La solución final. Parte 1

LA SOLUCIÓN FINAL PARTE 1


Para evitar problemas: En este post se transcribe un ensayo del historiador británico Ian Kershaw. Se trata de un análisis histórico, no de propaganda neonazi o de los negacionistas del holocausto. POR ESO SI ERES NEONAZI O NEGACIONISTA, NO TE VA A INTERESAR EL TEMA.
A quienes les gusta la historia, que lo disfruten.


El ensayo se llama Hitler's Role in the "Final Solution", el texto en inglés está disponible en: Yadvashem.org (FUENTE, o lo van a borrar también);

INTERPRETANDO LA DECISIÓN PARA LA “SOLUCIÓN FINAL”


Con pocas excepciones, en particular el primer estudio de Gerald Reitlinger (The Final Solution. London: Vallentine, Mitchell & Co. Ltd., 1953) y la monumental obra de Raul Hilberg (The Destruction of the European Jews. Chicago: Quadrangle, 1961), la investigación detallada sobre las decisiones y políticas de genocidio comenzó todavía en la década de 1970, ampliándose en gran medida en las décadas posteriores, especialmente una vez se abrieron los depósitos de archivo en el antiguo bloque oriental. Sólo a la luz de esa investigación se ha hecho posible evaluar de forma más precisa el papel que Hitler jugó en la aparición de la “Solución Final”. Pero incluso ahora, tras exhaustivos análisis, muchas cosas permanecen oscuras o polémicas. Los problemas de interpretación surgen de las complejidades y deficiencias de las pruebas fragmentarias que han sobrevivido, reflejando en buena medida el confuso lenguaje del liderazgo nazi así como el estilo de liderazgo de Hitler tan poco burocrático, que, especialmente una vez comenzada la guerra, hizo gran hincapié en el secreto y la ocultación, con órdenes sobre asuntos delicados pasadas de forma verbal, y sobre una base de “necesidad-de-conocer” [Véase Leni Yahil, “Some Remarks about Hitler's Impact on the Nazis' Jewish Policy,” Yad Vashem Studies, 23 (1993), pp. 282-286.]

Hasta la década de 1970 se tomó generalmente por seguro que una orden única y directa de Hitler lanzó la “Solución Final”. La presunción emanaba de una aproximación al Tercer Reich centrada en Hitler, que colocaba gran énfasis sobre la voluntad, intenciones y directivas-políticas del dictador. Esto vino algunas veces de la mano de la afirmación, tal como se expresó en el influyente libro de Lucy Dawidowicz, que Hitler había seguido un “gran diseño” o “programa de aniquilación” que se remontaba a su traumática experiencia al final de la Primera Guerra Mundial, y que, aunque en ocasiones habían sido necesarios ajustes tácticos, la ejecución del plan simplemente esperó la oportunidad correcta, que llegó luego en 1941 (Lucy Dawidowicz, The War against the Jews 1933-45. Harmondsworth: Penguin, 1977, pp. 193-208). Gerald Fleming, uno de los primeros historiadores en investigar sistemáticamente las pruebas para la participación de Hitler en la ejecución de la “Solución Final”, coincidió en ver “un plan estratégico” para la realización del propósito de Hitler, remontándose a su experiencia de la revolución alemana de 1918 (Gerald Fleming, Hitler und die Endlösung. “Es ist des Führers Wunsch”. Wiesbaden/Munich: Limes Verlag, 1982, pp. 13-27; edición inglesa: Hitler and the Final Solution. Berkeley: University of California Press, 1994, edición de bolsillo, pp. 1-16). Las primeras biografías de Hitler siguieron una línea similar (Alan Bullock, Hitler. A Study in Tyranny. Harmonsworth: Penguin, 1962, pp. 702-703; Joachim C. Fest, Hitler. Eine Biographie. Ullstein: Frankfurt am Main/Berlin/Viena, 1976, vol. 2, p. 930; John Toland, Adolf Hitler. New York: Doubleday, 1976, pp. 88-89). Rudolph Binion ofreció una explicación “psico-histórica” para este propósito patológico, viendo a Hitler entrar en la política para matar a los judíos como venganza por la derrota de Alemania, en asociación subliminal con la muerte de su madre en 1907 bajo tratamiento de un doctor judío (Rudolph Binion, Hitler among the Germans. New York/Oxford/Amsterdam: Elsevier, 1976, pp. 1-35).

