¿Qué es la tricotilomanía?

Trico significa “pelo”, manía “impulso” de realizar una conducta. La tricotilomanía es el comportamiento recurrente de arrancarse el propio cabello, y/o vello del cuerpo, por simple placer, gratificación o liberación de la tensión. Se trata de un hábito nervioso reversible. Algunas personas consultan después de años de padecimiento y otras, ya resignadas, conviven con esta patología. Recién en los últimos años este trastorno empezó a tener peso propio, el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales lo incorporó como un apartado estableciendo claros criterios para su diagnóstico. En esta clasificación psiquiátrica, la tricotilomanía considerada un trastorno del control de los impulsos: “dificultad para resistir el impulso que es perjudicial en su efecto” (DSM IV).

Tratamiento tricotilomanía

El tratamiento farmacológico no arroja datos de eficacia a largo plazo. Sabemos que se han utilizados inhibidores de serotonina (por el compromiso del sistema serotoninérgico, dopaminérgico y opioide) pero no se conoce la eficacia de un fármaco en particular que señale su terapéutica de elección. En la tricotilomanía, los síntomas pueden reducirse con medicación, sin que por eso se elimine el trastorno, con la administración de antidepresivos como la fluoxetina. Para otros hábitos nerviosos, como los tics severos, el tratamiento farmacológico se ha mostrado bastante eficaz.
La terapia de reversión de hábito es la que hoy promueve la comunidad científica como eficaz para la tricotilomanía.
El objetivo es aprender a controlar el impulso nervioso, hasta que este desaparezca. En esta terapia fomentamos la autoobservación y el registro de los episodios, porque una vez que la persona conoce en profundidad su funcionamiento podemos comenzar con las técnicas que implican la reversión del hábito nervioso. Este proceso, de unas pocas sesiones, permite evaluar –mediante mediciones concretas- la intensidad, duración y frecuencia del comportamiento que será erradicado. En general, estos pacientes no poseen información suficiente sobre su problema, consideran que son los únicos a quienes les ocurre y suelen sentirse muy aliviados cuando el terapeuta diagnostica y psicoeduca sobre el tratamiento. Otras veces tienen una noción acabada sobre el trastorno pero han probado distintos tratamientos sin resultado alguno, de ahí que lleguen a la consulta con pocas expectativas. En ambos casos, cuando comprenden por qué ejercitan esta conducta, qué variables la sostienen, se entusiasman con el entrenamiento de la respuesta incompatible o reacción de competencia: base la terapia de los hábitos nerviosos (Azrin, 1987). El entrenamiento en la nueva conducta ya implica el cese del hábito.

Se genera también una red de apoyo para incrementar la autoconfianza. Es dable que el entorno social del sujeto haya aconsejado en función de la racionalidad (“¿cómo no vas a poder evitarlo?”) o practicado el castigo verbal hasta el cansancio, sin conseguir nada. Convocarlos al proceso clínico de cambio es positivo porque es mucho lo que pueden hacer, pero fundamentalmente, es importante resaltarles qué no conviene. Existen indicaciones clínicas claras que permiten integrar al tratamiento los vínculos más cercanos del paciente (pareja, familiares, amigos). Además, como el paciente y su entorno suelen provenir de diversos intentos fallidos de solución, con sentimientos de impotencia e incapacidad, la fase psicoeducativa del tratamiento tiende a proveer la información necesaria para eliminar también las creencias irracionales (“si dejo de hacerlo me dañaré de otra forma”, “vengo a sacarme la duda de que esto tampoco servirá”)-. Respecto de los intentos de resolución, es frecuente que mayoría haya recibido tratamiento psicoanalítico; “la proporción de éxitos ronda el 30% y el tratamiento se prolonga durante muchos meses e incluso años” (Azrin). Suele ocurrir que en la historia del hábito haya habido momentos en los que, por un lapso breve de tiempo, se ha podido controlar la conducta a través de la voluntad pero NO eliminar el hábito. El autointento de solución fracasa por las características intrínsecas de la tricotilomanía y no por una falla en la destreza de quien lo realiza, esto debe quedar muy claro al comenzar el trabajo clínico. Del mismo modo la expectativa de eficacia del tratamiento no puede basarse en la percepción confiable del terapeuta o en intervenciones que a alguien le han funcionado, y sí en los datos que la investigación científica arroja. La motivación para el cambio, entonces, se estará ajustando a las posibilidades clínicas y no a expectativas falsas.
Hablamos de un 99% en tanto porcentaje de reducción de hábito.
Las posibilidades de recaída son pocas ya que el alta clínica se realiza cuando el paciente cuenta con los recursos para manejar distintas situaciones que antes predisponían al hábito y que al momento de la evaluación son manejadas con éxito, el impulso y su manifestación episódica desaparecen. La preparación cognitiva, emocional y conductual para vivir sin el trastorno forma parte del tratamiento e incluye la adaptación a nuevos espacios sociales y actividades que habían sido desplazadas por ser incompatibles con la conducta tricotilómana. Una arista importante del último tramo de trabajo terapéutico, consiste en enseñarle al paciente a disminuir los estresores ambientales. Manejarlos implica poder anticiparse a las consecuencias de las respuestas de ansiedad, neutralizándolas afrontando los problemas cotidianos. El hábito autolesivo, finalizándose la terapia, da curso a nuevos hábitos, como el autocuidado y afrontamiento eficaz de situaciones que generan estrés.


Toda la información fue sacada de http://www.psicoterapia-breve.com.ar/tricotilomania.php

Mas sobre la terapia cognitivo conductual