Las estrellas parpadeaban sobre cada rincón de la ciudad, como pequeños e infinitos ojos que observaban cada movimiento y cada quietud de los seres vivos que habitaban en ella, desde el gato que se escabullía en un árbol hasta el vagabundo que, acurrucado entre viejos periódicos, dormitaba sobre uno de los bancos de la plaza. Pero había un pequeño y acogedor sitio al cual el arrogante brillo de esos cuerpos celestes no alcanzaba a vislumbrar, una habitación iluminada por la tenue luz de un calefactor destinado a mantener en un descanso agradable a los dos niños que allí se encontraban. El mayor, de nueve años, se hallaba envuelto en frazadas y  dormía profundamente mientras una hilillo de baba se deslizaba por su mejilla izquierda; en cambio, el menor permanecía con los ojos bien abiertos, con la nuca apoyada en el cabezal de su cama y con los oídos atentos. Esta noche tenía que asegurarse. Tenía que estar seguro de lo que  había oído, y así sus padres y su hermano al fin le creerían. Ya no era “un niño con mucha imaginación” como ellos no se cansaban de repetir; había cumplido siete años en Junio y el tío Ignacio había dicho que ya estaba hecho todo un hombre, y todos sabían que el tío nunca mentía. Por Dios si lo sabían. El tío era el único que le había creído cuando había contado que su compañero de banco tenía duendes en la casa. Su compañero así se lo había dicho, y la maestra siempre explicaba lo malo que era mentir y que es algo que no se hace, de modo que no quedaba ninguna duda de que en la casa de su compañero había duendes, de la misma manera que en la casa de él también había algo. No creía que fuesen duendes, porque los duendes no podrían hacer semejante ruido, pero fuese lo que fuese, Dani era el único que parecía oírlo.
            Hacía aproximadamente un mes, Dani había despertado sobresaltado en medio de la noche por una pesadilla que no lograba recordar; lo único que sí recordaba era la sensación de que alguien lo perseguía, y que despertaba en el momento en que eso parecía al fin haberlo alcanzado. Cuando se disponía a levantarse para escabullirse en medio de la cama de sus padres, lo oyó. Al principio no entendía de qué se trataba, pero una vez que se mantuvo quieto lo comprendió. Se oían gruñidos y resoplidos del otro lado de la puerta de su habitación, como si un perro furioso quisiera entrar y destrozarlo todo. Pero eso no era un perro, al menos no el tipo de perro que Dani conocía. Si hubiese sido un perro los gruñidos se oirían a medio metro del suelo, en cambio esos bufidos venían de la parte más alta de la puerta, como si esa bestia midiera dos metros. Sin pararse a pensar, Dani gritó lo más fuerte que podía con sus pequeños pulmones. Su hermano se despertó asustado, mientras que se podía oír en la habitación contigua como sus padres saltaban de su cama. “Cuando salgan al pasillo, lo verán”, pensó Dani. Sin embargo, cuando sus padres entraron a la carrera por el pasillo no se oyó ningún grito ni ocurrió nada que evitara que sigan corriendo. Al abrirse la puerta de la habitación lo primero que Dani vio fue la cara asustada de su madre, quien despeinada y con una bata, se abalanzaba sobre su hijo pequeño con los brazos abiertos. La siguió su padre, quién se encontraba en calzoncillos y con la misma cara aterrorizada de su madre. Detrás de ellos no había ni un perro, ni un hombre lobo, ni nada que se le parezca, sólo el mismo vacío pasillo de siempre. Al sentir los suaves y confortables brazos de su madre cubriendo su cuerpo en un preocupado abrazo, Dani rompió en un desconsolado llanto. Su joven corazón no paraba de latir aceleradamente, y se encontraba incapaz de controlar los temblores de su cuerpo. Sus padres lo llevaron con ellos a la cama y el niño permaneció en medio de ellos, con la mirada inquieta fija en el cielo raso y sin poder alcanzar el sueño. A la mañana siguiente, durante el desayuno, la única explicación razonable que encontraron ambos padres al oír la historia de Dani fue la obvia pero terrible conclusión de que su pequeño hijo había sufrido una pesadilla, posiblemente producto de la cantidad de horas que veía televisión. Dani trató de explicarles, entre sollozos, que él estaba despierto cuando escuchó los ruidos y que había tenido una pesadilla antes de escucharlos, que fue lo que lo despertó, por lo tanto no podía tener otra tan rápidamente. Obviamente, sus padres no escucharon. Asintieron al oír su explicación, pero Dani podía ver la incredulidad en sus caras, aunque aún no conociera la palabra incredulidad. A veces los padres podían ser tan odiosos...
