Estas reflexiones salian diariamente en la web de la Nacion hace un par de años, las fui guardando porque me gustaron.Espero que les gusten tambien.

El poder del comandante
Durante un congreso en Toulouse me presentan al traductor de mis libros al sueco. Descubro que sirvió como piloto para Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Después decidió mudarse para Recife, donde vivió más de veinte años.
Durante la comida me cuenta sus experiencias en los campos de batalla de Europa.
“En la guerra descubrimos la ilusión del poder. Un general puede comandar miles de hombres y sentirse el hombre más importante del mundo: pero esta sensación dura nada más que hasta el momento en que da la orden de ataque. A partir de ese momento, su poder desaparece por completo: pasa a estar en manos de soldados que nunca vio, de sargentos de quienes no sabe el nombre.
Un buen comandante sabe que el poder no existe. Su capacidad reside en transformar muchas voluntades diferentes en una voluntad única.”



Las señales

Las señales de la vida son como las señales de tránsito: por las dudas, es mejor respetarlas.
Hay momentos para detenerse y momentos para seguir adelante. Cuando estamos perdidos seguimos la corriente pero prestamos atención a cualquier cosa que pueda indicarnos la dirección correcta. Cuando está prohibido seguir adelante, siempre existe un camino para sortear el obstáculo.
Pero –al igual que acontece con las señales de tránsito- muchas veces nos damos cuenta de que esa indicación no sirve para nada y no la obedecemos. Nos pasamos la luz roja una vez, otra vez, sin que nada ocurra. Y nos acostumbramos a actuar de esa manera, hasta que un día...
Por eso, atención. No sea imprudente con sus sueños. No malgaste su suerte en tonterías



La vejez

Ana Cintra cuenta que su hijo pequeño –con la curiosidad de quien oyó una palabra nueva pero no entendió su significado- le preguntó:
“Mamá, ¿qué es vejez?”
En una fracción de segundo antes de responder, Ana hizo un verdadero viaje al pasado. Se acordó de los momentos de lucha, de las dificultades, de las decepciones. Sintió todo el peso de la edad y de la responsabilidad sobre sus hombros.
Se volvió para mirar al hijo, que –sonriendo- esperaba su respuesta.
“Mira mi rostro, hijo”, dijo ella. “Esto es la vejez.”
E imaginó al jovencito mirando sus arrugas y la tristeza en sus ojos. Cuál no fue su sorpresa cuando, después de algunos instantes, el niño le dijo:
“¡Mamá! ¡Qué bonita es la vejez!”


Del cuidado con las palabras

Cuántas veces decimos de alguien: “Caramba, hace tiempo que no discuto con fulano”. O “Nunca más tuve una gripe”. Y de repente, al día siguiente, nos pescamos una gripe o discutimos con fulano.
Entonces llegamos a una conclusión: si hablamos de las cosas buenas que nos acontecen, esto nos traerá mala suerte.
Nada de eso. En realidad, el Alma del Mundo –antes de cualquier problema- siempre nos muestra cuánto tiempo pasamos sin habernos enojado por alguna cosa determinada. Ella quiere decirnos cuán generosa ha sido la vida hasta ese momento y cómo lo continuará siendo, si superamos con valentía el obstáculo.
Mantenga las palabras positivas en el aire. Ellas van a ayudarle a crecer ante cualquier dificultad.


La ceremonia del té

Consigo que mi editor, Maseo Masuda, finalmente me invite a la tradicional ceremonia del té. Él piensa que no voy a entender bien: “no pasa nada especial”, me repite varias veces.
Nos vamos hacia una montaña cerca de Hakone, entramos en un pequeño cuarto, y su hermana, vestida ritualmente con un kimono nos sirve el té. Sólo eso, pero todo se hace con tanta seriedad y protocolo que una práctica cotidiana se transforma en un momento de comunión con el Universo.
El maestro de té, Okakusa Kasuko, explica lo que pasa: “la ceremonia es la adoración de lo bello. Todo el esfuerzo se concentra en la tentativa de llegar a lo Perfecto a través de los gestos imperfectos de la vida cotidiana. Toda su belleza consiste en respetar las cosas simples que hacemos, pues ellas pueden llevarnos a Dios”.
Si un simple encuentro para beber té puede llevarnos a Dios, qué decir de las otras oportunidades que se presentan a diario sin que nos demos cuenta.


