados que los de los Neanderthales. Y cuando los arqueólogos excavaban en niveles sucesivos de las cavernas, a veces encontraban niveles sin utillaje —"estériles"— entre los depósitos de Neanderthales y los depósitos dejados por los Cro-Magnon, lo cual indicaba que durante algún tiempo nadie había ocupado la caverna. Los niveles estériles se consideraban prueba de que los hombres de Neanderthal se habían extinguido sin haber establecido jamás un vinculo con los hombres de Cro-Magnon.
Boule había descrito a los Neanderthales como seres que debieron soportar tiempos duros para poder sobrevi¬vir, y mucho más para prosperar en el mundo. Pero si la extensión territorial constituyera una medida de éxito, parece que lo consiguieron muy bien.

A medida que pasaban los años, se hallaban fósiles neanderthalenses por toda Europa; desde Rumania y Crimea, al este, hasta las regiones occidentales de España y la isla de Jersey. Sin embargo, mientras no existieran testimonios de ellos fuera de Europa, se les podía describir como una casualidad evolutiva localizada. De este modo los prehistoriadores podían tranquilamente opinar que la línea principal de la evolución del hombre era propia de otro lugar, de un Edén aún no localizado.
Pero el hombre-bestia no podía permanecer quieto. En 1921 unos obreros que extraían mineral de plomo y zinc en el norte de Rhodesia, a miles de kilómetros de Europa, descubrieron huesos humanos que parecían de Neanderthal. Los fragmentos fósiles procedían de una cueva situada en una loma denominada Broken Hill, que se alzaba sobre una meseta al norte mismo del rio Zambeze. Había pocos indicios para determinar la época precisa del hombre, pero la presencia de utensilios de piedra y de huesos de animales extinguidos indicaba una respetable antigüedad.
Aquel hombre fósil tenía el cráneo bajo y la frente huidiza, como los Neanderthales europeos. Los arcos óseos sobre los ojos eran más acusados que ninguno de los que hasta entonces se habían visto. Pero también poseía un rasgo avanzado: los huesos de sus extremidades eran más rectos y mas esbeltos que los de los Neanderthales europeos.
El fósil que acababa de descubrirse recibió la denominación de hombre de Rhodesia. ¿En qué punto de la línea de la evolución humana debía situársele?
La mayoría de los científicos coincidían en que aquel hombre era la versión africana del aberrante tipo Neanderthal. Empezaron a preguntarse si otros miembros de la misma estirpe habrían vivido en Asia. No tardo en llegar una respuesta positiva. En 1931, a orillas del rio Solo, en la isla de Java (en el sudeste de Asia, patria del Pithecanthropus), fueron extraídos fragmentos de once individuos primitivos. Los fósiles, llamados colectivamente "hombre de Solo", estaban muy deteriorados; pero el número de fragmentos, suficientemente elevado, permitía establecer cierto parentesco con los Neanderthales, a pesar de que el espesor de los cráneos sugería una etapa evolutiva inferior a la de aquellos. El vacio entre Java y Europa fue colmado por otro hallazgo en los desolados montes Alai, del sur de Rusia, a unos 125 kilómetros de la fabulosa ciudad de Samarcanda: en una caverna situada en un risco llamado Teshik-Tash (La Roca horadada) aparecieron los restos fosilizados de un muchacho que era sin lugar a dudas un autentico Nean¬derthal.

A principios de la década de 1930, una expedición conjunta angloamericana partió en busca de fósiles hacia lo que hoy es Israel . La expedición descubrió unas magnificas gravas en dos cavernas de las laderas del Monte Carmelo, que domina el Mediterráneo en las proximidades de Haifa.

1. El primer hallazgo, en Mugharet et-Tabun (Caverna del Horno), fue el de un esqueleto femenino, a todas luces neanderthalense, aunque con el cráneo ligeramente más alto que lo normal y la frente mas vertical.
2. El segundo yacimiento del Monte Carmelo Mugharet es-Skhul (Caverna de los Chivos), proporciono restos de 10 individuos. Algunos parecían hombres de Neanderthal; otros eran de aspecto más avanzado, y uno tenía la apariencia de hombre moderno.

