El Bolita era hijo de un suburbio, El Alto en La Paz, de padre tapicero y madre lavandera. Tapicero no de los de colas y adhesivos sofisticados ni gobelinos importados, sólo y hasta ahí, de taperolas ordinarias y cretonas floreadas y desteñibles. Hogar digno, pobre y oscuro, donde siempre faltaban unos pesos y donde no eran extraños los reclamos siempre airados de los proveedores. El Bolita había curtido la piel contra vergüenzas e insultos, aunque en los primeros años de escuela, le costó sufrir algunas miradas. Pero eso terminó pasando no bien que abandonara la primaria en tercer grado. Ya se sabe que el tercer grado siempre es el más difícil, vaya a saber porqué pero eso será asunto de los pedagogos y de los que fabrican los planes o como se les dice ahora, “las currículos”. Y no me equivoco al utilizar el bárbaro fabricar, ya que también ese tipo de construcciones tiene grandes fallas que terminan por derrumbar cualquier edificio.

Por eso, muy joven, comenzó a arrimarse a los contornos del Mercado de Abasto con la esperanza de conseguir changas que le permitieran costearse los vicios con su grupo que compartía las mismas carencias, idénticos e insospechados futuros y los mismos gustos por el fútbol, las mujeres, la birra y el faso raro. Así terminó ganando alguna experiencia en la comercialización de verduras y frutas. Pero esto es demasiado. Quiero decir que El Bolita de apellido Quispe, se hizo verdulero.

Pero lo que todos ignoraban, incluso él mismo, era que El Bolita fuera un poeta. Claro que parecía desmentirlo su morochez aindiada, sus pelos chuzos y los ojos negros y pequeños que subían en las comisuras casi hasta las orejas cuando El Bolita, festejando alguna ocurrencia, reía. Tampoco condecía el vozarrón (que tanto le serviría luego cuando recorría el barrio con su carrito voceando sus verduras) ni la apostura y cierta deformación temprana del perfil abdominal donde avanzaba una
prominencia que nunca uno supone en los escritores de sonetos y en los soñadores.

Pero el destino de El Bolita como poeta tropezaba con una cadena de frustraciones de las que no eran ajenos los antecedentes relatados, me refiero a su imagen, y ocurría que el sólo mencionar su inclinación le producía tanta vergüenza como la que había aprendido a soslayar en la escuela. Nadie sabía, ni siquiera sus más cercanas relaciones que El Bolita, al terminar la jornada, leía a Leopoldo Lugones, a Olegario V. Andrade, a Gustavo Bécquer y a otros poetas que había descubierto en los libros de lectura de cuarto grado. El día que leyó “La Urna” de Enrique Banch, sintió que los pelos de la nuca se le erizaban. Y que luego de la lectura, garabateaba sus primeras estrofas emulando a Espronceda donde los bajeles encañonados surcaban ignotos mares encrespados y además, así debía ser en la evocación, furiosamente azules. También soñaba su poesía con ninfas etéreas, mujeres que emergían de sus ensueños envueltas en transparentes gasas que flotaban ingrávidas en atmósferas oníricas. Pero estos poemas, sobre las mujeres, eran los que más escondía El Bolita. Los muchachos del entorno no entenderían eso y sólo serviría, en primer lugar, para que le preguntaran de qué libro los había copiado. Así ocurrió cuando se atrevió a mostrarlos al editor el diariucho barrial y éste, se lo rechazara de plano reconviniéndolo sobre las penas que cabían a los plagiarios.

El destino de El Bolita, no era otro. Verdulero. Y aunque allí no le iba del todo bien con la competencia de los mercaditos y otros negocios con local propio, no tenía otro oficio ni le pasaba por la cabeza iniciarse en un trabajo distinto.

El Bolita tenía todo el aspecto que uno imagina deben tener los verduleros ambulantes, pero su alma era otra cosa.

Soñaba.