La certeza, la escuela y la duda

Buda estaba reunido con sus discípulos cierta mañana, cuando un hombre se aproximó.
- ¿Existe Dios? -le preguntó.
- Existe -respondió Buda.
Después del almuerzo se aproximó otro hombre:
- ¿Existe Dios? -quiso saber.
- No, no existe -dijo Buda.
Al caer la tarde, un tercer hombre hizo la misma pregunta:
- ¿Existe Dios?
- Usted tendrá que decidir -respondió Buda.
Cuando el hombre se marchó, un alumno comentó indignado:
- Maestro, ¡qué absurdo! ¿Cómo da usted respuestas diferentes para la misma pregunta?
Porque son personas diferentes, y cada una llegará a Dios por su propio camino. El primero confiará en mi palabra. El segundo hará todo para probar que estoy equivocado. Y el tercero sólo cree en aquello que es capaz de escoger por sí mismo.


Confucio y los profesores

Poco se conoce acerca de la vida del filósofo chino Confucio; se cree que vivió entre los años 551-479 A.C. Algunas de sus obras se le atribuyen a él, otras fueron compiladas por sus discípulos. En uno de estos textos, “Conversaciones Familiares”, aparece un interesante diálogo que tiene que ver con el aprendizaje.
Confucio se sentó a descansar, y sus alumnos comenzaron a hacerle preguntas. Ese día, el Maestro estaba bien dispuesto y decidió responder.
- Usted consigue explicar todo lo que quiere. ¿Por qué no se acerca al emperador y habla con él?
- El emperador también hace bellos discursos –dijo Confucio. – Y los bellos discursos no son más que una cuestión de técnica; en sí mismos, no son portadores de la Virtud.
- Entonces envíele su libro Poemas.
- Los trescientos poemas allí escritos se pueden resumir en una sola frase: “piense correctamente”. Éste es el secreto.
- ¿Y qué es pensar correctamente?
- Es saber usar la mente y el corazón, la disciplina y la emoción. Cuando se desea una cosa, la vida nos guiará hacia ella, pero por caminos que no esperamos. Muchas veces nos dejamos confundir, porque estos caminos nos sorprenden, y entonces creemos que estamos yendo en la dirección equivocada. Por eso digo: déjense llevar por la emoción, pero practiquen la disciplina de seguir adelante.
- ¿Usted hizo eso?
- A los quince años, comencé a aprender. A los treinta, tuve la certeza de lo que deseaba. A los cuarenta, volvieron las dudas. A los cincuenta años, descubrí que el Cielo tiene un designio para mí y para cada hombre sobre la faz de la Tierra. A los sesenta, comprendí este designio y encontré la tranquilidad para cumplirlo. Ahora, a los setenta años, puedo escuchar a mi corazón, sin que éste me haga salir del camino.
- Entonces, ¿qué lo hace diferente de los otros hombres que también aceptan la voluntad del cielo?
- Yo trato de compartirla con ustedes. Y aquel que consigue discutir una verdad antigua con una generación nueva, debe usar su capacidad para enseñar. Ésta es mi única cualidad: ser un buen profesor.
- ¿Y cómo es un buen profesor?
- El que revisa todo lo que enseña. Las ideas antiguas no pueden esclavizar al hombre, porque ellas se adaptan y toman nuevas formas. Entonces, tomemos la riqueza filosófica del pasado, sin olvidar los desafíos que el mundo de hoy propone.
- ¿Y qué es un buen alumno?
- Aquel que escucha lo que digo, pero que adapta mis enseñanzas a su vida y nunca las sigue al pie de la letra. Aquel que no busca un empleo sino un trabajo que lo dignifique. Aquel que no busca hacerse notar, pero sí en cambio hacer algo notable.


