(agradezco criticas contructivas, puntos y comentarios varios, (no barderos), pero con tal de q lo lean todo bien...=)si quieren pasen por las otras partes GRACIAS!

FARGON




I

El legado de Heimdall





Los rayos del alba comenzaban a despuntar sobre los níveos prados en las afueras de Cinnia. De espaldas al horizonte, Backtún avanzaba despreocupado hacia la imponente ciudad como un cazador salvaje frente a su presa. Luciendo una armadura color escarlata y una larga capa negra, tersa y labrada con pieles de animales exóticos. Con su morena calva descubierta y una calavera blanca tatuada en su rostro. Un parche en su ojo derecho, en conjunción con una amplia variedad de múltiples cortes en su rostro, cubría una vieja herida interna aún ardiente como el primer día, que evocaba desafiante al recuerdo de previas batallas. Poseía una garra en lugar de mano derecha y una espada corva en la izquierda. Y se encaramaba sobre la dorsal de un gran rinoceronte de más o menos dos metros de altura, tan engalanado de oro como él. Un Skoll formidable, realmente. Había luchado en grandes batallas a lo largo de muchos años y había logrado convertirse así en el emperador del reino más poderoso sobre Hunatu: Tzolkín, la capital de la raza Skoll.
Detrás de él se hallaba el ejército de los Herguelmir, naturalmente armados con diversos tipos de hachas; alguno que otro cargando incluso más de una. Y los Skoll, hombres de la tierra, armados con sus arcos y flechas. Posados cómodamente sobre unos rinocerontes algo menos robustos que el de su amo. Y a cada lado del emperador se encontraban dos misteriosos jorobados, que ocultaban sus rostros con una holgada caperuza. Conocidos como los Gardim, estos ancestrales hechiceros perversos con sus orígenes en el averno pero con largos años residiendo entre los tzolkinos, se procuraban el renombre y admiración entre el imperio Skoll. Vestían largas túnicas negras y montaban sobre carretas impulsadas por cuatro corceles negros cada una. Estos hechiceros llevaban, uno en su mano derecha y el otro en su mano izquierda, un inusual tipo de lanza. El filo de estos venablos comenzaba poco luego de la mitad del asta y se encorvaba llegando a la punta.
A lo lejos, la ciudad del Norte casi resquebrajaba sus calles a causa de las vibraciones producidas por los pasos de los rinocerontes, que se acercaban pesados en su andar. Eran bestias sosegadas sin apuro ni demora.
Mientras tanto la reina Malina, sentada en su alevoso trono de oro y plata, tejía con la trama y la urdimbre un abrigo de pieles diversas, características de las Tierras del Norte. Sus manos temblaban seniles y magulladas por los años.
-Será prolongado el invierno… -dijo confundiendo a sus dos hijos, que yacían postrados en dos tronos más pequeños a cada lado de ella.
Los jóvenes intercambiaron miradas entre ellos buscando la explicación a la frase de su madre, pero no encontraron mucho entre sus ojos allegados. Y fue justo en ese instante cuando se oyeron tres campanadas desde la torre del vigía. Los tres aterradores sonidos precedentes a un ataque próximo.
Baldrod se apuresuró en dirigirse hacia la ventana para averiguar de qué se trataba. Cuando se asomó contempló monstruos, bestias, y pero aún, hombres Skoll. Todos dirigiéndose directo hacia la ciudadela cinniana.
Sin desperdiciar más tiempo, el joven Aku corrió a avisarle a su hermano y madre.
-¡Es el ejército de Tzolkín, que se acerca a paso tardo tras las colinas! –gritó alterado. Luego se dirigió particularmente a su hermano – ¡Debemos tomar las armas y alistarnos para la batalla inmediatamente! –y ambos corrieron a prepararse. Los guardias no tardaron mucho en entrar a la habitación a retirar a la reina Malina, que aún tejía despreocupada, para así conducirla a un lugar más resguardado. Desde los cielos, como era esperado, Heimdall comenzaba a advertir la invasión de Backtún. Súbitamente un gran trueno rompió con la calma de los guerreros tzolkinos. El silencio imperó por unos segundos, y luego se escuchó una estruendosa voz.
