Harry Potter y la Piedra Filosofal: Capitulo 15


J.K. ROWLING


Capitulo 15: El bosque prohibido


Las cosas no podían haber salido peor.
Filch los llevó al despacho de la profesora McGonagall, en el primer piso, donde se
sentaron a esperar; sin decir una palabra. Hermione temblaba. Excusas, disculpas y
locas historias cruzaban la mente de Harry, cada una más débil que la otra. No podía
imaginar cómo se iban a librar del problema aquella vez. Estaban atrapados. ¿Cómo
podían haber sido tan estúpidos para olvidar la capa? No había razón en el mundo para
que la profesora McGonagall aceptara que habían estado vagando durante la noche, para
no mencionar la torre más alta de Astronomía, que estaba prohibida, salvo para las
clases. Si añadía a todo eso Norberto y la capa invisible, ya podían empezar a hacer las
maletas.
¿Harry pensaba que las cosas no podían estar peor? Estaba equivocado. Cuando la
profesora McGonagall apareció, llevaba a Neville.
—¡Harry! —estalló Neville en cuanto los vio—. Estaba tratando de encontrarte
para prevenirte, oí que Malfoy decía que iba a atraparte, dijo que tenías un drag...
Harry negó violentamente con la cabeza, para que Neville no hablara más, pero la
profesora McGonagall lo vio. Lo miró como si echara fuego igual que Norberto y se
irguió, amenazadora, sobre los tres.
—Nunca lo habría creído de ninguno de vosotros. El señor Filch dice que estabais
en la torre de Astronomía. Es la una de la mañana. Quiero una explicación.
Ésa fue la primera vez que Hermione no pudo contestar a una pregunta de un
profesor. Miraba fijamente sus zapatillas, tan rígida como una estatua.
—Creo que tengo idea de lo que sucedió —dijo la profesora McGonagall—. No
hace falta ser un genio para descubrirlo. Te inventaste una historia sobre un dragón para
que Draco Malfoy saliera de la cama y se metiera en líos. Te he atrapado. Supongo que
te habrá parecido divertido que Longbottom oyera la historia y también la creyera, ¿no?
Harry captó la mirada de Neville y trató de decirle, sin palabras, que aquello no era
verdad, porque Neville parecía asombrado y herido. Pobre mete-patas Neville, Harry
sabía lo que debía de haberle costado buscarlos en la oscuridad, para prevenirlos.
—Estoy disgustada —dijo la profesora McGonagall—. Cuatro alumnos fuera de la
cama en una noche. ¡Nunca he oído una cosa así! Tu, Hermione Granger, pensé que
tenías más sentido común. Y tú, Harry Potter... Creía que Gryffindor significaba más
para ti. Los tres sufriréis castigos... Sí, tú también, Longbottom, nada te da derecho a
dar vueltas por el colegio durante la noche, en especial en estos días: es muy peligroso y
se os descontarán cincuenta puntos de Gryffindor.
—¿Cincuenta? —resopló Harry. Iban a perder el primer puesto, lo que había
ganado en el último partido de quidditch.
—Cincuenta puntos cada uno —dijo la profesora McGonagall, resoplando a través
de su nariz puntiaguda.
—Profesora... por favor...
—Usted, usted no...
—No me digas lo que puedo o no puedo hacer; Harry Potter. Ahora, volved a la
cama, todos. Nunca me he sentido tan avergonzada de alumnos de Gryffindor.
Ciento cincuenta puntos perdidos. Eso situaba a Gryffindor en el último lugar. En
una noche, habían acabado con cualquier posibilidad de que Gryffindor ganara la copa
de la casa. Harry sentía como si le retorcieran el estómago. ¿Cómo podrían arreglarlo?
Harry no durmió aquella noche. Podía oír el llanto de Neville, que duró horas. No
se le ocurría nada que decir para consolarlo. Sabía que Neville, como él mismo, tenía
miedo de que amaneciera. ¿Qué sucedería cuando el resto de los de Gryffindor
descubrieran lo que ellos habían hecho?
Al principio, los Gryffindors que pasaban por el gigantesco reloj de arena, que
informaba de la puntuación de la casa, pensaron que había un error. ¿Cómo iban a tener;
súbitamente, ciento cincuenta puntos menos que el día anterior? Y luego, se propagó la
historia. Harry Potter; el famoso Harry Potter, el héroe de dos partidos de quidditch, les
había hecho perder todos esos puntos, él y otros dos estúpidos de primer año.
