Lo vi tirado en la puerta del Banco Nación pidiendo limosna, y como el resto, hice de cuenta que no existía, sentí un poco de asco por la mugre de la ropa y el olor nauseabundo a tabaco, vino barato y transpiración, el tufo me golpeó cuando pasé a su lado y entré al hall de los cajeros automáticos, coloqué la tarjeta, digité la clave elegí una cifra y sentí el rrrrrrrrrr del aparato que me daría mi plata. Salí al trotecito para evitar el "no tiene algo que me dea" que siempre molesta tanto.

Ya era tarde y tenía hambre, así que fuí directamente al Il Boccato que me quedaba a pocas cuadras, un restorán especializado en comida italiana donde nadie se fija en los precios.

En el camino venía en dirección contraria una chica joven haciendo mucha fuerza con una silla de ruedas destartalada que se trababa con cada baldosa suelta de la vereda, me dió lástima pero pretendí que todo estába bien, me causó impresión su postura encorvada, un torso medio aplastado que no se notaba dónde empezaba y dónde terminaba, las piernas flacas, insignificantes, se torcían hacia la izquierda porfiadamente y mostraban un color blancuzco casi gris por debajo de las bermudas, típico de los que no salen mucho. Me sonrió desde abajo con candor y le devolví la sonrisa levemente, más que sonrisa fué una mueca.

Divisé el toldo rojo de Il Boccato y me alegró saber que me quedaba poco para refugiarme del calor aceitoso de Buenos Aires, ni mi Eau d'Hadrien podía resistir en mi piel si no entraba pronto, apuré el paso mientras atendía mi Blackberry, una llamada del ministerio sin importancia, pero con estos tipos nunca se sabe.

- Bienvenido señor

- Hola

Me recibió en la puerta un "morochito" vestido elegantemente pero su atuendo empapado en transpiración era invernal, seguramente es el único que tiene, lo debe haber comprado para su casamiento o alguna fiesta muy importante seguramente hace mucho tiempo.

Se notaba su fastidio en la cara, ese laburo de mierda lo debía frustrar bastante, pude ver los puntos tatuados con tinta china en el dorso de la mano con la forma del cinco en la cara de un dado, me dí cuenta que salió de algún penal esto fué lo único que consiguió.
- Amigo ¿me da fuego?
- No fumo, no tengo fuego - dije mientras estrujaba el bolsillo de mi saco.
- Está bien, disculpe, ¿sabe que pasa? son nueve horas que me paso parado abriéndole la puerta a garcas y pitucas, gordos con pendejas y viejas que te miran con desprecio y desconfianza. Cuatro horas al mediodía y cinco a la noche, al rayo del sol, con heladas, bajo la lluvia o con viento, sea como sea, siempre diciendo la misma boludez - Bienvenido señor o señora - y siempre el mismo asco, algunos me tiran un hola de lástima, otros ni eso.
Lo miré en silencio directo a los ojos con una expresión indiferente - ¿me abrís?...

Abrió.

Elegí una la mesa del salón que me permitía ver quienes entraban, así, si iba a comer solo, me entretenía con los comensales que llegaban.

Federico se acercó y me saludó con cordialidad pero discretamente, como debería ser en donde te sirven, le pedí el menú y un jugo de naranjas para refrescarme mientras decidía que comería.Una manito sucia colocó una estampita de San Pantaleón en la mesa, cuando levanté la vista ahí estaba, con ocho años más o menos, un vestidito que le quedaba chico y roto, la cara sucia, los mocos saliendo de si nariz y una mirada que suplicaba por unas monedas.

- No tengo nada nena

Seguí leyendo pero no se movía del lugar aunque triste y desesperanzada, volví a mirarla y suspiré con fastidio, metí la mano en el bolsillo y le dí cinco pesos que siempre guardo para los "trapitos", sonrió y salió corriendo justo que Andreas desde la barra le gritaba fuori pendeca mientras barría el aire con las manos. Andreas es un tano al que le fué muy bien en los gobiernos del turco, hizo mucha guita pero siempre le faltó clase, es de esos patéticos nuevos ricos que tuvieron suerte y por eso están donde están, si no fuera por la maestría en la cocina de Pablo, su pareja, no piso ni loco ese lugar. A veces pienso pobre Pablo, con tanto talento y tener que aguantarse al ordinario este que lo explota y lo niega haciéndose el machote, como si no fuera un secreto a voces que lo calientan los pibes jóvenes.

Comí, pagué con la Platinum y me fuí.

Compré un par de cosas en el Patio Bullrich para Mónica, mi secretaria, ya que dentro de unos días será su cumpleaños y para Franco, el cuidador de Pampa's Beauty mi campeón árabe en Palermo, lo tengo desde potrillo y para mi es Pampy aunque mis amigos digan que suena a pañal.

Al salir, en la esquina del shopping, un viejo con un bastón pasó frente a mi cuando esperaba que el semáforo mostrara la luz verde, le tomó una eternidad cruzar la calle, caminaba a paso de hormiga mientras algunos, incluso yo, le tocábamos bocina, aceleré un par de veces para que se apurara pero ni se inmutó.

Mientras ponía primera pensé: viejo y la puta que te parió.

Sonó el teléfono y habilité el manos libres, siempre lo hago cuando manejo, odiaria distraerme y atropellar a algún pelotudo que no se fija por donde cruza o chocar y tener que perder tiempo con el seguro o presentarme en un juzgado por una querella civil, sinceramente prefiero pagar lo que me pidan y olvidarme del asunto.

Era Valeria.

- ¿Que hacés princesa?

- hola bombón, te extrañaba y te llamé

- jaja ¿qué necesitás?

- ¿por qué pensás que necesito algo? ¿no te puedo extrañar?

- Vale, pensé que las cosas estaban claras entre nosotros, cuando mi hermano no está me llamás, nos

encamamos, la pasamos bien y listo... no quieras otra cosa porque no da, ¿entendés?

- ...si, entiendo, solamente cojemos

- no te hagas la "María de nadie" conmigo ¿necesitás algo?

Click tuu tuu tuu tuu tuu tuu tuu tuu tuu

Colgué.

Mi Rólex marcaba las nueve menos cuarto y decidí que era mejor ir a "casa", me encanta Puerto Madero a esta hora. Llegué al Faena, mi casa, y tuve que estacionar un par de cuadras antes porque un accidente impedía el paso, bajé y Ramón se acercó con su gran sonrisa sin dientes, le dí veinte pesos al trapito y le pedí que no se moviera de al lado del Porsche, que en cuanto llegara al hotel mandaría a parking a estacionar el coche en el garage cuando se pudiera pasar, algo me contestó pero no le hice caso y caminé rápido.

Sin darme cuenta tenía la navaja clavada en el abdomen, lo ví perfectamente. Gorra vicera, morocho, vestido con unos jeans capri y la camiseta de Almirante Brown, sus mivimientos fueronrápidos, precisos y discretos, dió el puntazo, sacó la billetera y salió caminando como si nada, una ejecución limpia, para el resto de los caminantes solo fue un choque de dos distraídos.

Caí de rodillas y todo era dolor, me estaba muriendo, cerraba los ojos con la misma lentitud que el viejo cruzaba la calle, las luces dibujaban lineas irregulares y en ese momento, doctora, me despierto sobresaltado, muy perturbado...

- ¿y que sintió?

- ¿que quiere que sienta en un momento como ese?, me di cuenta que este mundo está lleno de gente de mierda.