-Es a mi espada la que buscas, Backtún, rey de Tzolkín. Enfréntate a mí y deja a mis hijos y al pueblo de Cinnia vivir en paz.
En ese momento los cielos se abrieron, y de un rayo de luz descendió Heimdall despaciosamente, con la gran espada de Fargon en sus manos.
Backtún proseguía dirigiéndose hacia la ciudad cual si no hubiera oído los mensajes del Protector. Su cara no mostraba nada; se veía poseído por el deseo insaciable de dominar la ciudad y, principalmente, obtener la espada de Fargon. Aunque en el fondo, el bien sabía que deseaba algo más. Algo casi imposible y muy anhelado por él ya desde muy joven. Este verdadero objetivo concluía en desafiar a los Dioses y mostrarles que él también merecía estar a su lado en el Gran Orbe Aislado: Khunab. Allí, tal vez, o incluso más por encima de ellos, podría tener el poder de gobernar superiores dominios a los que le garantizarían las Tierras del Norte.
Tras las monumentales murallas de roca fusionada con hielo de las montañas, los soldados chaacanes, muy bien armados y entrenados, se preparaban para la batalla. Backtún se detuvo repentinamente, obligando a las innumerables órbitas visuales a dirigirse hacia él. El que desde allí arriba, en lo alto y tan magnífico, fraguaba en silencio su plan de ataque contra la fortaleza Aku.
El Gardim que se encontraba a su izquierda levantó su rara lanza corva de doble filo y pareció dar una orden a los Skoll en la segunda línea: los arqueros. Éstos se levantaron apuntando con sus extensos arcos y lanzaron flechas incendiarias dentro de la ciudadela. Algunas hirieron a los hombres de la muralla, mientras que otras lograron penetrar dentro de la ciudad, quemando todo a su paso. Pocas se malograron pues los Skoll de Tzolkín, magníficos en su habilidad de arqueros, escasas veces fallaban y por eso se destacaban a lo largo y ancho de las tierras de Hunatu.
El segundo Gardim levantó su lanza después del primer ataque e indicó la carga a los guerreros de la primera línea: los Herguelmir. No bien éstos detectaron la señal se echaron a correr hacia la muralla. Parecían no saber lo que hacían. Sus ojos estaban tan vacíos como su alma esclavizada.
Los hombres de Cinnia parecían no responder a los ataques por el miedo que los sublevaba. Pero repentinamente, de entre la multitud se oyó un fuerte grito motivador.
-¡Que el miedo no los domine, nobles guerreros de Cinnia! ¡Su tierra clama por justicia; acudan a su llamado!
Era la voz de Thyr, el líder de las tropas de Cinnia, quien intentaba incentivar a sus soldados. Sus palabras parecieron llegarles hasta lo más profundo de su alma y sin siquiera pensarlo se levantaron y comenzaron a contraatacar.
Los arqueros cinnianos subieron a las torres. Sin tardar tensaron sus arcos para iniciar el contraataque con una oleada de flechas. Y así consiguieron arriar a muchos Skoll de sus bestias. Los soldados de cuerpo a cuerpo, por su parte, aguardaron a que los vigías abrieran las grandes puertas de la entrada. Luego se lanzaron hacia los Herguelmir que se acercaban si menoscabar la velocidad.
Las tropas estallaron en un tronar de metales. Primero hubo un pecho atravesado con una espada. Una cabeza voló degollada por los aires. Y una pica empaló un vientre. ¿Qué digo uno?, fueron cuatro, cinco. ¡Fueron más, y se calculaban por segundos! Luego un aguacero de flechas llovió muertes, inundó de sangre la tierra y arrastró muchos cuerpos con sus aguas de madera y costas de acero hasta los mares de La Muerte.
