Libro: Aventuras y Desventuras de Casiperro del Hambre (2)

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AVENTURAS Y DESVENTURAS
DE CASIPERRO DEL HAMBRE


Libro: Aventuras y Desventuras de Casiperro del Hambre (2)



Les dejo este hermoso libro, que es la historia de un perrito (contado desde su perspectiva, cosa que lo hace muy interesante), desde que nace en la calle, se convierte en mascota, perrito de circo, prototipo de juguetes, objeto de experimentacion en un laboratorio de cosmética, conoce el amor y la amistad, y otras tantas aventuras y desventuras hasta que.... no les voy a decir el final!!

Como no esta en internet, y queria compartirlo, lo estoy transcribiendo de a poco, y proximamente ire subiendo los que faltan.

En este post encontrarán del cap VII al XII

Capitulos I al VI: http://www.taringa.net/posts/arte/12270524/Libro_-Aventuras-y-Desventuras-de-Casiperro-del-Hambre.html

Capitulos XIII al XVIII: http://www.taringa.net/posts/arte/12270702/Libro_-Aventuras-y-Desventuras-de-Casiperro-del-Hambre-_3_.html (sólo hasta el XV por el momento)

Capitulos XIX a XXI: En construcción


DE VERDAD, NO SE LO PIERDAN!
Es una historia para toda la familia, y por mas que es un libro "infantil/juvenil" les aseguro a todos ustedes, adultos, que lo van a disfrutar. Yo lo leí cuando tenia 10 años, despues lo volvi a leer a los 16, y ahora que tengo 25 y lo estoy transcribiendo (para una sobrinita que tengo lejos) me sigue encantando.


Aventuras y Desventuras de Casiperro del hambre



Capítulo VII
Donde trabamos contacto con otros artistas y yo conozco las delicias del amor temprano.

La fiesta no duró lo que yo esperaba, y no porque el método que habíamos inventado para sobrevivir no fuera eficaz. Eficaz era, y nosotros lo practicábamos con muy buena técnica, casi como virtuosos. Pero sucedió lo inevitable: el Huesos de deshuesó.

Poco a poco y a costa de fibras, tripas, grasas, cueros y diversos untos, el rastrillo de los flancos se le fue borrando, el pellejo se le rellenó, y comenzó a vislumbrarse algo así como un hocico, después incluso mejillas, barba y bigotes. El hambriento aprendió a comer, y a descomer (porque fui testigo en más de una ocasión, de que ya era perfectamente capaz de conducir la comida hasta el final de la ruta sin necesidad de ningún mapa). Fue un cambio lento, y como siempre sucede con los cambios lentos, uno no se da cuenta de ellos hasta que ya es demasiado tarde, y las cosas son definitivamente diferentes.

Y lo diferente, en este caso, fue el silencio. En una palabra, que lo que antes había sido un concierto se nos transformó en pantomima. Porque un día, un aciago día en que nos aprestábamos a hacer nuestra rutina frente a un barral donde colgaban nada menos que treinta y dos exquisitos pollos, apenas desplumados, el Huesos enmudeció. Quiero decir que cuando se echó a bailar como siempre, no hubo música, ni tableteo, ni cloquear de huesos, ni retintín del esqueleto. Fe un baile hermoso pero mudo, y no hechizó a nadie. Apenas si hubo alguno que mirara de reojo al que seguramente no le pareció un artista, sino mas bien un bicho pulguiento que se rascaba sin vergüenza en el medio de la vereda. Y más de uno hubo que no de reojo sino mas bien de frente miró hacia donde yo estaba. Y al miarme me vio. Me vio saltar confiado sobre el pollito elegido, que me miraba desde su gancho como diciéndome "soy tuyo". Fe verme y correrme. Y agarrarme. Y apalearme y darme de patadas y pedradas y cachiporrazos, y hasta de cuchilladas creo, sino hubiese por fin logrado zafar de esa selva de patas envueltas en zapatos y correr desesperadamente hasta nuestro refugio en el terraplén, aterrado y maltrecho, a lamer heridas y frotar moretones.

El Huesos, que también había recibido su cuota, llegó al rato, desconcertado por la súbita pérdida de sus dotes musicales. Me miraba con la cabeza gacha, no se si esperando algún reproche. Pero yo no era quién para reprocharle que hubiese atendido tan bien a los reclamos de su hambre. De manera que nos miramos, nos olimos, resoplamos, nos despedimos de los viejos tiempos y comprendimos de una vez por todas que el mundo da vueltas y vueltas como una calesita, y que a veces lo deja a uno patas para arriba, muy lejos de la sortija.

Al día siguiente, un poco más recuperados de nuestros golpes, empezamos la mudanza hacia otros barrios menos temperamentales y más propicio para los hambrientos. Caminábamos por el terraplén y de a ratos por las vías, saltando los durmientes, ansiosos por toparnos con algún ratón, cuis, culebra o sapo (ya que no había heredado yo las delicadezas de mi madre y me sentía perfectamente dispuesto a desayunar batracios).

No sé si nos faltó la suerte o nos quedó corta la astucia, pero lo cierto es que no encontramos ningún vivo dispuesto a convertirse en almuerzo. Aunque encontramos en compensación muchas bolsitas de plástico, que el Huesos insistía en mordisquear a pesar de su asqueroso olor a nada, un par de latas vacías donde quedaron sepultadas cuatro o cinco arvejas, que se nos dio por chupetear y nos valieron algunas cortadas menores en el morro y lengua, y afortunadamente, encontramos un par de zapatos grandes, con cordones, que ablandados a fuerza de saliva y paciencia, resultaron lo más nutritivo de la jornada.

Ya llevábamos dos días de marcha cuando de pronto vemos aparecer, por detrás de la alambrada del terraplén, que siempre estaba llena de campanillas azules, un animal desconocido. Inmenso como un camión, aunque no echaba humo ni rugía. Sin pelos, color ratón y mas bien apolillado. Con piel de zapato, aunque era evidente que zapato no era porque se movía por sus propios medios. Tenía ojos, además, y orejas también, abundantes y pantallosas, que nada tenían que envidiarle a las mías. Aunque se ve que el pobre había salido deforme y mal barajado, porque de entre medio de sus ojos, en lugar de morro, nariz o pico, le salía un brazo redondo y blando, largo hasta el piso, como una longaniza gigante, gordo y con dos dedos chiquitos en la punta, que subía y bajaba, subía y bajaba (se me hizo que al vernos llegas, el gigante amable nos saludaba).

