Atraco al abuelo (Cuento: Alberto Morán)
I
Un viernes a media noche fue cometido el crimen más atroz que se haya visto en el barrio Los Almendrones. Dos hampones no sólo se llevaron el dinero de la caja registradora de la licorería del sector, sino que degollaron con pasmosa frialdad a los propietarios del establecimiento, una pareja de recién casados que se encargaba personalmente de la atención al público.
Ya cuando se disponían a cerrar, llegó Loan Zaro, un joven muy conocido en el área acompañado de otro amigo apodado “Papi Barón”. Pidieron dos cervezas.
-Ya estamos cerrando, se excusó Dila quien atendía a los clientes con su esposo Euvino.
-Las del estribo, insistieron.
La dama miró a su esposo y éste convino servirle las cervezas.
Dila destapó las botellas y se derramaron en espuma.
-Están calientes, se terminaron las frías, argumentó para no seguir vendiendo. Era demasiado tarde.
Un carro blanco se detuvo enfrente del negocio. Euvino salió rápidamente y tiró de la santamaría, para que los ocupantes del vehículo supieran que estaba cerrando.
-Véndenos dos cervezas, le gritaron a tiempo desde el interior del vehículo.
-Bueno, pero para llevar, les advirtió Euvino.
Dila acudió a la cava enfriadora y sacó las dos botellas. Loan aprovechó la oportunidad para pedir dos más:
Dila lo miró, pero no pudo negarse. Trajo las cervezas. Le sirvió a Loan y a su compañero y le entregó las dos a su esposo para que despachara las de la calle.
Al regresar, Dila le dijo:
-Baja la santamaría porque sino continúan llegando y la cerveza está muy caliente, reiteró con el firme propósito de que escucharan Loan, “Papi Barón” y se marcharan voluntariamente.
Euvino se colocó de nuevo detrás del largo mesón que sirve de mostrador y se recostó a esperar que los clientes consumieran la bebida.
Dispuso los brazos sobre el tablero pulido en forma de pies de amigo y se reclinó hacia adelante para dejar descansar el torso. Pero no había terminado de acoplarse, cuando se desacomodó y sin pronunciar palabra, regreso a la caja donde estaba el dinero de la venta del día.
Loan y su amigo se vieron con malicia y continuaron en silencio. Dila no se percató de la situación. Estaba de espaldas cargando una de las cavas enfriadoras.
Euvino se dirigió a Loan y a “Papi Barón” y les dijo:
-¡Listo!, nos vamos.
Los hampones se volvieron a mirar, pero esta vez “Papi Barón” le ordenó a Loan con un movimiento de cabeza que había llegado la hora.
Loan sacó una pistola y encañonó a Euvino y a Dila.
-¡Esto es un atraco!, advirtió.
-¡¿Qué te pasa, Loan?! ¡¿Me vas a robar a mí?!, reclamó Euvino
-¡Cállate!, le gritó.
-¡Pero estás loco Loan, si nosotros nos conocemos. Yo soy amigo de Aristeo, tú abuelo!, le recordó Euvino.
Loan lo observó fijamente a los ojos, intentó detenerse, pero “Papi Barón” lo increpó:
-¿Qué te pasa?-. Y lo hizo avanzar hacia donde estaba la pareja.
-¡No se muevan, porque los mato!, amenazó Loan.
-No se metan con ella, suplicó Euvino-. Dila permanecía muda de terror.
-¡Cállate o te quemo!, advirtió Loan.
Los bandidos sometieron a la pareja. Los acostaron en el piso bocabajo. “Papi Barón” les tenía el pie puesto en el cuello encañonándolos con su pistola y Loan buscaba algo para amordazarlos.
Del mueble que servía de soporte de la caja registradora, extrajo un rollo de cinta que utilizaban Dila y Euvino, para embalar las compras.
