Autor: Raúl Leis
Panamá, 1986.
El niño y la bomba (reflexion)



Era un 7 de julio, por la mañana.

El niño salió disparado de su casa con un pan en una mano y la pelota en la otra.
Buscó y no encontró a sus amigos por ninguna parte.
Se comió el pan.
Caminó hacia un gran terreno baldío a ver si se encontraba a sus amigos. Tampoco había nadie en ese lugar.
Le dio una patada a la pelota que fue a caer del otro lado de un cerro muy alto.
Se metió entre la hierba a buscar la pelota, y se encontró con la bomba.
La bomba era de color gris y tenía una parte enterrada en la tierra.
El niño no tenía fuerza ni poder, pues apenas podía con la pelota.
La bomba vino a dar a ese lugar, porque se cayó del avión que la llevaba a una guerra.
Por suerte la bomba no explotó.
El niño agarró con más fuerza su pelota y armándose de valor le preguntó a la bomba:
– ¿Quién eres? ¿Qué haces? No te pareces a ninguna cosa que conozco…
– Soy una bomba… Tengo poder para destruir, ese es mi trabajo.
– ¿Acaso puedes acabar con todo lo que quieras?
– Dijo el niño.
– Claro que si – dijo la bomba.
– ¿Puedes destruir cualquier edificio, aun el más grande?
– En un dos por tres. Puedo hacer volar no solo al edificio más grande, también a tu escuela, la Iglesia y todas las casa con la gente de este lugar, niño – dijo la bomba.
El niño un tanto preocupado, le preguntó como era que ella funcionaba.
La bomba le explicó pero el niño no entendió nada.
Entonces, la bomba le pidió:
– Mira niño, ayúdame a salir de aquí "estoy incómoda"
– ¿Para qué quieres salir? – le preguntó el niño. La bomba le dijo que tenía que alcanzar el avión y llegar a la guerra, a destruir un pueblo parecido al del niño.
Si tú me entregas con mis dueños serás recompensado, a lo que el niño le respondió que no lo podía ayudar a salir porque no estaba de acuerdo con el trabajo que la bomba hacía.
Entonces la bomba le propuso un trato al niño: "Si me ayudas a salir de aquí, yo te cumpliré tres deseos…
¡Recuerda que yo tengo mucho poder!"
El niño pensó un momento, y le dijo que sí. Pero que para estar seguro, la bomba le tenía que prometer y darle su palabra de honor que no se iría para la guerra.
La bomba tuvo hasta que firmarlo todo en un papel que escribió el niño.
El niño corrió a su casa y regreso con una palita que usaba para jugar con arena cuando iba a la playa. Además trajo un mecate con el que amarraba a su perro.
El niño cavó durante varias horas alrededor de la bomba. Cuando estuvo libre, rápidamente, le ató el mecate alrededor de la bomba con el nudo que le había enseñado a hacer su tío Enrique que era marinero. Y entonces le dijo:
– !Bomba, ahora camina¡
En el pueblo se armo una revolución cuando vieron a ese niño tan pequeño, llevando amarrada a la enorme bomba que parecía flotar en el aire.
El niño le fue enseñando las casas viejas, la gente enferma, y los hombres y mujeres que no sabían leer ni escribir.
Al fin se detuvieron en un cerrito desde donde se dominaba con la vista a todo el pueblo, y conversaron debajo de un robusto árbol.
El niño le pidió a la bomba que cumpliera sus tres deseos:
– Primero, que todas las familias tengan casa buenas, amplias y baratas.
– Segundo, que la gente no se muera por enfermedades que se puedan curar.
– Tercero, que todos aprendan a leer y escribir.
La bomba levantó la voz y dijo: – Yo solo soy una bomba, me pides demasiado. Y lloró lágrimas de pólvora y cobre derretido, porque ella no podía hacer eso. Sufría mucho al darse cuenta de todas las cosas que se habrían podido construir, de la gente que podría haber tenido salud y aprendido a leer y escribir con el dinero que ella y las otras bombas, habían costado. El niño al ver llorar a la bomba también se puso muy triste: – Puedes irte, pero no le hagas daño a nadie. La bomba decidió no ir a ninguna guerra. Le pidió al niño quedarse con él en ese pueblo. Pero también comprendió que era un peligro para los habitantes porque podía explotar, y acabar con todo y con todos, aun sin ella quererlo.
La bomba tomó una decisión, llamó al niño que se alejaba y le pidió:
– Sácame las entrañas con mucho cuidado, yo te diré cómo.
El niño entendió lo que la bomba quería hacer. La desarmó y le sacó todo lo que tenía adentro. Botó en el mar todo lo que podía explotar.
Los alambres sirvierón para arreglar la iluminación de la plaza, que hace tiempo estaba oscura como boca de lobo.
Solo quedó el cascote de la bomba.
Entre todos los niños lo cargarón y ahora está ahí en medio de la plazuela.
Los habitantes han sembrado flores alrededor y los niños pintan dibujos sobre el cascote y todos cantan.
Hoy existe una leyenda. La gente cuenta que la bomba es como esos grandes caracoles, en los cuales se escuchan a las olas del mar. Solo que cuando se pega el oído sobre el frío acero del cascote, lo que se escucha no es el mar, ni tampoco sonidos de guerra, sino, canciones y más canciones de paz.
Algunos de los más viejos dicen que cada 7 de julio, por la mañana la bomba sonríe.