El Analista y El Escritor - Cuento propio (Medio)

- Hola, buen día -dijo Ricardo.
Al final, el analista de sistemas había resultado ser completamente distinto a como se lo imaginaba. Cuando hablaba por teléfono con él, a Ricardo le sonaba a un gordito llegando a los cuarenta, de seguro pelado y con anteojos chiquitos que se le ajustaban a su redonda cara con lo justo. Pensaba encontrarse con un tipo de hombros caídos pero anchos, con la mirada huidiza y la sonrisa nerviosa.
Pero en lugar de eso, al abrir la puerta se le presentó un tipo flaco y alto. Debería medir un metro noventa, tal vez algunos centímetros más. Sus delgadas piernas parecían extenderse sin fin y su torso quedaba coronado por un rostro enjuto casi chupado; que si no fuera por el leve arrebol que le teñía las mejillas con un tinte rojizo, era pálido y blanco como la leche.
No llevaba lentes, por lo que Ricardo pudo ver unos ojos color marrón oscuro despiertos y atentos, con posaban la mirada en los suyos casi con brusquedad.
- Buen día -le respondió el analista. -Soy Benjamín.
- Si, pasá.
Ricardo abrió la puerta del todo y lo dejó pasar. Cargaba un bolso porta-notebook en su mano derecha, el cual se veía hinchado, lleno hasta casi reventar. Vestía una remera larga y holgada, que lo hacía parecer aún más delgado y endeble. Se quedó de pie en el living y esperó a que Ricardo cerrara. Luego dijo:
- ¿Dónde está la máquina?
Por teléfono, a Ricardo le había sonado una voz suave y tranquila. Pero en vivo, con ese perfil, se le hacía más una voz melosa, casi nauseabunda. Como si se tratara de un viejo verde tratando de decirle cosas guarras a una puta.
Uy, voy a tener que incluir eso en algún relato, pensó Ricardo con malicia. Ser escritor le daba esa perspectiva de todo lo que pensaba. La probabilidad de que muchas de sus reflexiones terminaran plasmadas en papel o en la pantalla de su computadora.
Dejando de lado esos fugaces y raros pensamientos, respondió:
- Arriba. Tengo el despacho arriba. Está ahí.
Caminó con pasos largos hacia la escalera y empezó a subir. El analista pareció dudar, pero luego lo siguió con soltura, mirando hacia todos lados. Y había que mirar, porque Ricardo ostentaba en sus paredes muchos de los logros de su carrera.
A la altura del tercer escalón, estaba la foto enmarcada que había logrado sacarse con Sábato poco antes de su muerte. A la altura del séptimo, una foto de él recibiendo una medalla al Valor en las Letras Latinoamericanas. Llegando al décimo primero, su foto con Adrián Granatto en una playa de Brasil. Ricardo se acordaba de ese día con claridad, pero no de la noche, ya que habían salido a festejar la publicación del segundo libro de Adrián y la borrachera había sido descomunal.
Y así en casi todas las paredes de su casa. Fotos, diplomas, un par de medallas, y algún que otro cuadro o dibujo relacionado con su obra. Recuerdos que le gustaba ver todos los días a Ricardo, el cual llegaba a sus cincuenta años y en un mes lograba la publicación de su libro número veintiséis. Y adjetivar la salida de su escrito como logro no estaba fuera de discusión, porque todo para él había sido esfuerzo y trabajo en lo que respectaba a su obra.
Llegó al primer piso y dobló por el pasillo a la izquierda, al tiempo que decía:
- Vení capo, por acá. Calculo que no debe ser muy grave lo que pasó.
El analista lo siguió sin mediar palabra. Ricardo no dijo más nada. A pesar de sentirse levemente molesto, pensó que lo mejor era hablar lo justo y necesario, cosa de no incomodar al tipo con una charla fútil e innecesaria. Ingresó en el despacho y con una seña, le indicó a Benjamín que entrara, a la vez que le mantenía la puerta abierta.
El lugar estaba recubierto en sus paredes por bibliotecas llenas de libros. En esa habitación no había fotos, cuadros o pinturas de ningún tipo. Solo libros y más libros por todos lados. Ediciones en tapas duras, en rústica, de bolsillo, cualquier cosa que se había cruzado en la vida de Ricardo y a este le había parecido lo suficientemente interesante como para comprarlo.
Sin embargo, el analista le dió un leve vistazo a los libros y se dirigió directamente a la computadora, la cual estaba sobre un escritorio grande de caoba con algunos papeles desparramados.