La historia de los dos videntes

Presintiendo que su país -en no mucho tiempo- terminaría sumergido en una guerra civil, el sultán llamó a uno de sus mejores videntes y le preguntó cuánto tiempo le quedaba de vida.
- Mi adorado maestro, el señor vivirá lo bastante para ver muertos a todos sus hijos.
En un acceso de furia, el sultán inmediatamente mandó ahorcar al hombre que había pronunciado tan aterradoras palabras. Pero entre tanto, la guerra civil seguía siendo una amenaza. Desesperado, llamó a un segundo vidente.
- ¿Cuánto tiempo viviré? –preguntó, procurando saber si todavía sería capaz de controlar una situación potencialmente explosiva.
- Señor, Dios le ha concedido una vida tan larga que durará más que la de sus hijos y llegará hasta la generación de sus nietos.
Agradecido, el sultán mandó que se lo recompensara con oro y plata. Al salir del palacio, un consejero comentó con el vidente:
- Tú le has dicho lo mismo que el adivino anterior. Pero el primero fue ejecutado y tú has recibido recompensas. ¿Por qué?
- Porque el secreto no está en lo que se dice sino en cómo se lo dice. Siempre que debas disparar la flecha de la verdad, no olvides mojar la punta en el tarro de miel.


La importancia de saber los nombres

Zilu le preguntó a Confucio:
- Si el rey Wen lo llamase para gobernar el país, ¿qué es lo que haría primero?
- Aprender los nombres de mis asesores.
- ¡Qué tontería! ¿Es ésta la preocupación de un primer ministro?
- Un hombre nunca puede recibir ayuda de lo que no conoce –respondió Confucio. – Si él no entiende a la Naturaleza, no comprenderá a Dios. De la misma manera, si no sabe quién está de su lado, no tendrá amigos. Sin amigos, no puede establecer ningún plan. Sin un plan, no es capaz de dirigir a nadie. Sin dirección, un país se sume en las tinieblas y ni los danzarines pueden decidir con cuál pie van a dar el siguiente paso. Entonces, una precaución aparentemente banal –saber el nombre de quién va a estar a tu lado- puede hacer una diferencia gigantesca. El mal de nuestro tiempo es que todo el mundo quiere arreglar las cosas por sí solo y nadie se da cuenta de que se necesita mucha gente para lograr eso.



La ley y las frutas

En el desierto, las frutas eran raras. Dios llamó a uno de sus profetas y le dijo:
- Cada persona puede comer una sola fruta por día.
La costumbre fue obedecida por generaciones y la ecología del lugar se preservó. Como las frutas que sobraban daban simiente, otros árboles nacieron. En corto tiempo, toda la región se transformó en un suelo fértil, envidiado por las otras ciudades.
El pueblo, sin embargo, continuaba comiendo una fruta por día, fiel a la recomendación que a un antiguo profeta le habían transmitido sus ancestros. Más aún, no dejaban que los habitantes de otras aldeas aprovecharan las abundantes cosechas que se daban todos los años.
El resultado era uno: la fruta quedaba podrida en el suelo.
Dios llamó a un nuevo profeta y le dijo:
- Deja que coman toda la fruta que quieran. Y haz que compartan las cosechas con sus vecinos.
El profeta volvió a la ciudad con el nuevo mensaje. Pero terminó siendo apedreado, puesto que la costumbre había arraigado en el corazón y la mente de cada uno de los habitantes.
Con el tiempo, los jóvenes de la aldea comenzaron a cuestionar esa costumbre bárbara. Pero como la tradición de los más viejos era intocable, resolvieron apartarse de la religión. Así podían comer cuanta fruta quisieran y dar la que sobraba a los que necesitaban alimentos.
En la iglesia del lugar sólo quedaron los que se consideraban santos. Aunque, la verdad, no eran más que personas incapaces de percibir que el mundo se transforma y que debemos transformarnos con él.


La puerta de la ley

Kafka cuenta la historia de un hombre que, buscando justicia, camina hasta el Palacio de Justicia. Frente a la puerta del palacio, un soldado monta guardia.
Como el centinela no le dirige la palabra, el hombre decide esperar. Espera todo un día pero el guardia continúa mudo.
“Si mira para este lado, se dará cuenta de que quiero entrar”, piensa el hombre. Y ahí se queda.
Pasan días, semanas y años enteros. El hombre sigue frente a la puerta y el centinela sigue montando su guardia.
Pasan las décadas, el hombre envejece y ya no consigue moverse. Finalmente, cuando se da cuenta de que la muerte se aproxima, reúne sus últimas fuerzas y le pregunta al guardia:
- He venido hasta aquí en busca de justicia. ¿Por qué no me dejó pasar?
- ¿Que yo no lo dejé?, respondió sorprendido el centinela. – ¡Usted nunca me dijo qué estaba haciendo ahí! La puerta siempre estuvo abierta, no había más que empujarla. ¿Por qué no entró?


