Cuando la rivalidad destruye y crea

Antes que nada aclaro que es mi primer post, asi que no estaria de mas un poco de comprension. Entiendo que algunos podrian considerar el texto excesivamente largo, aun asi, preferi no cortar partes ni tocar nada. Cada cual realizara los saltos que crea convenientes, pero no hay, a mi entender, fragmento alguno que sea desperdicio literario. Como aclaracion personal, cabe decir que no comparto, la poca simpatia hacia Hemingway que se manifiesta en el texto. La critica literaria, y en mayor medida, la humana; es algo que jamas me he podido permitir. No conocer a ninguno de los dos autores (en forma personal, claro esta) lo simplificaria, o lo haria imposible. En mi caso, lo segundo. De Hemingway me queda el recuerdo que me regalo un dia una cubana; una pequeña botella de ron que aun conservo de la que se dice, el bebia bastante. De Fitzgerald, la triste tarde soleada y de calor en que me tocaba llorar la muerte de un amigo. La ultima muerte que llore. En fin, espero sepan apreciarlo. Solo lo comparto, no espero nada. Saludos


Cuando la rivalidad destruye y crea


Siempre fui de Fitzgerald, de toda su obra esparcida como una maldición a lo largo de sus años perdidos, de Fitzgerald y contra Hemingway, tan zafio y vulgar, tan macho y rudo, y al tiempo falso, tramposo, con ese bigote que siempre me produjo urticaria, con esas venganzas viriles que flameaban en sus ojos entre la mediocridad de su obra en general, a excepción de un puñado de cuentos, juicio sumario que no suelo aceptar, no hablo de lo que no me interesa. Soy de Fitzgerald por El Gran Gastby, por Suave es la noche y El Crack-Up, por los cuentos de Pat Hobby y por El último magnate, y sobre todo por Las cartas de amor y de guerra, la correspondencia reunida entre Zelda Fitzgerald y Francis Scott. Soy de Fitzgerald por ese hermoso testimonio de su hija muchos años después. Lo soy por su debilidad y su talento, por su patetismo ocasional tan humano, por Vila-Matas y por La Provenza y la Côte D´Azur, esos rincones hermosos que cada verano visito feliz aguardando a que el año cambie de destino, sintiendo como Fitzgerald no pudo, como no puedo.
En mil novecientos treinta, finalizando el verano, Zelda comenzó a escribir esta carta desde la clínica Prangis, en Nyon, Suiza
Querido Scott:

Acabo de escribir a Newman pidiéndole que venga. Me dices que has estado pensando en el pasado. También yo lo he hecho, durante las semanas que llevo sin dormir más que tres o cuatro horas, envuelta en vendas, enferma e incapaz de leer.
Mi querido Fitzgerald, o ese querido Scott que encabeza las hermosas cartas de Zelda siempre tuvo la dirección cariñosa y amorosa de una mujer que comprendió el amor demasiado tarde y lo perdió, dirigido a la persona que la acompañó la mayor parte de su vida. Detesté a la madre de Scott llenándole la cabeza a su hijo de todo aquello superficial y estúpido que rodea al éxito, esos aires de grandeza que tanto lo confundieron a lo largo de su existencia. La filosofía del fracaso y el éxito yanquee siempre me produjo ardores de estómago, no sirve para vivir salvo que seas un excelso triunfador, e incluso en ese caso, y conociendo la biografía de Fitzgerald, bastaría para alcanzar una simple parábola al respecto: genera insatisfacción. Detesté su éxito por improductivo e infértil más allá de unas cuantas novelas y relatos memorables, esa extraña tendencia a ser moderno que sólo fue útil en su prosa. Odié su mala suerte cuando el genio rondaba a su alrededor, sus imprecisiones y banalidades, sus pérdidas de tiempo constantes y la época en la que le tocó vivir. Soy de Fitzgerald por sus monumentales borracheras de fragilidad y miedo, por sus amaneceres durmiendo en parques, patios y salones, meado, encima de vómitos, tembloroso y tierno como un niño que comete un leve pecado. Y sin embargo, en medio de toda esa debilidad, admiré su humanidad extraordinaria, la fuerza que a pesar de los desplantes y el dolor, aun cargando sobre sus espaldas la enfermedad de Zelda y los remordimientos que le provocaba, la desgracia de un mal de ojo prolongado y feroz que lo arrastró desde las alturas hasta el abismo, siguió brillando, siguió construyendo su paraíso postrero, su pequeño rincón de alivio.

Literatura

Leo los testimonios de Gerald Muyphy sobre los desplantes y excesos de Fitzgerald y me cuesta creerlos, aunque todo parece cierto. Dos niños adultos acostumbrados a ser mimados por la vida perdían el rumbo entre la exuberancia del mediterráneo francés, visitando ruidosos las casas de los americanos expatriados que correteaban felices y frívolos en esos años veinte por las campiñas y los secretos de la Riviera. En qué momento se truncó aquella hermosa pareja, donde piso mal y se precipitó al vacio de clínicas psquiátricas, a ese alcholismo decadente y devorador, a la falta de dinero constante, se convirtió hace unos años en una obsesión. Buscaba mi propia mística de la extinción, el momento de agotarme, y trataba de rastrear las pistas en el genio de Scott y su mujer.
Zelda recordaba en esa carta los días pasados, a los periodistas y los vestíbulos de hoteles de lujo habitados por trajes lujosos envueltos en pieles carísimas, el brillo del sol en las cristaleras y el polvo irritante que llenaba los muelles a finales de la primavera. Era el New York de edificios blancos, aquella ciudad feliz que los recibió como triunfadores, que convirtió al pequeño ambicioso de Fitzgerald en una celebridad como deseaba su madre, que pobló de guiños y perfumes el encanto del muchacho seductor con los ojos azules más hermosos de la costa oeste. Fueron los tiempos de los combinados de absenta -hoy prohibida en su gradación antigua por el insostenible celo saludable de la Unión Europea-, la bebida de Baudelaire y Verlaine, brebaje de Rimbaud que los norteamericanos infantilizaron mezclándola con sus ginger ale y sus bebidas gaseosas. Llamaba a su puerta Vanity Fair y Smart Set. El mundo literario parecía un trampolín hacía la buena sociedad que Mrs. Fitzgerald soñó e inculcó empecinada a su hijo. Una pareja tan hermosa, llena de glamour, obsesionada por la moda y la frivolidad, por las flores que poblaban por doquier los salones. Bebían ginebra y hablaban de moral, cuenta Zelda. Discutían bajo los lilos de madrugada, con la luna fijada en el cielo como si por primera vez estuviese allí sólo para ellos. Entonces Scott soportaba el alcohol con relativa entereza y paseaba de corro en corro desperdiciando el encanto del éxito y la belleza fijada en su rostro, atildado y hermoso como un Dios, tocado por la varita de la modernidad y la fortuna.
Había acertado de lleno. Estuvo en el momento justo y el lugar adecuado para que sus primeras pinceladas literarias que contaban mediante la ficción su propia existencia emergieran del silencio del escritor secreto y se convirtieran en la literatura del presente. Zelda relataba una noche en la que se bañaron desnudos pasadas las cuatro de la mañana, supongo que en una piscina privada, y describía esas fiestas del millonario John Williams, a las que asistían actrices que al emborracharse hablaban francés con los morritos contraídos y los ojos chispeantes. Ella presumía de los besos insignificantes que regaló, de los flirteos con hombres afilados y risueños que caían rendidos a sus pies, de las coqueterías de Fitzgerald con las mujeres, de los aplausos que el hecho de existir les concedía.
Fui de Fitzgerald porque el glamour de las fiestas que yo viví resultó mas mugriento y solitario, pero a pesar de todo comprendí aquella alegría desmesurada que intoxicó sus vidas en los años mágicos. Porque descubrir los antros del Carmen o las calles abandonadas entonces, salvo al anochecer, de Malasaña, surgía como un torbellino de novedad ebria que leyendo esas cartas que Zelda y Scott se escribieron no lo fue tanto, y quedó como algo grisáceo y empobrecido, pero aún así reconocible el sentido que les otorgó Fiztgerald. Bebían whisky contemplando las colinas de arcilla roja de Georgia, en los hermosos lechos fluviales de rodadas de Alabama. Se emborrachaban despreocupados sobre los alerones de un moderno aeroplano a la luz de la luna acompañados de la felicidad en persona. Se preocupaban de los vestidos y los trajes, de la respetabilidad de las personas, aunque luego en la intimidad les importaba un pimiento la existencia de los otros, la nada cotidiana de millones de seres humanos en esa época exuberante llena de aplausos. En aquellos tiempos primerizos no había aparecido todavía en sus vidas Hemingway y su maldad, su ciega vanidad, ni siquiera atisbaron de lejos que en el reflejo de las estrellas durante las noches de cocktailes que ingerían a litros estuviera escrita la negrura del futuro, el fin de su historia de amor y del mundo que inventaron, aquellas cartas y el rumor alocado de un tiempo que quedaría exterminado sin remedio.