Pero no consideramos prudente contestar al saludo, más bien nos aplastamos contra la vía y nos quedamos mirando. Se cansó de saludar por fin y decidió darle mejor uso a su brazo-longaniza: lo estiró hasta las campanillas del cerco y con los dos deditos esos que tenía, arrancó una ristra; después enroscó el brazo, con bastante elegancia debo reconocer, y se metió las campanillas en la boca (si es que puede llamarse boca a esa ranura puntiaguda como pico de urraca que se le abría y se le cerraba debajo del extraño brazo).

Suspiramos con cierto alivio al comprobar que el pobre grandulón era loco por la ensalada, pero no por eso bajamos la guardia: como perros pobre que éramos siempre fuimos precavidos. Nos alejamos un trecho, agachados siempre, y en cuanto vimos la ocasión, nos escurrimos por un hueco que había en la alambrada para averiguar si donde criaban bichos tan grandes también había grandes comidas.

Comida no vimos en un `primer momento, pero sí otros bichos tan desconocidos para nosotros como el zapato gigante, y según mi modesto entender, tan pero tan feos que jamás podrían haber conseguido el puesto de mascotas. Había uno, peludo y de cola larga que me hizo acordar al pequinés de la tía Dora, igualito de chillón, aunque con el pelo más corto y sin hebillas, al que se le daba por caminar en dos patas, haciéndose el humano; se paseaba de un lado a otro arrastrando un balde vacío, cada tanto se sentaba en el suelo, dejaba el balde y se rascaba la cabeza. Para colmo iba vestido con una pollerita a lunares mucho más ridícula que las tricotas que nos obligaba a usar Dora. Los otros tres que andaban por ahí sueltos eran un poco más pasables; parecían caballos, pero seguramente eran cruza con algún pajarraco, porque tenían un mechón de plumas en la cabeza. Había otro monstruo más, que menos mal que no lo tenían suelto sino en una jaula, como si fuese canario; porque se parecía muchísimo a un gato, y a mí los gatos nunca me parecieron tipos de confianza.

El Huesos, menos curioso que yo y más hambriento, cruzó decididamente el terreno y enfiló hacia lo que parecía una casa, sin ventanas, blandita y atada con riendas. Al rato empezaron a aparecer humanos. Supongo que algunos de ellos habían pasado por manos de la tía Dora porque usaban ropa muy extraña y colorida, escarpines gigantes, barbas trenzadas, y hasta uno tenía prótesis como mi rabo mecánico, pero largas y en las patas. De todos modos no parecieron interesarse en nosotros. Es más, debo admitir a riesgo de dejar un poco descuidado mi orgullo, que daba la impresión de que ni siquiera nos veían. Por un momento pensé que los dos días de hambruna que llevábamos encima ya nos habían vuelto invisibles a los dos. Pero el Huesos se rascó la oreja con mucho entusiasmo y no le sonó el esqueleto, de modo que llegué a la conclusión de que estaban todos muy ocupados y demasiado rodeados de animales extraños como para prestarles atención a dos perros vagabundos.

Detrás de la casa con riendas encontramos el tacho. El tacho maravilloso. El gran tacho. Lleno hasta el tope de deliciosa basura, y perfectamente alcanzable, no como las bolsas del barrio que acabábamos de abandonar, que estaban siempre trepadas a unos arbolitos de alambre y resultaban tan inalcanzables como ciertos canarios.
No era cuestión de elegir, como en las excursiones carniceras. El tacho era una especie de guiso total, oloroso, medio tibio porque le había pegado el sol todo el día, donde era muy difícil diferenciar un fideo de un piolín, un hueso de una tuerca. Pero todo estaba cubierto por un juguito más bien oscuro, muy nutritivo, y que hambrientos como estábamos nos resultó delicioso. Exploramos con energía ese mar tormentoso y nuestra devoción tuvo recompensa: el Huesos encontró dos papas enteras y un pellejo, y yo un hueso con cuero y un marlo con cinco granos de choclo.

Nos pareció un barrio apropiado para afincarnos. Y ya no apropiado sino francamente seductor me pareció a mí cuando salió ella, la más hermosa de todas, a olisquear los yuyos. Era blanquita, lindísima, muy peluda (como a mí me gustan), con el hocico en punta y los ojos brillantes u las orejas erguidas, en punta también, vibrantes, complemento perfecto a mis orejas lacias y caídas. Y sobre todo irradiaba un olor maravilloso, que parecía flotar alrededor de ella acompañándola mientras se iba internando por el baldío y llamándome a mí para que me acercara, para que entrara en esa nube perfumada que me prometía delicias nuevas, jamás imaginadas.

Abandoné el tacho, cediéndole con gusto al Huesos el resto del botín, y guiado por mi nariz capitana, me metí yo también entre los yuyos, diciéndome por primera vez en la vida que el hambre podía esperar. En cuanto me le acerqué noté que no era orgullosa. Se dejó oler. Y aunque hubo un par de veces en que dio vuelta la cabeza mostrándome unos dientes filosos y blancos, y después hasta me pellizcó un flanco con ellos, era evidente que no le disgustaba del todo mi pobre compañía.

La perseguí durante un buen rato. Ella se escapaba corriendo hasta algún yuyo lejano, y me esperaba. Me esperaba "a mí", y eso era lo extraordinario. A mí, roñoso y sarnoso como estaba, ella dejaba que me acercara hasta casi tocarla, y después ora vez corría, y me esperaba. Entonces me envalentoné. La busqué más decidido. Ella se dejó alcanzar; me di cuenta de que me aceptaba. El corazón me dio un vuelco y todo el cuerpo se me derramó detrás de él. Me trepé a ella entonces, resuelto a apropiarme de ese olor que me volvía loco. Sentó las cosquillas de sus pelos tibios en mi panza, y durante un rato, un rato pequeño tal vez pero también eterno, no necesité nada, nada más que eso que tenía en ese momento, y me olvidé de mi hambre, y de mi pobreza, y de las desventuras que tal vez me aguardaban. Una vez más, como cuando lograba de cachorro prenderme a la teta rebosante de mi madre, yo estaba feliz, dueño de toda la felicidad del mundo.


Capítulo VIII
Donde explico por qué me hice y me deshice perro de circo.

Cuando, todavía un poco mareado por mi gozosa estadía en el territorio del amor, volví al lado del Huesos, que seguía escarbando las pocas delicias que quedaban en el tacho, la decisión ya estaba tomada: nos quedábamos allí, en ese sitio extraño donde la felicidad parecía estar al alcance de la pata.