La sospecha transforma a los hombres

El folklore alemán cuenta la historia de un hombre que, al despertar, se dio cuenta de que su hacha había desaparecido. Furioso, creyendo que su vecino se la había robado, pasó el resto del día vigilándolo.
Vio que tenía aspecto de ladrón, que caminaba furtivamente como un ladrón y que susurraba como un ladrón que deseaba esconder su robo. Estaba tan convencido de sus sospechas, que resolvió entrar en la casa, cambiarse de ropa e ir a la policía a hacer la denuncia.
Sin embargo, apenas entró, encontró el hacha -que su mujer había puesto en otro lugar-. El hombre volvió a salir, miró de nuevo al vecino y vio que éste caminaba, hablaba y se comportaba como cualquier persona honesta.


La verdadera importancia

Jean paseaba con su abuelo por una plaza de París. En un determinado momento, vio a un zapatero que estaba siendo maltratado por un cliente cuyo calzado presentaba un defecto. El zapatero escuchó con calma el reclamo, pidió disculpas y prometió enmendar el error.
Nieto y abuelo pararon a tomar un café en un bistró. En la mesa de al lado, el camarero le pidió a un hombre que corriese un poco la silla para hacer espacio. El hombre irrumpió en un torrente de quejas y se negó.
- Nunca olvides lo que has visto –le dijo a Jean su abuelo. – El zapatero aceptó el reclamo, mientras que este hombre junto a nosotros no quiso moverse. Los hombres útiles, los que hacen algo útil, no se incomodan por ser tratados como inútiles. Pero los inútiles siempre se juzgan importantes y esconden toda su incompetencia detrás de la autoridad.


Cazando dos zorras

El estudiante de artes marciales se acercó a su profesor:
- Me gustaría mucho ser un gran luchador de aikidó –le dijo. – Pero creo que también debería dedicarme al judo, para así conocer muchos estilos de combate; sólo así podré ser el mejor de todos.
- Si un hombre va por el campo y empieza a correr detrás de dos zorras al mismo tiempo, va a llegar un momento en que cada una correrá para un lado distinto y el hombre no sabrá a cuál deberá seguir persiguiendo. Cuando lo haya pensado, las zorras ya estarán muy lejos y él habrá perdido su tiempo y su energía.
Quien desee ser un maestro, tiene que elegir una sola cosa en que perfeccionarse. Lo demás es filosofía barata.



Las cadenas y la Internet (I)