Fitzgerald

Voy siguiendo sus pasos en esa larga carta de mil novecientos treinta que a estas alturas, con la historia viva todavía y el destino cumplido, me fascina y me estremece. Cambian de casa, a la calle 59. En ese momento surgía algo extraño entre ambos, una tensión que jamás desaparecería, como si toda la felicidad compartida no pudiera repetirse y ese vértigo los empujara al dolor, al sufrimiento de no lograr vivir ya la existencia por primera vez. Eran tan jóvenes. Scott y Zelda discuten en ese piso y él rompe con sus puños afeminados la puerta del cuarto del baño. Una astilla salta y se clava en el ojo de Zelda. La astilla se quedó para siempre en algún lugar entre el globo ocular y el cerebro. Una ligera cicatriz anunciaba el ocaso aunque estaba lejos. Siguieron paseando despreocupados por Central Park, comían en los mejores restaurantes de la ciudad, dilapidaban dinero a espuertas, sin freno, y continuaron celebrando la existencia de fiesta en fiesta. Todo parecía continuar en la misma dirección, pero la astilla en el ojo de Zelda fue ensombreciendo el futuro sin que se dieran cuenta. Vorágine de alcohol y risa, la alegría de los felices años veinte reflejada en su vacío, en todos los espejos que iban revelando la verdad de la vejez y el fracaso. Había que aprenderlo todo decía Fiztgerald, pero aquella premisa fue demasiado lejos.
Días de vino y rosas a punto de partir hacia Europa, la vieja Europa sangrienta que les diría a la cara que antes de ellos hubo cientos, esa Europa que miraría a los ojos con astilla de Zelda para perderla para siempre.
¿Por qué esa fascinación tan insostenible y terrible? ¿De dónde llegó la gracia de Hemingway para apoderarse de tantos asuntos y tantas personas? Fiztgerald planeaba su Tender is the night entre las brumas de una borrachera perpetua. A veces cedía a la tentación del trabajo, como si en vez de ser un escritor de relativo éxito todavía, menguado por las circunstancias adversas que ensombrecían el mundo y abandonando aquellos felices años veinte, un pasado que dolía, fuese en verdad un bebedor profesional que de vez en cuando escribía. Hemingway falsificó hasta el momento en que se conocieron en una mugrienta taberna de Paris. Fitzgerald lamentaba su insignificancia, dubitativo y perdido en medio de una novela y una realidad que lo superaba, y Hemingway tendía a agrandar sus méritos a las primeras de cambio. Esa fue la diferencia, el encuentro entre un escritor asentado y económicamente abastecido que comenzaba a naufragar y había ido perdiendo autoestima y prestigio, y la llegada de un pobretón americano que soñaban con alcanzar los lugares privilegiados de Sherwood Anderson y el propio Fitzgerald con la mayor celeridad posible, ganar dinero y fama, y convertirse en el escritor más admirado de su generación.

rivalidad


Ernest fue inventando a su antojo los pormenores de aquella larga amistad, de igual forma como actuó con la mayor parte de los asuntos de su existencia, empeñado en generar a su alrededor un aura mítica, una esencia que resultase atractiva y fascinante, y lo hizo a conciencia, al tiempo que Fitzgerald estiraba de todos los hilos que su brillante carrera literaria anterior le había permitido guardar para convertir a Hemingway en un escritor célebre, para ofrecerle lo mejor de sí mismo, editar sus textos en las mejores condiciones y ayudarle por encima de sí mismo. Quizá en su euforia, Scott encontró los lamentos de su titubeante deriva, aquella imposibilidad de afrontar Suave es la noche que iba alargando la escritura año tras año, que lo dejaba vacío y sin esperanza. Fitzgerald tardaría nueve años en concluir la novela. En ese tiempo su hada se extinguió, la ruina planeó por todas y cada una de las cosas que había construido. Zelda comenzó a sufrir sus virulentas recaídas e iniciaba su peregrinaje interminable hasta el día de su muerte de psiquiátrico en psiquiátrico, con Scott tras ella, somnoliento, ebrio, siempre próximo al abismo. Es asombroso como en ese descenso hacia los infiernos pudo encontrar fuerzas para concluir una novela de la envergadura de Tender is the Night, cómo logró aunar sus últimos suspiros creativos para que esa obra viera finalmente la luz. El paseo por el purgatorio de Fitzgerald tuvo brillantes resurrecciones que a menudo coincidían con sus raros periodos de abstinencia, o con las ausencias prolongadas de Zelda, en esos momentos en los que huía y dejaba de enfrentarse a la amargura de ver desintegrarse el presente y confrontarlo con ese pasado majestuoso reflejado en los ojos perdidos de su mujer, y cuando eso sucedía, su escritura no solo mantuvo esporádicamente la fuerza antigua, sino que alcanzaba a brillar con una profundidad y una fuerza conmovedoras.
Nada pudo salvarla, ni siquiera la inmensa fe en el amor que Fitzgerald salvaguardó hasta prácticamente el final de su vida. Mientras esto sucedía la fama de Hemingway creció hasta convertirle en pocos años en el escritor más popular de su tiempo, y ni siquiera Suave es la noche, o la publicación con éxito de Las memorias de Alice B. Tokklas de Gertrud Stein, en las que criticaba a Hemingway abiertamente, pudieron modificar un ápice su ascenso vertiginoso.
Ernest era un escritor instalado en su tiempo, inteligible para sus contemporáneos, con el suficiente rigor estético y el dominio de sus recursos literarios como para perpetuar por algún tiempo su primacía. Había logrado además justificar su proceso creativo e imponía sus criterios literarios anunciando el devenir de un nueva forma de expresarse en literatura. Scott era un autor supuestamente de otra época, un escritor cuyo éxito parecía una cuestión de modas en esos años veinte consumidos que como como un pecado capital desaparecieron con el crack del 29 y las miserias de la década posterior, y que terminarían definitivamente enterrados en el fragor de la segunda guerra mundial.
Es curioso que parte de la crítica considerara Suave es la noche como una novela romántica con cierta tendencia a lo trágico, construida con los mimbres del pasado, siendo un terrible descenso a los abismos, una extraordinario relato psicologico y vital de la derrota, compuesto con una maestría literaria sublime y llena de una modernidad narrativa a estas alturas incuestionable. Hemingway siguió ensañándose con Scott en cuanto tenía la oportunidad, hasta que su muerte dejó ese aire de leyenda que sólo la desaparición violenta produce en escritores de cierto nivel. Pero ni siquiera entonces, sumido en una de su fases depresivas, pudo cerrar la boca. Scott siempre creyó haber tenido un amigo, y de alguna forma, se obsesionó, como le sucedió a tantos, por la figura de Hemingway, con quien competía a su juicio, sin la menor posibilidad de triunfo, por convertirse en el mejor escritor norteamericano de su generación.