No quisimos presentarnos de buenas a primeras a pedir trabajo. Durante un par de días vivimos clandestinos, entre los yuyos, dispuestos a mirar, oler y oír con las orejas tensas, para aprender las reglas de ese juego nuevo. Cuando ya no quedaban humanos a la vista, tomábamos por asalto el tacho bienhechor. Y un rato después salía la Bella, así decidí llamarla, a hacer su ronda nocturna muy cerca de nuestro escondite. Yo aprovechaba esas ocasiones para hacer nuevas excursiones al continente del amor, flamante para mí, recién descubierto.

Hubo un par de ocasiones en que también el Huesos hizo algún amago de acercársele a Bella, seguramente también él seducido por ese olor insuperable, pero retrocedió de inmediato cuando yo, dispuesto a defender mi bien ganada dicha, le mostré los dientes en lo que no podía interpretarse de ninguna manera como una sonrisa. Sin embargo, Bella no fue motivo de discordia entre nosotros, porque lo cierto es que para el Huesos el amor jamás podía ser competencia para el hambre. Para él la felicidad estaba en el tacho, algunas veces más nutritivo que otras, pero siempre suficiente para aplacar las punzadas que volvían, una y otra vez desde las tripas.

Durante esos días de observación y disimulo logramos aprender un número suficiente de cosas. Yo, alterado por mis pasadas experiencias con los humanos, prestaba especial atención a los nombres, sabedor de lo importantes que son para entrar en tratos con ellos. Tres o cuatro días de observación me bastaron para elaborar un glosario mínimo que nos trajo mucho alivio: "casa con riendas + monstruos" = CIRCO; "zapato gigante apolillado con longaniza en la punta" = ELEFANTE; "pequinés en dos patas" = MONO... etc., etc. En fin que, concluido el glosario consideramos que podíamos perfectamente presentarnos a buscar trabajo. No nos parecía difícil... al fin de cuentas éramos artistas.

Según pudimos averiguar casi de inmediato, la bella junto con otras perras viejísimas y medio peladas, formaba parte de un número de destreza canina, en el que se trataba de demostrar que los perros pueden hacer las cosas exactamente igual que los humanos, cosa definitivamente más probable que lo inverso, pero de todos modos nada sencillo. La Bella, vestida con un traje de tul brillante, hacía equilibrio sobre una soga, mientras sus dos abuelas (porque no podrían ser otra cosa) sostenían dicha soga con los dientes. Una mujer vestida de rojo se encargaba de vigilar que todo sucediese como estaba previsto. Nada más. Nos pareció sencillo.

Nos hicimos notar. Yo poniendo mi mejor cara de perrito orejudo, y el Huesos haciendo gala de su famosa aunque silenciosa destreza candombera. Por fin llamamos la atención. Nos contrataron, supongo porque temían que las dos venerables abuelas de la Bella estuviesen por abandonar el espectáculo de un momento a otro. De nosotros dos el verdadero artista siempre fue el Huesos (no hay muchos perros capaces de hacer lo que él hace con el cuerpo), pero tuvieron la gentileza de contratarnos a los dos: al Huesos para perro bala y a mí para perrito saludador.

Enseguida nos aprendimos la rutina. Nuestro número constaba de dos partes: primero la Bella en su acto de equilibrio, luego Huesos en su papel de perro bala, vestido con una tricota a rayas y una capa llena de estrellas, que salía disparado de un cañón dorado colocado en el medio del escenario. Estruendo, humo, el Huesos que volaba hasta caer en la red de las gradas, y entonces el gran final: platillos, música, y yo, que daba varias vueltas en la arena, caminando en dos patas y llevando en la boca una banderita con el dibujo de un sol.

No es que fuera fácil. Fácil no era: caminar en dos patas me exigía mucho esfuerzo, y por lo general quedaba con un terrible dolor en el lomo, y supongo que para el Huesos no sería sencillo soportar el horrible estallido del cañón en plena oreja. Pero nos esforzamos, porque para un perro vagabundo no es fácil conseguir empleo. Y lo logramos: la mujer de rojo nos palmeaba la cabeza a cada rato, y nos daba terrones de azúcar.

Hubo cinco o seis días de ensayos y después el debut, con las luces y el público, que se sentaba a mirarnos en las gradas. No creo faltar a la modestia si digo que fuimos un éxito; nos aplaudieron mucho. El final fue mas bien emocionante: todos estábamos contentos, con nuestros terrones de azúcar en la boca, la Bella y yo saltábamos en dos patas y haciendo reverencias, y el Huesos cansado pero feliz luego de su viaje por el espacio, bajando de la red y despidiéndose de sus admiradores con un extraño candombe, mudo pero muy inspirado.

En fin, que todo parecía andar sobre ruedas. Nos llevábamos de mil maravillas con la mujer de rojo y dormíamos cómodamente debajo de su carromato, comíamos de un plato de lata, sin necesidad de treparnos al tacho (aunque creo que el Huesos extrañaba un poco el juguito del olor indescriptible) y yo podía salir tranquilamente con la bella a encontrar la felicidad entre los yuyos. Pero el mundo-calesita dio otra vuelta, sobrevino el accidente y descarriló nuestra felicidad, de buenas a primeras.

Y todo porque el Huesos se seguía deshuesando. Una vez vuelto a la sana tradición de comer todos los días, siguió rellenando el pellejo, lenta, imperceptible pero implacablemente, y un día, un par de semanas después de habernos iniciado en ese contrato, el relleno resultó excesivo.

El número comenzó como de costumbre: La bella hizo su equilibrio sobre la cuerda, aunque esta vez tuve que sostener yo una de las puntas ya que la más venerable de las abuelas acababa de perder sus dos últimas muelas, y después hizo su aparición el Huesos, con su traje brillante. La mujer de rojo lo metió en el cañón, encendió la mecha, rugió la pólvora, el público exclamó... pero el Huesos no voló. Ni cerca ni lejos. El pobre había quedado atorado en el cilindro dorado, que ese día, por primera vez, había resultado demasiado estrecho, y colgaba ahora de una pata, con más de medio cuerpo afuera, quebrado seguramente, asustado y aullando de dolor.

Le ladré, aullé con él, quise acercarme para lamerle la herida. Pero la mujer de rojo no me lo permitió. Por primera vez noté que no tenía una sino dos manos, y que si bien en una de ellas tenía terrones de azúcar, en la otra tenía una púa, larga, feroz, maldita, que me clavó sin piedad en el lomo obligándome a caminar en dos patas, a agitar mi banderita, mientras sonaban los platillos y la música y los gritos de la gente y los aullidos del Huesos, que un payaso llevaba en brazos fuera del escenario.