De ser una de las personas más populares y admiradas del colegio, Harry
súbitamente era el más detestado. Hasta los de Ravenclaw y Hufflepuff le giraban la
cara, porque todos habían deseado ver a Slytherin perdiendo la copa. Por dondequiera
que Harry pasara, lo señalaban con el dedo y no se molestaban en bajar la voz para
insultarlo. Los de Slytherin, por su parte, lo aplaudían y lo vitoreaban, diciendo:
«¡Gracias, Potter; te debemos una!».
Sólo Ron lo apoyaba.
—Se olvidarán en unas semanas. Fred y George han perdido puntos muchas veces
desde que están aquí y la gente los sigue apreciando.
—Pero nunca perdieron ciento cincuenta puntos de una vez, ¿verdad? —dijo Harry
tristemente.
—Bueno... no —admitió Ron.
Era un poco tarde para reparar los daños, pero Harry se juró que, de ahí en
adelante, no se metería en cosas que no eran asunto suyo. Todo había sido por andar
averiguando y espiando. Se sentía tan avergonzado que fue a ver a Wood y le ofreció su
renuncia.
—¿Renunciar? —exclamó Wood—. ¿Qué ganaríamos con eso? ¿Cómo vamos a
recuperar puntos si no podemos jugar al quidditch?
Pero hasta el quidditch había perdido su atractivo. El resto del equipo no le hablaba
durante el entrenamiento, y si tenían que hablar de él lo llamaban «el buscador».
Hermione y Neville también sufrían. No pasaban tantos malos ratos como Harry
porque no eran tan conocidos, pero nadie les hablaba. Hermione había dejado de llamar
la atención en clase, y se quedaba con la cabeza baja, trabajando en silencio.
Harry casi estaba contento de que se aproximaran los exámenes. Las lecciones que
tenía que repasar alejaban sus desgracias de su mente. Él, Ron y Hermione se quedaban
juntos, trabajando hasta altas horas de la noche, tratando de recordar los ingredientes de
complicadas pociones, aprendiendo de memoria hechizos y encantamientos y repitiendo
las fechas de descubrimientos mágicos y rebeliones de los gnomos.
Y entonces, una semana antes de que empezaran los exámenes, las nuevas
resoluciones de Harry de no interferir en nada que no le concerniera sufrieron una
prueba inesperada. Una tarde que salía solo de la biblioteca oyó que alguien gemía en
un aula que estaba delante de él. Mientras se acercaba, oyó la voz de Quirrell.
—No... no... otra vez no, por favor...
Parecía que alguien lo estaba amenazando. Harry se acerco.
—Muy bien... muy bien. —Oyó que Quirrell sollozaba.
Al segundo siguiente, Quirrell salió apresuradamente del aula, enderezándose el
turbante. Estaba pálido y parecía a punto de llorar. Desapareció de su vista y Harry
pensó que ni siquiera lo había visto. Esperó hasta que dejaron de oírse los pasos de
Quirrell y entonces inspeccionó el aula. Parecía vacía, pero la puerta del otro extremo
estaba entreabierta. Harry estaba a mitad de camino, cuando recordó que se había
prometido no meterse en lo que no le correspondía.
Al mismo tiempo, habría apostado doce Piedras Filosofales a que Snape acababa de
salir del aula y, por lo que Harry había escuchado, Snape debería estar de mejor
humor... Quirrell parecía haberse rendido finalmente.
Harry regresó a la biblioteca, en donde Hermione estaba repasándole Astronomía a
Ron. Harry les contó lo que había oído.
—¡Entonces Snape lo hizo! —dijo Ron—. Si Quirrell le dijo cómo romper su
encantamiento anti-Fuerzas Oscuras...
—Pero todavía queda Fluffy —dijo Hermione.
—Tal vez Snape descubrió cómo pasar ante él sin preguntarle a Hagrid —dijo Ron,
mirando a los miles de libros que los rodeaban—. Seguro que por aquí hay un libro que
dice cómo burlar a un perro gigante de tres cabezas. ¿Qué vamos a hacer, Harry?