Hemingway

Ernest negó una y otra vez la ingente cantidad de sabios consejos literarios y la ayuda que Fitzgerald le proporcionó durante esos primeros años tan duros, tan dificil para él a mediados de los años veinte asomar la cabeza en el mundo literario. De alguna forma, sí se puede apreciar en la correspondencia cruzada entre ambos autores que tuvo gestos amistosos con Scott; que a su particular manera se preocupaba por el viejo amigo, y en cierto modo atendió a su plegarias aunque fuera desde la compasión y la distancia, pero fueron muchas más las innumerables referencias negativas que le concedió, la burla incesante hacia el otro que compartía sin pudor con amigos comunes, la insolidaridad manifiesta que mostró hacia Scott y su ensañamiento crítico, desmedido e incomprensible, en un afán de borrar su ayuda y su influencia, algo que daría para un estudio psicológico profundo.
Pasan los años y sigo siendo de Fitzgerald por la extraña vigencia de su obra, por la fascinación que sigue generando a su alrededor Gatsby o los personajes de Suave es la noche. Incluso releyendo el Crack-Up, esos textos que Hemingway tachó de patéticos e indignos de un escritor con las posibilidades literarias de Fitzgerald, siento la cercanía, una afinidad y una empatía irremediables hacia él. Era mucho más fuerte de lo que creía Hemingway sin duda, y sus desgracias acumuladas entre 1930 y 1940, año de su muerte, no pudieron mitigar su existencia literaria posterior, el hechizo que todas las generaciones ulteriores han sentido hacia él. Es posible que se sigan celebrando los famosos concursos de parecidos con Hemingway en los ríos de Alabama y de Missouri, o que su barba blanca sea un icono de la literatura norteamericana, una especie de cliché como la imagen del Che Guevara respecto a la revolución cubana, pero tengo la sensación de que han quedado como reflejos de una fama desmesurada ganada en su época, rastros superficiales que no acompañarán con provecho a su literatura, por otra parte algo ajada, envejecida prematuramente incluso en sus obras más alegóricas –y tramposas- como El viejo y el mar. Debo reconocer que no soporto Por quien doblan las campanas, y que Fiesta o Paris era una fiesta no me provocan otra cosa que el gusto turístico y sociológico, cierto desdén por la masculinidad exacerbada y la testosterona, y un regusto a olvido, sensaciones dispares poco halagüeñas y tremendamente alejadas de la relectura cercana de Suave es la noche o Hermosos y malditos, o de la conmovedora correspondencia entre Scott y Zelda. Es como degustar la sinfonía patética de Tchaikovsky frente a una anodina tonadilla de los Bee Gees.

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El vencedor del combate para dirimir al mejor escritor norteamericano de la época se lo llevó de carrera Hemingway mientras estuvo vivo. Fue una lucha desigual entre un hombre pagado de sí mismo, tendente a la megalomanía y obsesionado con su superioridad, competitivo en el peor sentido de la palabra, con unas excelentes dotes para venderse y medrar, y un enorme atractivo personal, frente a un Scott envejecido precozmente, castigado en exceso por su adicción al alcohol, inseguro y destructivo hasta el suicidio, y desequilibrado como un gato al que le arrancan los bigotes. Ernest devoró en vida a Fitzgerald.
La fascinación de Scott hacia Hemingway siempre me resultó un misterio. Alargó sus efectos desde la primera época en que se conocieron a finales de los años veinte hasta prácticamente meses antes de la muerte de Fitzgerald. Incluso cuando percibió la decadencia literaria de Hemingway no se atrevió a concebir siquiera su evidente superioridad. De alguna forma se enfrentaba contra la moda y la corriente de su tiempo, que solventaba la comparación dedicándole a Fitzgerald el sambenito de pasado y a Hemingway el aplauso del presente y el futuro. Conforme el alejamiento físico y espiritual entre ambos crecía, curiosamente al ritmo con el que Hemingway aumentaba su celebridad, el hundimiento de uno engrandecía las virtudes del otro. Sin embargo, al comparar sus dos literaturas con cierto rigor, alejados del fragor del éxito, la distancia entre ambos me resulta sideral a favor de Fitzgerald.
El ganador del futuro fue Fitzgerald, y por un elevado número de puntos, y si por algún milagro la historia de la literatura progresa hacía alguna parte, sigue su curso natural, sin duda él será el campeón del reino de los pesos pluma, el gran escritor americano de los años veinte y treinta, el sobreviviente más destacado de una época gloriosa, con serias posibilidades de perdurar por los siglos de los siglos. En un texto de hace unos días, firmado por Manuel Rodríguez Rivero en las páginas del diario El país, comentaba que El Gran Gatsby había incrementado desmesuradamente ventas en Estados Unidos en el transcurso los últimos meses, que por alguna razón, la situación económica del país había hecho recuperar a lo grande la vigencia de la novela, por otra parte materia de los planes de estudio en colegios e institutos desde mediados de los años cincuenta. Es hermoso que el tiempo genere alguna justicia, sobre todo al examinar con detalle las distintas fases de trato vejatorio que Hemingway cometió contra el que fuera su amigo del alma durante los años franceses, contra ese escritor que le socorrió como si fuera un hermano, que se comió el orgullo y el rencor de la competencia entre ambos, la rivalidad literaria que irremediablemente surgió al intercambiar su obra frecuentemente aguardando el juicio crítico del otro. Es verdad que no fue por bondad o una generosidad desmedida, sino más bien por problemas mentales graves que el alcohol fue complicando. La autoestima de Fitzgerald a partir de cierto momento, su fragilidad emocional unida a sus circunstancias personales, le obligaron a buscar un referente, a confiar su futuro a alguien, y aunque éste nunca asumió el papel que Scott esperaba, Ernest se convirtió para Fitzgerald en un símbolo de lo que un escritor debía hacer en contraposición a sus innumerables dificultades para seguir escribiendo, así como un albacea de lo que él consideraba su larga despedida.