            Pero no esta noche. Esta noche Dani estaba demasiado asustado como para sentir cualquier otro tipo de emoción. Podía sentir sus piernas transpirar, las cuales tenía enredadas entre las sábanas, y también sentir sus omóplatos temblar como si estuviesen inquietos por lo que ocurriría a continuación: sintió un suave pero penetrante bufido proveniente del otro lado de la puerta y, acto seguido el picaporte chasqueaba como si unas uñas estuviesen rozándolo para entrar y darle caza a su pequeño y sudado cuerpo. Permaneció inmóvil en la oscuridad, no por razonamiento ni por instinto, si no porque sus músculos le dieron la espalda y se negaban a cooperar con su sistema nervioso, al menos de momento. Con creciente terror oyó como las bisagras de su puerta chirriaban escandalosamente, esta vez no para recibir a su mamá por las mañanas con el desayuno hecho, lista para despertarlo para ir a la escuela; esta vez se abrían para recibir a la criatura de sus pesadillas, la culpable de que sus padres crean que es un niño con mucha imaginación, la culpable de que lo crean mentiroso. Al principio creyó que habían olvidado la luz del pasillo prendida, más bien un par de velas prendidas. Pero luego lo comprendió. Esos puntos luminosos no eran luces, en realidad se identificaban más con la oscuridad: eran los ojos pálidos y llenos de salvajismo de la bestia, que lo observaban desde la parte más alta del pasillo. De golpe Dani lo comprendió todo: esa es la razón por la cual sus padres no habían visto a la bestia cuando corrieron a su habitación la primera vez que vino a acecharlo, esa criatura de pesadilla se arrastraba por el cielo raso. Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas. Pensó en despertar a su hermano, pero ya era demasiado tarde. Ya era demasiado tarde para todos ellos, podía verlo en esos ojos hambrientos que lo observaban desde el umbral. Haciendo un esfuerzo monumental por devolver control a su cuerpo, gritó hasta que sintió su garganta quejarse de dolor. Nadie acudió a su llamado. Los ojos malvados de la criatura parecieron sonreír. Había asesinado a sus padres mientras dormían, lo sabía. Seguramente había desgarrado la aorta de ambos con sus sucias garras, saciando su sed con la sangre que brotaba de sus cuellos. O talvez había clavado sus furiosos colmillos en ambos corazones, arrancándolos de cuajo antes de darles tiempo a reaccionar… ¿Pero que importaban los detalles? Sus padres habían muerto y pronto él y su hermano también lo habrían hecho, todo para apaciguar a esa famélica criatura que por azar o por destino había decidido irrumpir en su hogar. La bestia se preparaba para saltar sobre su cama, podía haberlo jurado. Y así fue. Dani podía ver sus ojos acercarse a una velocidad alarmante, y a su boca preparándose para masticarlo y tragarlo. Al momento en que los ojos cruzaban la mitad de la habitación, una fuerte luz encandiló sus ojos. Estaba muerto, tenía que estarlo, había llegado al cielo e iba a poder encontrarse con su abuela Mirta y, si tenía suerte, con Lobo, su mascota que había muerto hacía un año atrás de moquillo. Pero lo primero que pudo escuchar fue la voz de su padre: “¿Estás bien?”. “Estoy muerto, papá ¿eso te dice algo?” fue lo primero en que pensó decirle, pero sintió como una mano grande y familiar lo tomaba del brazo. Abrió los ojos. Allí se encontraba su padre, en su propia habitación, sin monstruos a la vista. Lo abrazo con todas sus fuerzas y rompió a llorar.
            -Está bien, hijo. Sólo ha sido otra pesadilla, puedes venir a acostarte conmigo y con tu madre si quieres-.
            Las caricias de su padre fue el mayor alivio que pudo experimentar. Tras calmarse, le dijo que sí y se levantaron juntos de la cama para ir a descansar.
            -Daniel, no estamos en época para mantener las ventanas abiertas, si no fuiste tú dile a tu hermano que no lo vuelva a hacer o pescarán un refrío-.
            Su padre se dirigió hacia la ventana que se encontraba al otro lado de la habitación y la cerró. Estaba abierta a tope y entraba una brisa helada hacia la habitación, pero estaba seguro que ni su hermano ni él la habían abierto antes de acostarse, con el frío polar que hacía no eran cosas difíciles de recordar. Se encaminaron hacia la otra habitación con el fin de dormir, pero Dani dudaba que alguna vez en lo que restaba de su vida fuera de nuevo capaz de alcanzar el sueño.