Reflexiones sobre la vida y la muerte... mas allá de la ciencia


Desde que el ser humano adquirió conciencia como tal, desde que las criaturas humanas de la especie Neandertal en vez de desechar los cadáveres de sus congéneres, los sepultaban ceremonialmente, la andadura racional constituye un duro esfuerzo intelectual por descifrar el enigma más constante y real que representa la propia finitud de la especie: la muerte.

Es curioso comprobar cómo el interés del hombre en la vida después de la muerte, ha permitido a las generaciones posteriores satisfacer su curiosidad con referencia a la vida antes de la muerte de sus antecesores. Efectivamente, gran cantidad de material de naturaleza arqueológica ha sobrevivido gracias a ser parte de la dotación, del equipo que preveían a sus muertos.


En los tiempos pretéritos de nuestra historia, la personalidad humana no sólo se interesaba en la vida después de la muerte, aún más, la aguardaba con esperanza o temor, lo que posibilitaba que ambas emociones lo indujeran a ahondar en el fenómeno.

No es de extrañar que exista una pugna, un constante deseo de trascendencia, que supere esa sensación de caos final que aparece con las primeras manifestaciones del cese de la vida. La propia responsabilidad inherente a la conducta humana lleva a sensibilizar el tejido que constituye su frágil estructura de ser pensante, remueve los cimientos del edificio que sostiene toda su personalidad, le conduce a una duda angustiosa basada en la incertidumbre.

En nuestra época contemporánea, vemos un cambio sustancial de actitud frente al cese de la vida. Efectivamente, todo parece ir debidamente encaminado a un proceso de prolongación de las facultades vitales; ciertamente, existe una poderosa tecnología consagrada a la subsistencia. Con frecuencia, es factible encontrarnos ante una prolongación mecánica, artificial del ser humano y al que conscientemente se le priva de la participación en el último acto de la conciencia, en esa experiencia extrema.

Existe un claro contraste entre las culturas de sociedades desarrolladas tecnológicamente y las de menor desarrollo, incluidas las culturas antiguas y orientales, donde la muerte es considerada y juzgada como una parte importante del proceso de la vida. Saber morir requiere un aprendizaje como, igualmente, lo requiere el vivir: aprender a morir es considerado un aspecto integral del vivir, de la existencia.

Vida y muerte son cara y cruz de una misma realidad. A lo largo de la historia del pensamiento universal, la filosofía y la muerte van unidas como pueden ir la filosofía y la vida. Platón afirmó que la filosofía es una meditación sobre la muerte. Pero si bien el hombre es para la física o las ciencias naturales un eslabón más de la cadena de la naturaleza, como es obvio, la muerte del hombre en toda la historia del pensamiento tiene un status superior: es la muerte por excelencia. En general, podríamos decir que buena parte de la historia del pensamiento racional esta referida a la muerte humana por el mismo motivo que buena parte de ella está dirigida al problema de la vida humana en sus aspectos éticos, social, político, espiritual, etc. Así, sociológicamente hablando, la muerte humana no es solo un fenómeno natural, sino fundamentalmente un fenómeno social. La muerte no solo la referimos a los muertos, también tiene una importante proyección en el mundo de los vivos.

Desde un punto de vista psicológico, diríamos que la muerte humana es más muerte que la de otros seres vivos, porque ella misma es sentida como muerte, como cesación personal y no como un mero instinto de supervivencia propio de los animales irracionales.


La muerte como fenómeno humano tiene múltiples aspectos; uno de los que más han preocupado en la historia de la filosofía (del pensamiento universal) y de las religiones es el problema de ¿qué hay después de la muerte?, ¿qué ocurra cuando morimos?: ¿perecemos del todo y para siempre o nos espera otra vida? El destino del hombre después de la muerte es una cuestión fundamentalmente religiosa. Aunque muchas filosofías se lo han planteado cuando menos como telón de fondo. La mayor parte de las grandes religiones son inmortalistas en el sentido de que no prevén un fin para el hombre o para el elemento más esencial del mismo: el alma. Esta inmortalidad se manifiesta de diferentes maneras. Bien como reencarnación y transmigración en las religiones orientales; bien como la idea de otro mundo superior a éste que será la morada de nuestras almas en la eternidad (cristianismo e islamismo). Es lógicamente este último sentido el que más ha imperado en el mundo occidental, siendo el pensamiento griego –fundamentalmente a través de Platón- el que inspiró esta idea de una vida más plena después de la muerte.

Para la ciencia, en cambio, no constituye una cuestión de naturaleza esencial, al menos así lo indica la línea de investigación desarrollada, partiendo de la premisa del aquí y ahora, de lo medible, repetible y experimentable. Ahora bien, la nada, la angustia, la vida inauténtica y la alienación, son otras formas de muerte aunque éstas se produzcan en vida.

Cuando queremos acotar la realidad, podemos comprobar que nuestra perspectiva se manifiesta insuficiente para abordar la totalidad: somos finitos –aunque nos rebelemos-, temporales, limitados por nuestra propia naturaleza. No obstante, el ser humano ha desarrollado esfuerzos considerables para trascender esta limitación. Su deseo de inmortalidad lleva a plantearle cuestiones esenciales: ¿de donde procede la inquietud cuando se observa a si mismo y a su alrededor y lo que ve esta sometido a leyes inexorables de mutabilidad, de cambio permanente?, ¿y el anhelo de supervivencia más allá de lo que manifiesta su biología?

La ciencia, con su modelo (recordemos: siempre mutable) ofrece soluciones concretas, prácticas; aporta explicaciones que dan sentido a una realidad cósmica, planetaria y humana. La física contemporánea no se agota (no puede hacerlo) en si misma. La física crece y en su crecimiento va camino de fusionarse con estructuras que pierden su carácter rígido. Desde estas páginas, jamás obviaremos el papel que la ciencia juega en el conjunto del conocimiento y equilibrio humano. No obstante, nuestros paso van encaminados en otra dirección, citando a A. Koestler: “No hay misterio alguno en las consecuencias físicas de la muerte. Después de la muerte, el cuerpo material se desintegra. Se reintegra a los componentes inanimados de la biosfera. Entre los componentes animados e inanimados de la biosfera existe un permanente intercambio. Los miembros de todas las especies se nutren de materia viva y eliminan materia de desecho, mientras estén vivos…Pero un organismo viviente no se reduce a la materia que constituye su cuerpo; es un espécimen de materia animada; y un ser humano no sólo es animado, sino consciente, y tal conciencia lo capacita para escoger entre opciones diversas, para recordar hechos pretéritos, y para prever ciertos hechos futuros –entre ellos, su muerte, eventual aunque inevitable-“

Vivir es una experiencia maravillosa. Sentir que somos libres, autónomos, responsables…es sentir cualidades básicas de nuestra personalidad; aparentemente, han quedado alejados tiempos tenebrosos para nuestra especie, donde resultaba casi imposible reflexionar sobre cuestiones que eran tenidas y sostenidas como dogmas inmutables. No podemos olvidar, no obstante, que siempre debemos estar atentos, conscientes. Vida y muerte son cara y cruz de una misma realidad: la nuestra.