Así Veo a Kafka

¿No está Kafka realmente sobrevalorado, agigantado a nuestros ojos y tiene mucho de producto de moda literaria?
Mucha gente coincidirá conmigo en que Kafka escribe con un estilo muy sencillo, las tramas de sus novelas son más bien series de episodios de la vida de unos personajes protagonizados por individuos perfectamente comunes y los sucesos, siendo a veces extraordinarios, están narrados de forma ordinaria. Y al dejar estos apuntes estoy pensando en su novela y cuento más populares quizás, “El proceso” y “La Metamorfosis”. Podemos encontrar estas notas, si rastreamos, en algunos buenos escritores actuales y de siglos pasados.
Tengo entendido que era un individuo de carácter sombrío, débil, enfermizo, huidizo, inseguro e indeciso en su vida y en el amor con las mujeres, con fuertes complejos e insatisfacciones respecto de su padre y con no demasiada buena opinión de la madre, que en el terreno emocional no pudo crecer al parecer más allá de la infancia y la adolescencia. Estos son algunos rasgos de su carácter que han llegado hasta nosotros, resultado quizás de su pertenencia a una minoría: era judío, checo de habla alemana en un imperio (el austro-húngaro) en que sólo el 10% de la población hablaba ese idioma y la población de origen checo tenía poco peso, razones por las que era y se sentía altamente discriminado. Luego, ¿qué nos subyuga de él?, ¿precisamente esta suma de desgracias que le tocó vivir?, ¿un individuo de vida íntima nada fácil, con un gran amor a la literatura, que nos dejó muchas obras escritas, es lo que hace que esta atracción le convierta en un escritor de primera fila y tan en boga?
Por otro lado, con sus amigos íntimos actuaba al parecer de forma totalmente distinta y tenían de él una opinión bien diferente. “En la conversación íntima se le soltaba asombrosamente la lengua, llegando a entusiasmarse, a ser encantador, las bromas y las risas no tenían fin, reía a gusto y cordialmente y sabía hacer reír a sus amigos”, decía de él su amigo Max Brod. Éste confesó en cierta ocasión que cuando Kafka le leyó a él y a unos amigos el capítulo I de “El Proceso” todos estallaron en risas, hasta el extremo de que el autor, con lágrimas en los ojos, en un momento dado no pudo continuar leyendo, tal era el grado de humorismo que le embargaba.
¿O es su obra?
Han sido numerosos los estudios que se han realizado sobre su obra. Algunos estudiosos calculan que pueden estar en torno a los 12.000.
Y personalidades de gran nivel intelectual, como Jorge Luis Borges, le han dedicado su atención. Borges nos ha dejado notas sobre su “modus operandi”, explicándonos en detalle en que consistía por medio de lo que se conoce por “regresus in infinitum”, método que tiene relación con las paradojas de Zenón de Elea sobre el tiempo y el espacio.
También Vladimir Nabokov (muy conocido a nivel popular por sus novelas “Lolita” y “La Defensa”, ambas llevadas al cine, y por otras) nos ha dejado dicho que para leer a Kafka se necesita cierta sensibilidad literaria para poder trascender la realidad objetiva, para percibir lo indefinible y no reducir “La Metamorfosis”, por ejemplo, a la historia de un pobre diablo que se convierte en un escarabajo.
García Márquez, al que en cierta ocasión le preguntaron por Kafka y su obra, fue más conciso y directo y afirmó: “Bueno es saber que se puede escribir de otra manera”.
En resumen, personalidad y obra siguen estando muy de actualidad y continúan en el centro de un debate que parece no acabar nunca.
He leído el capítulo I de “El proceso” más de una vez, que relata un caso serio, y a pesar de que se dan situaciones surrealistas, no he llegado a entender el calibre del humor y las risas de que habló su amigo íntimo. ¿Exageraba Brod respecto a las cualidades de su amigo Franz Kafka?
Sí he encontrado en sus obras una nota que destaca por encima de todas para mí: la de lo absurdo. No me recataría en catalogarle como un escritor “de lo absurdo y de lo contradictorio”. A propósito de lo absurdo me he preguntado en ocasiones si Kafka, nacido en 1883, no llegó a conocer el relato “Bartleby, el Escribiente”, de Herman Melville, publicado en 1856, que ya fue un antecedente precursor de la literatura del absurdo, que más tarde practicarían el mismo Kafka (“El proceso”) y Samuel Beckett (“Esperando a Godot”). ¿Pudo haber conocido Kafka el relato de Melville? Realmente no tenemos constancia de que así fuera, como tampoco de que no. Pero lo que sí es cierto es que el universo Bartleby está muy presente en el mundo literario posterior de toda una generación de escritores, Kafka entre ellos.
Como en todo ser humano siempre encontraremos huellas amargas y recuerdos negativos, pero también de ternura y de bondad interior, no me extrañó, aunque me llamara mucho la atención, un hecho que me contó no ha mucho tiempo un amigo de aficiones literarias compartidas sobre Kafka, que leyó en un libro de literatura infantil y juvenil titulado “Kafka y la Muñeca Viajera”, escrito por Jordi Sierra i Fabra, en el que se relata un hecho real protagonizado por Kafka un año antes de morir. Mi amigo también me refirió el caso de esta historia de la misma muñeca y Paul Auster, que yo había leído efectivamente en su “Brooklyn Follies”, que en el capítulo que titula “Rumbo al Norte”, relata de esta manera:
“Todas las tardes, Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentran con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva.
Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y tú cómo lo sabes?”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo.” Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?
Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve como se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.
Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.
Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.
Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir.”
Se ha hablado mucho de Kafka y de pocos escritores se sabe tanto, pero su obra sigue siendo, en mi opinión, un enigma. Por eso interesa tanto a mi juicio.
http://www.narrador.es/blog/2007/05/09/asi-veo-a-kafka/
Fuentes de Información
-
1Seguidores
-
746Visitas
-
4Favoritos
¿Seguro que deseas bloquear a este usuario?
¿Seguro deseas procesar este post?
Global
Argentina
Chile
Colombia
España
México
Perú
Uruguay
Venezuela
0 comentarios