Les pasaron la banda adhesivo varias veces alrededor de la cabeza, para taparles la boca. Le colocaron las manos en la espalda y los maniataron. Luego, les sujetaron los pies.
Los criminales tomaron una bolsa negra y acudieron rápidamente a la caja registradora. Tomaron todo el dinero.
Loan estaba pensativo. Casi inmóvil observaba a las víctimas tendidas en el piso con rostro de miedo y arrepentimiento.
-Vamos, dijo “Papi Barón”.
-No, yo me voy de aquí y estoy preso- dijo Loan-. Esta gente me conoce.
-¿Ajá y que quieres que hagamos?, preguntó “Papi Baron”.
-No sé, respondió Loan con la frente sudorosa.
-¿Cómo que no sabes? Dale un tiro a cada uno en la cabeza.
-¡Estás loco!, se despierta todo el mundo.
-Ahí está un cuchillo, dijo “Papi Barón” clavándole su mirada glacial y penetrante. Loan cabizbajo acudió a una mesa plástica al final del establecimiento y tomó la filosa hoja con que unas horas antes Dila abrió unos panes y los rellenó con jamón de pavo, queso de mano, tomates y mayonesa para la cena.
Regresó hasta donde su cómplice secándose la frente con las mangas de la camisa y el cuchillo en la mano en posición de ataque.
-Dales, ordenó “Papi Barón”.
Loan llegó hasta las víctimas. Vio a Dila y Euvino que amordazados y atados de pies y manos se retorcían quejumbrosos en el piso. Inútilmente intentaban escapar. Quiso encimárseles, pero se paralizó en seco.
-Ayyy mamitaaa, jajajaja -se burló “Papi Barón”-. ¿Si quieres una chupeta me avisas?
Loan lo escuchó pensativo y de pronto reaccionó como una fiera y con los ojos cerrados comenzó a hundir el hierro en la humanidad de la pareja. De pronto se detuvo con las manos ensangrentadas y volteó hacia “Papi Barón”, creyendo que había terminado.
-¿Y si están vivos?, alertó “Papi Barón”.
Loan regresó y los tomó a cada uno por el cabello, les hundió el cuchillo y la blandió hasta degollarlos.
Los bandidos se echaron al piso, levantaron un poco la santamaría, observaron que no había nadie alrededor y arrastrándose como las serpientes ganaron la calle para fugarse.
Huyeron hacia un barrio miserable ubicado en la periferia de Los Almendrones, donde se deshicieron del arma y Loan pudo lavarse la sangre, para regresar a su casa con la parte que le correspondió del botín.
II
A las diez de la mañana llegó la señora de la limpieza a la licorería, sacó las llaves, a fin de levantar la santamaría y se percató de que no tenía los candados.
-Qué raro, dijo.
Se inclinó, la tomó por la manilla pegada al piso y de un solo impulso se la llevó a la altura del pecho, luego hizo un segundo envión hacia arriba ayuda con su cuerpo y corroboró que la puerta de vidrio con papel ahumado tampoco estaba bajo llave.
-Bueno y esa gente como que se volvió loca anoche -dijo sin hallar explicación a lo sucedido-. Siguió cautelosa pensando en lo que podrían haber hecho en la noche una pareja prácticamente de luna de miel con unas cuantas cervezas encima.
La señora levantó una parte de la tabla del mostrador para entrar al área exclusiva de los empleados y la dejó caer suavemente sin hacer ruido; avanzó a pasos de ballet clásico y, de pronto, se topó con la escena dantesca.
-¡Santo Dios!, atinó a decir y regreso despavorida pidiendo auxilio.
-¿Qué sucede?, preguntó un vecino
-Mataron a Dila y a Euvino -dijo la mujer sin salir del asombro-. ¡Madre Santa!
A los cinco minutos, la licorería estaba repleta de curiosos y amigos del matrimonio aún sin hijos. Dila y Euvino ahorraron un dinero y se instalaron en el sector Los Almendrones, para trabajar por cuenta propia y montaron el negocio de licores.