En la década de 1970 ganó adeptos una reacción a este pronunciado centrismo alrededor de Hitler. Formó una aproximación alternativa general para interpretar el Tercer Reich, que vino a ser conocida como “estructuralista” o a veces “funcionalista”, para distinguirla de la aproximación “intencionalista”. En vez de mirar a la dirección personal de política de Hitler se enfatizó en la fragmentación de la acción política en un sistema de gobierno “policrático” con líneas de administración caóticas y confusas, dirigido por un “dictador débil” (Para este tema véase Hans Mommsen, Beamtentum in Dritten Reich. Stuttgart: Deutsche Verlags-Anstalt, 1966, p. 98, nota 26) preocupado principalmente con la propaganda y con el mantenimiento de su prestigio. En cuanto a la política anti-judía, también, las aproximaciones “estructuralistas” se alejaron del papel del individuo -no se puso en duda el antisemitismo paranoide de Hitler, imprescindible para la brutal persecución que condujo al genocidio, o la responsabilidad moral- hacia las “estructuras” de gobierno en el Tercer Reich, y las “funciones” de las agencias competidoras que se esforzaban por implementar pautas odiosas pero vagamente expresadas para la acción. En un artículo fundamental publicado en 1977, despertando un debate que ha retumbado desde entonces, Martin Broszat expresó que Hitler no había dado en absoluto ninguna “orden exhaustiva general de extermino”. Más bien, los problemas para llevar a cabo los planes de deportación, surgidos del inesperado fracaso de derrotar rápidamente a la Unión Soviética durante el verano y otoño de 1941, habían movido a los sátrapas nazis en los territorios ocupados del este a comenzar a tomar la iniciativa para matar a los judíos en sus regiones. La matanza obtuvo una sanción retrospectiva desde arriba, pero sólo gradualmente, en 1942, se convirtió en un exhaustivo programa de exterminio. Por tanto, no había habido un diseño a largo plazo para la aniquilación física de los judíos de Europa. Y no había habido ninguna orden específica de Hitler [Martin Broszat, “Hitler und die Genesis der 'Endlösung'. Aus Anlass der Thesen von David Irving,” Vierteljahrshefte für Zeitgeschichte, 25, (1977), pp. 737-775. Fue publicada una versión inglesa como “Hitler and the Genesis of the 'Final Solution': An Assessment of David Irving's Theses,” Yad Vashem Studies, 13 (1979), pp. 73-125.].

En un influyente ensayo publicado en 1983, Hans Mommsen presentó un sólido argumento que se encaminaba mucho en la misma dirección. Mommsen aceptó sin cuestión el conocimiento y aprobación de Hitler de lo que estaba teniendo lugar. Pero vio una orden directa de Hitler como incompatible con los intentos del dictador de distanciarse de la responsabilidad personal directa y la reluctancia para hablar de la “Solución Final”, incluso entre su séquito más cercano, excepto en términos indirectos o declaraciones de propaganda. Para Mommsen, la clave para la aparición de la “Solución Final” no se iba a encontrar en la ejecución de la voluntad de Hitler para exterminar a los judíos, sino en improvisadas iniciativas burocráticas cuya dinámica provocó un proceso de “radicalización acumulativa” en las estructuras fragmentadas de la toma de decisiones en el Tercer Reich [Hans Mommsen, “Die Realisierung des Utopischen: Die 'Endlösung der Judenfrage' in 'Dittren Reich',” Geschichte und Gessellschaft, 9 (1983), pp. 381-420.].

A finales de la década de 1970 y principios de la de 1980, en el momento en que aparecieron esos ensayos programáticos de Broszat y Mommsen, todavía estaba poco desarrollada la investigación detallada en las decisiones que lanzaron la “Solución Final”. Por supuesto, habían aparecido, mientras tanto, importantes obras, aparte de Hilberg, dañando definitivamente la noción de un “gran diseño” para el exterminio, un plan que se remontaba a 1918. Yehuda Bauer, uno de los más destacados expertos israelíes sobre el Holocausto, resumió la revisión general señalando un número de fases de desarrollo en la política anti-judía, todas ellas arraigadas en la noción inalterable de sacar a los judíos de Alemania, aunque sin seguir ningún programa de exterminio a largo plazo (Yehuda Bauer, The Holocaust in Historical Perspective. London: Sheldon Press, 1978, p. 11). Este veredicto siguió dos penetrantes análisis de política anti-judía de Karl Schleunes y Uwe Dietrich Adam que persiguieron las rarezas y cul-de-sacs de la persecución nazi, descartando la noción de una simple estrategia de ejecución de un antiguo plan de exterminio determinado por Hitler. Lejos de ser una senda recta, el camino a Auschwitz, según Schleunes, fue un camino “retorcido” (Schleunes, Twisted Road; Uwe Dietrich Adam, Judenpolitik im Dritten Reich. Düsseldorf: Droste, 1972).

