TERCER REICH, ÚLTIMO ACTO

El 20 de abril de 1945, con el Ejército Rojo a las puertas de Berlín, los asistentes más cercanos de Adolf Hitler lo urgieron a que huyera a las montañas de Baviera o Austria para organizar la resistencia. Pero el líder nazi estaba determinado a permanecer en la ciudad, así eso representara su muerte, y les comunicó que estaba resuelto a suicidarse antes de caer en manos del enemigo. Rechazó la sugerencia del general Jodl de escapar por la única carretera que hasta entonces no estaba en manos de las tropas rusas, así como la del mariscal de campo Ritter Von Greim y la piloto Hanna Reitsch de huir con ellos por aire (el 28, ambos lograrían evadir el cerco en torno a Berlín en un pequeño aparato Storch). Mientras tanto, Heinrich Himmler y Hermann Göring trataban de salvar su pellejo negociando por su cuenta con las potencias occidentales, algo que contribuyó a amargar las últimas horas del Führer. Uno de sus últimos actos oficiales fue destituirlos y declararlos traidores.

Cuando los combates cuerpo a cuerpo ya se libraban a escasos centenares de metros de la Cancillería del Reich, hacia las 15:30 del lunes 30 de abril, Hitler se suicidó en su búnker de un disparo en la sien. Su esposa Eva Braun (se habían casado el día anterior) se suicidó casi al mismo tiempo, ingiriendo cianuro.

El propio Hitler había ordenado que su cuerpo fuera incinerado, para que no cayera en manos enemigas: temía que sus restos terminaran exhibidos como trofeo, algo que en definitiva sucedió. Los encargados de tan tétrica labor fueron sus asistentes personales Heinz Linge, Erich Kempke y Otto Günsche. Ellos prendieron fuego a su cadáver y al de Eva Braun, pero no lograron reducirlos a cenizas por falta de bencina suficiente. Los restos fueron enterrados a las apuradas en el jardín de la Cancillería, mientras Berlín caía en manos soviéticas
Tercer reich, ultimo acto

El 4 de mayo, y tras una búsqueda metódica ordenada por Stalin, una unidad soviética finalmente descubrió los restos. La identificación fue posible al encontrarse radiografías de los dientes de Hitler en el gabinete de sus dentistas, así como la historia médica y un puente de oro de repuesto, copia exacta del encontrado en la boca del cadáver (es imposible encontrar a personas distintas con prótesis dentales idénticas). La tarea fue avalada por las declaraciones de Käthe Heusermann, asistenta técnica del dentista personal de Hitler, y de Fritz Echtmann, el técnico protesista. El 9 de mayo, el Kremlin ya sabía que Hitler estaba bien muerto.

Tras una serie de traslados que obedecían a la intención oficial de mantener oculto todo cuanto se sabía (ver más adelante "Operación Mito" lo que quedaba de lo que en vida fuera Adolf Hitler fue enterrado en febrero de 1946 en Magdeburgo, Alemania, en unos cuarteles de SMERSH (acrónimo de SMERt' Shpionam - "muerte a los espías" - el eficaz servicio de contrainteligencia soviético durante la Segunda Guerra Mundial, famoso por las películas de James Bond) (1).

En abril de 1970, cuando el liderazgo de la URSS decidió entregar las instalaciones al gobierno de la hoy también extinta República Democrática Alemana, los restos fueron exhumados y cremados, machacados hasta ser convertidos en polvo y arrojados al río Elba. Sólo la parte del cráneo de Hitler con el orificio de la bala y la mandíbula por la que logró ser identificado se salvaron de ese destino, y se encuentran hasta el día de hoy en Moscú, en el Archivo Central del Servicio Federal de Seguridad de Rusia (sucesor del KGB), e incluso fueron expuestos al público en 2000. No sería justo no indicar aquí que muchos historiadores e investigadores se mostraron escépticos de la autenticidad de dichas reliquias.

Quien quiera encontrar una cronología más detallada de la caída de Berlín puede hacerlo aquí.