La luz de la aventura brillaba otra vez en los ojos de Ron, pero Hermione respondió
antes de que Harry lo hiciera.
—Ir a ver a Dumbledore. Eso es lo que debimos hacer hace tiempo. Si se nos
ocurre algo a nosotros solos, con seguridad vamos a perder.
—¡Pero no tenemos pruebas! —exclamó Harry—. Quirrell está demasiado
atemorizado para respaldarnos. Snape sólo tiene que decir que no sabía cómo entró el
trol en Halloween y que él no estaba cerca del tercer piso en ese momento. ¿A quién
pensáis que van a creer, a él o a nosotros? No es exactamente un secreto que lo
detestamos. Dumbledore creerá que nos lo hemos inventado para hacer que lo echen.
Filch no nos ayudaría aunque su vida dependiera de ello, es demasiado amigo de Snape
y, mientras más alumnos pueda echar, mejor para él. Y no olvidéis que se supone que
no sabemos nada sobre la Piedra o Fluffy. Serían muchas explicaciones.
Hermione pareció convencida, pero Ron no.
—Si investigamos sólo un poco...
—No —dijo Harry en tono terminante—: ya hemos investigado demasiado.
Acercó un mapa de Júpiter a su mesa y comenzó a aprender los nombres de sus
lunas.
A la mañana siguiente, llegaron notas para Harry, Hermione y Neville, en la mesa del
desayuno. Eran todas iguales.
Vuestro castigo tendrá lugar a las once de la noche.
El señor Filch os espera en el vestíbulo de entrada.
Prof M. McGonagall
En medio del furor que sentía por los puntos perdidos, Harry había olvidado que
todavía les quedaban los castigos. De alguna manera esperaba que Hermione se quejara
por tener que perder una noche de estudio, pero la muchacha no dijo una palabra. Como
Harry, sentía que se merecían lo que les tocara.
A las once de aquella noche, se despidieron de Ron en la sala común y bajaron al
vestíbulo de entrada con Neville. Filch ya estaba allí y también Malfoy. Harry también
había olvidado que a Malfoy lo habían condenado a un castigo.
—Seguidme —dijo Filch, encendiendo un farol y conduciéndolos hacia fuera—.
Seguro que os lo pensaréis dos veces antes de faltar a otra regla de la escuela, ¿verdad?
—dijo, mirándolos con aire burlón—. Oh, sí... trabajo duro y dolor son los mejores
maestros, si queréis mi opinión... es una lástima que hayan abandonado los viejos
castigos... colgaros de las muñecas, del techo, unos pocos días. Yo todavía tengo las
cadenas en mi oficina, las mantengo engrasadas por si alguna vez se necesitan... Bien,
allá vamos, y no penséis en escapar, porque será peor para vosotros si lo hacéis.
Marcharon cruzando el oscuro parque. Neville comenzó a respirar con dificultad.
Harry se preguntó cuál sería el castigo que les esperaba. Debía de ser algo
verdaderamente horrible, o Filch no estaría tan contento.
La luna brillaba, pero las nubes la tapaban, dejándolos en la oscuridad. Delante,
Harry pudo ver las ventanas iluminadas de la cabaña de Hagrid. Entonces oyeron un
grito lejano.
—¿Eres tú, Filch? Date prisa, quiero empezar de una vez.
El corazón de Harry se animó: si iban a estar con Hagrid, no podía ser tan malo. Su
alivio debió aparecer en su cara, porque Filch dijo:
—Supongo que crees que vas a divertirte con ese papanatas, ¿no? Bueno, piénsalo
mejor, muchacho... es al bosque adonde iréis y mucho me habré equivocado si volvéis
todos enteros.
Al oír aquello, Neville dejó escapar un gemido y Malfoy se detuvo de golpe.
—¿El bosque? —repitió, y no parecía tan indiferente como de costumbre—. Hay
toda clase de cosas allí... dicen que hay hombres lobo.
Neville se aferró de la manga de la túnica de Harry y dejó escapar un ruido
ahogado.
—Eso es problema vuestro, ¿no? —dijo Filch, con voz radiante—. Tendríais que
haber pensado en los hombres lobo antes de meteros en líos.
Hagrid se acercó hacia ellos, con Fang pegado a los talones. Llevaba una gran
ballesta y un carcaj con flechas en la espalda.