Movido directamente por las hipótesis de Broszat, uno de los primeros investigadores en explorar el inextricable y altamente complejo material de fuentes para los cruciales meses de 1941 que vieron la aparición de la “Solución Final” (significando no sólo la matanza masiva de judíos en la Unión Soviética tras la “Operación Barbarroja”, sino un programa para el exterminio de todos los judíos de Europa en las áreas ocupadas nazis) fue Christopher Browning, en los primeros estadios de una carrera que le vio avanzar para convertirse en uno de principales expertos del mundo sobre el Holocausto. Rechazando el énfasis de Broszat sobre iniciativas locales que sólo gradualmente cuajaron en un programa, Browning insistió en la dirección central y regresó a un énfasis sobre una decisión de Hitler, que, como Hilberg y otros, situó en el verano de 1941. Vio esta decisión reflejada de forma crucial en el mandato dado por Göring a Heydrich el 31 de julio de 1941, ordenándole preparar una “solución total a la cuestión judía” (Peter Longerich, ed., Die Ermordung der europäischen Juden. Eine umfassende Dokumentation des Holocaust 1941-1945. Munich/Zurich: Piper, 1989, p. 78). No obstante, la novedad de la interpretación de Browning fue que concibió a Hitler comisionando a Göring para elaborar un plan para la “Solución Final” para ser confirmado en una fecha posterior, de hecho la primera parte de una orden de dos fases. Los meses siguientes fueron testigos de la radicalización a varios niveles, durante la cual la matanza de judíos se intensificó grandemente. Hubo confusión, por momentos contradicción, y mucha improvisación. Pero nada de esto era incompatible, en opinión de Browning, con un mandato para trabajar para el exterminio de los judíos que se remontaba a julio anterior. Browning concluyó que a finales de octubre o noviembre de 1941, con el ataque sobre la Unión Soviética estancado, Hitler aprobó “el plan de exterminio que había solicitado el verano pasado” (Christopher Browning, “Zur Genesis der 'Endlösung'. Eine Antwort an Martin Broszat,” Vierteljahrshefte für Zeitgeschichte, 29 (1981), pp. 97-109; edición inglesa: “A Reply to Martin Broszat regarding the Origins of the Final Solution”, Simon Wiesenthal Center Annual, 1 (1984), pp. 113-132). En numerosos estudios imponentes y detallados que ha publicado sobre el tema desde este primer ensayo, Browning nunca ha alterado sustancialmente esta interpretación (Véanse, especialmente, Christopher Browning, Fateful Months: Essays on the Emergence of the Final Solution. New York: Holmes & Meier, 1985; The Path to Genocide. Essays on Launching the Final Solution. Cambridge: Cambridge University Press, 1992; y The Origins of the Final Solution: The Evolution of Nazi Jewish Policy, September 1939-March 1942. Jerusalem and Lincoln: Yad Vashem and University of Nebraska Press, 2004).

El momento, así como la naturaleza, de cualquier decisión del Führer para la “Solución Final” se convirtió ahora en un asunto central de interpretación. Fue ampliamente debatido en una importante conferencia en Stuttgart en 1984 (Eberhard Jäckel y Jürgen Rohwer, eds., Der Mord an den Juden im Zeiten Weltkrieg. Stuttgart: Deutsche Verlags-Anstalt, 1985). La mayoría, aunque no todos, de los expertos participantes aceptó que debió haber habido una orden del Führer. Sin embargo, sobre la fecha de tal orden (que todos coincidieron que fue en algún momento de 1941), la interpretación varió considerablemente. La opinión dominante fue que la decisión crucial -vista principalmente como conectada al mandato de Göring- para la extensión al conjunto de Europa de la aniquilación física de los judíos ya en marcha en la Unión Soviética tuvo lugar en el verano, mientras el final de la guerra parecía inminente. No obstante, algunos situaron una decisión de Hitler no en la fase “eufórica” del verano, sino en el otoño, cuando se hizo evidente que la guerra en la Unión Soviética se alargaría, y cuando la posibilidad de deportar a los judíos dentro del territorio soviético, como se había previsto al principio, se había evaporado. La cuestión del momento de cualquier decisión de Hitler había adquirido una mayor importancia. La interpretación de la “euforia” lo colocaba planeando destruir a los judíos desde una posición de fuerza, cuando el triunfo final parecía estar a su alcance. Apuntaba en la dirección de una intención determinada para matar a los judíos cuando surgiera la oportunidad. La alternativa, una decisión tomada desde una efectiva debilidad, cuando la perspectiva de victoria se desvaneció y los problemas de una prolongada y amarga guerra estaban creciendo, era más sugestiva de una reacción a las circunstancias que se había descontrolado, una respuesta a la incapacidad de ocasionar la deseada solución territorial de la “cuestión judía” deportando a los judíos a las inmensidades árticas de la Unión Soviética y una vengativa determinación de triunfar en la “guerra contra los judíos” incluso si la victoria final en la guerra militar se demostraba imposible de conseguir.