PRIMERAS INVESTIGACIONES

omo se ha dicho, el Kremlin ocultó todo cuanto sabía con respecto a la muerte del Führer, y como siempre sucede, la falta de información dio paso a una alocada serie de rumores. (Recién cuando, en octubre de 1955, los rusos liberaron a Hans Baur y Heinz Linge, por fin se contaría en Occidente con testimonios de testigos visuales que confirmaron el suicidio en la Cancillería y el posterior intento de hacer desaparecer el cuerpo. Los detalles referentes a la identificación y el destino final de los restos no fueron suministrados por Moscú sino hasta 1993, cuando la URSS ya no existía).

La primera investigación oficial en Occidente arrancó en setiembre de 1945 cuando Dick White, oficial a cargo de la inteligencia británica en su correspondiente zona de ocupación en Alemania, se molestó con una nota de un periódico ruso, Izvestia (ver luego) que ubicaba a Hitler viviendo tranquilamente allí. White invitó a un oficial militar amigo, Hugh Trevor-Roper, catedrático de historia en Oxford antes de la guerra, a desentrañar qué había pasado.

Trevor-Roper comenzó leyendo un mamotreto compilado por la contrainteligencia británica, que contenía las conclusiones de un análisis psiquiátrico del Führer, y que consideraba probable el suicidio. En el mismo sentido, Pierre John Huss, antiguo corresponsal en jefe en Berlín de la agencia International News Service (2) que había entrevistado varias veces a Hitler desde comienzos de los años '30, había afirmado en julio de 1943, tras la caída de Benito Mussolini, que "Hitler, a diferencia del Duce, probablemente capeará la tormenta hasta el amargo final, derramando salvajemente océanos de sangre en los países ocupados e incluso en el propio Reich, y se matará antes que seguir el ejemplo de Mussolini y renunciar". Ese mismo año un informe psicológico clasificado de la Oficina de Servicios Estratégicos de Estados Unidos (la OSS, antecesora de la CIA) había llegado a la misma conclusión .
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Trevor-Roper pasó la mayor parte de setiembre y octubre rastreando testigos oculares. Entre los que entrevistó figuran asistentes de Hitler como Heinz Linge, Otto Gunsche, Hans Baur y Johann Rattenhuber, así como Gerda Christian y Else Krueger, secretarias respectivamente del propio Hitler y de Martin Bormann, quienes no habían sido testigos oculares pero conocían la historia por testimonio de los protagonistas.

El 1º. de noviembre de 1945, Trevor-Roper presentó su informe en una conferencia de prensa en Berlín: Hitler se había suicidado alrededor de las 15:30 del 30 de abril, y Eva Braun había muerto con él.

Un racconto más detallado de los últimos días de Hitler (en inglés) se puede hallar en este sitio, y uno de los detalles de su muerte, en este otro (también en ese idioma). Un tercer sitio, también en inglés, aquí. Un cuarto, en español, aquí.

LA "OPERACIÓN MITO" Y LOS PRIMEROS RUMORES

Parece ser que Stalin no creyó (o no quiso creer) en los informes de sus propios subordinados sobre la muerte del Führer. En repetidas oportunidades durante todo 1945 manifestó a líderes occidentales su seguridad de que Hitler estaba vivo. En la conferencia de Potsdam, en julio, Stalin le dijo al entonces Secretario de Estado norteamericano James F. Byrnes que probablemente Hitler estaba refugiado en España o Argentina. Por esa época, el periódico ruso Izvestia afirmaba que el líder nazi y Eva Braun vivían confortablemente en un castillo de Westfalia, en territorio controlado por los británicos. Según este informe de la CIA de fecha muy posterior (en inglés) antes de que terminase mayo, Stalin ya había lanzado una campaña de rumores llamada "Operatsiya Mif" ("Operación Mito". Como parte de ella, luego incluso haría torturar a los partícipes de la incineración del cuerpo de Hitler (los citados Linge, Günsche y Baur) para que cambiasen la declaración hecha a Trevor-Roper.

Aunque parezca increíble, no hay total acuerdo acerca de los objetivos de la campaña de desinformación. La hipótesis más lógica afirma que Stalin quería acusar a Occidente de connivencia con el nazismo, con lo que la Guerra Fría aparecería como una continuidad de la guerra defensiva que la Unión Soviética se había visto obligada a librar contra la agresión alemana. Los países más frecuentemente mencionados cono refugio de Hitler (España y Argentina) habían adoptado, en medidas diferentes, una neutralidad que no escondía una cierta simpatía por el Eje (4), lo que subrayaba dicha continuidad.

