Como Sacarse La Loteria

Vicente Leñero



Como todos los días, Medina llegó a la redacción de la revista a las diez de la mañana. Se quitó el saco, lo colgó en el respaldo de la silla y encendió un cigarro. Luego abrió el cajón de su escritorio y saco tres cuartillas. Se sentó. Alguién se había llevado el cenicero y tuvo que apoyar el cigarro en la orilla del escritorio que estaba llena de quemaduras. Casi se acabó el cigarro antes de empezar a escribir. Ya iba en la tercera línea cuando llegó la secretaria y le dijo:

--Señor Medina, le habla el director.

Medina utilizó las equis para tachar una palabra y se levantó.

--¿Qué hay de nuevo? --le pregunto el director.

--Estoy empezando a escribir el reportaje sobre la casa de regeneración.

--¿Cómo le fue?

--Bien. Lo de siempre...

--¿Da para tres planas?

--Creo que sí. No hay cosas muy interesantes, pero se puede inflar un poco...

--No, nada de inflar. ¿Platicó con los muchachos?

--Tengo algo. Casi no querían hablar, y como usted sabe, dijeron lo que siempre dicen...

--Pero eso puede tener valor. Explote el aspecto humano, Medina. Hágalos hablar, pinte el problema que viven. Investigue algún caso... Debe darle fuerza, Medina; mucha fuerza.

-Sí, mucha fuerza...

--Bueno, creo que de todos modos no va a salir en el próximo número. Antes quiero otro reportaje sobre la Lotería Nacional. Ahora con el premio de diez millones puede darle algo interesante. ¿Qué se le ocurre?

--Pues...

--Ponga a trabajar su imaginación, Medina. Piense...

--Quizá decir cómo funciona la Lotería Nacional, pero...

--¿Pero qué?

--Puede parecer publicidad...

--Esa es la tirada: un contrato de publicidad. Pero yo quiero algo nuevo, Medina; algo que no se haya dicho ya. Piense. Ponga a trabajar su imaginación.

Medina se rascó la nuca.

--Pues... Quizá sobre los vendedores de billetes... o sobre... sobre las obras de beneficiencia de la Lotería.

--No, no... algo más interesante.

--Eso puede ser interesante.

--Otra cosa. Piense... Yo ya tengo pensado, pero me gusta que usted se le ocurran cosas; un reportero debe ser de mente despierta.

A Medina no le gustaba que el director le pidiera sugerencias porque ya sabía que nunca le parecían atinadas. Dejó de pensar en el tema.

--Mire, Medina... Quiero que vaya a entrevistar a estas tres personas --sacó un papel y se lo dio--. Le han pegado al premio gordo en los últimos tres años y puede resultar interesante para los lectores saber cómo viven ahora, qué hacen, a qué se dedican, cómo han aprovechado el dinero. ¿No cree?

--Sí, claro, es interesante.

--¿Verdad que es interesante?... Aquí tiene sus nombres y sus direcciones. Fíjese que ya le ahorré el cincuenta por ciento del trabajo... Quiero entrevistas muy humanas; pinte bien a los personajes; haga que el lector se meta en el escenario; utilice detalles; diga cómo son los muebles... si viven con lujo, si han despilfarrado el dinero. ¿Entiende?

--Sí, claro...

--Tengo entendido que este Severiano Rojas vendía billetes de lotería antes de sacarse el premio. Es un buen dato pero trátelo con cuidado. No vayan a creer los lectores que hay chanchullo o alguna cosa por el estilo. Ya sabe cuál es la tirada...

--Sí, claro...

--Lo quiero para este número. Salimos el día del sorteo y nos queda muy bien. Pero no se olvide de los detalles, Medina... Platique mucho tiempo con ellos. Procure que lo inviten a comer. Hágase agradable: que ellos se sientan importantes.

--¿Voy con Esparza?

--Sí. Quiero buenas fotos. Pero vivas... Dígale que las tome hablando o accionando; no quiero fotos estáticas... Y no se vaya a contradecir con las fotos. Que el personaje que usted describa sea el mismo de la foto. ¿Entiende?

--Okey...

--¿Me lo tiene para el jueves?

--Trataré.

--Nunca diga "trataré", siempre diga sí. Ya tiene el cincuenta por ciento...