Cuando la rivalidad destruye y crea

He leído con suma atención que durante la génesis final de Suave es la noche, Fitzgerald hizo todo lo posible para que el estilo de Ernest quedará erradicado del texto. El esfuerzo debio ser descomunal en un momento en el que su literatura era considerada por la crítica y los lectores como un rastro pasado de rosca de otra epoca, además, ambientada en una década que la mayor parte de los norteamericanos, sumidos en la Gran Depresión posterior al Crack del 29, deseaban olvidar como si se tratase de un tormento. El rudo Hemingway, con sus héroes de baratillo, con sus machos en celo y su capacidad para convencer hasta al demonio, se imponía como influencia estilística en el entorno de la literatura norteamericana. De alguna manera, Scott resistió, incluso podría afirmar que consiguió lo impensable, como si todavía quedase en él a pesar del deterioro físico y anímico, de su mermada capacidad de concentración, algo del orgullo de aquel escritor brillante que a pesar de la insistencia de sus contemporáneos fue mucho más que un cronista de la vida del Jazz y los felices años veinte.
Es inevitable a estas alturas para mí, comparar aquel exceso vital, esa corriente de estremecedora libertad y vida que surgió al amparo de esos maravillosos años veinte con mi propia época. Tengo grabadas en la memoria las fiestas que de una punta a otra de Estados Unidos celebraban la existencia banal y alegre de una sociedad enriquecida y despreocupada, de una juventud que anhelaba otro lugar y que abrazaba la noche y el exceso, y al hacerlo, veo reflejado, aunque tenga un tono más sobrio y mugriento, esos años ochenta y comienzos de los noventas que a ritmo de la ilusión de una febril libertad largo tiempo aguardada y de un mundo a celebrar se cobraron vidas enteras entre espasmos, adicciones y absurdos. A veces miro al cielo buscando alguna razón por la que sigo vivo, por la que a estas alturas mantengo todavía la cabeza sobre los hombros y los brazos, y aunque las adicciones sobrevuelan como una tentación sin más peso sobre mi existencia que el acicate de desconectar algún día de la misera realidad, aguardo que la nube se disipe y no me obligue a aferrarme a todo aquello que probé, viví y sufrí. Trato de comprender a Fitzgerald, entiendo el miedo descomunal que debió surgir alguna de esas noches de insomnio y alegría, la mirada conmovida ante la descomunal extensión del cielo y el destino de las estrellas, el vacío ante la evidencia de que había alcanzado lo que soñó sin darse cuenta, en un suspiro, con excesiva rapidez, tal vez demasiado pronto.

Literatura

Fuera como fuese, a Fitzgerald lo devoró su fama y la ceguera de la crítica de su tiempo, aunque él tuviese la mayor parte de la culpa respecto a los malentendidos. Incluso después de muerto tuvo entre sus más fervorosos detractores a su amigo del alma, ese escritor que situándose tres o cuatro escalones por debajo en el canon, era para él, el referente de la literatura del futuro, la entereza de la masculinidad aireada en su resistencia al alcohol, sus conquistas sexuales y su poderosa capacidad de trabajo, convencido Scott, además, de que Hemingway sobreviviría a sus escritos y a sus desvelos. El ensañamiento de Ernest contra Fitzgerald se incrementó sin saber por qué tras la desparición del segundo. Su desprecio fue excesivo, innoble, virulento y mezquino, indigno de un ser humano cuerdo. Conforme la decadencia física y el alcoholismo de Ernest se fueron apoderando de su afamado encanto, de su cuerpo antes atlético y ahora vacío e hinchado como un globo sonda, y las depresiones se hacían más frecuentes al tiempo que su literatura exhalaba pompas de whisky, vino y ron, y quedaba exhausta, moribunda en una repetición de sí mismo, la fama de Fitzgerald crecía y crecía tras su muerte.
Desde 1941 hasta la década de los cincuenta, el viejo amigo común de ambos, y editor exclusivo de las obras de Fitzgerald y las primeras de Ernest, Max Perkins, se dedicó con empeño a recuperar la memoria de ese autor que había sido olvidado incluso en la última década de su vida, alguien de quien se dijo en sus necrológicas que no había pasado de ser un cronista social con ínfulas que se disiparon a las primeras de cambio, un escritor a quien muchísima gente ya creía muerto a finales de los años treinta en plena depresión económica y ante la ausencia de su literatura. Alejados del contexto de esos felices años, con el fondo oscuro y salvaje de la segunda guerra mundial a punto de estallar, y la posterior hegemonía absoluta norteamericana tras la guerra a pesar de los empeños de la URSS por fingir ser una potencia de igual nivel, la literatura del viejo Scott, “el pobre Scott” como llegó a escribir en Las nieves del Kilimanjaro Hemingway, resurgió de sus cenizas para alcanzar un status sólo igualado por el maestro absoluto de las letras norteamericanas del siglo XX, William Faulkner. De repente la crítica seria de los USA y de Europa descubrió que tras el autor de El Ruido y la furia, había un puñado de escritores memorables, y entre ellos, quizá en algún lugar más destacado que el resto, se encontraba Fitzgerald. El Gran Gatsby había dejado de ser una crónica de la derrota de un advenedizo en el mundo de los ricos, para convertirse en una obra maestra, llena de matices y profundas relaciones sobre la vida y la muerte, un relato novedoso de un tiempo inolvidable que no sólo hablaba a los lectores de los años cincuenta de la misma forma que podía haberlo hecho con los de los años viente o treinta, sino que era capaz de generar mitos universales y atemporales, alcanzar ese estado tan complejo y dificil para cualquier literatura, que permite a una novela perdurar y erigirse como símbolo y metáfora para varias generaciones. Hasta El último magnate, obra póstuma inacabada que no pudo ver editada Fitzgerald en vida, parecía, a pesar de sus imperfecciones, un presagio del escritor que hubiera podido ser Scott caso de que su cuerpo enfermo hubiese soportado alguna embestida de más, con esporádicas iluminaciones que recordaban a su escritura más hermosa y profunda. La envidia de Hemingway aumentaba a la par que su decadencia se agudizaba, las enfermedades derivadas del alcoholismo fueron minando su resistencia y su energia, y aquellas antiguas depresiones que lo hundieron sin remedio durante la mayor parte de su vida, y que sólo el alcohol aliviaban, se fueron convirtiendo en infiernos permanentes. Se moría de ira, no alcanzaba a comprender como el pobre Scott, el afeminado y miserable bebedor, el hombre que jamás pudo resistirle una borrachera, aquel que se había puesto en ridículo tantas veces a su lado, el hombre que lo había admirado y había corregido con maestría sus primeros textos, hasta dejar la esencia del mejor Hemingway en aquellos años viente, lejos de quedar enterrado en la memoria de los escritores perdidos, se erigía como el claro triunfador de la década por encima de él mismo.