Simétricamente, desde el punto de vista de los simpatizantes del nazismo, los rumores acerca de que su líder había logrado fugarse indemne del sitio de Berlín mantenían viva la esperanza de que la derrota podía revertirse algún día. Por consiguiente, no debería extrañar que, durante todo el verano boreal de 1945, arreciaran los rumores acerca de que Adolf Hitler estaba con vida. El propio comandante en jefe aliado y luego dos veces presidente norteamericano, Dwight Eisenhower, afirmó en una conferencia de prensa en el Hotel Rápale de París, en junio, que dudaba de la muerte del Führer.

Uno de los primeros rumores aparecidos sostenía que Hitler moraba como un eremita en una caverna cercana al Lago de Garda, en el norte de Italia. Otro no temía afirmar que se lo había visto disimulado como pastor en los Alpes suizos, y un tercero, el más inverosímil de estos tres disparates inverosímiles, que trabajaba de croupier en un casino en Evian, Francia. En las semanas siguientes, quien no lo vio en Grenoble lo hizo en Saint Gallen o en las costas irlandesas.

Ante la falta de información, los Aliados no descartaban ninguna información a priori, incluso las fantasías antedichas. Es de suponer entonces la seriedad con que se habrán tomado informes en apariencia mucho más precisos. En julio de 1945, la Oficina de Censura de EE. UU. interceptó una carta enviada desde Washington a un periódico de Chicago, que sostenía que Hitler vivía en una estancia ubicada a 280 kilómetros de Buenos Aires, propiedad de un ciudadano alemán, el Conde de Luxburg, que había sido (habilísimo) embajador en Argentina durante la Primera Guerra Mundial. La misiva incluía detalles tales como que Hitler vivía en un búnker subterráneo al que se ingresaba por una puerta oculta orientada hacia el oeste, accionada por señas de luces. El Führer había llevado consigo a dos dobles, y dirigía un fantástico programa de construcción de bombas robóticas y otras armas notablemente avanzadas para la época. El gobierno norteamericano le dio a esta información credibilidad suficiente como para que el director del FBI, el célebre J. Edgar Hoover, se involucrara personalmente en la investigación durante un tiempo. La misma dio obviamente resultados negativos.

En agosto (seguimos en 1945) y luego de la falsa alarma del citado reportaje de Izvestia, un abogado norteamericano le escribió a Hoover diciéndole que Hitler utilizaba un nombre falso, Gerhardt Weithaupt, y que residía en Innsbruck, Austria, en la casa de la señora Frieda Haaf. La carta incluso afirmaba que Hitler tenía a su lado a su médico personal, Alfred Jodl.

Por esa época, otro médico alemán, Karl-Heinz Spaeth, contó a las autoridades de ocupación que había atendido a Hitler en Berlín el 1º. de mayo de 1945. Según Spaeth, Hitler presentaba heridas terribles, producto de la lucha en las trincheras, y murió al poco tiempo. Para no dejar rastros, su cadáver fue volado con explosivos por un pelotón de las SS.

Al poco tiempo, la inteligencia aliada descubrió que un tal Paustin, un discreto jardinero de Tegernsee, resultó ser nada menos que el asistente de Martin Bormann, Wilhelm Zander. Hacia fines de diciembre de 1945, sus perseguidores se hicieron con un portafolios de su propiedad. Entre la documentación que encontraron dentro de un compartimiento secreto estaba el testamento político de Hitler y el acta de su matrimonio con Eva Braun. Ésta servía como aval indirecto de la hipótesis del suicidio: Hitler llevaba años con Eva ¿por qué había decidido casarse justo en abril de 1945?