Prácticamente todos los días, mi casilla de correo electrónico recibe distintos textos encontrados en Internet. Tengo uno que diferentes lectores me enviaron ¡más de cuarenta veces! De las “Cadenas”, entonces, no quiero ni hablar. Pero esta semana me llegó una que encontré interesante. Cuando llegue a la línea final, la pasaré a otros:
Vida: modo de usar
1. Cuando se decide dar alguna cosa, darla con alegría.
2. Memorizar el poema favorito.
3. No creer todo lo que a uno le dicen. No descreer de todo lo que a uno le dicen que es mentira.
4. Al decir “te amo”, demostrarlo con algún gesto.
5. Al decir “disculpa”, mirar a la otra persona directamente a los ojos.
6. Creer en el amor a primera vista.
7. Creer en la antipatía a primera vista.
8. Nunca moverle el piso a los demás: generalmente uno también está parado encima.
9. Vivir apasionadamente, con todas las heridas que ello provocará: vale la pena.
10. Hablar lentamente. Y pensar rápido.
11. Nunca juzgar a una persona por sus familiares.
12. Si nos preguntan algo indiscreto, sonreír y decir: “¿Por qué quiere usted saber esto?” Y seguir conversando de generalidades como si tal cosa.
13. Recordar que el gran amor o las grandes conquistas significan grandes riesgos.
14. Llamar por teléfono a la madre y decirle cuánto uno la quiere.
15. Cuando se comete un error, no olvidar la lección. Y corregir lo que sea posible.
16. Recordar siempre tres cosas: tener respeto por uno mismo, por los otros y por sus actos.
17. No dejar que problemas sin importancia destruyan las grandes amistades.
18. Al atender el teléfono, sonreír cuando se dice “hola”. Quien esté al otro lado de la línea lo percibirá.
19. Casarse con alguien con quien a uno le guste conversar.
20. Jamás olvidar que en la vejez podemos perder muchas cosas, pero que la capacidad de comunicación permanece intacta.
21. Quedarse solo de vez en cuando. Pero nada más que de vez en cuando.
22. Leer más, ver menos televisión: es más fácil transmitirle a los hijos lo que uno ha aprendido.
23. Saber que el silencio puede ser una respuesta.
24. Orar. El poder de la oración es infinito.
25. Leer entre líneas.
26. Vivir una vida que permita mirar hacia atrás y sonreír.
27. En discusiones con personas amadas, concentrarse en el presente y no pensar en las heridas del pasado.
28. Al viajar, visitar un lugar al que nadie más haya ido. Este será su lugar.
29. Uno puede tener cualquier cosa. Pero no puede tenerlo todo.
30. Acuérdese de que su carácter es el espejo de su destino.
31. Aprovechar la suerte, cuando ella está de nuestra parte.
32. Si hay que disparar la flecha de la verdad, primero mojarle la punta con miel.
33. Pedir ayuda. Y saber reconocerla.
34. Aprender todas las reglas y transgredir algunas, cuando sea posible.
35. Elegir a los amigos. Y elegir a los enemigos; no le haga a cualquiera el honor de enfrentarlo.
36. Cuando alguien comience a agredirnos verbalmente, no interrumpa. Verá que la agresión se desvanece por sí sola.
El resto ya lo saben ustedes: “Esta cadena dio veinte veces la vuelta al mundo, el coronel fulano de tal no la mandó y perdió su empleo... etc. Haga veinte copias y distribúyalas y la suerte le llegará en cuatro días.”


Llueve más adelante

Luchar contra ciertas cosas que sólo se solucionan con el tiempo es desperdiciar energías. He aquí una cortísima historia china que ilustra bien lo que quiero decir:
En medio del campo, comenzó a llover. Las personas corrían en busca de abrigo, excepto un hombre que continuaba caminando lentamente.
-¿Por qué no corre usted? –le preguntó alguien.
-Porque más adelante también está lloviendo –fue su respuesta.


Cada uno ofrece sólo lo que tiene

Hace algún tiempo, mi mujer ayudó a un turista suizo en Ipanema, quien dijo haber sido víctima de unos ladronzuelos. Con un marcado acento, y en pésimo portugués, afirmaba haberse quedado sin pasaporte, sin dinero y sin un lugar para dormir.
Mi mujer le pagó el almuerzo, le dio la cantidad necesaria para que pudiera pasar la noche en un hotel, hasta que se pusiera en contacto con su embajada, y se fue. Días después, un diario carioca publicaba la noticia de que el tal “turista suizo” era en realidad un original malandra carioca, que simulaba un falso acento y abusaba de la buena fe de las personas que amaban Río y querían compensar la imagen negativa que –justa o injustamente- se transformó en nuestra tarjeta de presentación.
Al leer la noticia, mi esposa sólo comentó: “no será esto lo que impida que ayude a la gente”.
Su comentario me hizo recordar la historia del sabio que, cierta tarde, llegó a la ciudad de Akbar. Las personas no dieron mucha importancia a su presencia y sus enseñanzas no consiguieron interesar a nadie. Después de algún tiempo, él pasó a ser motivo de risa y burlas por parte de los habitantes de la ciudad.
Un día, mientras paseaba por la calle principal de Akbar, un grupo de hombres y mujeres comenzó a insultarlo. Pero en lugar de fingir que no se daba cuenta de lo que ocurría, el sabio se acercó a ellos y los bendijo.
Uno de los hombres comentó:
- ¿Será, después de todo, que el hombre es sordo? ¡Le gritamos cosas horribles y él sólo nos responde con palabras bellas!
- Cada uno de nosotros sólo puede ofrecer lo que tiene –fue la respuesta del sabio.