—Menos mal —dijo—. Estoy esperando hace media hora. ¿Todo bien, Harry,
Hermione?
—Yo no sería tan amistoso con ellos, Hagrid —dijo con frialdad Filch—. Después
de todo, están aquí por un castigo.
—Por eso llegáis tarde, ¿no? —dijo Hagrid, mirando con rostro ceñudo a Filch—.
¿Has estado dándoles sermones? Eso no es lo que tienes que hacer. A partir de ahora,
me hago cargo yo.
—Volveré al amanecer —dijo Filch— para recoger lo que quede de ellos —añadió
con malignidad. Se dio la vuelta y se encaminó hacia el castillo, agitando el farol en la
oscuridad.
Entonces Malfoy se volvió hacia Hagrid.
—No iré a ese bosque —dijo, y Harry tuvo el gusto de notar miedo en su voz.
—Lo harás, si quieres quedarte en Hogwarts —dijo Hagrid con severidad—.
Hicisteis algo mal y ahora lo vais a pagar.
—Pero eso es para los empleados, no para los alumnos. Yo pensé que nos harían
escribir unas líneas, o algo así. Si mi padre supiera que hago esto, él...
—Te dirá que es así como se hace en Hogwarts —gruñó Hagrid—. ¡Escribir unas
líneas! ¿Y a quién le serviría eso? Haréis algo que sea útil, o si no os iréis. Si crees que
tu padre prefiere que te expulsen, entonces vuelve al castillo y coge tus cosas. ¡Vete!
Malfoy no se movió. Miró con ira a Hagrid, pero luego bajó la mirada.
—Bien, entonces —dijo Hagrid—. Escuchad con cuidado, porque lo que vamos a
hacer esta noche es peligroso y no quiero que ninguno se arriesgue. Seguidme por aquí,
un momento.
Los condujo hasta el límite del bosque. Levantando su farol, señaló hacia un
estrecho sendero de tierra, que desaparecía entre los espesos árboles negros. Una suave
brisa les levantó el cabello, mientras miraban en dirección al bosque.
—Mirad allí —dijo Hagrid—. ¿Veis eso que brilla en la tierra? ¿Eso plateado? Es
sangre de unicornio. Hay por aquí un unicornio que ha sido malherido por alguien. Es la
segunda vez en una semana. Encontré uno muerto el último miércoles. Vamos a tratar
de encontrar a ese pobrecito herido. Tal vez tengamos que evitar que siga sufriendo.
—¿Y qué sucede si el que hirió al unicornio nos encuentra a nosotros primero? —
dijo Malfoy, incapaz de ocultar el miedo de su voz.
—No hay ningún ser en el bosque que os pueda herir si estáis conmigo o con Fang
—dijo Hagrid—. Y seguid el sendero. Ahora vamos a dividirnos en dos equipos y
seguiremos la huella en distintas direcciones. Hay sangre por todo el lugar, debieron
herirlo ayer por la noche, por lo menos.
—Yo quiero ir con Fang —dijo rápidamente Malfoy, mirando los largos colmillos
del perro.
—Muy bien, pero te informo de que es un cobarde —dijo Hagrid—. Entonces yo,
Harry y Hermione iremos por un lado y Draco, Neville y Fang, por el otro. Si alguno
encuentra al unicornio, debe enviar chispas verdes, ¿de acuerdo? Sacad vuestras varitas
y practicad ahora... está bien... Y si alguno tiene problemas, las chispas serán rojas y nos
reuniremos todos... así que tened cuidado... en marcha.
El bosque estaba oscuro y silencioso. Después de andar un poco, vieron que el
sendero se bifurcaba. Harry, Hermione y Hagrid fueron hacia la izquierda y Malfoy,
Neville y Fang se dirigieron a la derecha.
Anduvieron en silencio, con la vista clavada en el suelo. De vez en cuando, un rayo
de luna a través de las ramas iluminaba una mancha de sangre azul plateada entre las
hojas caídas.
Harry vio que Hagrid parecía muy preocupado.
—¿Podría ser un hombre lobo el que mata los unicornios? —preguntó Harry
—No son bastante rápidos —dijo Hagrid—. No es tan fácil cazar un unicornio, son
criaturas poderosamente mágicas. Nunca había oído que hubieran hecho daño a
ninguno.
