El fantasma de la ingobernabilidad

Buenos Aires, 11 de diciembre de 2010 - Los episodios que hasta ahora han costado la vida de por lo menos tres personas en la Capital Federal de la República Argentina son de tal gravedad que no requieren ni siquiera el esfuerzo del editorialista para subrayarla.

Son puramente reveladores y graves porque se producen en una semana en donde el Gobierno había montado un operativo propagandístico destinado a presentarse como adalid de derechos humanos con el exclusivo propósito de borrar de la historia, a 25 años del fallo ejemplar de la Cámara Federal contra los comandantes de las juntas militares, lo que fue la mayor hazaña civil de la Argentina contemporánea, el juicio a las juntas.

Fue tan escandalosa la insistencia del Gobierno en construir su propio relato, que trajeron a Buenos Aires a exponentes de realidades absolutamente exóticas, como por ejemplo quienes vinieron de la república africana de Zimbabwe, ó gente que tiene como conexión con los derechos humanos la portación de apellido, como familiares de Martin Luther King Jr. Infaltable, desde luego, vino Baltasar Garzón, amigo de la residencia de Olivos desde hace años e invitado de lujo y permanente a todo lo que tenga que ver con la propaganda oficial.

Pero la granada les explotó en las manos. Aún cuando la Presidente se mostró junto a Hebe de Bonafini y a Estela Carlotto, lo que no se podía evitar era contrastar la pomposidad de las frases vinculadas con los derechos humanos con la realidad, que no solamente deriva de las muertes terribles e inexcusables en Villa Soldati, sino del inmenso océano de pobreza, marginalidad, exclusión e indigencia que sigue existiendo en nuestro país.
Uno de los episodios más centrales que aconsejo seguir de cerca, es lo nos entrega la crónica periodística. La violencia, el estallido, la rebelión, el descontrol, la anomia se producen en barrios populares que históricamente fueron de raigambre peronista.

No es Corrientes y Callao, no es Cabildo y Juramento, no es Las Heras y Pueyrredón, no es el Barrio Parque, no es la Recoleta, es Villa Soldati.

Para tomarlo como un elemento de rotunda claridad programática: el zapato le aprieta al gobierno Kirchner casualmente en sectores que deberían ser los primeros en expresar, según la propaganda oficial, identificación y solidaridad con las políticas de la Casa Rosada.

Desde esa Casa Rosada, el discurso ha sido rutinario, cansador e inconsistente. La Presidente ha vuelto a evocar el fantasma de un proyecto “desestabilizador”. Se trata de una imputación absolutamente desprovista de razonabilidad y de sustento. ¿Quién quiere desestabilizar a quién? ¿Y qué es lo que se querría desestabilizar? Son preguntas sin respuesta.

La violencia imperdonable e injustificable de los pobladores regulares de Villa Soldati contra quienes querían establecerse en el Parque Indoamericano, ¿es producto de un intento de golpe de estado?

¿Es similar acaso a lo que le tocó vivir en serio el gobierno del presidente Alfonsín, cuando tuvo que hacer frente a conatos de rebelión militar y que inclusive le tocó vivir al propio presidente Menem con el último conato de Seineldín? Claro que no. No hay en la Argentina una desestabilización, ni proyectos destituyentes que no formen parte de la paranoia oficial. Lo que sí hay son necesidades insatisfechas, situaciones inabordables, que se siguen perpetuando y que revelan, junto a una profunda hipocresía ética, un vacío social enorme, que en la Argentina no ha sido cubierto.

Violencia en barrios populares, insatisfacción en el seno del pueblo, acusación del Gobierno que ve en esa violencia y en esos hechos un conato desestabilizador. Y la realidad de una muy clara huida de las responsabilidades.

Hay que decirlo: durante 96 horas el gobierno nacional, cabalgando una fenomenal mezquindad, y con una especulación a toda prueba, lo que ha hecho es demostrar ingobernabilidad, precisamente aquello de lo que se acusó hasta al hartazgo a los gobiernos anteriores.