Entre 1946 y 1947, se afirmó que el Führer fue visto en España, en Holanda, en Suecia, en Zurich, en Heidelberg y en el Hotel Edén de la localidad argentina de La Falda (imagen) propiedad de un matrimonio amigo del Führer, los Eichhorn. Un soldado norteamericano dijo haber visto al líder nazi, a Eva Braun y a su hermana Gretl en Bernheim, en... la casa donde le lavaban la ropa. Según el soldado, el hombre al que vio debía ser Hitler porque se irritaba cada vez que se mencionaba la bomba V-1 y "parecía conmovido ante la fotografía de un perro" que aparentemente era muy parecido a Blondi, la perra de Hitler...
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LOS SUBMARINOS DE HITLER

Hay una misteriosa declaración efectuada en 1943 por el Comandante de la Marina alemana, el almirante Karl Dönitz, que citan a menudo todos los enemigos de la historia oficial: "La flota submarina alemana está orgullosa de haber encontrado un paraíso terrestre, una fortaleza inexpugnable para el Führer, en algún lugar del mundo".

Las historias acerca de la fuga de jerarcas nazis en submarinos no son nuevas, como tampoco las denuncias de avistajes de submarinos en la costa atlántica de Sudamérica durante la segunda mitad de 1945. Investigaciones como la muy documentada de Jorge Camarasa se limitan a señalar que hay una muy cierta posibilidad de que los submarinos hayan sido empleados para sacar de Alemania desde documentación comprometedora hasta lingotes de oro, pasando por planos de aeronaves y buques y hasta criminales de guerra, el más importante de los cuales podría haber sido (recalco el condicional) el jefe de la temible Gestapo, Heinrich Müller.

Otras investigaciones van más allá, a veces temerariamente. En el libro "Ultramar Sur. La última operación secreta del Tercer Reich", de los periodistas argentinos Juan Salinas y Carlos De Nápoli (Grupo Editorial Norma, 2002) se habla de una misteriosa "Operación Ultramar Sur", llevada a cabo por submarinos alemanes y contando con la vista gorda de Gran Bretaña y Estados Unidos. Los autores las comparan con la "Operación Paperclip", aunque se habría diferenciado de esta última porque no se buscaba apoderarse de los más avanzados desarrollos científicos alemanes sino salvaguardar a la cúpula nazi, a fin de utilizarla contra los soviéticos en una hipotética Tercera Guerra Mundial. (Como ya hemos visto, éste era tanto el sueño de los nazis supérstites como uno de los motivos preferidos de la propaganda soviética).

Salinas y De Nápoli siguen la línea argumental de la investigación de Camarasa, aunque se permiten plantear una posibilidad que, de tan aventurada, no contribuye a dar fe a las demás afirmaciones: la de la fuga de Hitler mismo, encubierta por los Aliados para disponer de su alianza en caso de una guerra contra la URSS y sus satélites.

Al respecto, los autores no parecen percibir la inverosimilitud del planteo: ¿qué otra cosa haría Adolf Hitler, en una hipotética guerra de Occidente contra el mundo comunista, que deslegitimar a sus aliados? Gran Bretaña había visto arruinado su imperio y soportado miles de muertes y el bombardeo de sus ciudades gracias a los delirios del Führer. ¿Qué ciudadano británico hubiera aceptado combatir en el mismo bando que el ex cabo de la Primera Guerra Mundial?
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Al respecto, volvemos a Oleg Plenkov : "Hitler era también para los aliados un enemigo, una figura absolutamente odiosa". El historiador agrega que muy pronto las potencias occidentales comenzaron a idear planes de contingencia para un posible conflicto con la URSS y sus satélites, y algunos de ellos incluían el restablecimiento de las fuerzas armadas alemanas. Continúa: "Frente a tal variante de desarrollo de los hechos se pensaba devolver las armas a los soldados del derrotado ejército nazi y aprovecharlos ya contra la URSS. Pero ¿poner a Hitler a la cabeza? No, eso estaba absolutamente descartado. (...) no olvidemos que la idea de la recreación del ejército alemán en realidad fue materializada sólo en 1955, o sea, 10 años después del final de la Segunda Guerra Mundial".

Pero no todo el trabajo de De Nápoli y Salinas es tan abiertamente insostenible. Los autores afirman que "más de una decena de U-Bootes" zarpó de apostaderos en la Noruega ocupada en momentos en que Alemania capitulaba, con la anuencia del Almirantazgo británico. Tras hundir en su camino a algunas embarcaciones aliadas, los submarinos se habrían reunido en una isla deshabitada del Archipiélago de Cabo Verde, donde se habían almacenado provisiones y combustible. Allí, sus tripulantes se habrían enterado de que el efímero gobierno poshitleriano del almirante Dönitz ya había caído.