De a poco se fue alfombrando un sendero de sangre y miembros de toda clase y tamaño. El fornido Thyr iba al frente de las tropas cinnianas a pie. Al corpulento guerrero nadie le hacía perder la oportunidad de ser el primero en despilfarrar al enemigo con su inusitado mazo de piedra Riroth, el tipo de roca más resistente y recia de las Tierras del Norte. Los hijos de Heimdall: Baldrod -armado con su gran martillo- y Feuer -armado con su espada oxidada-, iban detrás de él abriéndose paso a través del muro de Herguelmirs que parecía rehacerse desde el vacío; cada vez que uno perecía, tres más de ellos ocupaban su lugar. Los Aku atacaban con sus habilidades de agua utilizando la nieve y sus largas espadas rectas. Los Skoll hacían vibrar la tierra y lanzaban grandes trozos de roca. Los Gardim arrasaban vehemente con sus carretas, y proferían viles conjuros en extrañas lenguas antiguas.
La espada de Feuer arrasaba en llamas los cuerpos de los monstruos. Él era el único Imix en el campo de batalla. Él era el único guerrero sin igual, imparable. Salvaje como pocos. Libre como ninguno. Y había decidido permanecer con su hermano y los Aku, pues para él los hombres eran hombres, sin importar su raza o linaje. El reino de Cinnia tenía suerte de disponer de tan valeroso soldado.
Y las hachas de los Herguelmir no se detendrían sino hasta que la puesta del Sol lo juzgara necesario. Los metales chocaban chispeantes, las flechas silbaban por sobre las cabezas de los soldados. Y las hachas no querían detenerse, volaban por doquier. Gritos agónicos de guerreros abatidos embozaban de penas la zona de combate; estruendosos y desconsolados. Pero al temible Backtún parecía no importarle tampoco. Y las hachas no cedían, desgarraban la carne de Cinnia.
Heimdall, siempre obstinado en la obsesión por su labor, se sintió obligado a enfrentar a Backtún cara a cara. Cruzó como pudo a través de la gran multitud y se acercó a su adversario desenvainando la espada de Fargon de la funda de cuero con estampados de oro en su espalda, y tomó una posición defensiva. Por primera vez, al emperador de Tzolkín pareció importarle y se detuvo con una media sonrisa dibujada en su rostro. En el campo de batalla se formó un espacio a modo de senda, propicio para la batalla de dos maravillosos luchadores expertos en el arte de la guerra, como lo eran estos dos.
Lentamente y como si no existiera preocupación alguna en él, Backtún descabalgó su gran bestia y desenfundó su espada también, para uniformar aquello que él creía una coyuntura. No era más que un juego para él; se divertía. Pero esta espada no era asimilable a la otra: la espada de Fargon era enorme y la suya no superaba los setenta y cinco centímetros. Aunque tenía sus ventajas: no solamente era más rápida por su condición de ser más pequeña, sino que además su mango estaba rodeado por una serie de cadenas anchas, que podían extenderse indomables a cada golpe.
Mientras se acercaba a Heimdall, Backtún afilaba la espada con su garra oxidada. Retozándose de cada segundo de placer que le permitía aprovechar la situación. Y Heimdall esperaba pacientemente la obvia ofensiva de su adversario.