Fitzgerald

Me hubiera gustado escuchar a Hemingway en un arrebato de sinceridad expresar algo más de su admiración por Fitzgerald, que sólo confesó al propio Scott de un modo tímido en relación a Suave es la noche, ese texto que, definió en público como una novela romántica y de otro tiempo, con polillas y polvo, y que, sin embargo, crecía en su cabeza y mejoraba con los años como los recuerdos esenciales y hermosos de una existencia. Es difícil ser tan mezquino. Una y otra vez aprovechó cualquier oportunidad a su alcance para denigrar a Ftizgerald, lo despreció, lo envidió sin que se notase, lo dejó que se pusiera en ridículo, lo abandonó porque quizá no había otra forma de soportarlo, lo ninguneó para que nadie supiera de su verdadera aportación en sus inicios literarios, y finalmente, o al menos eso quiero pensar, cuando aquella mañana del año 61, veraniega y luminosa, se pegó un tiro con su escopeta de caza, debió recordarlo, al menos en ese reflejo terrible del último de sus pozos negros anímicos, ya impedido y roto en pedazos, que tuvo la decencia de considerar que había sido amigo del mejor escritor de su generación, de alguien que le fue fiel a lo largo de toda su vida, que siempre le admiró con sinceridad, y que se mostró, a pesar de sus extravagancias y excesos, dispuesto a ayudarlo y a defenderlo, aunque a menudo no acertara con el modo de hacerlo.
La historia de amor de Zelda y Scott Fitzgerald me fascinó durante años. Primero porque antes de leer Suave es la noche supe que se trataba de una novela con extensas referencias biográficas, y asocié irremediablemente a los personajes con la pareja literaria. Más tarde, profundizando en la construcción de la novela, leí que los personajes protagonistas de la obra fueron un trasunto de Zelda y Scott, pero también del millonario Gerald Murphy y su esposa. Pienso que a partir de entonces, en una segunda relectura, e incluso recientemente en una tercera, la novela cobró mayor importancia a mis ojos al considerar que se trataba de ficción, de una interpretación desde el prisma de la novela de aquellos años de auge y decadencia que quedaron retratados extraordinariamente bien en el texto. De alguna forma, el libro cobró una dimensión metafórica mayor al interpretarlo desde una óptica meramente literaria y alejándome de la tendencia adolescente inicial que guiaba mis lecturas hasta convertir la biografia en la materia prima principal de cualquier autor que admirase. Me resulta inevitable creer en la superioridad de la gran ficción sobre cualquier otra forma de conocimiento y reflejo del mundo, no puedo evitarlo aun cuando los tiempos pregonen otro tipo de voceros y otros argumentos para atrapar la realidad.
Una buena parte de los textos de Scott terminaron por retratar y guardar en su seno no sólo la esencia de un tiempo destruido sino la eterna insatisfacción surgida entre los deseos y sueños del hombre y la terrible y destructiva tangencia con la vida corriente. Eran seres humanos traicionados por los caprichos de los Dioses, hombres deseosos de alcanzar cimas divinas condenados a caer una y otra vez como Sísifo. Toda su literatura vivió intoxicada por el drama terrible de su existencia a pesar de todo, fue el pálpito de una larga percepción de la derrota, o quizá fuera al contrario, y el hecho mayúsculo en su caso de desear ser escritor, en el fondo, englobó todo los sucesos de su vida, convirtió el devenir de sus pasos en una novela en la que adentrarse cómplice es atisbar el vértigo y el cansancio de vivir.

rivalidad

Fitzgerald, a finales de los años treinta, estaba ya roto en pedazos tanto en su interior como físicamente. Su historia estaba construida del brillo pasado, de aquella Zelda tan hermosa con la que paseaba de salón en salón cogido de su brazo, esa mujer fascinante que logró eclipsar a todas a pesar de los flirteos posteriores de Scott y de su desgraciada enfermedad. Hemingway solía decirle a Fitzgerald que la desdicha de su vida, aquello que había destruido por completo su talento, su energia y su futuro, había sido precisamente conocer y enamorarse de esa mujer. Durante años, no sólo se lo expresó a él, sino que fue lanzando al aire el rumor de la aniquilación paulatina que Zelda fue perpetrando en la vida del Francis Scott, de cómo un hombre hecho y derecho se había convertido en una piltrafa humana, alcoholizado y arruinado, olvidado para la historia de la literatura. Solía contar como anécdota ingeniosa que una noche de juerga en Francia, cuando se disponían a mear a la intemperie de un camino, Fitzgerald le enseño a Hemingway su sexo y le preguntó si le parecía pequeño. Ernest contaba esa humillante escena a las primeras de cambio, una historia apócrifa con la que pretendía mostrar su superioridad. Lo imaginé muchas veces humillando con el relato a Scott, su rostro iluminado por una furia renovada y un gesto solemne, como si en verdad buscara mostrar esa compasión insoportable, la carcajada en los labios y los ojos oscuros chispeando de gozo.
-Esa mujer castró a Fitzgerald en todo su ser. Le había dicho que con ese pene tan pequeño resultaba imposible satisfacerla. Eso me dijo el pobre Scott hace muchos años, allá en la Côte D´Azur.
Aquella historia, como la mayor parte de las que Hemingway contaba para su mayor gloria, no eran más que falsos rumores construidos en torno a su persona, dirigidos a empequeñecer a los otros y engrandecer así su figura. Zelda y Fitzgerald se amaron hasta el día de su muerte.
Releyendo las cartas de amor y de guerra, descubro una datada en el año treinta y ocho, cuando ya ambos llevaban tiempo sin verse y morirían sin volver a encontrarse jamás. La carta, escrita por Fitzgerald, hablaba de un viaje que Zelda tenia previsto a California, donde él sobrevivía a duras penas humillado por la apabullante maquinaria de Hollywood, a punto de concluir el único guión de su puño y letra que sería filmado, Three camarades, película basada en el best seller de Eric Maria Remarche. Scott compartía su vida con otra mujer desde hacia tiempo, pagaba a duras penas con lo poco que obtenía las carísimas clínicas en las que Zelda era internada, y sin embargo seguía insistiendo en mantener el contacto con su mujer. La carta concluía con una nota.
Oh, Zelda, esta tenía que haber sido una carta muy fría, pero es eso lo que siento por ti. Una vez fuimos una sola persona y siempre será un poco asi.
Entre las razones de aquel odio visceral de Ernest por Zelda los biógrafos han barajado distintas hipótesis. Lo cierto es que Zelda nunca soportó la vanidad de Hemingway, su exhibicionismo obsceno, esa valentía exagerada que mostraba hacia todo. Lo consideraba un advenedizo machista y ruidoso, hueco como una flauta. Para Hemingway, Zelda era una mujer demasiado inteligente y compleja. En su simpleza argumental, en su ceguera hacia todo lo que no fuera ensalzarse a sí mismo y sus logros, nunca vio en ella otra cosa que una mujer oscura y caprichosa. Tuvo la fortuna de ver como los brotes esquizofrénicos de Zelda le daban la razón. Criticaba abiertamente el lastre que cargó a sus espaldas hasta el día de su muerte Fitzgerald, la nostalgia irremediable que su amigo Scott siempre sintió por ella y por aquel mundo que compartieron.