Ninguno de los presentes quería ir a la Policía de Investigaciones Criminales a participar la novedad. Temían que los dejaran detenidos y decidieron hacer una llamada anónima.
El tiempo transcurría y no llegaban los detectives. Casualmente, una patrulla pasaba por el lugar y se detuvo al ver la multitud. Los vecinos rodearon la unidad para participar el caso.
El oficial que conducía el vehículo policial bajó y corroboró el doble homicidio. Regresó a la patrulla y comunicó por radio la novedad, sin embargo, aún así, los detectives de la Policía de Investigaciones Criminales tardaron en llegar.
En ese momento, en una vivienda adyacente al sector Los Almendros, salía del último cuarto Loan, un joven espigado que la noche anterior se graduó de delincuente. Se sentía realizado. En su primera incursión hamponil coronó un buen billete y demostró su valentía y coraje degollando a una pareja indefensa, honesta y trabajadora. Ese prontuario le permitía que los otros criminales lo respetaran y lo tomaran en cuenta para operaciones de mayor envergadura.
Loan residía con su abuelo Aristeo, un sexagenario que vivía con una señora llamada Filomena, ambos ya se habían enterado del terrible asesinato.
El viejo Aristeo cuando joven fue policía, pero tuvieron que expulsarlo. Era incapaz de meter preso a una persona e inventaba cualquier situación para no trabajar. Sólo le gustaba uniformarse, cobrar y hacer relaciones públicas.
-La policía es para conseguir amigos, no enemigos, pregonaba.
Pero enamorado de Filomena tenía que seguir luchando en la vida y consiguió empleo como vigilante en el garaje de un transporte colectivo. Todas las noches cuidaba alrededor de 20 buses y la oficina donde guardaban el dinero del trabajo hasta el otro día que lo depositaran en el banco.
-¿Ya sabes lo que sucedió anoche?, le preguntó Aristeo al nieto.
-No, ¿qué pasó?
-Mataron a la pareja de la licorería
-Ajá ¿Y?, Loan Zaro se molestó y volteó para que su abuelo no le contara nada más.
Tomó entonces la palabra Filomena.
- Tu abuelo está cansado de decirte que no andes a altas horas de la noche y no haces caso.
Loan regresó a su cuarto enardecido:
-Me tienen obstinado- dijo en vos altanera-. Si me van a matar en la calle que me maten.
Los días pasaron y el cómplice de Loan no lo tomaba en cuenta para nuevas incursiones delictivas. Se enteró de que su compinche robó en una farmacia, en un supermercado y en una venta de terminales y lo ignoró.
Moría de curiosidad, quería participar en otras aventuras hamponiles, pero no lo llamaban. En la noche ubicó a “Papi Barón”, un cruel asesino experto en planificar y comandar atracos.
-Epa, ¿qué pasó?, le preguntó.
-¿Que pasó de qué?, lo reviró “Papi Barón”.
-¿No ha habido más nada por ahí?
-¿Ahhh quieres un trabajito? Por ahí te tengo algo bueno.
-Le damos, dijo Loan.
-Le vamos a tirar un golpe al garaje de buses.
-¿Cómo?
-Al garaje de buses donde trabaja tu abuelo, afirmó “Papi Barón”.
-Pero yo ahí no puedo, observó Loan.
-¡Vaaa pues! ¿Y que no puede la mamita? ¿Viste?, lo humilló.
-¿Qué quieres?, papita, le dijo.
-Quedamos en que no nos meteríamos ni con la familia ni con los amigos, recordó Loan Zaro.
-Bueno, camina, ¡fuera de aquí!, lo echó “Papi Barón”.
Loan no se marchó, pero se oponía a robar en el garaje de buses. No quería meterse con el abuelo, a quien quería como a un padre.
-Con la familia nada, ustedes saben que eso es así, insistió.
