Hola! les dejo en esta oportunidad una monografia que hice en su momento sobre la religiosidad en El Quijote, espero que les sirva y si así es dejen puntos. saludos



Don quijote y Dios




Con la iglesia hemos dado, sancho….
(Segunda parte capitulo IX)



Introducción
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha está dividido en dos partes, la primera compuesta de 52 capítulos, apareció en Madrid en Enero de 1605 y la segunda salió a la luz en Octubre de1615, también en Madrid, habiendo aparecido entre tanto el falso Quijote de Avellaneda.
En el siguiente trabajo intentaremos realizar un análisis de la majestuosa obra de Miguel de Cervantes desde la mirada religiosa, intentando profundizar en los aspectos religiosos que aparecen en esta obra. Para ello citaremos algunos autores que ya han ahondado en el tema, entre ellos Víctor Manuel Arbeloa y Francisco Jiménez Campaña .


Desarrollo

Es don quijote un héroe que muchas veces recuerda a cristo, a pesar de que desde una determinada mirada pareciera que siempre se hable de la religión del quijotismo, el culto a Nuestro Señor Don Quijote, sin notar que en lo profundo de esta obra universal se esconde un culto leal al cristianismo.

Encontramos en esta obra muchas señales que indican un gran conocimiento y admiración por la religión católica por parte de Cervantes.

El regreso de su primera salida, un labrador vecino suyo, Pedro Alonso, viéndolo tendido en el suelo, le limpia el rostro, cubierto de polvo, como la Verónica a Jesús y, levantándolo, lo sube sobre un jumento, como el samaritano al herido de la parábola evangélica.

Cuando Don Quijote se ve metido en la jaula que le han preparado sus amigos para trasladarlo a la aldea, y contesta a las palabras entre burlonas y apaciguadoras del barbero, alza la voz, y da un gran suspiro, como Cristo en la cruz. Cuando en el capitulo siguiente, salen a despedirle la ventera, su hija y Maritornes, haciendo como que lloran, les dice aquel: No lloréis por mi, buenas señoras…, como Jesús a las hijas de Jerusalén. La entrada en la aldea, enjaulado y sobre el carro, un domingo a mediodía, con toda la gente en la plaza, parece la imitación de la entrada a la ciudad santa el domingo de ramos.

Sancho Panza, arrodillado en una ocasión ante su amo, le besa la mano y la falda de la loriga. En la escena de los cabreros el caballero manchego invita a su escudero a sentarse, comer y beber con palabras que parecen rememorar las de la Última Cena, seguidas por una cita de San Pablo sobre el amor y otras de los Evangelios. Varias veces, en todo el libro, resuenan las palabras de Cristo en el huerto de los olivos, cuando don Quijote se compara con Sancho en el dilema de velar o dormir. El discurso sobre la dichosa edad delante de los cabreros nos evoca de nuevo el espíritu y la letra de algunas Bienaventuranzas. En fin, para no buscar mas semejanzas, la incredulidad del carretero, en las aventuras de los leones, hará exclamar a nuestro héroe, como Jesús a Pedro, que temía ahogarse en el lago de Genezareth: ¡Oh, hombre de poca fe!


La religiosidad de El Quijote


Lo primero que afirma Cervantes sobre la religiosidad de El Quijote es que, tratándose de una novela, no había por qué abordar ex professo el tema religioso: cosa, por lo demás, bastante obvia. Dice en el prólogo el amigo que le dio la idea para componerlo: «Este vuestro libro, todo él, es una invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada san Basilio,... ni tiene para qué predicar a ninguno mezclando lo humano con lo divino…; no hay para qué andar mendigando… consejos de la Divina Escritura».

Hay un juicio global sobre la religiosidad de la primera parte, que Cervantes pone en labios del bachiller Sansón Carrasco: «…la tal historia es del más gustoso y menos perjudicial entendimiento que hasta agora se haya visto, porque en toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que católico». Y apostilla don Quijote: «A escribir de otra suerte, no fuera escribir verdades sino mentiras» (II, 3). Y poco antes había dicho Sancho: «…que si hubiera dicho de mí cosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, que nos habían de oír los sordos» (II, 3). Me parece inexcusable concluir que ése era el juicio de Cervantes sobre su novela, incluida la valoración religiosa de la misma que en él se encierra.

El propio Sancho sostiene que, «cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente, en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia católica romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos» (II, 8).

