El diario perdido


La luz entraba por la ventana del cuarto de Simonne. Ella se hallaba sentada en la cama mirando su más increíble hallazgo: un extenso diario escrito en hojas de carpeta ubicadas en un bibliorato. Lo había visto tirado en un tacho de basura del comedor y le había dado pena. Todo lo que parecía libro le llamaba la atención: anotadores, cuadernos, libros, recetarios, chequeras… cualquier cosa que sirviera para escribir o que contuviera historial llamaban su atención hasta el punto de meterse a un contenedor de basura para buscarlo y leerlo o escribirlo.
¿De quién sería? ¿Lo habría arrojado a propósito, se le habría caído? ¿Se lo habría tirado un amigo para hacerle una broma? O un enemigo… pero ahora estaba en sus manos y pensaba leerlo pues algo le decía que encontraría en él lo que buscaba. ¿Y qué era lo que buscaba? No lo sabía bien. Hasta le parecía loco hallarlo en un diario… o tal vez, no era tan loco…
Ese algo se llamaba “compañía”… o algo así. En ese hospital psiquiátrico, Simonne se sentía muy sola. Solía tener la visita de su mejor amiga Abigail, de sus padres, de algunos tíos cercanos, pero sólo dentro de los horarios de visitas. Después, estaba sola. Eso de “cada loco con su tema” era literal en este hospital. No conseguía sostener una conversación coherente con ninguno de los otros internos por razones obvias. Ni siquiera los doctores querían escucharla. Los pocos que hablaban con ella para otra cosa que darle indicaciones se negaban a razonar con ella, a escuchar lo que realmente le pasaba. Después de todo… “cada loco con su tema”, ¿no?
La habían enviado por culpa de un trastorno de la personalidad. Los doctores decían que tenía una lesión cerebral; “unos cables pelados” que provocaban esa alteración y que el daño era irreparable… ergo… ¿Se quedaría encerrada allí para siempre? En realidad, no daba tantos problemas. No era lo mismo un trastorno de personalidad que la esquizofrenia. Había visto a gente hacer cada cosa sin sentido o hablar de tiburones que salían por los inodoros… mientras tanto, los doctores se distraían preguntándole a ella acerca de la manifestación de “los síntomas”. ¿Qué síntomas? Tal vez su otra personalidad era más extrovertida e impulsiva, pero… ¿síntomas? Y no era que le hubiesen puesto tranquilizantes o camisa de fuerza alguna vez.
En resumidas cuentas, estaba completamente sola sin nadie que se interesara por su historia, que la pudiera ayudar a salir, que le diera un abrazo en las noches… No podía evitar sentir ese vacío en el corazón, la piel palpitante de cariño, los ojos expectantes de consuelo, los labios ausentes por no tener a quién besar. A veces, tiraba litros y litros de tinta desahogándose por las frustraciones que sufría, por no poder comunicar sus ideas, por no poder proyectar mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.




Simonne no lloraba nunca… salvo cuando se sentía sola. Y no era que necesitara constantemente estar rodeada de gente, pues su personalidad era solitaria por naturaleza, sino que la idea de estar sola porque no tenía elección la desesperaba. Era como sentir sed repentina sólo por saber que no había agua.
Empezaba a caminar por todas partes intentando hallar a alguien cuerdo para poder soltar toda su historia, a decepcionarse demasiado cuando alguien (cuerdo) no estaba interesado o cuando resultaba estar loco. Hasta se ponía a hablar con los catatónicos y los mudos, todos los que no podían hablar, en busca de señales de compresión… aun así, era como hablarle a la pared. Uno de los mudos revoleó los ojos cuando Simonne, después ser interrumpida en una charla con él por la hora de dormir, volvió a sentarse a su lado en el desayuno.
Lo único que la sacaba de ese estado de tristeza era un viejo que tocaba el acordeón y cantaba en una lengua desconocida (inventada por él). A su lado, se paraba un joven (cuerdo) que hacía palmas y traducía la canción. Después, aparecía otro que los hacía callar arrojándoles alguna cosa extraña o burlándose de ellos. Este último parecía ser la visita de alguien porque no mostraba ningún signo de locura y la saludaba a ella quitándose un sombrero imaginario (o uno real cuando tenía).
Fuera de eso, la cosa se ponía monótona si se buscaba algo interesante o interesante si se buscaba espectáculo. Todos los días, la gente gritaba, corría, jugaba a la rayuela en el patio, se peleaban parejas, bailaba alguien alrededor del suero… era un espectáculo bastante espantoso.
Todo el tiempo, Simonne tenía miedo de haber provocado a alguno con instinto asesino o de meter el dedo en la llaga. Una vez, había tomado una manzana de un frutero, había dicho en broma que esperaba que no tuviera un gusano y alguien le había dado con una silla en la cabeza. Todavía no sabía si lo había provocado la manzana, lo del gusano, su tono de voz, algún gesto inconsciente o qué. Enfurecida, Simonne había gritado de dolor haciendo que el agresor corriera a esconderse tras la mesa más lejana.
Por suerte, una mañana relativamente tranquila – en la que nadie había amanecido muerto o sin ojos –, la joven halló un enorme diario tirado en un tacho de basura justo cuando se disponía a arrojar las sobras de su desayuno. Lo recogió, lo limpió, lo llevó a su cuarto y lo escondió de su compañera. No era que temiese que le robaran sino que esa señora solía tener ataques de ira más destructivos que un tornado. No dejaba átomo sobre átomo.