- Permiso -comentó, al tiempo que se sentaba en el sillón giratorio y dejaba su bolso en el suelo. -¿Qué pasó? -agregó.
Ricardo se acercó. Le resultó raro encontrarse del otro lado de su escritorio, casi como ver una película repetida pero con planos totalmente cambiados.
- La verdad que bien no sé. Yo estaba escribiendo, como siempre. Lo único que dejo conectado cuando escribo es el correo, porque a veces me llegan cosas urgentes o importantes y me gusta verlas enseguida.
Con un leve movimiento de la cabeza, Benjamín asintió casi desganado, con su rostro de facciones angulosas, inexpresivo.
- Bueno -continuó Ricardo. -La cuestión es que me llega un correo y veo que es de Salvador, mi editor, y como estaba distraído y no escribía nada, lo abrí. Apenas hago eso, se me cuelga la compu. Queda la imagen congelada, el correo sin abrir y el puntero del mouse sin moverse. Me quedé mirando como un boludo y le di al botón de reinicio. Se volvió a prender, pero lo único que hacía después de iniciarse era quedarse la pantalla en negro. Es decir, la compu prende, pero no aparece el sistema operativo ni nada.
Terminado el relato, Ricardo esperó alguna explicación por parte del analista. Este observó la computadora apagada unos momentos, casi como si la midiera o buscara intimidarla. Luego dijo:
- Si, es un virus muy común. No se preocupe señor, calculo que en un par de horas podré recuperar sus datos.
- Bueno, espero. Tengo de todo ahí. Y estoy a la mitad de una novela, la verdad que no me veo escribiendo todo eso de nuevo.
- Está bien. Usted haga sus cosas tranquilo que yo me ocupo acá. Cuando tenga algo lo llamo -le respondió Benjamín con lentitud, con su voz suave que podría llegar a ser algo irritante. Ricardo esperaba un poco más de compromiso y no tanta indiferencia, ya que para él el hecho de que perdiera todos sus datos en la computadora podría llegar a ser algo de extrema importancia. Mientras que el analista parecía estar sentado a punto de mirar porno.
Antes de irse, Ricardo agregó:
- Este... ¿querés tomar algo?
Mientras se agachaba para darle al botón de encendido de la PC, Benjamín contestó:
- No gracias. Por ahí más tarde.
Ricardo salió de su despacho, sintiéndose algo extraño por dejarle su lugar a otro, pero esperando que ese "freaky" le recuperara los datos.
Bajó y, en la cocina, se puso el agua para el mate. Mientras esperaba, le dió vueltas en sus manos al último libro de Juan Bassagaisteguy. Todavía no se decidía a empezarlo, por lo que se limitaba a abrirlo, leer los agradecimientos, observar el título del capítulo uno (que se llamaba "Un robo en el alma", y a Ricardo le parecía de lo más intrigante), y a volver a cerrarlo. Se decía que estaba divagando, porque tiempo tenía.
Pero esa particular tarde, se le iba a ser difícil concentrarse en otra cosa que no fuera el analista en el piso de arriba. Un tipo extraño si los había. En su cabeza, Ricardo ya elaboraba un perfil para describirlo en algún relato.
Se lo había recomendado su ex-mujer. Ricardo pensaba que era una regla casi sin excepción que los escritores tuvieran una ex-mujer y que, tarde o temprano volvieran a tomar contacto con ella. En realidad, era un precepto bastante absurdo, ya que muchos escritores tenían una sola esposa y duraban con ella muchos años. El caso de Stephen King era tal vez el más conocido. Pero, al margen de las cavilaciones raras que surcaban su mente a veces, para su conciencia era mejor creer que la torturada mente de quienes elucubraban historias era propensa al divorcio.
Sin embargo, teniendo en cuenta la situación incómoda en la que se encontraba, Ricardo pensaba que el envío de semejante personaje era una especie de broma de Marcela, su ex-mujer.
La zorra se debe estar cagando de risa.
Claro que ella siempre había sido muy jodona. Aunque no creía que fuera una broma. A Marcela le gustaban las cosas más directas, los chistes efusivos y no tan tranquilos. Si le preguntaran, Ricardo diría que Marcela hubiera preferido mandarle un analista medio afeminado, el cual querría encamarse con él.
El tipo es raro, nada más. Hasta yo soy algo raro, que me la paso pensando estas boludeces todo el tiempo. La gente y sus manías son una constante.
Con la mente un poco más tranquila, se llevó el mate y la pava al living, con el libro de Bassagaisteguy bajo el brazo. Haciendo equilibrio para que no se le cayera nada, llegó hasta su sillón y se sentó.