Los desafíos

Acepte los desafíos. Y no olvide: existen momentos en la vida en que necesitamos más de la bravura que de la prudencia. Ciertas decisiones necesitan ser tomadas al calor de la emoción.
Sin embargo, nos estamos acostumbrando a decir: “Hay que tener calma. Tengo que estar preparado para esto.”
Nadie consigue prepararse adecuadamente para nada. Hay muchas cosas que pueden planearse, pero no siempre es lo mejor que la vida puede ofrecernos. Una aventura mágica –donde todo conspira para ayudarnos a dar un gran salto sobre el abismo- siempre aparece de improviso y desaparece con rapidez. Su presencia fue el resultado de un trabajo invisible que realizamos sin darnos cuenta. Es tomarla o dejarla para siempre.
Claro que podemos caer al abismo. ¿Pero qué, en esta vida, no implica riesgos?


Dos grandes pintores se encuentran

Desde joven, el pintor Henri Matisse acostumbraba visitar semanalmente al gran Renoir en su atelier. Cuando Renoir fue atacado por la artritis, Matisse comenzó a visitarlo a diario llevándole alimentos, pinceles, pinturas, pero siempre tratando de convencer al maestro de que estaba trabajando demasiado y que necesitaba descansar un poco.
Cierto día, notando que cada pincelada hacía que Renoir gimiera de dolor, Matisse no pudo contenerse:
-Gran maestro, su obra ya es vasta e importante. ¿Por qué continúa torturándose de esta manera?
-Muy simple –respondió Renoir. –La belleza permanece; el dolor termina pasando.


Isaac muere

Cierto rabino era adorado por su comunidad. Todos quedaban encantados con lo que decía.
Menos Isaac, que no perdía oportunidad de contradecir las interpretaciones del rabino, de señalar fallas en sus enseñanzas. Los otros se enojaban con Isaac, pero no podían hacer nada.
Un día, Isaac murió. En el entierro, la comunidad advirtió que el rabino estaba profundamente apenado.
-¿Por qué tanta tristeza? –comentó alguien. ¡Isaac no hacía más que encontrar defectos a todo lo que usted decía!
-No lloro a mi amigo que ya está en el cielo –respondió el rabino. –Lloro por mí. Mientras todos me reverenciaban, él me desafiaba, y yo me sentía obligado a mejorar. Ahora que él se fue, tengo miedo de dejar de crecer.


Invocando a Buda

Cierta mujer invocaba centenares de veces por día el nombre de Buda, sin que jamás hubiera entendido la esencia de sus enseñanzas. Después de diez años, todo lo que consiguió fue aumentar su amargura y desesperación porque creía que no era escuchada.
Un monje budista se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y una tarde fue hasta su casa:
-¡Señora Cheng, abra la puerta!
La mujer se irritó e hizo sonar una campana, señal de que estaba rezando y no deseaba ser molestada. Pero el monje insistió varias veces:
-¡Señora Cheng, tenemos que hablar! ¡Salga usted un minutito!
Furiosa, ella abrió la puerta con violencia:
-¿Qué clase de monje es usted, que no se da cuenta de que estoy rezando?
-Yo la llamé sólo cuatro veces y mire cómo se ha enojado usted. ¡Imagine cómo debe sentirse Buda, después de diez años de estarla llamando!
Y terminó:
-Cuando llamamos con la boca, pero no sentimos con el corazón, nada sucederá. Cambie su manera de invocar a Buda; entienda lo que él le dice y no precisará nada más.


Cómo se escribió uno de los libros más importantes del mundo

En el año vigésimo tercero del reinado de Zhao, Lao Tsu percibió que la guerra terminaría por destruir el lugar donde vivía. Como había pasado años meditando sobre la naturaleza de la vida, sabía que en ciertos momentos es preciso ser práctico. Decidió, entonces, tomar la decisión más simple: mudarse.
Tomó sus pocas pertenencias y partió en dirección a Han Keou; en la puerta de salida de la ciudad encontró un guardia.
-¿Adónde va tan importante sabio? –preguntó el guardia.
-Lejos de la guerra.
-No puede irse así. Me gustaría mucho saber qué fue lo que aprendió en tantos años de meditación. Sólo lo dejaré partir si comparte conmigo lo que sabe.
Nada más que para librarse del guardia, Lao Tsu escribió ahí mismo un pequeño librito, cuya única copia le entregó. Después, continuó su viaje y nunca más se oyó hablar de él.
El texto de Lao Tsu fue copiado y recopiado, atravesó siglos, atravesó milenios y llegó hasta nuestro tiempo. Se llama Tao Te King y es una lectura obligada. Aquí va una de sus páginas:
“Aquel que conoce a los otros es un sabio.
Aquel que se conoce a sí mismo es un iluminado.
Aquel que vence a los otros es fuerte.
Aquel que se vence a sí mismo es poderoso.
Aquel que conoce la alegría es rico.
Aquel que conserva su camino tiene voluntad.
Sé humilde y permanecerás íntegro.
Inclínate y permanecerás erguido.
Vacíate y permanecerás repleto.
Gástate y permanecerás nuevo.
El sabio no se exhibe y por eso brilla.
No se hace notar y por eso es notado.
No se elogia y por eso tiene mérito.
Y porque no está compitiendo, nadie en el mundo
puede competir con él.”