En seguida, Backtún hizo que de la tierra se despegasen dos grandes trozos de roca cubiertas de nieve, que se dirigieron velozmente hacia Heimdall. Sin problema alguno, el Protector las troceó a ambas en pedazos con su gran espada. Sin dejar tiempo a Heimdall para prepararse nuevamente, Backtún repitió el ataque. Y así lo hizo algunos pares de veces más. Heimdall ya empezaba a cansarse, así que, antes de perder más energías, hizo tronar un rayo sobre su adversario. El acometimiento rápido de Heimdall detuvo los ataques repetitivos de Backtún, y lo arrojó en una expulsión a trazar una senda entre la nieve con su espalda. El Skoll se levantó rabioso del suelo y con un amenazante grito de guerra corrió hacia su enemigo con ambas, espada y garra, alzadas hacia al cielo. Heimdall se lanzó también hacia él y ambos colisionaron en una fuerte embestida. Un impacto entre dos llamas que quemaban más que mil de ellas, y alumbraba como el cabello dorado de Heimdall. La espada de Fargon emanaba intensos centelleos de luz, como cegadores destellos solares, y se movía veloz como el fulgor del rayo a pesar de su gran tamaño. Entonces, la espada de Backtún se quebró, y sólo quedó el mango encadenado.
Éste notó que sólo su inteligencia podría proveerle su tan deseada victoria frente a tal artefacto de poder. Así que, con las cadenas que rodeaban el mango de la estropeada espada atacó a Heimdall por la izquierda, obligándolo a cubrirse con la espada de Fargon por ese lado. La gran espada quedó encadenada y Backtún tomó provecho de la situación para atacar a Heimdall por el otro lado. Y lo hirió entre el hombro y el pecho.
Heimdall gritó de dolor y aflojó sus músculos, permitiendo a Backtún quitar la Gran Espada de sus manos. Tiró de las cadenas y agarró a Fargon, drenando con placer el gran poder que ésta le brindaba. Heimdall cayó al suelo malherido y envejeciendo a cada segundo los años que había vivido con la espada.
La Gran Espada de Fargon había caído en manos del mal; Backtún había triunfado frente al Protector de los Dioses: Heimdall, el justo.
Sin siquiera tener la sumisión de honrar con la mirada a su caído adversario, Backtún volteó y ordenó la retirada con un extraño grito, asimilable al aullido de un lobo. Montó su rinoceronte y se retiró orgulloso de la zona de combate; el ahora lecho de muerte del poderoso Heimdall. Y las hachas se detuvieron, finalmente, con la puesta del Sol.
Feuer y Baldrod aún luchaban codo a codo, haciendo uso de sus poderosas armas y habilidades contra los Herguelmir que todavía no habían dejado Cinnia. Ellos ignoraban lo que había ocurrido al otro lado del campo de guerra.
Cuando ya hubieron acabado con los sobrantes enemigos, notaron a su padre caído y agonizante. La piel del Protector, que alguna vez pareció pulida por los mismos Dioses, era ahora deslucida por el melgacho de la senectud. Un melgacho que, poco a poco, comenzaba a reemplazar la juventud que le había otorgado la espada de Fargon en tiempos pasados.
Ambos príncipes corrieron alarmados y se arrodillaron frente a él. Heimdall le dirigió la mirada a Baldrod.
-Mi trabajo aquí está hecho, hijo mío. No te preocupes, los Dioses me recibirán plácidamente en la radiante morada de Khunab. Así lo dictaban las estrías que recorren las palmas de mis manos. Así lo dictaba la línea de mi destino… -antes de que Baldrod pudiera pronunciar palabra alguna, Heimdall prosiguió.
-Ahora tú has de ser el nuevo Protector de los Dioses. Los poderes del rayo y el trono de Cinnia están en tus manos desde el día de hoy y, ojalá que como digo sea, para siempre.
Baldrod lo miró seguro y motivado. Ahora la protección de los Dioses y el mandato del reino recaían en el joven guerrero Aku. Feuer se mantenía al margen de la conversación, como era usual en su persona. Pero dentro de él sucedían más cosas de las que dejaba ver el simple ojo. Su alma se había convertido en el seno de una ausencia engendrada por la violencia.
Heimdall miró a Feuer y con una sonrisa que pareció atravesar las barreras del tiempo le habló con brevedad, ya que no quedaban en él muchas fuerzas.