Empezó a leer.
Desde arriba, llegaba solo el silencio.

Enfrascado en la lectura, Ricardo no escuchó bajar a Benjamín hasta la mitad de la escalera. Desde la baranda, este le repitió:
- Señor Ortega.
Ricardo se desprendió del libro con un pequeño sobresalto. Estaba de costado a la escalera y no había visto bajar al analista.
- Uy, si. Perdoná, estaba con esto.
- No hay problema -dijo Benjamín, al tiempo que bajaba un escalón más.
- ¿Lo leíste a este?
Ricardo levantó el libro y le mostró la tapa, la cual era de un color rojo escarlata y nada más. No mostraba el título del libro ni el nombre de Bassagaisteguy.
- Si. No me gustó -contestó con su susurrante y casi obscena voz.
Ricardo se limitó a encogerse de hombros y caminó hacia el pie de la escalera diciendo:
- ¿Ah no? Que lástima, porque para mí es atrapante.
El analista se limitó a mirarlo sin darle charla. Ricardo llegó al pie de la escalera y lo observó, flexionando levemente el cuello hacia arriba e irguiendo un poco la barbilla. Se quedaron así un par de segundos, sin hablar. Pero parecieron más, y Ricardo pensó en dos púgiles que estaban por pelear pero en condiciones desiguales. En ese momento, no supo porqué. Pero más tarde, algo entendería.
- ¿Y? -comentó mientras ponía un pie en el primer escalón. -¿Pudiste arreglar algo?
Benjamín, con parsimonia, dió media vuelta y comenzó a subir.
- Si -contestó. -Ya está andando perfectamente.
Llegaron al despacho y esta vez fue Ricardo quién se sentó frente a la computadora. Por su parte, el analista se limitó a ponerse de pie a su lado, un poco retrasado. Al instante, Ricardo se arrepintió de haberse adelantado y sentado primero. No le agradaba la sensación de tenerlo fuera de vista, atrás suyo.
- Bueno, lo que pasó fue que se le metió un simple virus. Lo que está conectado ahí -dijo el analista al tiempo que señalaba hacia el gabinete -es un disco externo con un antivirus. En un minuto más tiene que haber terminado.
En la pantalla, se mostraba una barra de progreso de color azul casi llena. Bajo esta, se leía el número noventa y ocho por ciento. Al instante, se convirtió en noventa y nueve. Ricardo observaba por acto reflejo, porque en realidad nunca le había interesado la computación y nunca había logrado entenderla del todo.
- Bueno -dijo. -¿Y mis archivos?
- No se preocupe, todos recuperados cuando se limpie el sistema.
En eso, la barra del antivirus llegó a cien por ciento y la pantalla cambió, mostrando un cuadro de diálogo.
- No se moleste en leerlo -comentó Benjamín. -Déle "aceptar" nomás.
Haciendo caso, Ricardo tomó el mouse e hizo clic sobre el botón indicado. Luego, la computadora se reinició.
- ¿Y ahora? -preguntó.
- Ahora esperamos y va a iniciar normalmente.
- ¿Así de fácil?
- Así de fácil.
Apareció en la pantalla la conocida ventana multicolor del sistema operativo con la insulsa palabra "bienvenido" debajo.
Ricardo escuchaba la respiración de Benjamín detrás suyo. Parecía un perro con moquillo, le molestaba y le aserraba con un filo imaginario la cabeza por la mitad.
- Si me permite -le dijo Benjamín. -Me gustaría terminar un par de cosas e irme.
Ricardo le cedió su asiento, casi con alivio. Por lo menos de esa forma lo tendría a la vista, por más que de cierta forma usurpara su lugar.
- Mire -le dijo. -Acá está el "Escritorio", tal cual la había dejado. Le hice una actualización del antivirus y le agregué una pequeña configuración a su "firewall", así es más segura. Los programas...
Lo estaba desviando. Ricardo se dió cuenta. A pesar de la seriedad, el rostro inexpresivo, los ojos penetrantes y la voz suave, el analista lo estaba desviando. De alguna forma, sabía y notaba que Ricardo era totalmente inexperto en esos temas y le hablaba de tecnicismos los cuales lo llevaban a divagar su mente en otros derroteros.
Sin embargo, la actitud de Benjamín había cambiado. Estaba nervioso. Se le notaban sudadas las manos, porque unas pequeñas gotas de transpiración habían quedado en el mouse. Y su forma de hablar era distinta. Al principio, Ricardo no supo darse cuenta enseguida. Pero transcurridos unos segundos, descubrió el cambio. El volumen: era más alto.