Cuando terminó la función le entablillaron la pata, no demasiado bien supongo, porque nunca más se recuperó de su renguera, y yo pude por fin ir a oler a mi amigo y a lamerle las tristezas. Me quedé al lado de él toda la noche. Tenía los ojos fijos, opacos, no dormía. La mujer de rojo vino a la mañana a tocarle la pata. Yo le gruñí por lo bajo porque me pareció que esgrimía la mano de la púa.

Nos despidieron a todos. El número ya estaba arruinado: resultaba demasiado caro hacer otro cañón dorado y era imposible imaginar que el Huesos pudiese volver a bailar un candombe de los suyos; por otra parte, supongo que a mí me veían menos manso que antes, y de las abuelas de la Bella había una que ya ni era capaz de mantenerse sentada en el escenario. La única que conservó el trabajo fue Bella: la iban a incorporar al número de los hermanos Anthony, que era muy semejante al nuestro pero más peligroso, porque sucedía en el techo de la carpa, por encima de una red muy calada, muy abierta, que podía muy bien sostener a un Anthony pero que lamentablemente era incapaz de atajar a una caniche toy blanca, si acaso la pobrecita perdía el equilibrio allá arriba, cegada por las luces.

Fue una despedida muy triste. Quise convencerla de que se viniera con nosotros, pero no quiso. Se quedó ahí sentada después de la función, con su traje de tul y los ojos fijos en algún punto del aire. Después se levantó y se fue apartando, rumbo a su carromato, y el olor, ese olor maravilloso, inolvidable, el señor de las alegrías, se fue adelgazando y adelgazando en el aire hasta volverse un recuerdo.


Capítulo IX
Donde me entero del destino que merecen (o merecemos) los perros vagabundos.

Nos alejamos los cuarto, las dos abuelas de Bella, el Huesos y yo, de ese sitio donde hasta hace unas pocas horas habíamos sido grandes artistas. Íbamos junto al terraplén, como siempre, porque es mejor tener un camino que no tener ninguno, y algo nos decía que las vías siempre llevan a alguna parte.

Pero de cuatro que éramos al empezar la caminata, al rato fuimos ya sólo dos, y uno rengo, porque las dos abuelas, agotadas, decidieron quedarse a la orilla del camino, confiando tal vez en que la mujer de rojo terminara por extrañarlas un poco y decidiera venir a buscarlas. El Huesos y yo no esperábamos nada más ya de ese sitio.

Caminábamos en silencio al principio, pero al rato yo empecé a chumbarle a cualquier cosa que se moviese por ahí cerca. Para decir verdad, ladraba sin ganas, pero suponía que el barullo podía ayudar al Huesos a levantar ese ánimo maltrecho que llevaba arrastrando por el piso como una bandera rota.

De a ratos caminábamos por entre los durmientes, según nuestra costumbre, pero hubo un percance que nos convenció de que era mejor caminar entre los yuyos: se oyó la bocina del tren, temblaron los rieles, yo pegué el salto hacia el costado, pero el Huesos rengo como estaba y todavía entablillado, no pudo arreglárselas con tres patas para salir del pozo que se formaban entre los durmientes. Me puse a correr de un lado a otro como un loco, ladrándole para incitarlo al esfuerzo. Lo logró por fin, apenas unos segundos antes de que por ese mismo sitio pasaran, filosas, pesadas y severas, las ruedas del tren.

Después de ese episodio dramático nuestra marcha fue más o menos tranquila, pero cada vez más penosa, porque volvió, puntual como siempre, y hambre, y era más difícil que nunca aplacarla. De dos cazadores que habíamos sido, ahora sólo éramos uno y medio, y menos aún si consideramos que ya no contábamos con el recurso del hechizo candombero. Tuvimos varios encuentros con ratones, gordos y flacos, y oscuros y claros, posiblemente muy hechizables, pero lamentablemente también rápidos, escurridizos y astutos, que de ningún modo estaban dispuestos a dejarse caer en nuestras mandíbulas sin al menos recibir algún espectáculo a cambio.

Mermaron las latas, desaparecieron los zapatos, y por fin, muy a nuestro pesar, no tuvimos más remedio que abandonar el terraplén e internarnos de nuevo en el territorio de los humanos, con la esperanza de que en ese barrio no tuvieran la maldita costumbre de enjaular sus bolsas de basura como si fueran canarios.

¡Qué barrio, amigos! La calesita volvía a girar, y esta vez sentí que el Huesos y yo andábamos cerca de la sortija, porque caímos en un lugar incomparable, o comparable mejor dicho con mis viejos recuerdos de mi primera infancia. Aunque con algunas diferencias que primero me sumieron en la confusión y luego avivaron en mí grandes y tal vez precipitadas esperanzas.

Yo había sido criado en la idea de que los perros pobres éramos muchos, muchísimos, incluso demasiados, y que la quinta, en cambio, la maravillosa quinta de la abundancia, era una sola. Pero en ese barrio las proporciones parecían cambiadas, y resultaba de pronto que había cinco o diez quintas en una misma cuadra, todas con sus parques, sus yuyos bien cortados y sus árboles podados en forma de cuadrado o corazón... y todas, seguramente con fondos en los que se alineaban parrillas atestadas de pollos, vibrantes chorizos, crepitantes achuras. Por algún milagro extraño para mí, del todo incomprensible, el paraíso, el auténtico paraíso, se había multiplicado. Y echando el cálculo de que perros hambrientos no se veían por ningún lado, comencé a relamerme pensando en la de sobras que podríamos llegar a cosechar. Y más me entusiasmé, y más saliva secreté, cuando noté que, seguramente por ese mismo milagro milagroso, ¡no había bestias a la vista! sino sólo mascotas, gordas y perezosas, que no llegaban a alcanzar la categoría de peligro.

Nos pasamos la mañana merodeando por la zona, siempre agachados, tratando de pasar desapercibidos, husmeando, explorando ese territorio que esperábamos hacer nuestro para la hora del almuerzo. Y cuando el punzón de las tripas nos dio la hora señalada, comenzamos a acercarnos, prudentes pero en el fondo confiados, a una casa cercada con barrotes negros bastante espaciados, de donde emanaba ese característico olor a lo que tanto el Huesos como yo considerábamos nuestro plato favorito: la comida en cualquiera de sus formas.

