LA BUENA MUERTE





Agradeceré que se sirva publicar la siguiente aclaración sobre la causa de la muerte del mayor Horacio Fernández Cutiellos. Como es sabido, él se desempeñaba como segundo jefe del RIM 3 de La Tablada y sucumbió luchando contra los guerrilleros izquierdistas que asaltaron ese cuartel el día 23 de enero de 1989. Acerca de los sucesos en sí, nada me cabe decir, desde que los hechos tienen mejor consistencia que las osadas interpretaciones que se hacen de ellos. Pero sí deseo dar testimonio de la falsedad de las versiones políticas que han atribuido su muerte (de la de los otros, como no me consta, no digo nada), a una supuesta “defensa de las instituciones por su acrisolada fe democrática”.

Pienso que la muerte de una persona es una cosa muy seria —no contamos con otra vida en esta tierra— como para jugar con ella. Bien decía el asesinado dirigente español José Antonio Primo de Rivera, que “Dios no me concedió la vida para que la quemara en holocausto a la vanidad como un castillo de fuegos artificiales”. Las personas que comprenden el sentido de la muerte son las que otorgan un genuino significado a la vida. Otro español, también asesinado por las fuerzas autodenominadas “democráticas”, el escritor Ramiro de Maeztu, pudo decir a sus victimarios: “Ustedes no saben por qué me matan, pero yo sí sé por qué muero”. Desde tal perspectiva es que me animo a sostener que Fernández Cutiellos conocía las solas cosas por las que cabe ofrendar la vida. Me explico. En 1980 tuve la suerte de trabar amistad con él. Lo invité a mi modesto hogar y desde entonces permanecimos en cordial comunicación.

Aclaro que no soy persona de prodigar mi amistad. Como Eduardo Mallea estimo que no conviene afincarse con aquellos para quienes no cuentan las cosas altas del espíritu. Pues, con Fernández Cutiellos fui amigo porque nos unían la misma fe y los mismos ideales patrióticos. Si intentara definirlo, diría que era uno de esos que nuestros enemigos llaman “un integrista o un fundamentalista”. O, dicho en mejor castellano: que era un cristiano creyente. Por la Biblia sabía que no se puede servir a dos señores. Por eso, disponía de una fe única y trascendente. No era politeísta ni fetichista. Creía que solamente Jesucristo era la verdad, el camino y la vida. A las cosas de este mundo las juzgaba según la razón y la experiencia histórica. No confundía a Dios con la Constitución, ni a la Biblia con un calefón. Como creía ya en una religión, no necesitaba confesar otros credos inmanentistas, fueran los de Voltaire, Marx, el “american way of life”, el progreso indefinido de la humanidad o la redención por el proletariado internacional. Como apreciaba el justo valor de la vida, sabía que sólo podía disponer de ella por el bien común nacional. Esto es, que no la dilapidaría por un gobierno o un sistema de gobierno.

Además, era soldado por vocación. Había jurado a la Patria seguir fielmente a su bandera y defenderla hasta perder la vida. Juramento muy solemne para un hombre de honor como él, que no podía mezclar con promesas más pedestres. El 23 de marzo de 1983 me escribió una carta en la que me confiaba que “siempre trataba, conforme a la palabra, de librar pobremente el buen combate diario”. Entre pobres nos entendíamos. Por eso, me añadía: “Los tiempos se presentan difíciles… el enemigo terrorista se reorganiza rápidamente. La economía en estado de agonía… el grado de disolución avanzado de la familia, la inmoralidad reinante… la confusión política que se enseñorea del pueblo, etc. etc., y la poca «calidad» humana de nuestro ejército «profesionalista» conspira para que todo explote en una guerra civil. Creo que sólo podemos esperar que dentro de tres, cuatro o cinco años sobrevenga otro «golpe» liberal o la Nación se disuelva, o sea pasto de sus enemigos históricos. O que Dios Nuestro Señor, que como Ud. bien dice «es criollo», nos ilumine y nos saque de este pozo en el que estamos metidos, fundamentalmente por no reconocerlo como nuestro Rey”.

Y, en otra misiva, me advertía que se aprestaba para la “segunda batalla con los irregulares al servicio del imperialismo soviético”, que en su entender, se libraría antes del “inexorable combate con los sajones”. Esperaba, con el poeta Rainier María Rilke, la gracia de una muerte propia, en combate contra los enemigos de la tierra de sus padres. Entiendo que Dios Nuestro Señor ha escuchado sus oraciones. Y le otorgará la palma de mártir y de héroe que se merece. Cual Martín Fierro, había puesto su fe en Dios, “y de Dios abajo, en ninguno”. De modo que las torpes injurias con que se ha pretendido rodear su muerte, nada le importarían. Pero yo aprecio que era de toda justicia que la verdad brillara. Él no ha muerto por el régimen democrático, por la reforma de la constitución, por el traslado de la capital, o por el sistema métrico decimal. Quienes tengan “fe” en esas cosas u otras similares, que jueguen con sus propias vidas, que no les va a faltar ocasión. Mientras tanto, exijo respeto por la memoria de mi inolvidable amigo
Horacio Fernández Cutiellos, caído por Dios y por la Patria.



Enrique Díaz Araujo