Buenas noches; subo un breve escrito. Espero alguien lo encuentre disfrutable. Saludos!

Orillas

Toda historia humana comienza con la promesa de un beso. Las buenas historias, al menos. Sucede que en el espacio intermedio que va de la promesa a la realidad, llamémosle “ilusión” a este espacio, conviven las miradas, las sonrisas, los silencios. Un beso culmina, se vuelve espuma en la rompiente. El deseo es la orilla de lo eterno.
Si le preguntásemos a uno de los protagonistas de esta historia, nos diría con rotunda sinceridad que ninguna eternidad vale la pena si requiere del sacrificio de no besar a quien deseamos besar. De cualquier modo no existe posibilidad de verificar su respuesta, ya que nadie lo ha vuelto a ver. Y esa parte, la de su ausencia, es la más maravillosa de esta historia, ya que nos permite, al igual que sucede con la ilusión de un beso postergado, soñar con la eternidad de su pasión y sus deseos.
“Ella” provenía de un país muy lejano, del cual “El” apenas conocía menciones. Se conocieron fortuitamente, a la vera de un río color topacio que corría poderoso y gentil entre unos cerros ancianos e imperturbables. Sus idiomas eran muy diferentes, aunque de esta cuestión jamás se enteraron sus miradas. “Ella”, por caso, le dijo con su acento extranjero en la lengua de “El”: “Tus ojos son más azules que mi gorro azul”. Y el respondió sintiendo su mirada más azul que nunca, sin decir una palabra. En parte porque era tímido, pero también porque en el preciso instante de esa tarde “Ella” era la síntesis de todos los colores del mundo, y de la luz que generaba su compañía cobraba el paisaje sentido, belleza y existencia. Responderle con otra cosa que no fuera un beso hubiera sido una mentira. Ofrecerle otro vestido a la rosa.
Y sin embargo, no lo hizo, no la besó, a pesar de sentirse a cada minuto que pasaba irremediablemente más cerca, más apasionado. Se contuvo por temor al rechazo, al riesgo de poner una mancha a un día tan perfecto. Prefirió las promesas de sus besos a la realidad de un desengaño, y luego se arrepintió tanto…
El cielo pareció advertir las tribulaciones en su corazón, y comenzó a retorcerse entre bramidos quejumbrosos de trueno, y centelleaban en su vientre plomizo los rayos trémulos, indecisos.
Como si la lluvia la desdibujara, a partir de este momento la historia se vuelve difusa. Hay quienes sostienen que ambos lograron en medio de la tormenta alcanzar un ómnibus que los devolvió a sus respectivas realidades, a sus eventos cotidianos. De este modo tan escéptico, el cuento apenas hablaría de dos extraños que compartieron una tarde hasta que alguna tormenta los corrió y luego un simple bus desandó el camino hasta volver a hacer de ellos dos extraños.
Sin embargo, rehúso de estas explicaciones tan carentes de inspiración, tan faltas de encanto. Me valgo para ello del testimonio de una niña de diez años, quien sentada en una reposera siguió atentamente a los protagonistas de esta historia de atracción inconclusa, de un barco sin su puerto. La pequeña asegura haber oído en la sonrisa de “Ella” el murmullo del río, mientras que en los ojos de “El” anidaba toda la paz del mundo. También agrega que justo cuando se disponía a tomar su merienda, “El” se aproximó a “Ella” e intentó besarla.
Lo que sigue a continuación requiere de suspender momentáneamente todo raciocinio.
La niña jura por su madre y todos sus juguetes que antes de poder recibir el beso, “Ella” desplegó unas alas luminosas como las de una mariposa hija del sol, y luego escapó directo hacia el cielo tallando con su aleteo las rocas del cerro. Agrego yo, tallando también su nombre en el alma de “El” para siempre.
Hay más. Así como las a ves al emprender vuelo dejan caer una llovizna de plumas, “Ella” dejó tras de sí una carta. Tras leerla, un ala solitaria creció en la espalda de “El”, y por esa pequeña contrariedad quizá es que no pudo seguirla. A “Ella”.
Cabe una explicación. Esta primer ala bien pudo ser la del deseo, la ilusión, la pasión. El ala de la promesa. La segunda debía ser una conquista, una victoria. Un salir a buscarla.
“El” no volvió jamás al sitio del cual partió, aunque después de todo esto no representa ninguna singularidad; nadie vuelve nunca. Quien retorna de un viaje siempre es otro, como bien sabemos todos los aficionados a los libros.
No he logrado testimonio alguno acerca de un ángel incompleto, ciclópeo, por lo que me inclino a creer que “El” consiguió la inspiración que buscaba, y una vez encantado con esa ilusión, partió en su búsqueda. A devolver una eternidad que no deseaba, a cambio de un beso postergado.
Quizá el beso, el vuelo, los amores inmediatos, sean falsos o aún mucho peor: efímeros. Pero es que allí, en el espacio que queda entre una promesa y el fin de una historia, nacen los mejores cuentos. Aquellos que hablan de cosas que no mencionamos nunca, pero que sentimos en cada centímetro de nuestra piel.
Recuerdo en este momento a un hombre, piloto de profesión pero sobre todo por amor, que me dijo cierta tarde mientras se llenaba los ojos de cielo: “Sólo quien ha volado conoce el secreto de porqué cantan las aves”.
Cierro los ojos, tomo aire, y siento que hubo un instante en aquel día en que “El” y “Ella” conocieron también el secreto. Las aves lo supieron y fueron sus miles de lágrimas y suspiros toda la tempestad, porque ese es el modo universal con el que se comunica todo lo libre y lo bello. Con viento, agua, colores y cielo. Con una mirada. O en su forma más intensa y bella, con una mujer que nos mira sonriendo, sintiéndose plenamente feliz.