No acababa yo de meter una pata y parte del morro por el hueco cuando el aullido taladrante del Huesos y luego un extraño ardor en el cogote y un tirón feroz en la cabeza me indicaron el final de mi fantasía. Ahorcados, casi colgados de poderosos lazos de cuero que resultaban mucho más imperativos que las blandas correas tornasoladas de la tía Dora, fuimos arrastrados entre aullidos y gemidos a un camión enrejado, donde otros vagabundos, otros caídos del mundo-calesita y otros hambrientos se amontonaban en desorden, con sus pelos, sus pulgas y sus ojos de miedo, sin saber a dónde iba a conducirlos la desgracia.

Fue un viaje atroz, en el que yo traté de entretener mi miedo haciendo un registro minucioso de la gran cantidad de olores que había ahí agolpados, y el Huesos se la pasó gimiendo y lamiéndose la pata, que había empeorado mucho con la violencia del secuestro.

Cuando entramos a la cárcel, el corazón me dio un vuelco tan drástico, tan profundo, que creí que ya nunca iba a poder levantarlo: todo lo que se veía y todo lo que se olía, las jaulas oxidadas, la mugre, el aserrín, el látigo de cuero que colgaba del cinturón de uno de los carceleros, los perros tirados en los rincones con el morro entre las patas y los ojos opacos, o lanzándose desesperados contra las puertas de alambre, que chirriaban pero no cedían... cada una de esas señales me anunciaba el final de todo, un mundo vacío y frío, en el que ya ni siquiera tenía sentido el olor de la Bella ni el viejo punzón del hambre.

Nos ubicaron de a dos o de a tres en cada jaula. Me mantuve hasta último momento lo más cerca posible del Huesos, en la esperanza de que nos permitieran compartir la celda. Pero en ese mundo de terror estaba escrito que no podía quedar en pié ningún consuelo: al Huesos, que rengueaba mas que nunca, lo empujaron a fuerza de patadas hacia la jaula más chica, donde quedó sólo, a secas, sin siquiera un mísero tacho de agua. Yo tuve más suerte, supongo; caí con un cachorrito gritón, que lloraba sin parar, y con un abuelo más bien peludo, bastante sarnoso y con cara de astuto.

No tardé en notar que las celdas de esa prisión se dividían en dos clases: las secas y las mojadas. Las que, como al Huesos, no tenían ni un asomo de agua, y las que, como la mía, carecían de todo menos de una gran lata donde empapar la lengua. Sentí de pronto un fogonazo de comprensión que me dejó aturdido: las celdas secas eran para los perros si remedio, para los definitivamente condenados. Efectivamente, al rato de estar encerrado comenzaron a desfilar las visitas: humanos de distintas edades, hombres y mujeres, a veces con sombrero, otras con mochilas, que se asomaban a mirarnos en las jaulas... pero sólo visitaban las jaulas mojadas. A las jaulas secas ni las miraban. No tardaron en llevarse al cachorrito; se lo llevó en brazos un chico despeinado, que lo acariciaba y retaba al mismo tiempo; iba contento el pobre cachorro, moviendo el rao, feliz con su destino de mascota. A un dálmata altísimo, con la oreja partida, se lo llevó una mujer joven, toda vestida de cuero y que también era alta. Se fueron uno con pinta de collie, un ovejero, dos salchichas medio mestizos, un símil pomeranian... y yo esperaba, sintiéndome partido en dos, dividido.

Una parte de mí estaba en mi celda, junto al abuelo astuto, tratando de imaginar quién podría interesarse en un perro chico, orejudo y chueco, sucio y medio sarnoso; y mi otra parte estaba tirada junto al Huesos, en su celda mínima y espantosamente seca, sintiendo que la lengua se le pegaba cada vez más al paladar, y la certeza de que se me iba alejando para siempre la raya luminosa de la vida, de que esta vez la calesita me iba a arrojar tan pero tan lejos que iba a ser imposible volver a treparme en ella. Tanto tiempo de compartir aventuras y desventuras nos había vuelto al Huesos y a mí casi indistinguibles.

No hubo visitas que se interesaran por mí esa tarde, pero al día siguiente llegó el juguetero (que dadas las circunstancias me vi obligado a ver como un santo bajado del cielo). En rigor, sólo supe que se trataba de un juguetero bastante después, cuando me fui poniendo al tanto de las características que tenía ese contrato nuevo que me salvaba de una muerte segura. En el primer momento, fue sólo un señor gordo, redondo como la luna, e igual de pelado, que traía un portafolios en la mano y usaba una corbata llena de pájaros y un saco de botones brillantes. Supongo que en materia de perros era más bien ignorante, porque se acercó a la celda, se frotó los dedos de la mano derecha frente a mis narices, y me llamó con voz ronca "¡Mish, Mish!". Yo opté pasar por alto la inconveniencia (dado que no había lugar para mi orgullo), le sonreí lo mejor que pude con el rabo y le dediqué mi mejor cara inclinada de orejudo bueno. Surtió efecto (lo que no deja de asombrarme puesto que mi aspecto general era de bicho sarnoso).

- "Me llevo ése, es el más ridículo" - le dijo al carcelero, y le dio un billete. En cuanto me sacaron de la celda, con una correa trenzada que me pareció espantosamente femenina, tiré con todas mis fuerzas hacia la esquina donde sabía que estaba el Huesos. El gordo se resistió; era fuerte, y tal como iba a confirmarlo luego, también era tozudo. Lo único que pude ver de mi compadre fue la punta del hocico, con la lengua afuera, los ojos fijos en el aire y las orejas gachas. Sentí que la tristeza me cubría entero, como una manta fría, oscura y fea. Al salir de la prisión pasamos junto al carcelero que estaba recibiendo un par de visitantes nuevos.

- "Vamos, Trux" - me dijo el gordo, y salimos.


Capítulo X
Donde relato algunos de los peligros q deben afrontar los prototipos.

En cuanto me enteré que mi nombre oficial había pasado a ser Trux, volví a experimentar esa especie de desmayo, esa horrible sensación de disminución en nombre propio que había sentido cuando la tía Dora me rebajó de Toto a Lord de un plumazo; mi premonición había terminado por volverse cierta y ahora mi nombre era solo un estornudo. ¿Y qué me quedaba por delante ahora? Silencio y nada. La nada me amenazaba como un abismo y yo sentía vértigo al asomarme; me dije que seguramente la calesita de mi vida había dado demasiadas vueltas y yo me había mareado.