La discusión siguió hasta que por fin lo convencieron de robar en el garaje.
III
Aristeo tenía por costumbre salir en la noche del trabajo, veía a Filomena, hervía café y se regresaba con un termo lleno.
Ese sería el instante que aprovecharían los delincuentes para saltar la cerca, forzar la puerta de hierro con un pate´cabra y llegar hasta el escritorio, donde guardaban el dinero que entregaban los choferes del trabajo diario.
Cada quien regresó a su casa, para esperar la hora indicada.
A las 2.00 de la mañana, se reunieron en una esquina cercana al garaje de buses, tal como estaba previsto.
-Vamos, ordenó “Papi Baron”.
Los dos hampones siguieron caminando en dirección al estacionamiento del transporte colectivo. Treparon el bahareque y vieron a Aristeo sentado cerca de la puerta de entrada de la oficina con la escopeta al lado, de tal manera que no le diera mucha luz, para que se supiera que estaba vigilante y a la vez no ser detectado fácilmente por algún intruso.
-Hay que esperar, coincidieron los asesinos.
-“Papi Barón” sacó una caja de cigarros y le brindó a Loan.
Fumaban un cigarrillo tras otro en silencio. Se cuidaban de un ruido que pudiera delatarlos. Volvieron a subir la cerca de bloques blanco y observaron que Aristeo permanecía en el sitio.
-Todavía está ahí, advirtió Loan.
Pasaban las horas. “Papi Barón” desesperaba. Se veía impaciente. Caminaba de un lado otro hasta que perdió el control. Trepó de nuevo la cerca y desde la cima se lanzó al otro lado de un solo brinco. Detrás siguió Loan.
Inesperadamente sacó la pistola y gritó: ¡Maldito! ¡¿No te vas a mover?! y disparó furioso en dirección al vigilante, que se desplomó de lado.
Loan gritó: ¡Mataste al abuelo! “El Papi Barón” salió huyendo. Loan también corrió, pero en dirección a su casa. Al llegar todo sudoroso se encontró de frente con Filomena, que ante el ruido despertó y se levantó presurosa.
-Qué horas de llegar, cuando tu abuelo se entere se va a molestar, recriminó
Loan la miró, no pronunció palabra y salió de la casa sin rumbo fijo. No soportaba en su conciencia ver caer abatido a su abuelo. Atormentado acudió a la estación de policía. Luego de confesar los crímenes, llevó a los funcionarios a la concha de “Papi Barón”, a quien capturaron aún vestido, limpiando la pistola en la cama.
Los hampones fueron llevados a la comisaría, donde los sometieron a intensos interrogatorios.
Después de las declaraciones y elaborado el respectivo informe policial, los hicieron abordar una patrulla para conducirlos al Retén. Apenas arrancó la camioneta con la sirena a todo volumen, por la ventanilla Loan observó al abuelo buscando información a la entrada de la comisaría.
-¡¿El abuelo!? –gritó desorientado-.
“Papi Barón” reaccionó desorbitado y boquiabierto. La patrulla continuó el rumbo.
Aristeo no murió en el tiroteo, aún conservaba las viejas mañas de policía haragán y resabiado y cuando no quería trabajar y lo dominaba la pasión deseosa de Filomena, armaba un muñeco, le colocaba un sombrero, un palo de escoba a manera de escopeta y se fugaba a su casa para pasar las horas más frías e intensas de la noche en la tibiez de su mujer, una señora morena más bien delgada, pero de musculatura firme, piezas gruesas y torneadas y 25 años menor que él.
Después regresaba con el termo de café, para amanecer en el trabajo, pero esa vez el amor de Filomena fue avasallante, casi depredador para un hombre de su edad, al punto que lo dejó tendido en la cama en un absurdo y profundo sueño infantil, y con la expresión inocente en el rostro de un niño travieso y malcriado pidiendo más.
Correo: albemor60@hotmail.com
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