Hemingway

Entre las cartas de Zelda y las notas de los pocos amigos que le quedaron a Fitzgerald a partir de su proceso de decadencia, se habla a menudo del encanto de Scott ante las mujeres. Zelda decía que cuando no traspasaba esa barrera de la ebriedad salvaje, Fitzgerald resultaba tremendamente atractivo para el sexo opuesto, capaz de conquistar a cualquiera. Era la antítesis del macho Hemingway, pero ese aire desvalido y frágil que le acompañó media vida resultaba interesante a los ojos de las mujeres. Ernest propagó el rumor a principios de los años treinta de que Scott era impotente y que por esa razón Zelda había buscado acumular uno tras otro amantes hasta volverse loca. Quizá el juicio más verdadero sobre Ernest y su tendencia a adornar su existencia fue el que expresó en algunas cartas Zelda a su marido. El problema fue, que a mediados de los años treinta, a la señora Fitzgerald nadie podía hacerle demasiado caso en su estado. La verdad, es que aunque en el presente la realidad pareció darle la razón a Hemingway, toda la correspondencia entre Zelda y Scott que se publicó años después de la muerte de ambos terminó por destruir los testimonios maliciosos de Ernest sobre la pareja. La sensación que me dejaron sus cartas la primera vez que las leí, o al releer las que consideré más esenciales para preparar este texto, me hicieron comprender que la historia de amor entre Zelda y Fitzgerald duró toda la vida, extendió sus efectos a la practica totalidad de lo que los dos vivieron, y no por su fracaso inevitable, ni por la distancia que la esquizofrenia de Zelda y el alcoholismo de Scott provocó entre ellos, como si fueran pólvora y mecha a punto de la explosión cada vez que se encontraban, mermó un ápice su pasión y su afecto. No fueron, desde luego, una pareja al uso, pero en el fondo, el amor no suele esconderse a menudo en las relaciones convencionales. Los sentimientos de aprecio, la unión que fraguaron durante años fue fructífera e intensa incluso en los peores momentos o en el transcurso de la larga separación postrera desde finales de 1938 hasta diciembre de 1940, y acompañó su existencia hasta el final de sus días.
Es difícil dirimir quién comenzó a a caer primero en esa espiral de desgracias que a partir del éxito de la década de los veinte condenó a los dos en el decenio posterior. Ellos fueron hermosos y malditos, héroes y víctimas de una época y unas circunstancias. Se enzarzaron en la nueva concepción del mundo que se vivía, en una vorágine de adicciones y vida alegre que fue devorándolos. Los comentarios de Zelda a Scott a raíz de la escritura de Suave es la noche fueron un acicate formidable para la pobre autoestima de Fitzgerald. La obra, aunque sin malas críticas unánimes ni mucho menos, fue recibida con frialdad. Scott ya no era el escritor de moda, y aquel libro complejo, estructurado con una originalidad incomparable a esas alturas, aun cuando guardaba la mayor parte del imaginario literario de Fitzgerald y algunas de sus mejores páginas, pasó desapercibida. Con sus defectos y sus virtudes, la novela alcanzaba momentos de una potencia literaria extraordinaria, y mantenía en sus más de seiscientas páginas la ilusión de un hombre que lograba resucitar entre las frases, que otorgaba la vida a un puñado de personajes memorables, que reconstruía la esencia de una época inolvidable, y de alguna forma anunciaba el cierre de una década y la comprensión inicial de un abismo que se avecinaba sin remedio. Quizá la frívola despreocupación que celebraron en los años veinte los llevó a ser castigados con el peso terrible de lo que acontecería en el mundo poco después de la muerte de Fitzgerald. Sin embargo, se amaron y celebraron una de las historias de amor más hermosas y terribles de la literatura, convirtieron sus vidas en el drama que el propio Fitzgerald siempre atisbó en su obras, se fueron hundiendo como maderos pesados en el agua y quedaron arrastrados por los acontecimientos históricos que acontecieron, por la crisis bursátil y el colapso económico mundial, por la llegada del fascismo y el nazismo, por el fin irremediable de los buenos tiempos y la inocencia, y en todos y cada uno de eso días en los que naufragaban, siempre, siempre, pensaron uno en el otro.

Cuando la rivalidad destruye y crea

Fitzgerald falleció de un ataque de corazón la víspera de la navidad de 1940, acompañado por la que era entonces su amante, Sheila Graham, en su apartamento. Llevaba tiempo preparando El último magnate, la obra inconclusa que nos legó. Había recuperado en cierto modo breves instantes de sobriedad para poder afrontar el reto de concluir la novela. Sheila Graham dejó posteriormente testimonio de aquellos últimos tiempos a su lado, de las circunstancias que propiciaron su despido de Hollywood por presentarse borracho a una reunión, del modo en que extrajo fuerzas de flaqueza para poder terminar la novela, de esa muerte silenciosa y triste, como si fuera una luz que se va apagando, del que fuera el mejor escritor norteamericano junto a William Faulkner de esas décadas.
Las escasas necrológicas que la prensa le otorgó los días siguientes a su muerte siempre hablaron de lo mismo, de un escritor tocado por una varita mágica que se había extinguido sin llegar a alcanzar el techo que se esperaba de él.
Hay dos hechos, sin embargo, que me parecen reseñables y que de alguna manera terminaron por rescatar su obra del olvido y desautorizar el proceso de demolición emprendido por Hemingway. En primer lugar la figura de Max Perkins, la persona a la que tanto Ernest como Scott utilizaron durante los años en que la relación entre ambos se había destruido para saber uno del otro. Max no dejó testimonio de sus preferencias, pero sus actos y ciertos esfuerzos que llevó a cabo tras la desaparición de su viejo amigo Fitzgerald, me empujan a pensar que no sólo consideraba a Scott como alguien más cercano, fiel y querido, sino que, además, confiaba ciegamente en su obra por encima de la de Hemingway. Perkins hizo todo lo posible para que, paulatinamente a lo largo de la década de los cuarenta, la literatura de Fitzgerald fuera reeditada y el nombre de Scott reivindicado como uno de los más grandes de la literatura contemporánea. Las razones del empeño fueron una mezcla de emociones en torno al autor de El Gran Gastby: una confianza ciega en alguna de las obras que Fitzgerald dejó escritas y el afecto personal que sentía por el que fuera su escritor estrella junto a Sherwood Anderson en los años viente