Ya era de noche cerrada y también mi alma estaba anochecida cuando llegamos al galpón donde se iba a desarrollar mi vida como prototipo.

Si la vida como aspirante a mascota tiene sus inconvenientes, no quieran enterarse de lo complicada que es la vida de un prototipo. Tampoco quieran saber lo peligroso que puede resultar un juguetero terco, uno de esos que no se conforman con fabricar pelotas, muñecas o sonajeros, sino que quieren sacar un juguete nuevo cada tres meses, es más: que están dispuestos a convertir el mundo entero en un juguete.

No es que me tratase mal, de ningún modo. Es más, tenía agua, comida más que suficiente, aunque no tan escogida como la de la tía Dora, y un rincón ni caliente ni frío donde echarme. Pero lo malo eran los prototipos, lo malo era el destino de juguete que tenía por delante.

Admito que cuando entré por primera vez a ese galpón, yo de juguetes no sabía prácticamente nada. Había decapitado a un par de muñecas, eso es cierto, pero de ninguna manera se podía decir que los juguetes ocupaban un lugar importante en mi vida. Sin embargo hoy me puedo considerar casi un experto. Y no porque mi estadía en el galpón haya sido demasiado prolongada sino porque mi estrecha convivencia con los odiosos prototipos me bastó para enterarme de importantes pormenores vinculados con la fabricación de juguetes.

En realidad me pasaba el día rodeado de juguetes. Había juguetes por todas partes. En el centro, cuidadosamente ordenados sobre una gran mesada, estaban los prototipos de los inventos más famosos de mi también famoso juguetero, y en los estantes que había contra las paredes se alineaban copias y más copias de esos mismos prototipos, en distintos tonos y tamaños. Los juguetes se convirtieron en compañeros inseparables, y no me faltó el tiempo ni la ocasión para explorarlos.

Con eso quiero decir que no sólo los miré y los olí, sino que también los lamí y hasta mordisqueé un poco cuando se presentó la oportunidad. El resultado fue sencillamente desalentador, y confirmó mi vieja teoría de que los humanos son una especie desconcertante: eran los juguetes más aburridos del mundo. ¿Como podría haber alguien dispuesto a jugar con esas cosas?

Para empezar, ninguno tenía olor, mas bien tenían olor, una especie de olor a nada que resultaba verdaderamente nauseabundo. Tampoco eran blandos, o crocantes, o jugosos, o pegajosos siquiera, no tenían nada en lo que valiera la pena hincar el diente. Para no hablar del sabor, tan inexistente que ni siquiera le llegaba a los talones al de los muy poco atractivos "dólares al jamón" que me había comido en la infancia.

Y para colmo, aunque todos hacían algo - se movían, se hamacaban, escupían, rugían o brincaban -, nada de lo que hacían podía ser de interés ni utilidad para nadie, perro o humano. "Mi pequeño sistema planetario", por ejemplo, que estaba en una punta de la mesada, consistía en unas cuantas bolitas que daban vueltas y vueltas alrededor de una bola más grande y brillante. La bola brillante era más o menos divertida de mirar, pero las otras eran completamente zonzas, monótonas, insulsas, y con las vueltas que daban terminaban por darme sueño (varias de mis siestas en el galpón se iniciaron precisamente junto a ese juguete). También estaba "Mi pequeña lustraspiradora", que hacía un ruido insoportable, "Mi pequeño fax", que se la pasaba escupiendo papeles (en lugar de chorizos, lo que lo habría convertido en un juguete mucho más atractivo), "Mi pequeño dinosaurio miope" (que se quitaba y se ponía los anteojos), "Mi pequeño minifón" y "Mi pequeña trituradora" a la que nunca me acerqué demasiado.

Pero el peor de todos en mi opinión - y el que más contento tenía al juguetero - era "Mi hermanito preferido", que ocupaba el sitio de honor.

"Mi hermanito preferido" era un verdadero asco.

Está claro que los humanos son francamente menos interesantes que los perros, aunque eso no sea algo que se les pueda reprochar; sencillamente no huelen tanto, o dicho en otras palabras, no tienen tanto para decir como un perro. Pero, con todo, sus olores tienen, y hasta olores muy agradables. Las enruladitas por ejemplo, tenían un olorcito muy interesante que les manaba detrás de las orejas y el cogote, especialmente cuando habían corrido conmigo por la vereda. Y los pies de la tía Dora, también tenían su encanto, aunque ella se empeñara en ocultarlo detrás de un talco mas bien inmundo.

¿Y qué hace un juguetero cuando quiere fabricar un prototipo humano? En lugar de imitarle los olores, y mejorárselos, hacérselos más atractivos, más intensos, va y se los hace desaparecer, lo desodoriza, sin darse cuenta de que con eso le arranca todos y cada uno de sus encantos.

"Mi hermanito preferido" estaba total, completa y definitivamente desodorizado. Y eso que contaba con su control remoto que le permitía hacer pis y caca, pero sin olor. ¿Y de qué pueden servir un pis y una caca sin olor, que ni siquiera son capaces de dejar el recuerdo de uno para el mundo? "Mi hermanito preferido" además se reía, lloraba, babeaba, decía ajó, y se llevaba la mano a la oreja cuando le venía un súbito dolor de oídos. Pero oler, eso sí que no. Uno podía atacar a dentelladas la botonera del control remoto que "Mi hermanito preferido" jamás iba a hacer algo que tuviera olor.

¡Cómo odiaba a "Mi hermanito preferido"! Lo veía ahí, sentado en su cochecito encima de la mesada de honor del galpón, con su cara de plástico liso, y sentía que se me revolvían las tripas. Porque "Mi hermanito preferido" era el cuerpo de la amenaza: al fin de cuentas, ya había oído decir en varias oportunidades que Trux - es decir yo- también debía ser prototipo.

La de noches que me desperté gimiendo en medio de mis pesadillas, imaginando que venía un ejército de jugueteros con cara de luna dispuestos a bañarme y a frotarme hasta arrancarme el último y más pequeñito de mis olores, y después a multiplicarme por diez mil, por cien mil, por millones de Trux (que ya ni siquiera podían recordar que habían sido un día Orejas, Totos, Lords, y perritos saludadores) y que se alineaban con cara de idénticos en los estantes.


Capítulo XI
Donde explico las razones por las cuales no tuve más remedio que recurrir a la violencia.

Ya dije que los primeros tiempos, pesadillas aparte, fueron en cierto modo livianos. Mi trabajo era sencillo: consistía en quedarme lo más quieto que me fuera posible encima del tablero, soportando que el juguetero y sus cuatro técnicos me midiesen de arriba abajo, no sólo el largo de las patas, la alzada o las orejas, sino también el rabo, el morro, las uñas, las pestañas y el pito.