La impresión de conjunto que ofrecía la población de Skhul era que en la línea evolutiva había ocupado una posición intermedia entre los Neanderthales y el hombre moderno. Pero el supuesto de que todos los Neanderthales pertenecían a una especie extinguida estaba por entonces tan profundamente arraigado que la mayoría de los especialistas no podían creer que los ejemplares del Monte Carmelo fueran ascendientes directos de individuos de la actualidad. Algunos antropólogos llegaron a la conclusión de que los hombres fósiles de Palestina eran híbridos, resultado de uniones entre verdaderos Neandertales y verdaderos hombres de tipo moderno que vivie¬ron en algún punto de la misma comarca.
Los científicos partidarios de esta teoría sostenían también que tales uniones debieron de ser esporádicas y que no debieron afectar la trayectoria principal de la evolución humana.
Uno de los paleoantropólogos, Louis Leakey, apuntó incluso la idea de que cualquier unión entre Neanderthales y hombre moderno, podía más bien haber dado origen a descendencia estéril.

Todos los que relegaban a los Neanderthales a una rama lateral de la evolución del hombre creían, que en la época de los Neanderthales los hombres modernos vivían ya en algún lugar de la tierra. Algunos incluso pensaban que el Homo sapiens existía desde hace millones de años. Pero la mayoría de las autoridades en la materia situaban el origen de los seres humanos como nosotros hace 200.000 ó 300.000 años.
Entonces, hace unos 100.000 años, los verdaderos humanos saltaron a la escena evolutiva, bien sea matando a los hombres-bestias, bien dejando que perecieran por su propia ineptitud.
Pero si el hombre moderno existía desde hacia tantos años, ¿dónde estaba oculto? Generaciones de estudiosos han dedicado sus vidas a la búsqueda de un antepasado muy antiguo aunque de aspecto moderno.
El fósil que mas a punto estuvo de confirmar el remoto origen del verdadero hombre se descubrió en unos depósitos arenosos del valle del Támesis, cerca del pueblo de Swanscombe, en Inglaterra. Únicamente se encontró la bóveda craneana. La frente, la cara, la mandíbula y el esqueleto inferior habían desaparecido. Sin embargo, varios antropólogos aseguraron que los fragmentos de cráneo tenían una forma y un tamaño que indudablemente correspondían a un tipo moderno de ser humano, probablemente una mujer. Y en esta ocasión no cabía duda alguna acerca de la autenticidad y notable antigüedad del hallazgo. El testimonio geológico indicaba claramente que la mujer de Swanscombe había vivido hacia unos 250.000 años.
Había, con todo, una evidente dificultad para considerar que el fósi1 de Swanscombe fuera un autentico Sapiens.
¿Como podía explicarse el hecho de que los Neanderthales vivieran en Europa después de los individuos de la avanzada raza de Swanscombe?
Una explicación dada en la década de 1950 sostenía que los Neanderthales formaban una raza muy resistente al frio, surgida en Asia oriental y que emigro a Europa durante un periodo glaciar extremadamente frio; entre tanto, las progresivas gentes de Swanscombe tuvieron el sentido común de marcharse de Europa y pasar a África o al Asia tropical. Mis tarde, al mejorar el clima, estos recuperaron sus antiguos dominios. Sin embargo, la mayor parte de los especialistas preferían la hipótesis de que los Neanderthales y los verdaderos hombres habían vivido al mismo tiempo en Europa, ocupando quizás distintos tipos de ambiente, de tal manera que no hubo rivalidad entre ellos.

Sea como fuere, mientras que las gentes de Swanscombe eran aceptadas como muy antiguas pero bastante evolucionadas, los Neanderthales eran considerados como vástagos aberrantes de la evolución. ¿Pero era realmente tan avanzado el fósil de Swanscombe? Los fragmentos de cráneo tenían un aspecto muy similar a otro cráneo, igualmente antiguo, encontrado cerca de Steinheim, en Alemania. Este ejemplar alemán conservaba la mandíbula superior y la frente, ambas de aspecto totalmente primitivo. Si, como parecía, los cráneos estaban emparentados, al fósil de Swanscombe no se le podía considerar como un tipo humano moderno sino como un verdadero Neanderthal primitivo.

La discusión prosiguió vacilante hasta el año 1964, fecha en que dos científicos de Cambridge recurrieron a una computadora para determinar la condición de la mujer de Swanscombe.
Se llego a la conclusión de que el fósil de Swanscombe no era más moderno que el de Steinheim. En lugar de ser precozmente sabios, ambos eran tan primitivos como cabía esperar de su señalada antigüedad. Así pues, lo había parecido prueba de la existencia de verdaderos hom¬bres en tiempos extraordinariamente remotos, quedaba descartado una vez más.

