Florencia, arte en cada esquina
Estílo FlorentinoFLORENCIA, Italia: Justo enfrente de los más de cinco metros de altura que presume El David, blanquísimo, imponente, más de uno intenta sacar la cámara fotográfica. Pero no, no se puede. Una de las vigilantes, de ceño fruncido, advierte que eso está prohibido. Hay que capturar sólo en los recuerdos la imagen del legendario guerrero bíblico.
Es Florencia, "la ciudad que florece", como dice una guía de turistas. Es la urbe italiana surgida en el 59 antes de Cristo, edificada y embellecida con el financiamiento de los Médici, de donde surgió el genio de las artes: Miguel Ángel. En esta ciudad el arte brota en cada esquina, y aquí la Galería de la Academia alberga la pieza original de El David.
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David mira a la izquierda, porque es de allí, de la siniestra, como se dice en italiano, de donde viene el peligro, explica la guía. Es con la izquierda, con la que sostiene la honda con la que derrotará al Goliat. Sus ojos, fijos, vivos. Los músculos, tensos. La batalla contra el monstruo (la monarquía) está por comenzar. Miguel Ángel era un republicano.
Esa imagen emblemática ha quedado plasmada en la eternidad y después de permanecer por muchos años en la plaza central de Florencia, la Piazza della Signoria, ahora es la atracción central del recinto en el que Miguel Ángel impartía cátedra: la Accademia, a la que se puede acceder con un boleto que cuesta entre 15 y 20 euros por persona.
En las calles, el movimiento de bicicletas conducidas por todo tipo de personas, de todas las edades, le da vida a la ciudad. Los automóviles se mueven fuera del centro.
La zona histórica de Florencia, la cuna del Renacimiento, es para caminar. A pie o en bicicleta, las calles empedradas, estrechas, limpias y plagadas de tiendas, museos, esculturas e historia se disfrutan más.
El mercado central es un catálogo viviente de olores y sabores. Alimentos por montón. Imperan el orden y la limpieza en los pasillos en los que se acomodan las canastas con vinos tintos de a 1.70 euros la botella, los panecillos de 80 centavos la pieza, los paquetes de pasta, de hierbas secas. Los aromas de los quesos se mezclan con la frescura de uvas, plátanos, manzanas, pomodoros. Los letreros anuncian con letra prolija los productos. De ahí salen los ingredientes de la cocina toscana.
Stefano Conti y Paola Monducci atienden el local I sapori della Toscana, que funciona desde 1929. Cuatro generaciones de los Conti han proveído a los cocineros del hotel Four Seasons de Florencia de los aceites de olivo, de uva, trufas y tantos otros productos para preparar los platillos exclusivos de la cocina de ese hotel de lujo, de la calle Borgo Pinti.
De compras y bolsillos variados
Afuera del mercado central, un tianguis se extiende por las calles empedradas. El murmullo de los mercaderes atrapa a los paseantes. Ropa, bolsas, carteras, zapatos, cinturones, chamarras y cuadernos forrados de piel. En Florencia, la talabartería es un oficio tradicional.
Además, curiosidades, recuerdos, objetos embellecidos con la flor de lirio, el símbolo de la sociedad florentina. Pero ése es un sitio de paso para bolsillos ajustados. Florencia tiene estilo, tiene historia. Y siempre hay algo qué comprar. Y la Tornabuoni es la calle de las compras.
Enmarcada por un antiguo arco que recibía a quienes ingresaban a la cuna del Renacimiento. La Tornabuoni es la pasarela de las turistas que no desean irse de Florencia sin alguna prenda, accesorio o joya adquirido en esta calle de lujo. Allí conviven las grandes firmas de diseñadores italianos. Porque de Italia es el estilo para vestir.
A unos pasos de Tornabuoni, se erige la catedral florentina, el Duomo di Firenze, y su batisterio. Alrededor de ellos, una multitud de italianos y turistas caminan aprisa y se fotografían. Mientras tanto, las bicicletas van de aquí para allá.
Son moles de mármol blanco de Carrara, mármol rojo de Siena y mármol verde de Fratto, cincelados en un estilo gótico. Cada centímetro de estos edificios contiene cientos de detalles artísticos.
La cúpula de la catedral, la cuarta más imponente después de la de Roma, Londres y Milán fue la primera estructura que se construyó sin un andamio de madera que sostuviera el peso de los ladrillos. Una técnica que logró que cada tabique sostuviera a otro.
Comenta una guía: "Cuando Miguel Ángel se fue a Roma a construir la cúpula de San Pedro, mirando a ésta, le dijo: 'voy a Roma a construir a tu hermana, más grande que tú, pero no más hermosa'".
Cúmulo de plazas
Caminar por las calles es encontrarse en cada paso una plaza histórica. Y así pasamos a la Piazza della Reppublica, donde puede beberse un sabroso café capuccino en la terraza del Caffe Gilli, con fama por sus cocteles; o la Piazza de Santa Maria Annunziata, donde las famosas gitanas se aventuran a leerle el futuro a quien se deje; o la Piazza de Santa Maria Novella, adonde llegan los trenes de ciudades cercanas, por donde pasa el tranvía, en donde los autobuses hacen su agosto, donde se rentan por cinco euros por tres horas.