El caso de situar una decisión de Hitler no en la euforia de las altas expectativas de victoria inminente de verano, sino unos dos meses más tarde, cuando el pesimismo sobre una larga guerra en el este estaba comenzando a apoderarse del dictador, fue presentado de forma más contundente por Philippe Burrin, escribiendo a finales de la década de 1980. A diferencia de Browning y otros, Burrin expresó -un punto mientras tanto más ampliamente aceptado- que sería un error ver en el mandato de Göring de 31 de julio de 1941 un reflejo de una orden fundamental de Hitler para la “Solución Final”, es decir, extender el genocidio que ya tenía lugar en la Unión Soviética a un programa para el exterminio físico del conjunto de los judíos de Europa. Más bien, según Burrin, el mandato de Göring caía dentro de las instrucciones de obtener un acuerdo territorial en el este una vez la guerra hubiera terminado. El mandato, que había sido elaborado en la propia oficina de Heydrich para la firma de Göring, estaba ideado para establecer la autoridad -en un asunto donde había muchas instancias competidoras- del jefe del Reichssicherheitshauptamt en todos los asuntos concernientes a la solución de la “Cuestión Judía”. La falta de autoridad que evidentemente todavía prevalecía entre las autoridades nazis a finales del verano y principios del otoño de 1941 significaba, para Burrin, que todavía no se había tomado ninguna decisión para la “Solución Final”. Razonó que semejante orden en septiembre de 1941 era sinónima de la decisión de deportar a los judíos al este, una decisión tomada incuestionablemente por Hitler, y en un momento en que estaba cabizbajo por el lento avance en la Unión Soviética y la perspectiva creciente de un largo conflicto (Philippe Burrin, Hitler et les Juifs. Genèse d'un génocide. Paris: Seuil, 1989, pp. 129-139, pp. 164-174. Edición inglesa: Hitler and the Jews: The Genesis of the Holocaust. London: Edwin Arnold, 1994).

Poco después de aparecer el estudio de Burrin, los archivos del antiguo bloque oriental comenzaron a divulgar sus secretos. De manera previsible, no se encontró una orden escrita de Hitler para la “Solución Final”. La presunción de que se hubiera dado alguna vez una simple y explícita orden escrita hacía mucho tiempo que había sido desechada por la mayoría de los historiadores. Nada cambió ahora esa suposición. De hecho, poca cosa se descubrió en Moscú o en otros archivos del este-europeo que brindara nueva luz directamente sobre el papel de Hitler en la “Solución Final”. Sin embargo, indirectamente nuevas perspectivas sobre la aparición de un programa genocida proporcionaron una nueva comprensión sobre el propio papel de Hitler.

Un trabajo extraordinario que se benefició de las nuevas oportunidades de investigación fue el estudio de Götz Aly, publicado en 1995, de la interconexión de planes nazis para reasentar a cientos de miles de alemanes étnicos en los territorios ocupados de Polonia y los giros y cambios de política para deportar a los judíos. En su detallada reconstrucción de la formulación política racial en los territorios orientales entre 1939 y principios de 1942, Aly fue capaz de mostrar cómo las medidas radicales anti-judías fueron cada vez más resultado de los bloqueos producidos por los planes de reasentamiento brutalmente irreales de las autoridades nazis. Aly concluyó que no hubo una simple y específica decisión para matar a los judíos de Europa. Más bien, de forma análoga a la noción de Mommsen de un sistema de “radicalización acumulativa”, postuló un “largo y complejo proceso de toma de decisiones” con notables aceleraciones en marzo, julio y octubre de 1941, pero continuando todavía como una serie de “experimentos” hasta mayo de 1942. El papel de Hitler, según esta interpretación, se vio confinado a decisiones como un árbitro entre los competidores líderes nazis cuyos propios esquemas para tratar con la “cuestión judía” habían creado problemas insolubles (Götz Aly, Endlösung, Völkerverschiebung und der Mord an den europäischen Juden. Frankfurt am Main: Fischer, 1995, pp. 398-399 y contraportada. Publicado en inglés como The Final Solution: Nazi Population Policy and the Murder of the European Jews. London: Arnold, 1999).