Los prejuicios de antaño empezaron a desvanecerse en 1955. Pero el principal cambio se produjo en 1957, cuando dos anatomistas, William Strauss de la Jhons Hopkins University, y A. J. E. Cave, de St. bartholomew's Hospital Medical College de Londres, examinaron por segunda vez, y más detenidamente, el fósil de Chapelle-aux-Saints.
Strauss y Cave descubrieron que aquel Neandertal concreto[/b] había sufrido un caso grave de artritis que afectó a la estructura de las vertebras y de la mandíbula. Boule, por ser un hábil paleontólogo, había debido fijarse en la deformación de las junturas de los huesos reveladoras de esa enfermedad. Igualmente, Straus y Cave observaron otros varios errores, inexplicables en la reconstrucción de Boule. Así, por ejemplo, el pie del Neandertal no era un "órgano prensil", las vertebras cervicales no se parecían a las de un chimpancé ni la pelvis tenia estructura simiesca.
En resumen, Straus y Cave llegaron a la conclusión de que hombre de Neandertal era humano bajo todos los aspectos.

Es cierto, evidentemente, que el fósil de La Chapelle-aux-Saints no se parece a los Cro-Magnon o a la mayoría de los hombres de hoy, y por eso muchos antropólogos siguen negando una relación ancestral. Sin embargo, los Neanderthales encontrados en el Monte Carmelo no pueden eliminarse del linaje humano basándose en su aspecto.
Pero, aun así, quedan muchos problemas. ¿Realizaron los Neanderthales la transición evolutiva a la modernidad en todo el mundo, o bien fue realizada esta solo por unas cuantas poblaciones selectas? ¿Qué fuerzas evolutivas impulsaron el cambio? ¿Y que puede explicar la aparente revolución en las técnicas de fabricación de utensilios que ocurrió poco después del año 40000 a. de C., o los niveles estériles que con bastante frecuencia separan los periodos Neanderthal y Cro-Magnon de ocupación de las cavernas?

A los Neanderthales se les ha otorgado la denominación taxonómica de Homo sapiens. Al final de esta denominación se añade el término de subespecie neanderthalensis (o rhodesiensis o soloensis), que indica cierta diferencia con el hombre plenamente moderno, que hoy se conoce técnicamente con la denominación de Homo sapiens sapiens. Pero este primer apelativo de sapiens coloca firmemente a los Neandertales en la grey humana. Descansamos, con toda probabilidad, sobre sus fornidos hombros.


Algunos cientificos en relacion con el hombre de Neanderthal


evolucion


Hermann Schaaffhausen, estaba convencido de que los huesos pertenecían a un hombre primitivo. Fue durante 50 años profesor de la Universidad de Bonn, muy apreciado por sus lecciones. Compro el fósil y lo entrego, al museo local.



antepasado


Marcellin Boole fue la más notable autoridad en fósiles a principios del siglo xx. Sin embargo, creo una reconstrucción deformada del hombre de Neanderthal, que por espacio de varias dicadas había de desorientar a los científicos.



neanderthal


William King, el primero que llegó a conclusión de que los fósiles neanderthalenses eran realmente restos de una especie humana extinguida y distinta de la moderna. Fue profesor de geología de Queen's College de Galway, Irlanda.


Nombre de Neanderthal


Rudolf Virchow fue un brillante aunque obstinado catedrático de la Universidad de Berlín. A pesar de ser el fundador de la patología, Virchow insistió en que el hombre de Neanderthal era un hombre moderno con el cráneo aplastado.



origenes del hombre


J. K. Fuhlrott. El primero que capto importancia del hombre de Neanderthal. A Fuhlrott le mostraron el hallazgo porque enseñaba ciencias al hijo del hombre cuyos obreros habían descubierto el resto fósil. Más tarde desempeño el cargo de catedrático.



El Hombre de Neanderthal (Primera Parte)


Charles Lyell, fundador de la geología moderna, demostró que la Tierra tenía millones de años de antigüedad, con lo que sugería que también el hombre era antiguo. Se traslado a Alemania a fin de obtener un vaciado del cráneo y poder estudiar al Neanderthal.





FUENTE: Origenes del Hombre - 7 -; "El hombre de Neanderthal (I), Vol. 1,Cap. 1: "El antepasado que nadie esperaba". Ed. Time Life Book, España.

Fuentes de Información - El Hombre de Neanderthal (Primera Parte)

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6 comentarios - El Hombre de Neanderthal (Primera Parte)

@dios_Pan Hace más de 5 años
muy bueno. aunque da para rato
te recomiendo a Gordon Childe, hay varios libros de él en la editorial Fondo de Cultura Económica, es un arqueólogo muy bueno.
saludos!
@Rasec666 Hace más de 5 años
Que buena información! Sabés que tus post me interesan mucho y están muy buenos. Por eso van puntos a este post también. Saludo.
@blacksoviet Hace más de 5 años
Muy bueno, te dejo unos puntos. Sería bueno si hacès otro post con las últimas investigaciones sobre el tema.