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En este punto, y según Salinas y De Nápoli, los submarinos se dividieron en dos grupos: uno volvió a Europa para entregarse y el otro continuó su viaje a Sudamérica. El viaje de los U-Bootes de este último grupo fue accidentado, ya que fueron avistados varias veces por naves y aviones aliados.

Durante su derrotero, el grupo hundió cinco barcos, siendo uno de ellos el Bahía, un crucero de la armada brasileña que prestaba servicios al bando aliado. La historia oficial dice que el Bahía se hundió por una torpeza de sus tripulantes, mientras efectuaban una práctica de tiro con ametralladoras antiaéreas. Según esta versión, una ráfaga habría impactado sobre las cargas de profundidad que transportaba el crucero, haciéndole estallar en mil pedazos. Del ocultamiento de este hecho extraen los autores la conclusión de que las potencias occidentales estaban al tanto.

De esos submarinos, dos serían los que se entregaron en el puerto argentino de Mar del Plata ese mismo invierno austral: el U-530 y luego el U-977. Los tripulantes fueron internados en el país y luego entregados a los norteamericanos junto con los dos submarinos. Tras una ronda de interrogatorios en Fort Hunt, Virginia, fueron liberados y enviados a Bélgica, donde fueron nuevamente detenidos e interrogados, esta vez por los británicos. Parece ser que uno de los puntos de ambas inquisitorias fue la fuga de Hitler y Eva Braun, aunque esto no prueba nada: recordemos que los Aliados no conocían su destino en ese entonces.

De Nápoli y Salinas afirman que al menos cuatro U-Bootes llegaron a las costas argentinas. Los dos que faltan localizar, agregan, fueron abandonados y hundidos cerca de la costa, luego de desembarcar cargas y pasajeros, en la Caleta de los Loros, en el Golfo San Matías (Río Negro). Además de Hitler, Eva Braun y Martin Bormann (7), habrían llegado "Gestapo" Müller y un conjunto de jefes de segunda línea, como Walter Rauff, que se radicó en el sur de Chile.

Los autores citan como prueba de la presencia de Hitler en Argentina a "un paquete de 731 documentos del FBI, recientemente liberado del secreto". El mismo sólo prueba que los servicios de investigaciones norteamericanos, ante la falta de datos fidedignos sobre el destino del líder nazi, prestaban oídos a cualquier rumor y se tomaban el trabajo de chequearlo, pero nada más (8).

(Una versión opuesta a la de Salinas y De Nápoli, expuesta por un organismo oficial del gobierno argentino, aquí).

El historiador paraguayo Mariano Llano, por su parte, pretende para su país el deshonor de haber albergado a Hitler en sus últimos años, según surge de su libro "Hitler y los nazis en Paraguay". (Hitler habría muerto en tierras guaraníes en 1974, tras abandonar Argentina en 1955, con la caída de Perón). El barilochense Abel Basti, para no ser menos, publicó dos libros ("Bariloche nazi" y el reciente "Hitler en Argentina" sosteniendo que el Führer desembarcó en la costa argentina en 1945 proveniente de uno de los ocupadísimos U-Bootes y residió mucho tiempo en su Bariloche y luego en la cercana Villa La Angostura, en una finca propiedad de un conocido y polémico empresario argentino de origen sirio, Jorge Antonio (quien nunca desmintió sus vinculaciones con los proscriptos capitales alemanes de la época). Tras gozar de la hospitalidad de los citados Eichhorn de La Falda, el líder nazi acabó sus días tranquilamente en el país, en los años '60.

Basti tiene su propio sitio, con la intranquilizadora dirección web www.hitlerargentina.com.ar. Vale destacar que su investigación de la presencia de ex jerarcas nazis en Bariloche está muy bien documentada y tiene toda la seriedad de la que carece su fantasiosa afirmación de la presencia del mismísimo Hitler no lejos del lago Nahuel Huapi.