Pero la plaza principal en Florencia es la Piazza della Signoria, un museo de esculturas al aire libre, explanada del antiguo palacio del ayuntamiento y entrada a la lujosa Galleria degli Uffizi, construida para albergar las oficinas públicas y después convertirse en la más famosa pinacoteca italiana.
La Galleria degli Uffizi, el edificio que Cosme I encargó a su arquitecto de confianza para alojar al gobierno, en la época de los Médici, ahora es la muestra de pintura más importante. Los cuadros están puestos en orden cronológico para seguir la evolución de la pintura italiana, hasta el siglo XVII.
Luego, un pórtico abierto, que data del final del siglo XVI y que albergaba las ceremonias públicas, y ahora es una galería de esculturas de Juan de Bologna, de Cellini, de Miguel Ángel. Enfrente, un Neptuno de dimensiones desporporcionadas, compite con la copia de El David, frente al Palazzio Vecchio, el antiguo edificio de gobierno.
Detrás de la Signoria, el río Arno corre tranquilo, después de que hace muchos años provocó severas inundaciones. A este afluente, lo cruza un puente, el más viejo de la Europa moderna, del que Adolfo Hitler se enamoró en la Segunda Guerra Mundial y al único que le concedió la existencia, que hoy, los turistas agradecen. Es el Ponte Vecchio, que no niega su origen medieval y que une al sur con el norte.
Comer en Florencia
Dos sitios se sugieren para degustar la cocina toscana. Algo informal puede ser Le Antiche Carrozze (Las Antiguas Carrozas), donde los comensales, a solicitud, pueden preparar su propia pizza, con ingredientes tradicionales de la cocina napolitana y toscana, cocida en horno de piedra y con leña, o la típica Bistecca alla Fiorentina. Esta trattoria se ubica en la Piazza di Santa Trinitá. Cuenta con más de 100 etiquetas de vino tinto.
Para una velada más formal, el restaurante Cibreo, en Via del Verrocchio, prepara un menú de lujo de seis o siete platillos tradicionales, servidos con la elegancia que caracteriza a la familia de Fabio Picchi, y en donde la comida varía de acuerdo con la estación del año.
Pedalear
Para conocer más a profundidad la vida callejera de Florencia, hay que montar una bicicleta, que puede rentarse desde el mismo hotel o en la plaza de Santa Maria Novella.
Autos, hay pocos. Las bicicletas y las motocicletas dominan el tránsito. Florencia es ciclable porque casi no tiene pendientes.
Una ciclovía rodea la zona central de Florencia. Así, se puede ir de un monumento a otro y a otro. De calle en calle. Desde las dos ruedas puede apreciarse a la ciudad de los palacios, nada comparado con México; la ciudad de los castillos, de la fusión medieval con la moderna, y la amabilidad de los italianos, siempre de narices largas, que te recomiendan que si visitas Florencia, no dejes de acariciarle el hocico al jabalí de cobre que está cerca de la Piazza de la Reppublica. Dicen que es señal de que algún día, volverás a la bella ciudad.
Duerme en un Museo
Dormir en el Four Seasons Firenze es como dormir adentro de un museo. El hotel que presume, con razones de sobra, cinco estrellas doradas en su fachada de la calle Borgo Pinti, en el centro de Florencia, fue en el siglo quince un palacete, el Palazzo della Gherardesca, perteneciente a la familia noble del mismo apellido. Casi cinco siglos de historia lo siguen acompañando
Pero el Four Seasons no es sólo un palacete, sino también sus anexos. Al inmueble medieval se le añadieron cinco hectáreas de un jardín botánico que puede presumir de contar con árboles exóticos y más de 200 especies de plantas de más de 120 años de antigüedad.
Además del jardín, que en tiempos otoñales deja lucir los colores dorados y anaranjados de sus hojas que caen silenciosas, el hotel Four Seasons Firenze también incluye un ex conventino. Entre los tres inmuebles, suman 116 habitaciones: 79 en el palacio principal, 36 en el conventino y una en la villa del jardín.
La joya de la corona del Hotel Four Seasons es la Royal Suite, dividida en seis, incluida la estancia, el baño con tina, recámaras, biblioteca, entre otros. La suite Renacimiento es la única con dos niveles y se ubica en la parte alta del Palazzo. La noche en esa habitación cuesta tres mil 800 euros y goza de una vista privilegiada hacia el jardín botánico. El Palazzo es silencioso. La alfombra de los pasillos y las habitaciones minimiza cualquier ruido. Pero es que en realidad, Florencia es silenciosa en general. Sus calles en el centro histórico, libres de automóviles, no albergan ruidos, no son estruendosas.
En cada rincón del hotel, en cada pared, en cada muro, el Four Seasons deleita a sus huéspedes con piezas artísticas, con algún jarrón de colección, con alguna pintura histórica. En el centro del lobby, una réplica de Il Baco, de Miguel Ángel, le pone la cereza en el pastel al cómodo palacete. El Four Seasons es un museo viviente.
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