Tal vez lo que me trae acá, es esta época del año, ese calor que a la mayoría sabe poner del peor humor, y que por supuesto, genera quejas de todo tipo (que porque uno se transpira, que después tiene que andar sucio, o pegajoso, y con ese perfume humano que no resulta particularmente agradable). Y como no también, que genera enojos y desprecios, en la ciudad que precisamente, no carece de esas cosas. Allá ellos, este calor, esa brisa veraniega que pocos saben apreciar y los días largos con el sol curando heridas, a mi me entibian el alma. Y ciertamente, salen a relucir mis ganas de hacerme de papel y lapicera (Si todo anda bien, sino habrá que esperar que la memoria no me falle) y darle algún uso a mi traje de artista, no sea cosa que de a poco, medio comido por las polillas, vaya quedando cada vez más al fondo en el armario, hasta que un día no lo pueda volver a encontrar.
O tal vez, y las circunstancias me llevan a pensar que es este el verdadero motivo por el cual vuelvo a enfrentarme a la hoja en blanco, son hechos lamentables por los que tuve que pasar hace no mucho tiempo, y que pretendo contar, a modo de hacer catarsis. Es demasiado peso para un espíritu que pretende ser fuerte, pero se debilita con facilidad. Entonces, fácilmente puedo decir que tengo motivos que resultan más graves que el calor y su mugre para estallar en quejas y enojo. Podría afirmar que desde aquel día, hay algo adentro mío que me impide disfrutar de esa brisa veraniega que pocos saben apreciar y los días largos con el sol curando heridas, que me entibian el alma.
La ruta era una ruta conocida, las bolsas de basura a los costados, el puesto de chapa y adentro unos borrachos jugando al truco, mas allá un potrero y los pibes discutiendo por un penal. Nosotros paramos en la estación de servicio y mientras el tanque se iba llenando, la conversación empezaba como empieza cualquier otra. El me hablaba de sus hijas, su trabajo y su familia, y quizás no hubiese anticipado lo que venía si no fuera por esa expresión triste que desdibujo una sonrisa cansada. Y más que triste, desolada, en sus ojos estaba el dolor de la enfermedad. En su mirada, estaba el ardor de la impotencia. Aguantando las lágrimas, comenzó a contarme su historia, la verdadera. Y quisiera hacer hincapié en esto, que sus palabras, su relato, no fue de esos que uno cuenta al igual que una anécdota más y como cualquier otra, una de esas que se cuentan de sobremesa en reuniones familiares. Fue más bien, una versión cruda y descarada, desconocida e inimaginable de alguien que yo creía conocer más que lo suficiente. Me hablo de su pasado, de sus viejas amistades, de la muerte vista como una vieja sombra que lo perseguía sin treguas, de los peligros y oscuridades de aventuras dejadas atrás, que hubiesen sido ya sepultadas entre otros recuerdos turbulentos si no tuviesen un destino a medio cumplir.
Es de fácil entendimiento que, siendo de tal naturaleza sus palabras, no voy a reproducirlas en mi pobre crónica de aquella tarde agitada. Pero era necesario dar constancia de aquella charla para poder proseguir hasta ese momento que tanto me dolió (Aunque sea de esta forma, muy por encima y evitando detalles, para no irme en llantos y no poder continuar escribiendo). Entonces, así seguimos, entre temas de conversación casi sacados a la fuerza como para contrarrestar el impacto de ciertas confesiones, que fueron más que baldazos de agua helada, ladrillazos en la nuca de inconsciencia.
Subimos a la autopista, que ese día parecía querer embellecerse bajo ese sol de las cuatro, cinco de la tarde, el asfalto impecable, las barrancas a ambos lados que brillaban de verdes y los barrios de más lejos, se mostraban sonrientes, como para acentuar los contrastes con lo que se vivía dentro de nuestro auto. Estábamos herméticamente encerrados, por no dejar entrar al viento, ni dejar escapar al fresco del aire acondicionado, pero así la densidad del aire se volvía detestable, la tristeza, el desaliento y la bronca de ambos se hacía cada vez más notoria de ese modo. Por ahí, solo yo lo sentía, pero estábamos tan distantes tras la charla de momentos atrás, que no podría afirmarlo con certeza. Él, no por estar apurado, ni por fanfarronear, sino por mera costumbre, iba apretando cada vez más el acelerador, y los autos que dejábamos atrás quedaban sumamente lejanos en cuestión de segundos.
Mientras íbamos bajando de la autopista en calles que, aunque ya había visto miles de veces, eran completamente desconocidas, el tomaba su celular y marcaba uno de esos números secretos para quienes pretenden mantener su cabeza viva. -En 10 minutos llego- fue todo el dialogo. Y efectivamente, después de dar unas cuantas vueltas en ese humilde suburbio de casas bajas, cruzándonos de vez en cuando con un taxi que venía a contramano, un matrimonio tomando mate en la vereda y algún perro buscando algo para comer, fue que llegamos hasta aquella esquina solitaria. Estacionamos a la sombra de un paredón gris mientras esperábamos en silencio incomodo. De tanto en tanto, salía uno de esos comentarios estúpidos como para amortiguar ese mismo silencio incomodo, pero nada nos sacaba de nuestros propios pensamientos atormentados. Y como para empeorar la situación, la espera se volvió mucho más larga de lo que creíamos.
Así tuve tiempo de observar bien cada detalle de aquella esquina mientras reflexionaba sobre la verdad que conocía tan solo desde hacía poco más de una hora, y darle una y mil vueltas al asunto, sin llegar a comprender, sin llegar a creer que la realidad fuera esa. Pero hube de detenerme cuando de improviso, llegaron. Venían en otro auto quizás más destruido que el nuestro, y la escena fue tan breve que no pude ver más que a ese tipo de piel morena, con solo la mitad de la dentadura completa, el parpado caído y las manos grasosas, agarrando el billete y dejando una pequeña bolsa, al tiempo que se iban tan rápido como llegaron. Para entonces, yo comenzaba a comprenderlo todo.
Y ahí lo vi, envuelto en nylon, estaba el infierno. Solo entonces entendí lo que generaba su dolor y me hice a la idea de cuan profundo es este. Solo entonces supe lo que es la desesperación, solo entonces me di cuenta de que no existe persona capaz de soportar lo mismo que el, sin buscar una salida semejante. Tal vez en otro contexto, mi decepción hubiese sido terrible, y no habría podido soportar que él, que hasta entonces había sido mi más grande ídolo, me traicionase de esa manera. Pero hubiese sido insensato e injusto haberme puesto en esa postura sin considerar sus motivos, sus razones y aun peor, sin escuchar su promesa. Yo sé bien que él es hombre de palabra, y cuando él me dijo “Nunca Más” yo no debería haber desconfiado, pero el polvo blanco, el infierno envuelto en bolsa de nylon, seguía apretado bajo sus dedos, mientras subíamos nuevamente a la autopista, pisando a fondo el acelerador.
"Vos sos el que se escapa de las fauces del león
ese que te hace caminar, mirando atrás, bañado en sudor
vas buscando la magia y ya corres contra el reloj
ya te persiguen sirenas, la fiera es más dura que vos."
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