-Cuídate, hijo mío. Y recuerda: cuando los inviernos azoten, cuando la vegetación muera y hasta que la fauna perezca, siempre estaré allí cuidándote desde lo alto…
Feuer respondió mirándolo con extrema seriedad.
-Te vengaré, padre. Destruiré el reino de Tzolkín y acabaré con ese maligno régimen Skoll. ¡Lo prometo!
Heimdall intento concluir rápidamente con sus últimas fuerzas.
-Cuidado con la espada de Fargon, Feuer… -y de su boca se escapó un breve gemido por el que pareció escapar su alma. El Protector de los Dioses, Heimdall, el justo, había muerto.
Los soldados cinnianos, que tristemente contemplaban la escena, se dirigieron hacia el cuerpo del caído a no más tardar. Entre seis de ellos lograron tomarlo de los brazos y piernas para dirigir su cuerpo directo al altar de Grimmord, en la cima de la torre más alta de Cinnia. Allí lo velarían debidamente, como tal Protector de los Dioses lo merece.
En un instante que para los guerreros se había hecho casi eterno, llegaron hasta el pico de la torre y lo posaron en el altar dorado. Los cielos temblaron; las nubes cedieron paso a la luz, y de éste bajaron las siete bellas Valquirias. Las jóvenes despojaron a Heimdall de sus atuendos delicadamente, lo tomaron suavemente y se lo llevaron por la hendidura luminosa al Gran Orbe, donde sería recompensado por los Dioses tras haber vivido y muerto con gran honor, valor y justicia. Los guerreros cinnianos no habían acabado de engullir aquel deleite cuando el rayo de luz se tapió con el celaje nuevamente, y se extinguió junto con el ritual que terminaba.
-¡Vanagloriadse del rey Baldrod, hijo de Heimdall! –una voz anónima comenzó la ovación- ¡Presumid la magnificencia del Justo, su señor!
La voz del líder en guardias del palacio lo acompañó.
-Que estos mensajes atraviesen todo Hunatu, desde los dominios aledaños a las tierras cinnianas, hasta las Tierras Sin Nombre, en los confines del mundo.
Los soldados hicieron un fuerte grito de guerra, levantando sus armas y haciendo ruido con sus escudos en honor al nuevo rey de Cinnia, quien también cargaba ahora con el gran peso de ser el Protector de los Dioses.
Pero allí, casi oculto tras los combatientes, un guerrero austero observaba distraído; como ajeno a la situación. ¡Pero no!, no era foráneo al acontecimiento. Era Feuer, quien no parecía prestar mucha atención al increíble evento. Sus rojos ojos, más rojos ahora que nunca, brillaban carcomidos por la furia. Su confundida alma clamaba a gritos por venganza.
En ese momento, de entre la multitud se acercó corriendo el general de las tropas de Cinnia muy exaltado.
-¡Señor, señor!
Baldrod volteó un poco molesto ante la falta de respeto por su caído padre.
-¡¿Qué sucede Thyr?! ¡¿A qué se debe tanto alboroto?!
-Es la reina Malina, señor –dijo Thyr entrecortando las palabras para conseguir respirar un poco-. ¡Esas criaturas se la han llevado!
Los ojos de Baldrod se volvieron como dos grandes perlas celestes rezagadas por las palabras de su jefe en armas.
-¡¿Cómo es eso posible?! ¡¿Donde estaban los guardias?!
-Muertos, señor. Ni uno de ellos alcanzó a permanecer en pie -respondió Thyr algo amedrentado por la irritación de su rey.
Baldrod decidió amainar su enojo.
-Pues si se la han llevado los tzolkinos no nos será fácil ir por ella -dijo con tranquilidad. Y no fingía.
-¡¿Qué insinúa señor?! ¡¿Acaso planea que nos enfrentemos a los salvajes tzolkinos sin ayuda precisa?! –expresó Thyr casi musitando las palabras, pues le parecía una idea ridícula. Y Baldrod captó aquello.