Noté que iban registrando todo lo que medían en una planilla y confieso que sentí cierta inquietud. Recordaba perfectamente lo mucho que había desilusionado a la tía Dora el día de mi primera inspección y temía que mis proporciones desilusionasen también a ellos. Una desilusión de mi juguetero podía terminar de tres modos diferentes según mis cálculos. Uno: podía suceder que el juguetero sencillamente me expulsara del galpón y me invitara a retomar mi vieja vida de vagabundo (que era sin duda la mejor alternativa). Dos: podía suceder que me devolviese a la cárcel (donde ya no iba a encontrarme con el Huesos y posiblemente ni siquiera con el abuelo astuto). O tres: y esta es la alternativa más temible, podían utilizarme como carne de cañón, como víctima de ensayo (había que tener en cuenta que “mi pequeña perforadora”, “mi primera silla eléctrica” y “la bomba H bun-bun” eran prototipos que estaban en plena elaboración).

Sin embargo, no los desilusioné en absoluto. Y aprendí que hay gustos para todo y que mientras algunos humanos aspiran a perros irreprochables y heroicos, hay otros que se inclinan más bien por los risibles.

La etapa de las primeras medidas terminó, y los días que siguieron fueron tan serenos, tan tranquilos, que yo empecé a fantasear que tal vez mi tarea ya estuviese concluida, y a decirme que si tenían la delicadez de seguir trayéndome agua y comida, era sencillamente porque habían simpatizado conmigo. Pero no. La vida de un prototipo es ardua y suele terminar en forma violenta.

Me enteré de que yo estaba llamado a ser “Trux, mi mascota preferida”.

Era un dato para tener muy en cuenta: dado el famoso asunto de los hombres y los nombres, significaba que yo no estaba destinado a ser un prototipo más sino uno de los favoritos, un prototipo principal, y que ya tenía reservado un lugar de honor en la mesada principal junto a “Mi hermanito preferido”. Supongo que en otras circunstancias, eso debería haberme henchido de orgullo, pero mi experiencia con los humanos (que a esta altura de mi vida era mas que suficiente), me empujaba irremediablemente hacia la desconfianza (una desconfianza que a la postre, resultó justificada).

Pronto supe que mi camino estaba lleno de espinas, de baches y de latas oxidadas. Estaba escrito que si ser mascota no era moco de pavo, mucho más arduo era ser un Trux, o al menos un Trux a gusto del juguetero.

Al parecer, es mucho lo que se espera de una mascota, o en todo caso muchísimo más de lo que se puede esperar de un hermanito. Porque si bien alcanzaba con que un hermanito preferido hiciera pis y caca, se riera, llorara, dijese ajó y sufriese de otitis, un perrito mascota (es decir Trux, yo mismo), tenía que ganarse en forma menos sencilla la preferencia. En pocas palabras: mi botonera (porque también tendría motoneta propia), debía responder a los siguientes comandos, a saber: “Trux estornuda” (el más incómodo), “Trux hace pipí” (el más ridículo), y los otros tres que voy a denominar sencillamente como crueles: “Trux camina para atrás”, “Trux siente miedo”, “Trux se hace el muerto”.

Mi trabajo consistía por supuesto en hacer de modelo. El prototipo debía ser una copia exacta de mi persona, aunque convenientemente desodorizada, por supuesto, de modo que se trataba de que yo estornudara, hiciera pis, caminara para atrás, tuviera miedo y me hiciese el muerto. Y no una sino varias veces, innumerable cantidad de veces, para que los técnicos en animación de prototipos tuviesen ocasión de captar cada milímetro de mis movimientos.

Con el fin de estimularme en mi tarea, el juguetero trajo al galpón una serie de elementos que pasaré a denominar a partir de ahora los “instrumentos de tortura”.

Para empezar: la pimienta. Cubrió el galpón de pimienta, en el piso, sobre la mesada, hasta adentro de los otros prototipos había pimienta. Adentro de los bolsillos del delantal de “Mi abuelita cuentacuentos”, en las tripas de “Mi enanito desarmable”, en la palanca de “Mi primera compactadota” había un polvito impalpable que en un primer momento me pareció una verdadera bendición en ese sitio desprovisto de olores, pero después del vigésimo quinto estornudo, cuando los ojos me empezaron a chorrear y el hocico me empezó a arder como una brasa, se reveló como lo que era: un invento infernal.

Para que hiciese pis de manera mas pintoresca trajeron al galpón un arbolito, de plástico también el pobre, y lo menos estimulante que un perro pueda imaginar. Pero, considerando que la pimienta me obligaba a tomar varios litros de agua por día, no tuve mas remedio que aceptarlo como pareja u desahogarme junto a él con cierta frecuencia. Pero ¡Qué tristeza amigo! ¡Q aburrimiento! Hacer pis es para un perro una actividad decididamente emocionante, creativa, fantasiosa incluso, que lo va llevando de un sitio a otro, y le permite explorar, husmear, y elegir dónde dejar apenas un par de gotas y donde chorrear finalmente un chubasco. Pero hacer pis se convirtió ahí dentro en una verdadera tristeza. Tan pero tan triste que debo confesar que, una vez cerrada esa molesta etapa de mi vida, me llevó cierto tiempo recuperar la alegría de mear el mundo.

Pero aunque estornudar fuese molesto y hacer pis fuese triste, de ningún modo podían compararse con las otras tres pruebas, que se realizaban juntas, y que eran decididamente feroces, dolorosas e imperdonables.

Está claro que para el juguetero no había nada más importante que el prototipo, que nada lo apartaba del camino al prototipo, aunque ese camino estuviese sembrado de angustias.

Instalaron en el medio del galpón una plancha de metal brillante, bastante ancho, que lo cruzaba de lado a lado y que inevitablemente se interponía en mi camino a la comida. Esa plancha se convirtió para mí en la boca del infierno.