El argumento de Aly de que no había habido ningún momento preciso en el que Hitler había tomado una simple decisión para la “Solución Final” ha ganado apoyo de un número de detallados estudios regionales sobre la aparición del genocidio en los territorios ocupados. Un resultado ha sido una comprensión más clara de cómo, en los meses críticos de otoño de 1941, autoridades regionales nazis recurrieron a iniciativas locales y de autoayuda cada vez más radicales para liberar sus áreas de judíos. Aunque evidentemente hubo señales de Berlín indicando una “solución” exhaustiva de acercamiento al “problema judío” e induciendo a los líderes regionales nazis a adoptar medidas drásticas para resolver sus propias dificultades, las conflictivas interpretaciones de los propósitos de la política anti-judía en esta fase parecen implicar que todavía no se había tomado una decisión fundamental. Comenzaron algunos programas de exterminio locales, puestos en marcha por los sátrapas locales nazis en coordinación con Berlín. En noviembre de 1941 comenzó la construcción de un pequeño campo de exterminio en Belzec, en el Distrito de Lublin del Generalgouvernement, instigada por el Jefe de Policía SS del área, Odilo Globocnik, con el propósito de liquidar judíos en esa área incapaces de trabajar (Dieter Pohl, Von der “Judenpolitik” zum Judenmord. Der Distrikt Lublin des Generalgouvernements 1939-1944. Frankfurt am Main: Peter Lang, 1993, pp. 105 y ss). En la “Warthegau”, la parte anexionada de Polonia occidental, el jefe de policía regional, Wilhelm Koppe y el Gauleiter, Arthur Greiser, contactaron con Berlín para ubicar los furgones de gas en Chelmno. Esos campos comenzaron las operaciones a principios de diciembre para matar judíos del atestado gueto de Lodz y de otros lugares de la región como parte de un acuerdo para compensar la afluencia de todavía más judíos enviados al este como parte de la primera ola de deportaciones del Reich [Ian Kershaw, “Improvised Genocide? The Emergence of the 'Final Solution' in the 'Warthegau',” Transactions of the Royal Historical Society, 6th Series (1992), pp. 51-78]. Pero “soluciones” localizadas, incluyendo los fusilamientos de judíos a su llegada de Alemania en el Báltico en otoño de 1941, todavía no formaban parte de un programa completamente concebido y exhaustivo. Una “Solución Final” estaba todavía en desarrollo, todavía en una fase “experimental”.

La investigación, entonces, se había alejado, en ciertas vías, de las diferentes hipótesis sobre la fecha de la decisión de Hitler para la “Solución Final” al implicar -o declarar explícitamente- que no se había tomado tal decisión. Por un camino diferente, y sobre las base de más profundos hallazgos de investigación, esto estaba regresando al amplio enfoque de las hipótesis “estructuralistas” programáticas de Broszat y Mommsen de finales de los setenta y principios de los ochenta. Pero las conclusiones estaban lejos de ser universalmente aceptadas. El énfasis sobre las iniciativas locales, medidas improvisadas, “procesos” no-dirigidos desarrollándose hasta que se transformaron en un “no autorizado” programa de exterminio no resultaron convincente para muchos historiadores. Algunos expertos -destacado entre ellos Chritopher Browning- sintieron que, por todos los indudables avances que habían traído los detallados estudios regionales de la aparición del genocidio, la dirección central de la política había sido minimizada. El papel de Hitler, también, parecía figurar escasamente en las nuevas explicaciones. ¿Era probable, o plausible, que el más radical de los radicales antisemitas no hubiera jugado una parte directa en la configuración de las políticas dirigidas a destruir a su percibido archienemigo?