Literatura

Conforme he ido acumulando información sobre este increíble editor más he deseado conocerlo y más admiración me ha causado. Desde la correspondencia intercambiada con Fitzgerald en la época de bonanza y sus ayudas posteriores incesantes, una lucha empecinada destinada a que terminase Suave es la noche para convertirla en la novela más importante de los años treinta, su esfuerzo por rescatarlo una y otra vez del desastre y reivindicar con una fe ciega el poder de su literatura, me hacen considerarlo sin duda como uno de los editores del siglo XX más honestos y comprometidos de cuantos he sabido. Probablemente, sin Max, sin su amistad y su cercanía, sin su confianza, los lectores hubiesen recuperado del infierno a un autor de la envergadura de Fitzgerald, pero el proceso hubiese sido a buen seguro más lento, y el camino mucho más tortuoso. Perkins poseía dos cualidades fundamentales para su oficio, estaba lleno de conocimientos literarios y era un hombre modesto, algo raro en este mundillo. Su figura engrandecia la ya de por si majestusoa colección de historias y relatos que Scott fue escribiendo a lo largo de su malograda existencia.
El otro factor esencial de esta conjugación de astros que años más tarde pondría las cosas en su sitio fue la pasión literaria de Fitzgerald, que superaba con creces a su deseo de éxito, e incluso a su alcoholismo crónico o el valor de su propia vida. Si Fitzgerald hizo algo durante el transcurso de su existencia fue escribir y escribir hasta alcanzar la maestria en un puñado de obras memorables. Es cierto que sus precarias condiciones de supervivencia y su salud a partir de cierta época, su menosprecio a sí mismo y su desconfianza respecto a su persona, hicieron que diera luz textos que en otras circunstancias se hubiesen quedado guardados en un cajón, pero la fe en el poder de su narrativa, un poder efímero que se marchaba y regresaba, que se perdía y era hallado por momentos, en ese destino de escritor que a pesar de la repercusión siempre estuvo vivo como un remordimiento y una obligación, le empujó a resistir dolores y pesadillas, la humillación del olvido forzado, tristezas y ruinas, y a emprender como un último suspiro El último magnate. Fitzgerald no fue otra cosa que un escritor, uno de esos auténticos que sólo inclinaron la pluma finalmente ante la muerte.
Cuando uno repasa los improperios lanzados, la ira del todopoderoso Hemingway de los años cuarenta y cincuenta, y esas alusiones incesantes a la falta de entrega, a lo diletante del caracter de Scott, a su ambición burlada, no puede por menos que enfrentar esos comentarios al grueso de la obra que nos ha llegado de Fitzgerald. En cuarenta años, a pesar de la desgracia, nos dejó miles de páginas literarias de primer orden, y unas cuantas sublimes, lo que contradice con su evidencia la acusación de Ernest acerca de que Scott en vez de escribir prefería beber. Las dos pasiones de Fitzgerald, o las tres si incluimos su desmesurado amor por Zelda incluso en los peores momentos, combatieron durante una década por imponer su preeminencia. El alcohol y la literatura terminaron por hacerse amigos ante la imposiblidad de un pacto de equilibrio, y aunque es cierto que los grados etílicos ingeridos fueron disminuyendo la capacidad de Fitzgerald a pasos agigantados, mermando su salud y destruyendo cualquier atisbo de esperanza posible, la literatura surgió hasta el final de sus días, las palabras continuaron brillando en el horizonte de sus ojos azules tan claros, casi grises, siguió sonriendo cuando una página memorable surgía ante sus ojos y mantuvo el criterio necesario para guardar el nivel de calidad que trató de imprimir a toda su obra a lo largo de su extencia.
A Fitzgerald le preocupaba la literatura, se obsesionaba con la calidad, con el sentido de lo que escribía, investigaba, leía, trataba de continuar en pie como escritor y tal vez eso le permitó vivir y escribir cuarenta años. Detrás de su resurrección y posterior consagración, tras las películas que se realizaron en los años sesenta y setenta sobre sus novelas, después del éxito universal de algunas de sus obras maestras, leídas en medio mundo e intactas en el centro del canon literario del siglo XX, no se encontraba el azar o el capricho, sino el empecinamiento consciente y constante de un hombre desgraciado que siempre miró de frente a su profesión de escritor.

Fitzgerald

He tratado de leer la mayor parte de los textos y documentos acumulados en torno a una amistad que se fraguó intensa y feliz en apenas un año y medio en Francia, y que luego se convirtió en una obsesión para Ernest y Fitzgerald. ¿Cómo es posible que el gran triunfador en aquel presente de los años treinta y cuarenta, el escritor que ganó el premio Nobel de literatura en 1954 y salía victorioso del reto que silenciosamente se fijaron al pretender ser los mejores escritores de su generación, pudo haber sido tan mezquino y desagradecido con el vencido?
Fitzgerald admiró hasta su muerte la figura literaria y personal de Heminwgay. Acerca de su literatura, hay pruebas de suficiente peso como para que Ernest hubiese reconocido que en lo mejor que escribió, sus primeros escritos a mi juicio, tuvo detrás la inestimable opinión, la sesuda corrección y el consejo de Fitzgerald, que no sólo se ocupó de él en la medida de sus posibilidades a finales de los años 20, cuando él era un escritor de éxito, consagrado y con relaciones literarias estrechas, sino media vida, de difundir la obra de Hemingway, sino que participó activamente en los procesos de corrección de las iniciales recopìlaciones de cuentos y de las dos novelas primeras de Hemingway Fiesta y Adiós a las armas. En la relación de Fitzgerald con él se percibe más la propia incomodidad de Scott con su propio ser que una rivalidad personal y enconada –Scott casi siempre habló en terminos exagerados positivamente de Ernest-. Lo fascinante a mi entender es la postura del otro, su increíble engreimiento y la distancia que marcó a propósito entre él y Scott, su proceso consciente de distorsión de la realidad a su favor, sus comentarios despectivos y falsamente compasivos, su desprecio en ciertas épocas por su obra, y su crucifixión posterior tras su muerte.
Hay una anécdota de finales de los años 20 que me parece importante. En una reunión en casa de Gertrud Stein en Paris, un apocado Fitzgerald había dejado todo el protagonismo al insaciable Hemingway. Stein también hizo lo suyo por Fitzgerald, ese muchacho americano bien parecido y famoso que llegó a Francia en el año 28. Fue en casa de Gertrud donde Hemingway conoció y sedujo nada más y nada menos que a Ezra Pound y comenzó a labrarse su reputación literaria. Ernest, como solía hacer muy a menudo, debió ofender en público a Fitzgerald. La admiración de Scott por su amigo era de tal envergadura que incluso en términos literarios, donde Scott albergaba cierta seguridad, no era capaz siquiera de reprocharle nada o de enfrentarse abiertamente a él. En aquella ocasión fue Gertrud Stein la que le dijo a Hemingway en presencia de Fitzgerald y ante sus impertinencias, a parte de todo el mundo, que a su entender, la obra de Scott perduraría, “sería leída en el futuro”, y la suya no estaba hecha más que de añagazas y superficialidad, una literatura construida para sus contemporáneos sin más, que se iría diluyendo conforme su presencia física se disipara. En la gira que la propia Gertrud Stein realizó por Estados Unidos en el 34 aprovechando su repentina fama como gran dama de las letras americanas del exilio, Steín, a contracorriente y a pesar de que Fitzgerald era ya un escritor olvidado, siguió con buen tino argumentando que Francis Scott Ftizgerald era el mejor escritor norteamericano de su generación, muy por encima de las dotes comerciales y el famoso estilo Hemingway, que se impondría por doquier a lo largo de esa década y la siguiente hasta ganar el premio Nobel por ello.