Del innegable carácter religioso es la primera tanda de consejos (Documentos que han de adornar tu alma), que don Quijote ofrece a Sancho en vísperas de ser gobernador: «Primeramente, ¡Oh, hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio, no podrás errar en nada... Muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia» (II, 42). Esta vez es el propio Cervantes quien comenta, al principio del capítulo siguiente: «¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada?» (II, 43). Tras la segunda tanda de consejos, Sancho, abrumado por su incapacidad reconocida para ser gobernador, confiesa: «Si a vuesa merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí le suelto; que más quiero un solo negro de la uña de mi alma que a todo mi cuerpo…; y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno». Y ahora es don Quijote quien elogia la actitud edificante de su escudero: «Por Dios, Sancho –dijo don Quijote–, que por solas estas últimas razones que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas» (II, 43).



Lo profano en el quijote


“No hay – escribe Vicente Gaos- en toda la literatura occidental obra tan profana y a la vez tan impregnada de sentimiento religioso y espíritu cristiano como el Quijote. Por eso no es bastante elogio decir que es la primera novelo de Europa, debiendo añadirse que es también – mas que la comedia de Dante- la epopeya de la cristiandad”

en el mismo prologo su autor satiriza la falsa erudición de quienes citan a cada paso la Divina Escritura y los hechos y dichos de los santos. Él también, en boca sobre todo de don Quijote y Sancho, los citara a menudo, pero ya veremos cómo.

Gaos considera “casi segura” la acomodación que hace Cervantes de la salita del alma a la busca de Dios en la noche oscura de la negación espiritual, tema clave del poema celebérrimo de San Juan de la Cruz, con la salida del mismo hidalgo en busca de aventuras, narrada en el capitulo dos de la primera parte: “Una mañana, antes de día... puesta su mal compuesta celada..., por la puerta falsa de un corral, salió al campo, con grandísimo contento y alborozo...” (En una noche oscura / con ansias en amores inflamada / ¡oh, dichosa ventura! / Salí sin ser notada / estando ya mi casa sosegada).

No menos de 58 citas bíblicas, tanto del Antiguo como del nuevo testamento, recoge el mismo comentarista, transcritas literalmente, en latín o en castellano, en El Ingenioso Hidalgo, o parafraseadas de tal modo que suenan casi igual (1, 18 “ Dios que es proveedor de todas las cosas…”; II, 22: “Unos van por el ancho campo…”; II, 27 : (la venganza) “ va derechamente contra santa ley…) etc., etc.

Aunque a veces supersticioso, don Quijote no lo es por lo común, y ridiculiza frecuentemente la creencia en agüeros, en la fuerza mágica de la oración y en la milagrería, así como la confianza infantil en los santos.

Valga esta reflexión por todas: “El discreto y cristiano no ha de andar en puntillos con lo que quiere hacer el cielo” (II, 58).

El capitulo 62 de la segunda parte (episodio de la cabeza encantada) es todo él una burla de la hechicería. Bromea con la fe ciega en los sufragios para sacar del purgatorio las almas de doña Rodríguez o la de Sancho, caído en la sima tras si salida de la Ínsula (II, 55: “Don quijote soy…”).

En boca de su escudero, pone Cervantes la velada crítica a la desmesurada devoción a las santas reliquias: capitulo 8 de la segunda parte.

En cuanto a los santos, incluso santos tan caballerescos como San Jorge, San Martín, Santiago o San pablo, sólo éste es tratado con toda reverencia: “caballero andante por la vida y santo a pe quedo por la muerte”. Los demás se llevan cada uno al menos una cara irónica. Por ejemplo, Santiago, llamado también “San Diego Matamoros” (II, 58: “Este gran caballero de la cruz bermeja…”)

La mera exterioridad piadosa, como el mecho rezar automático, es motivo de sanción humorística en la gran novela cervantina; sean las avemarías y credos de los galeotes; lo mas de ochenta paternóster, avemarías, salves y credos de don Quijote sobre la alcuza o las cruces ante la dicha doña Rodríguez; las “mil cruces” que hace Sancho al ver el verdadero rostro de Caballero de los espejos; el “millón de avemaría” del rosario que dice haber recitado el caballero andante; o las cruces que hacen los frailes benitos, como “si llevaran el diablo a las espaldas”.

Cristiano viejo – Cristiano nuevo

A la insistente afirmación de Sancho Panza de ser cristiano viejo, católico a machamartillo y aun enemigo mortal de los judíos, don Quijote recuerda una y otra vez, en largos párrafos con Sancho o con su sobrina que , aun siendo él “hijodalgo de solar conocido, de posesión y propiedad”, por encima de todo “cada uno es hijo de sus obras”, “no es un hombre mas que otro si no hace mas que otro” y que se “ ha de remunerar a cada cual según sus meritos”. Baste esta breve réplica del caballero a su escudero (II, 42: “Yo cristiano viejo soy…)

El ser hijo de sus obras lo lleva tan lejos Cervantes que en el capitulo 54 de la segunda parte, el celebre Ricote, vecino de Sancho y morisco expulso, ahora peregrino tudesco que visita la España de sus amores, llega a justificar la expulsión de sus hermanos de raza, la mayoría de ellos no convertidos. Defiende su extraña actitud diciendo que 2no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de la casa”, con tal de defender el derecho de su mujer, su hija- “católicas cristianas”-, y él mismo- mas cristiano que moro – de ser católicos como cualquier español y de volver a vivir en España, “que es dulce amor de la patria”.