Medina fue a entrevistar a Severiano Rojas.

Vivía en Polanco. En una casa enorme con jardín al frente. En el garaje había dos Cadillacs y en el pasto vio una sombrilla para el sol y una mesa y cuatro sillas de alambre.

Se compuso el saco antes de tocar el timbre. Los perros llegaron ladrando hasta la reja y Medina se alejó un poquito por si las dudas. Luego salió la sirvienta, vestida de blanco. Medina se fijó en sus piernas antes de preguntarle:

--¿Aquí vive el señor Rojas?

--Sí, aquí vive...

--¿No podría verlo?

--Déjeme ver... ¿de parte de quién?

--De la revista "Vida".

--Un momentito...

La sirvienta se fue Medina se compuso la corbata. No tardó mucho en regresar.

--Que pase.

La sirvienta le sonrió mientras abría el candado y alejaba a los perros.

--No muerden...

--Yo le tengo un poco de miedo a los perros...

Y le volvió a sonreir.

Lo pasaron a una estancia grande. Medina se fijó en los muebles, en los cuadros, en las paredes, en el techo, en la alfombra gris, en la lámpara, en las ventanas, en las puertas, en el aparato de televisión, en las figuras de porcelana, en las cortinas, en los ceniceros, en los tres libros que había sobre el sofá, y luego, cuando llegó, en Severiano Rojas.

"El director me va a echar a mí la culpa de que no haya venido el fotógrafo", pensó.

--¿En qué puedo servirle? --dijo Severiano Rojas.

Era un hombre gordo, de estatura regular. "Ojalá y el número con que se haya sacado la lotería termine en cero", pensó Medina, "para hacer una comparación ingeniosa".

--Vengo de la revista "Vida" --contesto--. Quería platicar con usted sobre el premio de la lotería. Sabemos que le pegó al gordo hace...

--Hace dos años, sí...

--Y estamos haciendo un reportaje sobre los afortunados de los últimos años.

Severiano estaba sumido en un sillón como si se hubiera pasado la vida sentado en él. Era un individuo de tez blanca. Nada hacía suponer que antes de hacerse rico fuera vendedor de billetes.

La plática empezó a desenvolverse con facilidad y Medina se sentía feliz. Le gustaba que los entrevistados fueran como Severiano Rojas; que hablaran sin necesidad de estarle haciendo preguntas a cada rato, sin necesidad de sacarle las respuestas con tirabuzón.

--Tengo entendido que antes de sacarse el premio usted vendía billetes.

Severiano Rojas soltó una carcajada. Se le vieron dos dientes de oro. Luego echó el cuerpo hacia adelante para coger la cigarrera que había en la mesa.

--¿Fuma usted?

Eran cigarros "Kent". A Medina no le gustaban los cigarros americanos; prefería sus "Delicados". Pero aceptó. Antes de que pudiera encender un cerillo, Severiano Rojas le había puesto ya el encendedor de plata en las narices.

--Gracias, señor Rojas...

--No, joven... Yo no me dedicaba precisamente a vender billetes de lotería. Quiero decir, no era un pobre diablo que se paraba en las esquinas para gritar los "huerfanitos". En realidad, tenía un establecimiento de billetes; puqueño, no era muy grande... pero todo era parte de mi experimento. Mi profesón era la de maestro... maestro de Matemáticas.

--¿Donde tenía el establecimiento?

--En Isabel la Católica.

--¿Y en dónde daba clase?

--Daba clase de tercero de Matemáticas en secundaria, y algunas particulares... Usted sabe, los maestros tienen que trabajar mucho para ganar lo indispensable.

--Señor Rojas, hablaba usted de un experimento.

--Sí, una cosa interesante. La base de mi lotería... Porque debe saber que el premio no fue casual. Todos dicen que la lotería es asunto de suerte, pero yo sé que no. Quiero decir, joven, que se puede hacer un estudio serio y descubrir las combinaciones numéricas. ¿Me entiende?

Medina no entendía gran cosa, pero dijo que sí.

--Yo estuve estudiando durante veinte años las listas de premios. Nunca, antes de sacarme el premio, había jugado.

--¿Cómo está eso, señor Rojas?