Pasaron por un tocón con musgo. Harry podía oír el agua que corría: debía de haber
un arroyo cerca. Todavía había manchas de sangre de unicornio en el serpenteante
sendero.
—¿Estás bien, Hermione? —susurró Hagrid—. No te preocupes, no puede estar
muy lejos si está tan malherido, y entonces podremos... ¡PONEOS DETRÁS DE ESE
ÁRBOL!
Hagrid cogió a Harry y Hermione y los arrastró fuera del sendero, detrás de un
grueso roble. Sacó una flecha, la puso en su ballesta y la levantó, lista para disparar. Los
tres escucharon. Alguien se deslizaba sobre las hojas secas. Parecía como una capa que
se arrastrara por el suelo. Hagrid miraba hacia el sendero oscuro pero, después de unos
pocos segundos, el sonido se alejó.
—Lo sabía —murmuró—. Aquí hay alguien que no debería estar.
—¿Un hombre lobo? —sugirió Harry.
—Eso no era un hombre lobo, ni tampoco un unicornio —dijo Hagrid con gesto
sombrío—. Bien, seguidme, pero tened cuidado.
Anduvieron más lentamente, atentos a cualquier ruido. De pronto, en un claro un
poco más adelante, algo se movió visiblemente.
—¿Quién está ahí? —gritó Hagrid—. ¡Déjese ver... estoy armado!
Y apareció en el claro... ¿era un hombre o un caballo? De la cintura para arriba, un
hombre, con pelo y barba rojizos, pero por debajo, el cuerpo de pelaje zaino de un
caballo, con una cola larga y rojiza. Harry y Hermione se quedaron boquiabiertos.
—Oh, eres tú, Ronan —dijo aliviado Hagrid—. ¿Cómo estás?
Se acercó y estrechó la mano del centauro.
—Que tengas buenas noches, Hagrid —dijo Ronan. Tenía una voz profunda y
acongojada—. ¿Ibas a dispararme?
—Nunca se es demasiado cuidadoso —dijo Hagrid, tocando su ballesta—. Hay
alguien muy malvado, perdido en este bosque. Ah, éste es Harry Potter y ella es
Hermione Granger. Ambos son alumnos del colegio. Y él es Ronan. Es un centauro.
—Nos hemos dado cuenta —dijo débilmente Hermione.
—Buenas noches —los saludó Ronan—. ¿Estudiantes, no? ¿Y aprendéis mucho en
el colegio?
—Eh...
—Un poquito —dijo con timidez Hermione.
—Un poquito. Bueno, eso es algo. —Ronan suspiró. Torció la cabeza y miró hacia
el cielo—. Esta noche, Marte está brillante.
—Ajá —dijo Hagrid, lanzándole una mirada—. Escucha, me alegro de haberte
encontrado, Ronan, porque hay un unicornio herido. ¿Has visto algo?
Ronan no respondió de inmediato. Se quedó con la mirada clavada en el cielo, sin
pestañear, y suspiró otra vez.
—Siempre los inocentes son las primeras víctimas —dijo—. Ha sido así durante
los siglos pasados y lo es ahora.
—Sí —dijo Hagrid—. Pero ¿has visto algo, Ronan? ¿Algo desacostumbrado?
—Marte brilla mucho esta noche —repitió Ronan, mientras Hagrid lo miraba con
impaciencia—. Está inusualmente brillante.
—Sí, claro, pero yo me refería a algo inusual que esté un poco más cerca de
nosotros —dijo Hagrid—. Entonces ¿no has visto nada extraño?
Otra vez, Ronan se tomó su tiempo para contestar. Hasta que, finalmente, dijo:
—El bosque esconde muchos secretos.
Un movimiento en los árboles detrás de Ronan hizo que Hagrid levantara de nuevo
su ballesta, pero era sólo un segundo centauro, de cabello y cuerpo negro y con aspecto
más salvaje que Ronan.
—Hola, Bane —saludó Hagrid—. ¿Qué tal?
—Buenas noches, Hagrid, espero que estés bien.
—Sí, gracias. Mira, le estaba preguntando a Ronan si había visto algo extraño
últimamente. Han herido a un unicornio. ¿Sabes algo sobre eso?
Bane se acercó a Ronan. Miró hacia el cielo.
—Esta noche Marte brilla mucho —dijo simplemente.