rivalidad

Tengo la sensación de que Hemingway percibió desde un principio que jamás llegaría a alcanzar los logros literarios de Scott Fitzgerald incluso aun cuando él fuera convertido, a veces pienso que por razones extraliterarias, en el nuevo profeta de las letras futuras. En su fuero interno, cada vez que se hallaba frente a un texto de su viejo amigo no podía evitar pensar que no lograría siquiera aproximarse a su talento, que por mucha fama y éxito que le rodeara, Scott siempre fue mejor, siempre llegó más lejos y con sus obras ensombrecían cuanto pudiera hacer Ernest. La prueba mayor de ello fue que jamas reconoció la enorme ayuda que Fitzgerald le otorgó en sus primeros tiempos. De esta enfermiza comparación, y a pesar de sus bravuconadas y sus salidas de tono, nos queda la sensación de inferioridad frente al otro, que se intensificó tras la desaparición de Fitzgerald y ante los esfuerzos de Wilson y Max Perkins para reeditar y engrandecer la obra de Scott, de ahí su incesante proceso de desmitificación, sus constantes comentarios negativos, sus juicios arbitrarios y virulentos contra el autor de El Gran Gastby.
En algunas cartas halladas tras la muerte de Hemngway se puede apreciar la fascinación que fue sintiendo a lo largo de los años por Suave es la noche, fascinación que nunca confesó en público, y que ni siquiera expresó con claridad a Fitzgerald. A Hemingway le faltaba mucha humanidad a pesar de defender causas justas en la década de los cincuenta por medio mundo como para poder escribir obras de la importancia de El Gran Gatsby y El último magnate, estaba a años luz de la profunda sensibilidad de Scott en Suave es la noche, e incluso su presunta revolución estilística, uno de los motivos fundamentales por el que se le concedió el Nobel, quedó como un asunto insignificante años después ante el resurgir crítico de Fitzgerald, frente a la complejidad estructural y formal de las obras de su amigo, al lado de la perfección estética y la profunda inteligencia narrativa de Scott. Partiendo de esa enorme derrota, que debió planear toda su vida a pesar de los aplausos del presente, nacieron en verdad todos los hartazgos y exhabruptos contra Scott que, a lo largo de los años, no cesaron. Tal vez envidiara incluso la coherencia de su amor por Zelda, o su manera de perder, su extraño mimetismo con el tiempo que les tocó vivir, su debacle interior que a la larga conformaría una parte importante del mito Fitzgerald.
Hemingway repudiaba el alcoholismo lleno de debilidad y de extravagancias de Fitzgerald, y en muchas ocasiones lo trató de memo y afeminado, de bebedor inútil. Es curioso como el destino se cebó con Ernest, alcholizado practicamente desde los años cuarenta hasta el día de su muerte. Tal vez su ensañamiento con la fragilidad de Fitzgeral ante el alcohol no fuera otra cosa que el pavor de verse retratado en el otro, que no fuera en verdad más que una percepción de sí mismo que censuraba y que a la postre terminó por arruinar su literatura y su salud, con repeticiones innecesarias, textos prescindibles y una constante vuelta a los asuntos y temas que le interesaron cuando comenzó a escribir. El alcohol que tanto exasperó a Hemingway al ver reflejado sus efectos en Fitzgerald, terminó por apoderarse de él, como si una extraña maldición se hubiese ceñido a su figura, como si debiera pagar en el fondo por todo lo malo, mezquino y terrible que cometió contra su amigo, por el enseñamiento con el que arruinó del todo la frágil autoestima de un hombre sensible y complejo, de un escritor auténtico y deslumbrante que pasados los años se convertiria en uno de los más importantes del siglo de la literatura universal.
Soy de Fiztgeral por todas estas razones, quiza porque sé que Zelda murió quemada en un incendio accidental que aconteció en la clínica Highland donde estaba recluida, porque sé que ambos escribieron un barrunto de sus años mágicos durante la fatídica década de los treinta, cuando el declive asomaba a sus vidas, quizá porque nunca pudieron abandonar el recuerdo de aquella época; Zelda Save me the waltz, y su marido Tender is the night. Porque quizá Hemingway jamás pudo llegar a amar otra cosa que a si mismo, y Fitzgerald, sin embargo, poseía una humanidad y un amor inmensos que sólo el alcohol una y otra vez estropeaba. Tal vez porque ante la ruina de Scott y el triunfo desmesurado e injustificado de Hemingway, injustificado no sólo en términos literarios, sino bajo un juicio moral, me encuentro siempre más cerca del primero, de su silencioso intento de redención al comenzar El último magnate, de su desgraciada historia de auge, cima impensable y caída abrupta en el dolor, el olvido y la derrota. Soy de Fitzgerald porque él entendió algo más de todo lo que había vivido y no hizo falta volarse la tapa de los sesos con una escopeta al comprender que toda su existencia había sido una farsa, una tragicomedia insoportable al igual que todas. Porque siempre me perderé entre las obras del “pobre Scott” con la fascinación del lector exigente, y tengo la sensacion de que las obras de Hemingway quedarán polvorientas y amarillas en el fondo de la biblioteca, sin más concesión a su recuerdo que los concursos de dobles que año tras año se celebran en Estados Unidos. Quizá porque durante el tiempo que he dedicado a revivir la obra y la biografía de Fitzgerald lo he sentido más cerca que nunca hasta el punto de aproximarme a su dolor con una tristeza que hice propia y que me ha afectado hasta causarme esporádicas depresiones. Tal vez porque Hemingway representa a mis ojos algunas de las actitudes que más detesto en un ser humano pese a sus innegables, aunque sobrevalorados, registros literarios, y Fitzgerald vuelve a reconciliarme con la idea de justicia, una idea que quizá en los tiempos venideros no exista para los escritores presentes y futuros, pero que en su caso, se cumplió.

Hemingway

Me queda un regusto agradable a pesar del viaje a los infiernos de Fitzgerald vivido en este último mes. Cuando afirmo que soy de Fitzgerald, tengo la sensación de que el tiempo puso a cada cual en su sitio, y que, le pese a quien le pese, el mejor novelista americano de los años viente y treinta inmediatamente detrás de William Faulkner, y con permiso de unos cuantos nombres que se me ocurren, no fue Hemingway, sino Francis Scott Fitzgerald. Aquella vieja rivalidad injustificada tuvo al justo vencedor literario.
En cierto modo me aferro a ese triunfo que tal vez logra recordarme que aún es posible, que la materia de lo literario es capaz de reconstruir de las cenizas y los fantasmas, de las huellas de una historia partícular y hermosa, abierta al mundo y capaz de comprenderlo, el camino de esos elefantes con pies de plomo que son amenazados por el olvido. Cuando Fiztgerald escribió El Gran Gatsby alimentaba ya su superioridad sobre la literatura de Hemingway sin ni siquiera conocerse. La diferencia entre Scott y Ernest resultaría tan sencilla –y tan compleja a un tiempo- de explicar como afirmar cual es la distancia sideral entre El Quijote y las novelas de caballería que leía el personaje de Cervantes. Cuando Hemingway estaba balbuceando la revolución de un estilo, Fitzgerald hacia unos cuantos años que había expresado la riqueza de su literatura reflejada en ese personaje mítico de Jay Gatsby. En el fondo todo lo que surgía entre las páginas de esa hermosa obra tenía una apariencia de realidad que escondía una verdad metaliteraria. La grandeza de Gatsby no es otra que englobar en su esencia una tradición que se relacionaba directamente con obras tan fundamentales como Don Quijote o Madame Bovary. Era una novela sobre el poder de la literatura, que como la mayor parte de las novelas que adoro cuestionaba y guardaba en sus seno un diálogo con los siglos de escritura a sus espaldas. Gatsby proyectaba su grandeza en la realidad del mismo modo que un escritor – Fitzgeral o cualquier otro de envergadura- proyecta sus sueños y fantasías en sus libros, con la diferencia de que trataba de cumplirlos, de construirlos con elementos tangibles, de edificar su propio paraiso en vida con acciones reales cargadas en verdad de literatura, como un arquitecto sueña en sus planos y luego ejecuta ladrillo a ladrillo el fruto de su imaginación. Un viejo sueño imposible de escritores: conseguir que las palabras escritas cobren vida física. Esa sería al fin y al cabo la clave que definiría la distancia entre Fitzgerald y Hemingway.
Escribió Vargas Llosa en uno de sus magníficos ensayos literarios que Gatsby poseía la aptitud para confundir los deseos con la realidad, una aptitud que lo distinguía de la inmensa mayoría de los seres humanos y de muchos escritores de escaso rango. Algo de literatura de nuevo, una de esas metáforas que obligan irremediablemente a ser leídas.
Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacía el pasado.

Cuando la rivalidad destruye y crea

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1 comentario - Cuando la rivalidad destruye y crea

@Nirvanero89 Hace más de 2 años -1
Conozco la historia, me voy a tomar el tiempo de leerla de nuevo.

Gracias por el aporte.