- ...y acá tiene que acordarse de meterse al menos una vez al día para borrar todo el historial.
Ricardo cortó la verborragia (la cual era una cantidad de palabras mucho mayor a las que había pronunciado hasta hacia minutos antes), con una pregunta:
- ¿Me puedo fijar la carpeta "Mis Documentos"?
El analista no dudó y contestó enseguida:
- En unos momentos. Déjeme desenchufar el disco externo y acomodar un par de cosas más.
Cómo una respuesta ensayada.
- Pero me quiero fijar una cosa -insistió Ricardo. -Sabrás entender que tengo archivos muy importantes en esa carpeta. Todo mi trabajo, para ser exactos.
El analista se pasó la mano por los labios. Esa fue la última señal para Ricardo de que se le estaba yendo de las manos la situación. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido y no darse cuenta antes de lo que pasaba?
Y, casi como salido de una de sus historias, Benjamín le encajó el codo en el estómago. Un dolor pesado y desgarrante lo recorrió hasta la ingle. Se dejó caer de rodillas agarrándose el vientre y doblándose con el rostro hacia adelante.
El analista volvió a golpearlo, esta vez en la nuca. Puntos negros nublaron la visión de Ricardo. Instantes después, caía cuan largo era sobre la alfombra de su despacho. La realidad se le escapaba e hizo un último y desesperado esfuerzo por agarrarla.
Pero fue en vano.
Perdió el sentido.

Cuando despertó, sintió el pegote de la sangre en su nuca. El hijo de puta le había dado fuerte.
Trató de incorporarse, pero se mareó. Se quedó recostado contra el suelo unos momentos, respirando contra la tela rugosa de la alfombra con dificultad y lentitud. Sentía ingresar polvillo y tierra por su garganta. Sin embargo, no le importó.
Su estómago era una pelota dura, reacia a ablandarse en un corto período de tiempo. La cabeza le latía, no solo en donde lo habían golpeado; sino toda, hasta los globos oculares. Como si se tratara de un corazón grande pero maltrecho.
Con un nuevo esfuerzo, Ricardo logró incorporarse. Se aferró al escritorio y se sentó en el sillón, sintiéndose una bolsa llena de mierda. Las piernas le temblaban, parecían de goma.
Recordó la situación y su malestar se disipó un poco para dar paso a una rabia latente. Ese jodido lo había golpeado. Y, no solo eso, se había metido en su compu.
Sabiendo lo que iba a encontrar de antemano, Ricardo llevó su mano al mouse y le dió doble clic a la carpeta "Mis Documentos".
Vacía.
No tenía más nada.
Benjamín, el gran analista recomendado, se había llevado todo. ¿Cuánto laburo había en esa jodida carpeta?
De repente, se sintió descompuesto. Llevó hacia atrás el sillón, y vomitó entre sus pies, salpicándose las zapatillas con la pasta que formaba lo que antes habían sido unos excelentes y riquísimos ravioles.
Con el dorso de la mano, se limpió la barbilla, mientras recapitulaba todo lo que tenía escrito y ahora no estaba más.
Las dos novelas a medio terminar, el guión, los poemas sin publicar, los cuentos para la antología, la incontable cantidad de frases e ideas sueltas...
La desesperación es un bicho con manos grandes y brazos largos. Abrazó a Ricardo con rapidez y lo puso en tensión. Este apoyó la frente contra el borde del escritorio y trato de hacer entrar aire en sus pulmones. Al principio, sintió que no iba a lograrlo. La inmensa cantidad de trabajo que ya no tenía, se le hacía un mar de perdición.
Sin embargo, minutos después, Ricardo estaba mirando el monitor y revisando las carpetas, con alguna vaga esperanza de encontrar algo.
Es una estupidez, se dijo. Nunca hiciste una puta copia de seguridad, nunca grabaste tus cosas en otro lado. Sos un tarado y te merecés no tener nada por confiado.
Era duro caer de esa forma. Ricardo se recostó contra el sillón, cerrando los ojos. ¿Dónde estaría el analista ahora? ¿Y para qué carajo quería todos sus escritos? ¿Plagiarlos, venderlos, hacerlos desaparecer? En concreto, Ricardo no podía hilar ninguna idea coherente. Le parecía un ataque innecesario a su privacidad y a sus ideas.
En eso, escucho un ruido. Abrió los ojos y se incorporó en el asiento.
Eran pasos. En la escalera.