Como David Bankier y luego, en un estudio magistral, Saul Friedländer, habían demostrado, incluso en la década de 1930 Hitler había estado más activo en la política anti-judía, hasta en puntos de detalle, que el primer trabajo de Karl Schleunes, en particular, había supuesto [David Bankier, “Hitler and the Policy-Making Process in the Jewish Question,” Holocaust and Genocide Studies, 3 (1988), pp. 1-20; Saul Friedländer, Nazi Germany and the Jews: The Years of Persecution, 1933-1939. London: Weidenfeld & Nicolson, 1997]. Por tanto, no era fácil aceptar que había permanecido al margen de la toma de decisiones precisamente en el momento en que su tan declarado objetivo de “remover” a los judíos estaba convirtiéndose en una realidad práctica. Browning continuó con un despliegue de importantes publicaciones para mantener también la importancia de una orden del Führer, y para fecharla (como siempre había hecho) en el verano de 1941, el tiempo de “euforia”. Permaneció impasible a las objeciones presentadas a esta fecha, aunque subrayó que no estaba planteando una simple decisión, sino concibiendo “el momento en el que Hitler inauguró el proceso de toma de decisiones”, el primer movimiento en los desarrollos que se alargarían durante los meses posteriores (Christopher Browning, “Hitler and the Euphoria of Victory: The Path to the Final Solution,” en David Cesarani, ed., The Final Solution: Origins and Implementation. London and New York: Routledge, 1994, pp. 137-147; y The Origins of the Final Solution, pp. 314-316, pp. 426-427).

Otros historiadores, igualmente ansiosos por enfatizar el papel directo de Hitler en dirigir la política hacia una deliberada y planificada “Solución Final”, alcanzaron diferentes conclusiones acerca del momento de una orden del Führer. Richard Breitman fechó “una decisión fundamental para exterminar a los judíos” del dictador ya en enero de 1941, añadiendo, no obstante, que “si el objetivo y las políticas básicas estaban ahora claras, los planes específicos no”, y siguió sólo después de algún tiempo con las primeras decisiones operacionales en julio (Richard Breitman, The Architect of Genocide: Himmler and the Final Solution. London: The Bodley Head, 1991, pp. 153, 156). En otras palabras, Breitman no estaba planteando una incisiva política de decisión, sino más bien una declaración de intención. Pero Hitler había mantenido desde tiempo la opinión de que otra guerra ocasionaría la destrucción de los judíos. Y en este punto, a principios de 1941, en el contexto de planificar la “Operación Barbarroja”, la deportación de los judíos a las inmensidades árticas de la Unión Soviética se estaba abriendo como una perspectiva realista. Allí, con el tiempo, la presunción era que perecerían. Es difícil ver una decisión de Hitler en enero de 1941 extendiéndose más allá de esa noción final, aunque todavía vaga, de una solución territorial. Aunque esto era en sí mismo implícitamente genocida, las rarezas de la política durante los siguientes meses hablan en contra de enero de 1941 como la fecha en que Hitler tomó la decisión para la “Solución Final”.

Una sugerencia enteramente diferente para la fecha de una orden de Hitler vino de Tobias Jersak. En opinión de Jersak, la declaración de la Carta del Atlántico de Roosevelt y Churchill el 14 de agosto de 1941 (significando que Alemania pronto estaría en guerra con Estados Unidos de América) fue el desencadenante para Hitler, que sufría en ese momento un colapso nervioso y se recuperaba del reconocimiento del fracaso de su estrategia para derrotar a la Unión Soviética, para tomar la decisión fundamental de que los judíos de Europa serían físicamente destruidos [Tobias Jersak, “Die Interaktion von Kriegsverlauf und Judenvernichtung,” Historische Zeitschrift, 268 (1999), pp. 311-349]. No obstante, Jersak probablemente exagera el impacto de la Carta Atlántica sobre Hitler. Es dudoso que esto en sí mismo fuera suficiente para proporcionar el acicate vital para semejante decisión trascendental, tomada, en la interpretación de Jersak, con rapidez y sin ninguna consulta. De hecho, Jersak se quedó con poca cosa salvo la especulación para apoyar su afirmación de que Hitler ya había tomado la decisión cuando se reunió con Goebbels el 19 de agosto, para consentir en las propuestas que le presentó el ministro de Propaganda para obligar a los judíos en Alemania a llevar la Estrella de David.