Varias veces intentó ponerse a leerlo, pero siempre algo o alguien la interrumpía obligándola a posponer su tarea. No era que no tuviese tiempo de sobra sino que necesitaba una concentración, un humor particular para hallar aquello que Simonne buscaba.
Por fin, un día en que su compañera de cuarto fue reemplazada por otra con trastorno depresivo (casi una estatua), Simonne pudo tener el humor necesario para leer el diario.
Lo abrió en la primera hoja y comenzó a leer. Tal como imaginaba, allí se hallaba otra persona que no parecía ser otra que su alma gemela. La sensibilidad de este ser, su forma de escribir, su historia la remontaban a ella a la propia. Las emociones del dueño del diario, llamado Octavio Morales, despertaban en ella alegrías, tristezas y ansias que no eran suyas aunque lo parecían. Él también había buscado a una persona importante para él y hallado solamente la perdición. Él se había convertido en cálida compañía capaz de ayudarla a sobrellevar aquella cerrazón, aquel frío que invadía su vacío interior. Al mismo tiempo, ella tenía deseos de compartir lo que leía con alguien, lo q lo hacía sentirse más sola porque no encontraba.
Un día inesperado, oyó que ese joven que siempre le arrojaba cosas a los músicos pedía ver a un tal Morales. De hecho, siempre preguntaba por él, aunque Simonne jamás había prestado atención hasta ese momento. Movida por la curiosidad, esperó la respuesta de la recepcionista y siguió al joven hasta la habitación. Se quedó montando guardia hasta que el visitante se fue e inmediatamente se pegó a la puerta de la habitación.
Golpeó la puerta tímidamente.
- ¿Quién es? – preguntó una voz ronca desde el interior. Parecía ser de un chico de su edad.
- Soy Simonne… - respondió ella nerviosa. – creo que encontré tu diario.
Silencio sepulcral. Prolongado. Tic, tac… el reloj del pasillo. “Tuuuu” alguna máquina cercana.
- ¿Estás bien? ¿llamo a alguien? – inquirió ella a punto de echarse a llorar.
- No… está bien… - contestó por fin la voz. – ¿Lo leíste?
- No, no lo leí. – mintió Simonne
- Lo leíste. – suspiró él.
No parecía ofendido sino, más bien, avergonzado… totalmente deshecho.
- No, ¡qué vergüenza! ¡Te debés haber reído como una loca!
- No, ¿cómo me voy a reír? ¡Es tu historia! Es más, hace tiempo que tengo ganas de conversar con vos. Sos la única persona que podría entenderme.
- Está bien, pero no quiero que me veas la cara. No puedo soportar la vergüenza de que sepas quién soy.
- ¡Ay, no seas tonto!
- Hablemos a través de la puerta por ahora.
- ¿Qué puedo hacer para que me muestres tu cara?
- Escribí tu historia. Quiero leerla, quiero conocerte como vos me conocerás a mí.
Así, la chica se fue a su cuarto a escribir su historia. Apurada, intentó resumir todo lo que le había ocurrido desde que era niña hasta ese momento. Felizmente, logró ponerlo todo en una sola hoja para no resultar tediosa.
Sin embargo, cuando pasó la hoja por debajo de la puerta de Octavio, éste se la devolvió rota en varias partes notablemente ofendido.
- ¿Eso te parece a vos la historia de tu vida?
- No quería aburrirte…
- ¿Te parece aburrido mi relato?
- No… no es aburrido… es re interesante…
- A mí tampoco me va a parecer aburrido lo tuyo. Quiero que estemos a mano. Quiero saber cada detalle.
- Pero, entonces, no vamos a llegar a hablar nunca. – replicó amargada la joven.
- Podemos hablar cuando queramos… pero no nos vamos a ver hasta que estemos iguales.
Y fue así como Simonne se decidió a escribir… y a acomodar sus escritos anteriores para convertirlos en su propia historia en forma de novela o de diario.