Ricardo sintió la boca seca. Su aliento espeso parecía quemarle la garganta. El gusto ácido del reciente vómito en su lengua pareció intensificarse.
¿Y ahora qué carajo pasa?
Era Benjamín. Llegó hasta la puerta y se apoyó en el marco, con gesto despreocupado mientras comía una manzana.
- Espero que no le moleste -dijo con esa voz suave y melosa. -Le saqué una manzana.
Ricardo no atinó a hacer nada. Simplemente, se le quedó mirando, estupefacto. Sentía que todo su cuerpo era una roca sólida inamovible. No podía reaccionar.
- Le pido disculpas, pero estaba a punto de descubrirme y no supe que hacer. Mi intención nunca fue hacerle daño físico, pero me asusté y reaccioné de mala manera.
Ricardo abrió la boca, pero la cerró al instante. ¿Qué podía decirle? El hijo de puta había vuelto, como si fuera la cosa más normal del mundo.
- Me imagino que no tiene palabras. Eso es interesante, teniendo en cuenta que las palabras han sido su vida.
Ricardo logró ponerse de pie, con esfuerzo y un gemido, pero se irguió cuan alto era y dijo:
- Devolveme mis escritos -escupió con un susurro. Mantenía los dientes apretados por la furia y su cabello le tapaba los ojos, lo que le daba un aspecto sombrío, casi demencial.
- No puedo hacer eso. Son míos -respondió el analista con indiferencia.
- ¡Qué mierda decís!
- Además -agregó. -Los borré todos. No se pueden recuperar.
Ricardo no le hizo caso.
- ¡Mentira! Te los llevaste en tu disco. Ponélos de vuelta en mi computadora.
Benjamín pareció sorprendido por ser tratado como un mentiroso. Abrió levemente los ojos, para luego darle un mordiscón a la manzana. Mientras masticaba, dijo:
- Le digo la verdad. Todo eso es mío. Le guste o no. Y decidí que ya era hora que dejara de vivir a costa de mis ideas.
Ricardo no podía creer lo que escuchaba. Su cabeza era una tormenta de pensamientos los cuales no se conectaban en ningún punto. Todo estaba oscuro.
No me puedo desmayar otra vez.
Recordó con vaguedad todas las horas invertidas en su pasión. Cada vez que una idea nueva surgía y sus manos la traspasaban. Primero en papel, luego en computadora. Se le vino a la mente cuando publicó su primera novela, por la cual nadie daba ni dos pesos, pero que había sido record de ventas ese año y había tenido tres ediciones más.
Y frente a él tenía a un imbécil, un tipo que decía ser el ideólogo de toda su vida. Una especie de persona que declaraba con descaro creerse dueño de historias y narraciones que habían costado a Ricardo noches de desvelo e infinidad de horas de trabajo.
- Escucháme pedazo de infeliz. Quiero de vuelta mi trabajo. Me lo vas a dar por las buenas o te voy a matar, ¿se entiende? No te voy a pegar hasta que me lo des. No te pienso amenazar. No voy a ponerte un revólver en la cabeza y listo. Te voy a matar, sin vueltas, sin dudar.
El analista suspiró, como resignado. Dió un último mordisco a su manzana y dejó caer el resto al suelo. Masticó con parsimonia, saboreando la fruta. Ricardo lo miraba, respirando agitado, olvidado por el momento el dolor en su estómago y cabeza.
Luego de tragar, Benjamín respondió:
- Esta conversación no tiene sentido. Me voy. Espero que entienda como es todo esto y se haga cargo Ricardo. Que tenga buen día.
Dió media vuelta y se fue. Como si fuera la cosa más natural del mundo, luego de terminar con lo que Ricardo conocía como normalidad. Sus pasos al bajar por la escalera resonaron en toda la casa, epílogo de una mente trocada.
Se rindió y cayó de rodillas. El escritor ya no era escritor.
Al esfumarse su cordura, también lo había hecho su habilidad. Enfrentarse a uno mismo a veces podía llegar a ser desgastante, por ser demasiado verdadero.
Y, para quién vivía de fantasías, lo real podía ser devastador. Hasta el punto de nunca creerlo.
Extraído de: http://www.porquensilencio.com.ar (Mi blog de historias)
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6 comentarios
Puede ser que haga falta, no sé... Yo creo que está todo ahí...
Te agradezco tu tiempo en la lectura, el comentario y el favorito.
¡Gracias capo! Siempre leyéndome. Te agradezco. ¡Un abrazo!
¡Muchas gracias!