El hambre me punzaba, como siempre, y veía las tiras de falda jugositas, los medallones de caracú que parecían llamarme desde el otro lado del galpón. Acudía, fiel, a la llamada Y ahí era cuando se echaba la suerte: a veces era el cielo y otras veces el infierno. En ocasiones, cruzaba la plancha sin problemas rumbo a mi felicidad, pero otras veces (y era imposible saber cuándo) bastaba que pusiese una pata en la plancha maldita para que me atravesase el cuerpo algo así como una jauría de bestias al galope, un chorro de urracas que me clavaban los picos en la carne, todas al mismo tiempo, un tren que me taladraba los pulmones, el corazón, el cerebro y se convertía sin permiso en la sangre de mi cuerpo. No puedo asegurarlo, porque no eran momentos en los que yo pudiese mantener en alto mis pensamientos, pero era probable que esos dolores feroces e intolerables me hicieran temblar, caminar para atrás (para alejarme de ese infierno), y por fin, cuando el dolor llegaba al punto más alto, morir. Morir casi, y no hacerme el muerto, como decía la motoneta. Morir directamente, quedar tirado, rígido, con el corazón palpitando como una bomba enloquecida y con los ojos abiertos y fijos, porque hasta los párpados se me habían endurecido de terror.

Comencé a alimentar un gran rencor contra mi juguetero, un fuerte deseo de venganza. Lo veía llegar con sus cuatro técnicos, con su cara de luna y sus corbatas de pájaros, y sentía un deseo enorme de castigarlo. Era el culpable de que yo hubiese perdido, en ese horrible encierro, la alegría de hacer pis y la dulce felicidad de satisfacer el hambre.

Me dediqué a juntar rabia, a vigilarlo y a esperar el momento.

Y el momento llegó. El mundo calesita dio otra vuelta y tuve ocasión de zafar de esa vida insoportable y de cumplir, a la vez, con mi revancha.

Fue una tarde (fresca, según pude enterarme después). El juguetero entró al galpón muy apurado, corrió a la mesada, agarró con una mano el prototipo de “mi pequeña perforadora” y con la otra el de “Mi primera silla eléctrica” y pasó a mi lado sin verme. Pero yo sí lo vi. Y lo olí, y lo recordé, y sentí que mi pobre dentadura, que no me había servido de gran cosa en mis empresas cazadoras de la infancia de pronto se preparaban para dar el golpe certero. Le atrapé la pierna al vuelo, hundí con alegría mis cuatro colmillos en esa carne dura y sentí enseguida un olor dulzón y sabrosito que jamás olvidaré mientras viva.

Solté la presa y salí por la puerta entreabierta, diciéndome que al fin de cuentas, mi botonera no tenía cinco sino seis botones: “Trux estornuda”, “Trux hace pipí”, “Trux camina para atrás”, “Trux siente miedo”, “Trux se hace el muerto”… y “Trux muerde”.


Capítulo XII
Donde queda comprobado que la soledad, a veces, puede ser peor que el hambre.

Salí y corrí. Corrí otra vez, sin norte y sin dirección, con el sólo propósito de encontrar algún sitio donde ya no tuviese que seguir pensando en huir y pudiese detenerme a pensar en hacia dónde encaminar mi vida.

No había porta orejas esta vez, ni correa tornasolada, ni rabo mecánico. Y la ausencia de todas esas cosas, que bien habría podido considerarse una ventaja, sólo servía para recordarme otra ausencia: La de Huesos.

Tirado en un terreno baldío, junto a una planta de hinojo, con el hocico hundido entre las patas, me acordé una vez más de mi amigo, arrancado a los tirones de la calesita, arrojado para siempre fuera del mundo. Y el recuerdo me atravesó de lado a lado el pellejo; fue como si “Mi pequeño taladro” me hubiese atacado de repente, hundiéndose en mi cuerpo y abriéndome un agujero negro hasta el fondo del alma.

No tenía rumbo ni método ninguno. NO sabía cómo iba a conseguir comida, ni dónde iba a pasar mis días, y tan desganado estaba que ni siquiera las dulces matas de yuyos que me rodeaban me incitaban a descargar el pis con alegría.

Cuando el hambre pinchó (porque mi hambre es infaltable. Ya lo dije, y ni siquiera en los momentos más tristes se ausenta) me puse en marcha. Anduve por Muchas calles. Escarbé basura. Comí pedazos de grasa tristes y fríos. Y cuando creía que ya nada podía llegar a interesarme, la calesita dio otra vuelta y recuperé de repente, como un estallido, la emoción de la vida.

Me atraparon.

Y no fue un lazo esta vez, fue un perfume. Por un momento creí que podía tratarse de Bella, ya que los vahos me traían recuerdos de mis amores tempranos. Pero no, Olí con fuerza, me llené de olor y descubrí que allá en el fondo había un no se qué de diferencia, algo áspero e inesperado que me llenaba de fantasías. No era Bella, era la Negrita, como decidí nombrarla inmediatamente. Negra como yo. Más negra todavía, con el pelo espeso y brillante que le caía en grandes mechones ondulados sobre las patas, y un aire vagabundo y valiente que enseguida mereció mí aprecio.

Cruzó la calle. Y yo también crucé, como es debido. Se alejó y yo la seguí. La perseguí con entusiasmo durante cuadras y cuadras. Se metió por el hueco de un alambrado, y yo, como corresponde, tras ella.

Apenas si me detuve a mirar el paisaje: era un terreno sin árboles, son dos camionetas y varias montañas de frascos; me pareció tan bueno como cualquier otro para una cita de amor, incluso mucho mejor que muchos. Se detuvo y me miró. Me le acerqué, la olisqueé despacio: algo me dijo que no le resulté del todo indiferente. Se volvió a alejar y yo a buscarla. Era burlona, alegre, me gustaba mucho. Me dispuse a recuperar la felicidad al menos por un instante. Pero apenas habíamos comenzado nuestro juego cuando nos topamos con dos hombres vestidos de blanco que nos cortaron el paso y nos echaron unas mantas encima.



En este post encontrarán del cap VII al XII

Capitulos I al VI: http://www.taringa.net/posts/arte/12270524/Libro_-Aventuras-y-Desventuras-de-Casiperro-del-Hambre.html

Capitulos XIII al XVIII: http://www.taringa.net/posts/arte/12270702/Libro_-Aventuras-y-Desventuras-de-Casiperro-del-Hambre-_3_.html (sólo hasta el XV por el momento)

Capitulos XIX a XXI: En construcción



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Fuentes de Información - Libro: Aventuras y Desventuras de Casiperro del Hambre (2)

El contenido del post es de mi autoría, y/o, es un recopilación de distintas fuentes.

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3 comentarios - Libro: Aventuras y Desventuras de Casiperro del Hambre (2)

@agusrnr95 Hace más de 3 años -3
mi hermana lo leyo y dice que es un asco
@agu_1117 Hace más de 1 año
10+ me gusta mucho este cuento