Continuar en el desierto

-¿Por qué vive usted en el desierto? –preguntó un caballero.
-Porque no consigo ser lo que soy –respondió el monje.
-Nadie lo consigue. Pero es preciso intentarlo –insistió el caballero.
-Imposible. Cuando comienzo a ser yo mismo, la gente me trata con una reverencia falsa. Cuando soy verdadero respecto de mi fe, entonces comienzan a dudar de mí. Todos creen que son más santos que yo, pero fingen que son pecadores temerosos de insultar mi soledad. Todo el tiempo procuran mostrar que me consideran un santo; y así se transforman en emisarios del demonio, tentándome con el Orgullo.
-Su problema no es tratar de ser quién es, sino aceptar a los demás como son. Ya que no puede respetar la manera en que los otros actúan, mejor será que continúe en el desierto –dijo el caballero, alejándose


No pensar nunca en el otro camino

“Una vez que escogemos un camino, es necesario que olvidemos todos los otros”, dice el maestro a sus aprendices. Lowon, el discípulo que no sabe aprender, escucha con atención.
A la salida de la conferencia, Lowon es invitado por un grupo de personas a dar una charla en un bar.
-Rechazo todo pago –dijo Lowon. –Hice mis estudios, soy un servidor, quiero divulgar la palabra de la Fe.
El grupo se queda contento, van hasta el bar y Lowon da su conferencia. Finalmente, pregunta:
-Nada más que por curiosidad, me gustaría saber: ¿cuánto dinero rechacé?
Al enterarse de la excelente paga que hubiera recibido, Lowon se siente explotado por el grupo que lo había invitado y va a quejarse con su maestro.
-Cuando la gente hace una elección, debe siempre olvidar las otras alternativas. El hombre que sigue un camino y se queda pensando en lo que perdió al dejar de lado los otros, nunca llegará a ninguna parte –fue la respuesta del maestro.


El camino del tigre

El hombre caminaba por el bosque cuando vio una zorra lisiada. “¿Cómo hará para alimentarse?”, pensó. En ese momento se acercó un tigre con un animal entre los dientes. Sació su apetito y le dejó a la zorra lo que había sobrado.
“Si Dios ayuda a la zorra, también me va a ayudar”, reflexionó. Volvió a su casa, se encerró en ella y se quedó esperando que los Cielos le proveyeran de alimento.
Nada pasó. Cuando ya se estaba quedando demasiado débil para salir a trabajar se le apareció un ángel.
-¿Por qué decidiste imitar a la zorra lisiada? –preguntó el ángel. -¡Levántate, toma tus herramientas y sigue el camino del tigre!


El eterno insatisfecho

Shanti recorría las ciudades predicando la palabra de Dios cuando un hombre viejo lo fue a ver para que curara sus males.
-Trabaje. Aliméntese. Y alabe a Dios –respondió Shanti.
-Sucede que cuando como, mi barriga me quema por la acidez. Cuando bebo, me arde la garganta con la bebida. Cuando rezo, siento que Dios no me escucha. Y cuando trabajo, siento que me duele la espalda por el peso de mis labores –dijo el hombre.
-Entonces búsquese otra persona que le enseñe.
El hombre se fue, enojado. Shanti hizo el siguiente comentario a quienes habían escuchado la conversación:
-Él tiene la posibilidad de encarar cada cosa de dos maneras y siempre escoge la peor. Cuando muera, es posible que también se queje de lo fría que está su tumba.



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