-¿Y por qué no? Si mal no recuerdo, los Skoll hacen su parada en el bosque de Kaasilkab siempre que vencen en sus batallas. Allí llevan a cabo el ritual a Earendel –recordó Baldrod, pues el bien sabía que aquel ritual, tan conocido en Hunatu, consistía en ponerse ebrios y descansar frente a la hoguera de sacrificios.
Todo en honor a la Madre Noche, que iluminaba sus cielos, luego de vencer en una batalla, con estrellas muy particulares. O por lo menos así lo dictaba la leyenda. Pero esta vez era posible que la Madre Noche no le permitiera de manera ingenua su cálido regazo de bien, al mal nuevamente.
-Tiene razón, señor. Deberíamos aprovechar la cercanía del bosque y la imprudencia de aquellos crédulos: es la oportunidad perfecta para llevar a cabo un ataque sorpresa –afirmó Thyr a modo de elogio.
-Bien, pues. Tendremos que planear un asalto bien coordinado y… -pero antes de que Baldrod pudiera terminar de plantear su plan notó que Feuer se preparaba para dirigirse al bosque.
-¿Qué haces, hermano? ¡Ni pienses adentrarte allí solo! -dijo Baldrod en tono avasallante.
-¡Tú no eres quién para darme órdenes! ¡Iré por nuestra madre aunque lo haya de pagar con mi vida! -y chocando sus puños a la altura de su estómago, Feuer invocó a su Svalin en forma de león: Koh, quien dimanó de entre el fuego como una sombra ardiente.
¡Ah!, los Svalin… Incontables fueron las batallas en las que los grandes guerreros habían requerido de la significativa presencia de estas eminentes bestias. Tan bellas como sólo ellas, estas criaturas tenían la habilidad de copiar el alma del guerrero para plasmarla en una forma similar a la de un animal. De esta manera se hacían almas físicas y tangibles, de profunda y mutua conexión con su amo.
–Ya hemos perdido a nuestro padre, hermano. Puede que a ti no te importe, pero a mí sí –dijo Feuer- .No deseo perder más vidas. Alguna vez tú lo dijiste: “Es nuestra familia; nuestro honor”.
-¡Hermano, no es la forma!- Baldrod habló, pero Feuer ya había huido. Le había huido a las órdenes de su hermano, le había escapado a la espera, había ahuyentado a la razón.
Feuer montó sobre su Svalin y, sosteniéndose fuertemente del largo pelaje lanudo de la bestia, partió a no más tardar directo hacia el bosque de Kaasilkab. Decidido a rescatar a su madre y recuperar el profanado honor de su familia. Decidido a escanciar su sed de venganza con la sangre del orgullo.
Perdióse así tras las lomas del horizonte, que confluían con el cielo. Un cielo que se teñía de rojo sangre, como las telas blancas recién urdidas de la reina Malina. Cabello y capa negros ondeando en el viento; golpeando duramente con sus botas de pieles curtidas los costados de la criatura. Empuñando su espada se esfumó la silueta guerrera.
-¡No podemos dejarlo ir solo! Prepárense para la batalla lo mejor que puedan. En sólo una hora partiremos al bosque de Kaasilkab. ¡No podemos perder más tiempo! -con sus usuales predicas de valor a los soldados, Baldrod ordenó; y éstos se apuraron a preparar sus armas y caballos. Thyr miró fijo a Baldrod, desaprobando las órdenes casi suicidas de su rey.
-¡Es mi hermano! -gritó Baldrod al captar la mirada de su jefe en armas. Su capa roja se lo tragó al voltear, y lo desapareció a través de la muchedumbre como una deslumbrante saeta.
La rebelión frente al régimen de los Skoll se erguía como un coloso que emerge de las profundidades de la tierra: furioso y acuciado por la sed de venganza.