¿Ha oído hablar en alguna ocasión del cálculo de probabilidades?

--Tengo entendido que...

-Pues yo apliqué el cálculo de probabilidades a la lotería nacional. Hice durante veinte años los estudios necesarios para que un día pudiera tener la seguridad de que el billete que yo comprara iba a sacarse el premio.

--¿Es posible eso...?

--Seguramente que es posible.

--¿Y se puede saber?

--Sí, cómo no. No se imagine que lo guardo en secreto. A mí me gustaría que la gente se hiciera rica como yo; mis parientes han sido los primeros en enterarse del sistema. Sólo que no han tenido paciencia. Tengo una prima que creyó que a los diez años había encontrado el número soñado, pero estaba equivocada en una resta y no se sacó el premio. Si usted quiere, le explico el sistema, venga a mi despacho. Ando trabajando ahora para volver a sacarme la lotería. Empecé el año pasado y calculo que dentro de 35 años habré dado con el número, si es que no me muero antes...

Fueron al despacho de Severiano Rojas. Era un cuarto con mucha luz. Había tres mesas tapizadas de papeles y un gran pizarrón con números por todas partes. Se sentaron en la mesa más grande. Severiano Rojas fue por un cenicero y ofreció otro "Kent" a Medina.

--La cosa está así, joven; toma usted, cualquier día, el número del premio mayor. El que yo tomé, por ejemplo, fue el del día 3 de abril de 1957; mire usted: el 30,470. Entonces tiene usted que abrir un expediente para cada una de sus cifras. El 3, en quinto lugar, el 0 en cuarto lugar, el 4 en tercer lugar, el 7 en segundo lugar, y el 0 nuevamente, pero ahora en primer lugar. Entonces analiza usted el primer premio de todos los días del sorteo. Si en el siguiente sorteo, por ejemplo, no aparece ninguno de estos números, usted anota cero de puntuación en cada uno de los expedientes, como me pasó a mí. Viene el segundo sorteo y resulta premiado el número 237; entonces al 3 le abre otro expediente pero ahora en segundo lugar, y al 7 otro en primer lugar.

A los expedientes del primer sorteo les vuelve a anotar cero de puntuación. Cuando un número vuelve a aparecer en el mismo lugar que tenía en el primer sorteo, suspende su expediente de ese sorteo, pero lo continúa llevando para los demás sorteos. ¿Me entiende? La cosa está en abrir tantos juegos de expedientes como sorteos va habiendo.

Esto fue todo lo que entendió Medina. Severiano Rojas seguía hablando de expedientes, de números, de sorteos, de sumas, restas, raíces cuadradas,... Medina penaba en la enfermedad de su madre; en el costo de la operación; en las semanas de hospital. Quién fuera Severiano Rojas para hablar con tanta seguridad; para poder llevar un método que años antes o años después lo llevaría a la segura posesión de una fortuna.

El necesitaba escribir cien reportajes y no comer ni pagar la renta durante cinco meses para que su madre pudiera operarse.

Y allí estaba Severiano Rojas riéndose de las preocupaciones económicas y revelando un secreto que él no alcanzaba a entender. Se sentía como dentro de un sueño: teniendo una fortuna a cinco centímetros de las narices y no pudiéndola alcanzar; por más que quería comprender el método, por más que se esforzaba para oír a Severiano Rojas. Pero Severiano Rojas no se detenía; seguía explicando a toda velocidad, cada vez más aprisa, más aprisa, más aprisa... Hasta que Medina vio nuevamente a la sirvienta, oyó el ladrido de los perros, y se alejó de la casa.

Tomó el camión después de caminar mucho. Se bajó en Paseo de la Reforma. Un hombre manco se le acercó:

--Andele, patrón... Los 10 millones para el viernes.

Compró un cachito sin ver el número y regresó a la redacción de la revista.

El viernes se levantó a las nueve de la mañana. Se baño. Desayunó de prisa y salió a la calle. En el puesto de siempre compró el periódico y lo fue leyendo en el camión. Ya se le había olvidado lo de su billete. Buscó la lista de la lotería. Sacó su billete y lo comparó. El número que tenía en sus manos estaba premiado con diez millones de pesos.

Ese día, Medina no se apareció en la revista.



Fin.