HITLER EN CHILE

El periodista chileno Osvaldo Muray, especializado en los tenebrosos asuntos de la Colonia Dignidad, afirma que en la primavera de 1998 conversaba con un analista policial sobre el oculto poder que parecía tener Paul Schäfer, el líder de la misma, y que el funcionario le dijo lo siguiente: "Hemos llegado a la conclusión de que este sujeto posee el conocimiento de algún gran secreto, tal vez de carácter político, por lo que nadie se atreve a hacerle frente". Y agregó: "Y ese secreto debe ser de tal magnitud que ni siquiera el Gobierno alemán adopta una decisión drástica sobre la colonia, pese a que en Berlín se conoce al dedillo el régimen de esclavitud que agobia a los más de trescientos colonos".

Muray rechaza la historia oficial del suicidio de Hitler y afirma que el Führer escapó en una fecha indeterminada de abril a Dinamarca en un avión Arado 555, y de allí se dirigió a Kristiansand, en Noruega, donde subió a un submarino. El relato subsiguiente del derrotero es muy similar al que hacen Salinas y De Nápoli, aunque le agrega el detalle de que la flotilla cruzó el Pasaje de Drake e ingresó al Océano Pacífico, y que el famoso "paraíso en la tierra" de Dönitz no es otro que la Isla Friendship, en la provincia de Aisén, adquirida en los años '30 por un alemán llamado Hans Kepler. (Muray dice que hay tantos nazis llamando la atención en Bariloche que Hitler no hubiera podido vivir seguro allí). Otro de los submarinos estaría hundido cerca de Valdivia, un tercero reposaría en Bahía Mansa, y un cuarto submarino habría sido detectado y perseguido por la Fuerza Aérea Chilena en Iquique, pero tras escapar, habría sido hundido en la costa de Antofagasta.

Llega el momento de plantear que ni la teoría de Basti, ni la de Llano, ni la de De Nápoli y Salinas, ni la de Muray, resisten esta simple pregunta: ¿es verosímil creer que el Hitler que conocemos, el fanático que desató la tragedia más grande del siglo XX, podría haber aceptado tranquilamente su derrota y un destino de jardinero aficionado en un remoto país de la América meramente del Sur?

¡HITLER EN LA ANTÁRTIDA!

Dos expediciones antárticas han bastado para generar un mito tan atrayente como falso: el de las bases nazis en el Continente Blanco, usualmente vinculado a ciertas cuestiones seudocientíficas de las que hablaremos en el apartado siguiente.

La primera es la grotescamente sobrevaluada campaña alemana de 1938-39, que se limitó a algunos estudios científicos y a explorar y reclamar para el Tercer Reich una extensa región denominada Nueva Suabia. Había previstas dos campañas más, para 1939-40 y 1940-41, que debieron ser suspendidas por la guerra.

La segunda tuvo lugar en 1947, y es la "Operación Highjump" ("Salto de altura" un impresionante despliegue militar norteamericano al mando del almirante Richard Byrd, cuyo objetivo era tanto la investigación científica como servir de antecedente a un posible reclamo de soberanía (al respecto, ver este sitio en inglés).

Páginas como ésta han creído ver en esta última campaña aeronaval un (fracasado) intento norteamericano por acabar con una fantástica y subterránea instalación militar alemana conocida como "Base 211".

Nunca se suministran pruebas directas contundentes, como listas de caídos o de embarcaciones perdidas en combate (como si fuera tan fácil que una nave de la Armada norteamericana desapareciera de un día para el otro de los inventarios, por no hablar del personal militar). Ante la imposibilidad de mostrar hechos incontrastables, los autores siguen el típico patrón de todo escrito seudocientífico: la multiplicación al infinito de las "pruebas" indirectas. Al respecto cito dos ejemplos: la prohibición de ensayos de armas nucleares en la Antártica y ¡la ausencia de dicho continente en el emblema de las Naciones Unidas! Todo un ejercicio de paranoia.

Acerca de la construcción de estas "enormes bases secretas alemanas" en su territorio antártico, con materiales de construcción supuestamente llevados por "flotas enteras de submarinos cargados hasta los topes", se suministra "evidencia" tan rigurosa como ésta: "Varios autores, basándose en testimonios, han observado que se llevó la maquinaria de construcción y tunelación más moderna de la época".

Pero esta historia sólo comienza, y falta presentar al que la llevaría a cumbres difíciles de superar.
Tercer reich, ultimo acto


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