El gallo (cuento propio)


EL GALLO


Benjamín es un buen hombre, noble y trabajador, que vive de lo que le da la tierra y los pocos animales que cría en ella. Está felizmente casado con Sara, y juntos procrearon a un dulce y alegre niño, de nombre Roberto como su abuelo paterno. La tierra es generosa y los frutos tan bondadosos como las ganancias obtenidas por la leche, lana y carne de sus animales.

Pero no siempre las cosas han sido así, de hecho a sólo unos días de que Sara diera a luz a Roberto, todo parecía ir cuesta arriba y empeoraba día a día. La sequía había sido más prolongada de lo esperado, y el invierno más crudo que nunca, por lo que todo lo que no murió por el frío, ahora se moría de sed. Mas lo peor no era eso, pues Sara había caído enferma, con altas temperaturas y sangrados constantes. Los médicos de la región no sabían qué hacer y el pronóstico era muy desfavorable.

Benjamín estaba desesperado. No tenía dinero para buscar una solución para su esposa en otra parte, y el tiempo se le venía encima.

En ese entonces todos en el pueblo sabían del gran chamán que vivía en las montañas. Se decía que nunca le negaba sus servicios al que lo necesitara, siempre y cuando fuera una sanación, un trabajo de protección o de buena fortuna, y nada que implicara dañar a alguien. El cobro por sus habilidades siempre había sido un misterio, pues en una comunidad tan religiosa como la suya, no era bien visto que se acudiera a este tipo de personas. De tal suerte que quienes lo consultaban lo hacían en secreto, y evidentemente se negaban a dar detalles. Sin embargo no faltaban los rumores, desde que el chamán se cobraba con sangre, hasta que el precio era la vida del primogénito del que fuera a buscar su ayuda, o incluso con su alma, ya que no faltaba el que aseguraba que el viejo era la encarnación del Diablo.

Todo lo que decían del chamán aterraba a Benjamín, pero él no sabía a quién más acudir. Además, existía la posibilidad de que todos esos rumores no fueran más que “eso”; exageraciones, engaños, o sólo cuentos para asustar a la gente, y que éstas no acudieran a la montaña en pos de aquel viejo.

Sin mucho qué pensar, Benjamín dejó a su esposa en las manos de su madre, y se encaminó a la montaña a visitar al chamán. Consigo, además de unas cuantas monedas, llevaba una pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe, y un “ojo de venado”, por si las dudas.

El camino era complicado, entre barrancas, piedras filosas, y un terreno que por momentos parecía desmoronarse a cada paso. Además del fantasma de la duda: “¿Y si todo lo que decían del chamán era verdad? ¿Y si el viejo de las montañas no era sino el mismísimo diablo?”

Para entonces todo le parecía factible a Benjamín, incluso los más descabellados rumores, como que el chamán era un “Nahual” y podía transformarse a voluntad en cualquier animal que quisiera, siendo de esta forma mucho más efectivo que como ser humano.

Sin poder borrar ninguna posibilidad de su cabeza, y menos aún la razón por la que pudiera estar arriesgándolo todo, llegó hasta una vieja choza: “la vivienda del chamán”.

Con miedo, pero decidido a no dar marcha atrás, se anunció y pidió permiso para entrar, sin obtener respuesta. Repitió lo mismo por unas cinco veces, hasta que le pareció escuchar el canto de un gallo. Inseguro y temeroso, Benjamín vio por última vez la imagen de la Virgen y entró.

Pero ahí no había nadie, salvo un gallo de plumaje rojo y bastante grande. Consciente de lo que se decía del chamán, Benjamín se aproximó al gallo, el cual no se vio amedrentado en ningún momento, y mantuvo su mirada fija en el atemorizado visitante.

–Señor, me he atrevido a entrar en su morada para buscar su ayuda. Mi esposa está muy enferma y nuestro hijo sigue en su vientre. Los médicos del pueblo no saben cómo remediar sus males, y el sacerdote no ha logrado consolarme ni un poco. ¡Ayúdeme usted! ¡Se lo suplico! Mis tierras se están muriendo y los animales también. No tengo dinero, y lo único que me quedan son estas cuantas monedas –dijo Benjamín, metiendo la mano en su bolsillo y apunto de ofrecerle el dinero al gallo.

Entonces el animal hizo una señal de desaprobación, pataleó el suelo y cantó, hasta que Benjamín soltó las monedas, aún en su bolsillo. Después el gallo caminó muy despacio y volvió a cantar, pero ahora mirando hacia la entrada.

El hombre se sentía destrozado. Su última esperanza parecía haberle fallado, y ahora lo estaba echando de la choza. Pero no dijo nada, sólo se despidió con una reverencia y se marchó de ese lugar.

Vencido y desanimado, Benjamín regresó a su casa, pero algo ya había cambiado; el campo ya no estaba seco, pues la primera lluvia de la temporada había caído y los cultivos parecían darle la bienvenida con unos cuantos brotes verdes. Los animales ya no estaban sedientos, y las nubes indicaban que llovería otra vez. Entonces el caminante pensó que el chamán lo había escuchado, y corrió a lado de su esposa, para ver que no sólo su mujer ya estaba mejor, sino que su primer hijo estaba por nacer.

El niño nació en perfectas condiciones, y en menos de una semana, su madre ya estaba como si nunca la hubiera atacado algún mal. El campo estaba verde y los animales fuertes y sanos como siempre.

Para todos era claro que había sido un milagro, pero sólo Benjamín sabía de la identidad del causante. Por lo que tan pronto obtuvo la primera cosecha, no dudó en llenar un gran costal con sus mejores semillas, para pagarle al chamán.

El camino a las montañas parecía mucho menos escabroso que la primera vez. Incluso la choza del chamán se veía distinta. Afuera había una hoguera y sentado sobre una piedra estaba un viejo. Benjamín se acercó a él y le entregó el costal.

El viejo pareció sorprendido y le preguntó por qué estaba haciendo eso.

–Porque se lo debo. Hace varias semanas vine a buscar su ayuda y usted hizo más de lo que yo le pedí. No soy un hombre rico, pero sé agradecer y pagar mis deudas, por eso estoy aquí y esto es para usted. ¿O acaso le parece poco?

–No, no me lo parece. Pero no puedo aceptarlo, porque yo no he hecho absolutamente nada por usted –dijo el viejo, y Benjamín se quedó contrariado.

–Pero yo lo vi, usted estaba convertido en un majestuoso gallo de color sangre, cuando le expliqué mi problema y… me ayudó; sanó a mi mujer, mi hijo está bien, y mis tierras han vuelto a dar frutos –replicó Benjamín.

– ¿Hace unas semanas dice usted? Un gallo rojo… ¡Ah, claro! El animal me lo regaló un paciente. En verdad que era majestuoso, y estaba, mmm… delicioso.



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