El mas importante hombre de la Iglesia en toda la novela es el cura de la aldea de don Quijote y Sancho, Pedro Pérez, “hombre docto, graduado en Sigüenza”, gran amigo de don Quijote, y gran amigo de “ese Cervantes”, quien durante toda la obra trata con afecto y respeto, y a veces con ciertas puntas y collares de humor de benévolo, “según es de alegre y amigo de holgarse”, como muestra en varias ocasiones junto a con otro gran amigo del hidalgo manchego, el barbero de la aldea, maese Nicolás.

Cercano a don Quijote, pero mas peleante y socarrón, y a ratos vengativo, estuvo el bachiller Sansón Carrasco, “ordenado de menores”, que hizo vencedor o vencido, de “Caballero del Bosque”, “Caballero de los Espejos”, “Caballero de la Blanca Luna” en el palenque de las aventuras quijotescas.

Otro cura rural, bien tratado en la obra, es el beneficiado, tío y educador de Marcela, tolerante y desinteresado, “a las derechas buen cristiano”, uno de esos clérigos demasiadamente buenos, que obligan a sus feligreses a que digan bien de ellos, “especialmente en las aldeas”.

Peor parados salen otros eclesiásticos de mas alta jerarquía y posición, como el “grave eclesiástico” cortesano que encuentra en casa de los duques, a quien don Quijote, duramente reprendido por él, le contesta con un precioso discurso que merece todo un capitulo. Pero valga este retrato implacable (II, 31: “un grave eclesiástico destos que gobiernan…”).

Algunas burlas van dirigidas a la vida regalada de algunos clérigos y canónicos, como aquellos que, en el capitulo 19 de la primera parte, acompañaban el cuerpo (cuerpo que algunos han supuesto el cadáver de San Juan de la Cruz, traslado sigilosamente de Úbeda de Segovia en 1593). La pulla ha pasado a la memoria popular. Por culpa de las fiambreras de la acémila de repuesto, que cayeron en manos de caballero y escudero: la de “los señores clérigos del difunto (que pocas veces se dejan mal pasar”).

El canónigo con quien se encuentra la comitiva que conduce al ingenioso hidalgo en una carreta de bueyes iba acompañado de “seis o siete hombres a caballo, bien puestos y aderezados”, quienes llevaban también una bien provista acémila de repuesto. Solo que esta vez los dos andantes no almorzaron, comieron, merendaron y cenaron con ella.

Sátiras mas hirientes tocan otros relajamientos de la vida eclesiástica, como en el cuento que relata a su escudero don Quijote en Sierra Morena sobre la viuda hermosa, moza libre y rica, que elige para sus caprichos “un mozo motilón” (fraile sin tonsura) de un convento de maestros y teólogos, o en la carta de Teresa Panza, que habla de amores y promesas del hijo de Pedro Lobo, que se ha ordenado de grados y de corona; o cuando compara, terminada la aventura de la cueva de Montesinos, la vida de los ermitaños de hoy que hasta tienen gallinas, como los antiguos eremitas de Egipto.

Famosas son las batallas reñidas por don Quijote con eclesiásticos:
La arremetida contra los frailes benitos, montados a dos grandes mulas, y su sequito. No solo los maltrata nuestro caballero aventurero, creyendo que son encantadores que llevan hurtada a alguna princesa, sino que el mismo Sancho Panza menos enajenado y más a pie de obra y de ocasión, arremete gallardo contra el fraile caído y comienza, desinteresadamente como se ve, a quitarle los hábitos.

A los doce “encamisados” o “enlutados” , que vienen acompañando al cuerpo muerto – episodio ya mencionado -, los acomete, desbarata, los apalea el Caballero de la Triste Figura muy a su salvo y les hace dejar el sitio mal de su grado. Cuando uno de los enlutados, bachiller por mas señas, le dice la condición de los que llevan el cadáver, don Quijote se excusa como puede, y cuando dicho bachiller le declara excomulgado citándole en latín el comienzo del canon del concilio de Trento, le responde irónicamente nuestro hidalgo por boca de Cervantes, excomulgado dos veces por cosas de poca monta, si bien dejando patente su fidelidad a la iglesia, “a quien respeto, adoro como católico y fiel cristiano soy…”.


Conclusión