Que el gobierno nacional haya presenciado pasivamente, hasta casi con cinismo, que se desarrolle un sinfín de batallas campales, en plena capital de la Argentina, alegando que no interviene para no “reprimir” es, en buen romance, déficit de gobernabilidad. No sé cómo hubiera reaccionado Néstor Kirchner si a él le hubiera tocado, pero lo que estamos viendo es un gobierno que estuvo ausente sabiendo perfectamente bien que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires carece de los recursos técnicos y logísticos, porque la Policía Metropolitana es una recién nacida y está en pleno estado de desarrollo para poder hacerse cargo de la situación. Se trata de una Policía Metropolitana que ha sido sistemáticamente boicoteada por el gobierno nacional, que no la quiso y que ha hecho todo lo posible por desautorizarla.
En tal sentido, las participaciones asombrosas de Aníbal Fernández, alegando que no podía mandar federales a Villa Soldati para no dejar a la ciudad inerme, revelan un cinismo a toda prueba.
Todo esto también revela algo inclusive más truculento. Tenemos en el placcard varios cadáveres. A casi ocho años de haber asumido el poder político en la Argentina, el kirchnerismo no ha logrado modificar ni la conducta, ni los principios, ni los valores, ni la performance de la Policía Federal Argentina.
Los episodios más sangrientos y más censurables que se han constatado en Villa Soldati los produjo la Federal, no la Metropolitana. Esta Federal no es la de 2003, pero es la misma. ¿Qué hizo el gobierno de Néstor y Cristina Kirchner para modificar, al cabo de casi ocho años, dos mandatos consecutivos, la capacidad de intervención profesional, y la probidad de una fuerza de la importancia de la Policía Federal Argentina? Que siga plagada de corrupción y de incompetencia en el desarrollo de su tarea.
El no poder convocarla, el resignarse a la castración que tiene la Argentina en materia de estado de derecho revela, que al margen de los logros y fracasos de Mauricio Macri, en punto a la situación concreta de la Policía Federal, el gobierno de Néstor y Cristina Kirchner no ha avanzado absolutamente nada porque no pudo, porque no supo o porque no quiso.
La Presidente ha dicho que no va a integrar a la Argentina a lo que ella denominó un “club de países xenófobos”. Me permito desde este pequeño micrófono, en Florida 935, Capital Federal, preguntarle a la primera mandataria, ¿de qué habla? ¿Quiénes integran el “club de países xenófobos”? Como si todos los problemas que tenemos no fuesen suficientes, ahora encima está colocando a la Argentina en un debate internacional. ¿Hay países xenófobos? ¿Cuáles son, señora Presidente? ¿Francia, Austria, Italia, Suecia, Noruega, cuáles son? ¿Cómo puede hablarse con tanta ligereza e irresponsabilidad de “países xenófobos”? En verdad hay que hablar de minorías xenófobas, de extremistas xenófobos, de grupos políticos xenófobos, pero no de países xenófobos. Y si ella los conoce, ¿por qué no los llama por su nombre?
Esto se llama, en buen romance, “fuga in avanti”, o sea, fugar hacia delante.
La idea según la cual pensar y legislar en serio los problemas migratorios de la Argentina, equivale a racismo es una falta de respeto a la inteligencia. Ningún país del mundo abre sus fronteras de manera absoluta e indiscriminada.
Los trabajadores que se mueren de hambre en Haití, ¿podrían encontrar trabajo, residencia y subsidios en Cuba? Por supuesto que no. Las migraciones se han ido convalidando y legalizando en la Unión Europea, integrada por 27 países, como producto de dificultosísimas gestiones y tratados, pero siguen siendo problemáticas por una razón muy sencilla: porque las migraciones y la decisión de un país de recibir inmigrantes no son el resultado de las buenas intenciones, ni de las almas solidarias.
Si uno quiere ser serio y respetuoso con el problema migratorio, tiene que comenzar determinando qué necesitamos, cuánto necesitamos y cómo necesitamos. Dicho de otra manera, la Argentina no puede pregonar una belleza del alma, según la cual “que vengan todos los que quieran, que para todos va a haber”. Primero porque no hay para nosotros mismos, y si no hay para nosotros mismos, en lugar de estar trayendo inmigrantes, estamos trayendo mano de obra esclava, que es triturada por la rapacidad de no pocas empresas que se valen de los trabajadores de naciones vecinas para aplicarles regímenes esclavistas.
¿Quién tiene la culpa, la empresa o un estado tan “bobo” como el de la llamada época “neo-liberal”? Llenándose la boca de la bondad solidaria, permiten que sigan ingresando al país decenas de miles de seres humanos que están condenados inexorablemente ser triturados por la máquina de explotación, de clientelismo, de punterismo, mafias y, sobre todo, explotación irrisoria de la capacidad de trabajo.
Plantearse en serio una política migratoria implicaría hacer lo que este gobierno no ha hecho en muchos años con una Dirección Nacional de Migraciones absolutamente descontrolada que no sabe quién está en la Argentina, cuándo entró y de qué manera lo hizo y para qué vino. Esa sería una política migratoria realmente solidaria, responsable, humana, progresista, pero progresista no como un rictus hipócrita de quienes dicen serlo, sin serlo en serio, pensando en la gente, en esos bolivianos, paraguayos y peruanos que vienen al país y merecen un tratamiento humano a condición de que el país sea quien diga “usted puede entrar, usted no puede entrar”, “usted tiene antecedentes penales, no puede entrar”. “usted puede entrar pero va a trabajar en San Luis, en Formosa, en La Rioja, no va a trabajar a 20 metros del Patio Bullrich”.
Vivimos, en ese sentido, inundados en un océano de hipocresía y, lo más enervante, irritante, crispante e inaceptable es que esa hipocresía viene planteada con lenguaje revolucionario progresista.
Nada menos que la indescriptible de Hebe de Bonafini nos viene a decir que los que hablan de inmigración son nazis y que quieren aplicar para bolivianos y paraguayos la misma política de los nazis con “las razas” que fueron perseguidas, como dijo ella, en la Alemania de Hitler, durante la guerra por Hitler.
La misma persona que se alegró en septiembre de 2001, se regocijó públicamente del atentado de las Torres Gemelas de Al-Qaëda, diciendo que las Torres Gemelas eran un baluarte del “poder judío”. Esa es la persona que elige Cristina Kirchner como referente de los derechos humanos, ante la tontería y la imbecilidad crónica de la AMIA y de la DAIA.
¿Cómo termina todo? Yo no lo sé, pero veo una improvisación fenomenal. Que el Ministerio de Seguridad sea creado de madrugada y por las circunstancias, revela que acá no hay guión, no hay estrategia, no hay política, lo que hay son –sencillamente- cambios espasmódicos en un gobierno que va agotando una retórica insoportable, hasta un punto en qué no sabemos cómo, desde esta perspectiva, alguien puede pensar seriamente en una reelección en 2011.

©pepeeliaschev
Emitido en FM Identidad

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