Otra interpretación de una decisión fundamental de Hitler para lanzar la “Solución Final” fue propuesta por Christian Gerlach. Para él, las disparidades en la ejecución de las medidas anti-judías descartaban una orden específica central de Hitler en verano o principios de otoño. A pesar de la evidente escalada de acciones genocidas, había todavía una falta de claridad sobre el tratamiento de los judíos deportados del Reich, y las distintas medidas regionales de liquidación todavía no estaban coordinadas. La necesidad de proporcionar de forma precisa esta aclaración y coordinación se encontraba, afirmó, detrás de la invitación de Heydrich a importantes figuras en las agencias involucradas a una reunión en Wannsee el 9 de diciembre de 1941. Entonces surgió Pearl Harbor y la reunión fue pospuesta. Según la interpretación de Gerlach, a la altura en que la reunión tuvo finalmente lugar, el 20 de enero de 1942, la “decisión básica” de Hitler para matar a todos los judíos de Europa había tenido lugar. En el contexto de una guerra que se había convertido ahora en global, Gerlach ve una alocución hecha por Hitler a los Reichsleiter y Gauleiter el 12 de diciembre, y una serie acompañada de reuniones privadas con líderes nazis durante los días siguientes, como equivalente a la “decisión básica” de Hitler para la “Solución Final” [Christian Gerlach, “Die Wannsee-Konferenz, das Schicksal der deutschen Juden und Hitlers politische Grundsatzentscheidung, alle Juden Europas zu ermorden,” Werkstattgeschichte, 18 (1997), pp. 7-44, reimpreso con enmiendas en Christian Gerlach, Krieg, Ernährung, Völkermord: Forschungen zur deutschen Vernichstungspolitik im Zweiten Weltkrieg. Hamburg: Hamburger Edition, 1998, pp. 85-166]. Ciertamente, Gerlach presenta un buen caso para una posterior radicalización de la política de exterminio en diciembre de 1941 (Véase Peter Longerich, Politik der Vernichtung. Eine Gesamtdarstellung der nationalsozialistischen Judenverfolgung. Munich and Zurich: Piper, 1998, p. 467). Pero es difícil imaginar a Hitler, que se abstuvo de hablar sobre el exterminio de los judíos más que con vagas generalizaciones incluso en su séquito íntimo, escogiendo para anunciar una “decisión básica” para instigar la “Solución Final” una reunión de unos cincuenta líderes nazis. Ninguno de los presentes se refirió más tarde a este encuentro como de una especial importancia con respecto a la “Solución Final”. Y Goebbels, cuyo diario forma la fuente para los comentarios reportados de Hitler, resumió las observaciones sobre los judíos en unas pocas líneas de una entrada, por lo demás extensa, del diario, sin subrayarlas como de especial importancia (Véase Ulrich Herbert, “'Führerentscheidung' zur 'Endlösung'?,” Neue Zürcher Zeitung, 14-15 de marzo, 1998, pp. 69-70).

Un examen reciente y meticuloso de las complejas pruebas de la toma de decisiones sobre política anti-judía entre 1939 y 1942 ofrece todavía otra variante. Florent Brayard coloca la fecha de la orden de Hitler para comenzar la “Solución Final” como un programa exhaustivo más tarde que cualquier otro historiador haya hecho, en junio de 1942, inmediatamente después del asesinato de Reinhard Heydrich en Praga (Florent Brayard, La “solution finale de la question juive”. La technique, le temps et les catégories de la décision. Paris: Fayard, 2004). En el funeral de Heydrich, 9 de junio, Himmler dijo a los líderes SS que completarían la “migración” (Völkerwanderung) de los judíos dentro de un año (Bradley F. Smith y Agnes F. Peterson, eds., Heinrich Himmler. Geheimreden 1933 bis 1945. Frankfurt am Main, Berlin, Vienna: Proplyäen Verlag, 1974, p. 159). Este es el momento, infiere Brayard, conectando los comentarios de Himmler con las observaciones dacronianas reportadas sobre los judíos por Hitler alrededor de esa época, en que la “Solución Final” -significando el programa para la completa y rápida erradicación de todos los judíos de Europa- fue iniciada. No obstante, quizá parece más plausible verlo como el mayor empuje en la escalada para establecer un programa de matanza en toda Europa. El estudio magistral de Peter Longerich de la “política de aniquilación”, de hecho, ya había establecido -algo ampliamente aceptado ahora, también por Brayard- que un exhaustivo programa de exterminio de la judería europea se desarrolló como un proceso in crescendo, con un número de aceleraciones, entre el verano de 1941 y el verano de 1942 (Longerich, Politik der Vernichtung, pp. 579-584). Ya en marzo y abril de 1942, como muestra Longerich, se estaban elaborando planes para deportar a los judíos de Europa occidental al este, y para extender la matanza en Polonia y Europa central. Probablemente el asesinato de Heydrich proporcionó el ímpetu para unir ambos propósitos.