—Eso dicen —dijo Hagrid de malhumor—. Bueno, si alguno ve algo, me avisáis,
¿de acuerdo? Bueno, nosotros nos vamos.
Harry y Hermione lo siguieron, saliendo del claro y mirando por encima del
hombro a Ronan y Bane, hasta que los árboles los taparon.
—Nunca —dijo irritado Hagrid— tratéis de obtener una respuesta directa de un
centauro. Son unos malditos astrólogos. No se interesan por nada más cercano que la
luna.
—¿Y hay muchos de ellos aquí? —preguntó Hermione.
—Oh, unos pocos más... Se mantienen apartados la mayor parte del tiempo, pero
siempre aparecen si quiero hablar con ellos. Los centauros tienen una mente profunda...
saben cosas... pero no dicen mucho.
—¿Crees que era un centauro el que oímos antes? —dijo Harry.
—¿Te pareció que era ruido de cascos? No, en mi opinión, eso era lo que está
matando a los unicornios... Nunca he oído algo así.
Pasaron a través de los árboles oscuros y tupidos. Harry seguía mirando por encima
de su hombro, con nerviosismo. Tenía la desagradable sensación de que los vigilaban.
Estaba muy contento de que Hagrid y su ballesta fueran con ellos. Acababan de pasar
una curva en el sendero cuando Hermione se aferró al brazo de Hagrid.
—¡Hagrid! ¡Mira! ¡Chispas rojas, los otros tienen problemas!
—¡Vosotros esperad aquí! —gritó Hagrid—. ¡Quedaos en el sendero, volveré a
buscaros!
Lo oyeron alejarse y se miraron uno al otro, muy asustados, hasta que ya no oyeron
más que las hojas que se movían alrededor.
—¿Crees que les habrá pasado algo? —susurró Hermione.
—No me importará si le ha pasado algo a Malfoy, pero si le sucede algo a
Neville... está aquí por nuestra culpa.
Los minutos pasaban lentamente. Les parecía que sus oídos eran más agudos que
nunca. Harry detectaba cada ráfaga de viento, cada ramita que se rompía. ¿Qué estaba
sucediendo? ¿Dónde estaban los otros?
Por fin, un ruido de pisadas crujientes les anunció el regreso de Hagrid. Malfoy,
Neville y Fang estaban con él. Hagrid estaba furioso. Malfoy se había escondido detrás
de Neville y, en broma, lo había cogido. Neville se aterró y envió las chispas.
—Vamos a necesitar mucha suerte para encontrar algo, después del alboroto que
habéis hecho. Bueno, ahora voy a cambiar los grupos... Neville, tú te quedas conmigo y
Hermione. Harry, tú vas con Fang y este idiota. Lo siento —añadió en un susurro
dirigiéndose a Harry— pero a él le va a costar mucho asustarte y tenemos que terminar
con esto.
Así que Harry se internó en el corazón del bosque, con Malfoy y Fang. Anduvieron
cerca de media hora, internándose cada vez más profundamente, hasta que el sendero se
volvió casi imposible de seguir, porque los árboles eran muy gruesos. Harry pensó que
la sangre también parecía más espesa.
Había manchas en las raíces de los árboles, como si la pobre criatura se hubiera
arrastrado en su dolor. Harry pudo ver un claro, más adelante, a través de las
enmarañadas ramas de un viejo roble.
—Mira... —murmuró, levantando un brazo para detener a Malfoy
Algo de un blanco brillante relucía en la tierra. Se acercaron más.
Sí, era el unicornio y estaba muerto. Harry nunca había visto nada tan hermoso y
tan triste. Sus largas patas delgadas estaban dobladas en ángulos extraños por su caída y
su melena color blanco perla se desparramaba sobre las hojas oscuras.
Harry había dado un paso hacia el unicornio, cuando un sonido de algo que se
deslizaba lo hizo congelarse en donde estaba. Un arbusto que estaba en el borde del
claro se agitó... Entonces, de entre las sombras, una figura encapuchada se acercó
gateando, como una bestia al acecho. Harry, Malfoy y Fang permanecieron paralizados.
La figura encapuchada llegó hasta el unicornio, bajó la cabeza sobre la herida del
animal y comenzó a beber su sangre.
—¡AAAAAAAAAAAAAH!
