—Es mi turno—




Aquellos demonios que recorríamos su cuarto todas las noches, hoy tratábamos de hablarle más que nunca, no queríamos dejarlo en paz, susurrábamos ante sus oídos bellas poesías, donde la sangre de aquel “ente”, queríamos recorrer todo su cuerpo en una armonía casi perfecta, llegando hasta el más oscuro de sus profundos pensamientos. Poco a poco tratábamos de hacer sucumbir su cabeza mostrándole una realidad alterna; nuestra realidad. Pero él no lo quería aceptar, no quería volver aconfrontarse con esos rivales que simplemente habían muerto unos años atrás. Sin embargo, allí estábamos; allí estaba yo, que en medio de los gusanos me levantaba con más vida que una flor en primavera. Poco a poco volví a desestabilizar cada recuerdo que quedaba y que aún no estaba impregnado de algún olor putrefacto, en pocos minutos pudimos observar como cada uno de sus sentimientos, pensamientos e ideas se fueron contaminado con un tinte egoísta, un tinte extraño que hacían a su corazón igual al de muchos diferentes.
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Hoy,algunos años después, podría afirmar que él no recuerda lo que es la luz solar.,Desde que tengo influencia sobre cada acto, todos los días se convirtieron en pequeños fragmentos de conciencia en donde yo luchaba constantemente contra su deseo de encontrarse consigo mismo —Para bien de nuestra salud física y mental, aún no lo logra—. Predominan en nuestro tiempo las noches de angustia ydesesperación, y es debido a que, precisamente en el momento en que comienza amanecer, él va perdiendo control sobre su cuerpo y sus pensamientos,logrando una confrontación bastante inusual y algo extraña sobre ciertos actos que acontecen sobre su vida. Inicialmente, él no entendía nada de lo que le pasaba, solo lograba observar cómo la gente lo miraba de una forma diferente sintiéndose supremamente extraño, sin embargo, con el tiempo, logre camuflarme en su consiente paraconvertirme en “Yo”, y pasando algunos días, me fui acostumbrando al nuevo rolde “espectador” de su existencia en las noches y actor principal del teatro de mi vida, en los días.
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Christian Romero, estimado lector, no era más que un personaje extraño a mí, un individuo bufonesco que algunas veces había logrado representar casualmente en algunas efímeras experiencias oníricas. Recuerdo la primera vez que logre comunicarme en cierta manera, él y yo no encontrábamos en el espejo —él todavía no estaba totalmente seguro mi existencia—-. Después de una larga noche de trabajo, estaba a punto de amanecer, el sol hacía brotar sus rayos por el oriente, sin embargo, no iluminaba mucho, debido a una gran tormenta que azotaba fuertemente el vecindario. La atmosfera todavía guardaba la gran agitación de aquella noche, él aún no recordaba que en el amanecer, normalmente sufría ciertos fenómenos bastante extraños y peculiares que hasta ahora no se habían podido explicar, sin embargo con ayuda de algunos neurólogos y psiquiatras le habían puesto nombre a su dolor; trastorno de identidad disociativo. Yo sin tanto tecnicismo, simplemente le llamaba —-tiempo del relevo—-,era hora que yo dominara aquel cuerpo que poco a poco perdía lo poco que quedaba de consiente, deje que por algunos minutos, él contemplara la brisa de la mañana de octubre, hace mucho no lo hacía, y sus satisfacciones en ultimas vendrían siendo mis propios placeres. Aquella mañana, él fue a el baño de su recamara, se sentía cansado después de la larga noche, se detuvo a contemplar un par de fotografías de su niñez que descansaban colgadas en una pared con pequeñas grietas, una idea quedo resonando en su inconsciente, —hace mucho no me observo a un espejo—,tenía miedo de no reconocerse y observar un ente diferente, él aunque con miedo se acercó al espejo y con mucha expectativa de observar su rostro comenzó a temblar, logrando expresiones que él jamás recordaba tener, las pupilas de sus ojos cada vez se hacían más pequeñas, mientras su ceja izquierda temblaba con una mezcla de satisfacción y culpa. Yo simplemente lo miraba con ganas de gritarle cuanta vulgaridad repugnante se me ocurriera, debido a su apariencia; simplemente se veía fatal. Aquella Madrugada en el espejo, después de tratar de encontrar algo más allá de esa imagen cotidiana que todos ven todas las mañanas,solamente pudo observar como su boca quería moverse, mientras él creía articular algunas palabras dentro de su mente, confundido con el sonido de algunas gotas cayendo sobre el techo, logro escuchar como con una voz diferente a todas y jamás escuchada, le susurraba desde sus entrañas, muy suevamente —Es mi turno—.