Parece cierto, dadas las pruebas fragmentarias e insatisfactorias, que todos los intentos para establecer un momento preciso en el que Hitler decidió lanzar la “Solución Final” encontrarán objeciones. Y, por supuesto, mucho depende de lo que se conciba como una orden del Führer. ¿Fue una directiva precisa y clara, o simplemente una “luz verde” o “asentimiento con la cabeza”? La interpretación descansa además sobre si la toma de decisiones sobre la “Solución Final” se considera como una secuencia continuada, con ajustes y fases de aceleración a lo largo de un año o así, o si se busca un momento donde se puede distinguir un salto mayúsculo preciso que constituye la decisión.

Y sin embargo, los relatos estructuralistas o funcionalistas en los que el papel de Hitler está minimizado, o marginado también parecen insatisfactorios. Por ejemplo, el énfasis de Aly sobre la conexión entre los bloqueos en los planes nazis para transferir y reasentar a la población de alemanes étnicos y la radicalización de la política anti-judía, aunque válido, no explica por qué el fracaso de los planes de deportación condujo al genocidio exclusivamente en el caso de los judíos (Véase Ulrich Herbert ed., Nationalsozialistische Vernichtungspolitik 1939-1945. Neue Forschungen und Kontroversen. Frankfurt am Main: Fischer, 1998, p. 27; edición inglesa: National Socialist Extermination Policies. Contemporary Perspectives and Controversies. New York/Oxford: Berghahn Books, 2000). Esto lleva directamente de vuelta al papel de la ideología, a menudo minimizada en las cuentas estructuralistas. Basado en una larga tradición antisemita, los judíos ocupaban un lugar completamente singular en la demonología nazi, y en los planes para la “limpieza” racial. Los judíos habían sido el enemigo ideológico número uno de los nazis desde el comienzo..........

Parece imposible aislar una única y específica orden del Führer para la “Solución Final” en una política de exterminio que tomó forma plena en un proceso de radicalización que se extendió durante un período de alrededor de un año. Al mismo tiempo, muchas cosas indican que el programa de exterminio no se desarrolló sin un papel decisivo jugado por Hitler mismo. Para reconciliar estas dos declaraciones, deberíamos buscar ambas como una serie de autorizaciones secretas para unos pasos especiales de radicalización, y para un número de señales públicas o “luces verdes” para la acción. También deberíamos reconocer que Hitler era el portavoz supremo y radical de un imperativo ideológico que, en 1941, se había convertido en una prioridad para todo el liderazgo del régimen. Dentro de este marco, necesitamos considerar ahora cómo Hitler configuró la senda al genocidio.

Ver la segunda parte:
http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/4130261/El-exterminio-de-los-jud%C3%ADos_-%C2%BFC%C3%B3mo-se-tomo-esta-decisi%C3%B3n.html

FUENTE:
Hitler's Role in the "Final Solution", el texto en inglés está disponible en: Yadvashem.org y la traducción: http://www.forosegundaguerra.com/viewtopic.php?f=68&t=10565#p113804 (FUENTE, o lo van a borrar también);

1 comentario - La solución final. Parte 1

@ANAIS2009
interesantisimo hojala no te lo saboteen , el antisemitismo ya estaba en el pensamiento de los alemanes antes de la segunda guerra mundial cuando en la primera los judios se negaron a colaborar con la guerra, y sabotearon economicamente a la familia imperial de los Hohenzollern luego durante la República de Weimar (1918-1933) se dedicaron a sus negocios sin prestar atencion a la situacion alemana, simpatizando con la antigua entente que ya les habia prometido un estado judio si colaboraban en la desestabilizacion de alemania, todo esto fue lo que el joven hitler percibio cuando era soldado en la primera guerra mundial y que luego explotaria en el sentimiento aleman en 1933 cuando fue canciller aun asi esperaba que los judios le brindaran completo apoyo financiero cuando decidio poener en marcha su plan de invacion de europa pero una vez mas los judios se negaron y entonces hitler prendio la volatil mecha del antisemitismo desembocando en la solucion final, estoy de acuerdo en que hitler no era el tipo que estubiera pendiente de como era mejor castigar a los judios el solo daba la luz verde y sus lugartenientes hacian el resto, dependia tanto de ellos y confiaba tanto hasta el fanatismo en su poder de raza superior que sus malas desiciones le costaron la guerra y extermino a 4 millos de judios en nombre de un ideal que no resulto.
igual en 1948 los judios obtuvieron su estado de israel ayudados por los eeuu y los britanicos para desestabilizar el medio oriente, asi las cosas es solo politica a ninguno de estos le interesa el bien comun, solo el poder.
Los comentarios se encuentran cerrados