Malfoy dejó escapar un terrible grito y huyó... lo mismo que Fang. La figura
encapuchada levantó la cabeza y miró directamente a Harry. La sangre del unicornio le
chorreaba por el pecho. Se puso de pie y se acercó rápidamente hacia él... Harry estaba
paralizado de miedo.
Entonces, un dolor le perforó la cabeza, algo que nunca había sentido, como si la
cicatriz estuviera incendiándose. Casi sin poder ver, retrocedió. Oyó cascos galopando a
sus espaldas, y algo saltó limpiamente y atacó a la figura.
El dolor de cabeza era tan fuerte que Harry cayó de rodillas. Pasaron unos minutos
antes de que se calmara. Cuando levantó la vista, la figura se había ido. Un centauro
estaba ante él. No era ni Ronan ni Bane: éste parecía más joven, tenía cabello rubio muy
claro, cuerpo pardo y cola blanca.
—¿Estás bien? —dijo el centauro, ayudándolo a ponerse de pie.
—Sí... gracias... ¿qué ha sido eso?
El centauro no contestó. Tenía ojos asombrosamente azules, como pálidos zafiros.
Observó a Harry con cuidado, fijando la mirada en la cicatriz que se veía amoratada en
la frente de Harry.
—Tú eres el chico Potter —dijo—. Es mejor que regreses con Hagrid. El bosque
no es seguro en esta época en especial para ti. ¿Puedes cabalgar? Así será más rápido...
Mi nombre es Firenze —añadió, mientras bajaba sus patas delanteras, para que Harry
pudiera montar en su lomo.
Del otro lado del claro llegó un súbito ruido de cascos al galope. Ronan y Bane
aparecieron velozmente entre los árboles, resoplando y con los flancos sudados.
—¡Firenze! —rugió Bane—. ¿Qué estás haciendo? Tienes un humano sobre el
lomo! ¿No te da vergüenza? ¿Es que eres una mula ordinaria?
—¿Te das cuenta de quién es? —dijo Firenze—. Es el chico Potter. Mientras más
rápido se vaya del bosque, mejor.
—¿Qué le has estado diciendo? —gruñó Bane—. Recuerda, Firenze, juramos no
oponernos a los cielos. ¿No has leído en el movimiento de los planetas lo que sucederá?
Ronan dio una patada en el suelo con nerviosismo.
—Estoy seguro de que Firenze pensó que estaba obrando lo mejor posible —dijo,
con voz sombría.
También Bane dio una patada, enfadado.
—¡Lo mejor posible! ¿Qué tiene eso que ver con nosotros? ¡Los centauros
debemos ocuparnos de lo que está vaticinado! ¡No es asunto nuestro el andar como
burros buscando humanos extraviados en nuestro bosque!
De pronto, Firenze levantó las patas con furia y Harry tuvo que aferrarse para no
caer.
—¿No has visto ese unicornio? —preguntó Firenze a Bane—. ¿No comprendes por
qué lo mataron? ¿O los planetas no te han dejado saber ese secreto? Yo me lanzaré
contra el que está al acecho en este bosque, con humanos sobre mi lomo si tengo que
hacerlo.
Y Firenze partió rápidamente, con Harry sujetándose lo mejor que podía, y dejó
atrás a Ronan y Bane, que se internaron entre los árboles.
Harry no entendía lo sucedido.
—¿Por qué Bane está tan enfadado? —preguntó—. Y a propósito, ¿qué era esa
cosa de la que me salvaste?
Firenze redujo el paso y previno a Harry que tuviera la cabeza agachada, a causa de
las ramas, pero no contestó. Siguieron andando entre los árboles y en silencio, durante
tanto tiempo que Harry creyó que Firenze no volvería a hablarle. Sin embargo, cuando
llegaron a un lugar particularmente tupido, Firenze se detuvo.
—Harry Potter, ¿sabes para qué se utiliza la sangre de unicornio?
—No —dijo Harry, asombrado por la extraña pregunta—. En la clase de Pociones
solamente utilizamos los cuernos y el pelo de la cola de unicornio.
—Eso es porque matar un unicornio es algo monstruoso —dijo Firenze—. Sólo
alguien que no tenga nada que perder y todo para ganar puede cometer semejante
crimen. La sangre de unicornio te mantiene con vida, incluso si estás al borde de la
muerte, pero a un precio terrible. Si uno mata algo puro e indefenso para salvarse a sí
mismo, conseguirá media vida, una vida maldita, desde el momento en que la sangre
toque sus labios.
Harry clavó la mirada en la nuca de Firenze, que parecía de plata a la luz de la luna.
—Pero ¿quién estaría tan desesperado? —se preguntó en voz alta—. Si te van a
maldecir para siempre, la muerte es mejor, ¿no?
—Es así —dijo Firenze— a menos que lo único que necesites sea mantenerte vivo
el tiempo suficiente para beber algo más, algo que te devuelva toda tu fuerza y poder,
algo que haga que nunca mueras. ¿Harry Potter, sabes qué está escondido en el colegio
en este preciso momento?
—¡La Piedra Filosofal! ¡Por supuesto... el Elixir de Vida! Pero no entiendo quién...
—¿No puedes pensar en nadie que haya esperado muchos años para regresar al
poder, que esté aferrado a la vida, esperando su oportunidad?
Fue como si un puño de hierro cayera súbitamente sobre la cabeza de Harry. Por
encima del ruido del follaje, le pareció oír una vez más lo que Hagrid le había dicho la
noche en que se conocieron: «Algunos dicen que murió. En mi opinión, son tonterías.
No creo que le quede lo suficiente de humano como para morir».
—¿Quieres decir —dijo con voz ronca Harry— que era Vol...?
—¡Harry! Harry, ¿estás bien?
Hermione corría hacia ellos por el sendero, con Hagrid resoplando detrás.
—Estoy bien —dijo Harry, casi sin saber lo que contestaba—. El unicornio está
muerto, Hagrid, está en ese claro de atrás.
—Aquí es donde te dejo —murmuró Firenze, mientras Hagrid corría a examinar al
unicornio—. Ya estás a salvo.
Harry se deslizó de su lomo.
—Buena suerte, Harry Potter —dijo Firenze—. Los planetas ya se han leído antes
equivocadamente, hasta por centauros. Espero que ésta sea una de esas veces.
Se volvió y se internó en lo más profundo del bosque, dejando a Harry temblando.
Ron se había quedado dormido en la oscuridad de la sala común, esperando a que
volvieran. Cuando Harry lo sacudió para despertarlo, gritó algo sobre una falta en
quidditch. Sin embargo, en unos segundos estaba con los ojos muy abiertos, mientras
Harry les contaba, a él y a Hermione, lo que había sucedido en el bosque.
Harry no podía sentarse. Se paseaba de un lado al otro, ante la chimenea. Todavía
temblaba.
—Snape quiere la piedra para Voldemort... y Voldemort está esperando en el
bosque... ¡Y todo el tiempo pensábamos que Snape sólo quería ser rico!
—¡Deja de decir el nombre! —dijo Ron, en un aterrorizado susurro, como si
pensara que Voldemort pudiera oírlos.
Harry no lo escuchó.
—Firenze me salvó, pero no debía haberlo hecho... Bane estaba furioso... Hablaba
de interferir en lo que los planetas dicen que sucederá... Deben decir que Voldemort ha
vuelto... Bane piensa que Firenze debió dejar que Voldemort me matara. Supongo que
eso también está escrito en las estrellas.
—¿Quieres dejar de repetir el nombre? —dijo Ron.
—Así que lo único que tengo que hacer es esperar que Snape robe la Piedra
—continuó febrilmente Harry—.. Entonces Voldemort podrá venir y terminar
conmigo... Bueno, supongo que Bane estará contento.
Hermione parecía muy asustada, pero tuvo una palabra de consuelo.
—Harry, todos dicen que Dumbledore es al único al que Quien-tú-sabes siempre ha
temido. Con Dumbledore por aquí, Quien-tú-sabes no te tocará. De todos modos, ¿quién
puede decir que los centauros tienen razón? A mí me parecen adivinos y la profesora
McGonagall dice que ésa es una rama de la magia muy inexacta.
El cielo ya estaba claro cuando terminaron de hablar. Se fueron a la cama agotados,
con las gargantas secas. Pero las sorpresas de aquella noche no habían terminado.
Cuando Harry abrió la cama encontró su capa invisible, cuidadosamente doblada.
Tenía sujeta una nota:
Por las dudas.