Indio solari - Vito (el extravío de los amigos)

Vito (el extravío de los amigos)

Regresó Vito de España.Volver a vernos después de tantos años sin tener noticias uno de otro sin saber nada de nada de nuestros destinos nos convirtió en el instante mismo del reencuentro en dos seres anónimos a los que la reminiscencia de una vieja amistad, lenta pero progresivamente, nos iba descubriendo de nuevo, algo de nuestra vieja identidad.
Vito se fue en el 77 cuando la cosa en el país hacía rato que ya no daba para más y todos los jóvenes de La Plata que detentabamos algún tipo de beligerancia hacía los cánones del establishment protoburgués estabamos esperando, ocultos en el rincón más oscuro de nuestras guaridas, que nos vengan a buscar, aferrados a la culata de una semiautomática, debo confesarlo, con más posibilidades de amasijarnos por miedo y hastío que de abrir fuego contra el represor.
Con Vito nos conocimos en la casa del Boss Beilinson, una noche de de antología donde el fernet y el diletantismo en cuestión de arte habían trepado, a fuerza de potenciarse mutuamente, a lo más alto del delirio. Hablabamos, entre otras cosas, sobre la multifacética y extravagante persona del pintor Xul Solar. Vito nos contó una anécdota referida por Borges que si mal no recuerdo contaba el breve diálogo que sostuvieron una mañana durante una visita que el propio Borges realizó a Xul.
Como anda Xul, que ha hecho esta mañana?
A lo que Schulz Solari le respondió dejándolo patitieso a Borges.
Entre otras cosas, he inventado doce nuevas religiones.
Las citas que realizan los amigos tienen esa particularidad de quedar prendadas para siempre de su voz y de su rostro. Como si quienes la realizan igual que si fueran parte de sus propios y más íntimos pensamientos fueran sus verdaderos autores.
Vito es un tipo de una sensibilidad rayana en lo extraordinario y dado como todos nosotros en esos tiempos a vivir todos tipos de experiencias no ordinarias. Atrás de esas facciones de rudo y hosco albañil o de empleado ferroviario, que aún posee, se esconde el núcleo perceptivo de un ser exquisito.
Después de algunos rodeos, que no tenian que ver con la fuerza de sus convicciones sino con cuestiones meramente burocráticas y de inteligencia interna dentro del mismo grupo entró de lleno en Montoneros. Toda su enorme capacidad artística quedó al servicio de esta organización político militar, que pensaba y pretendía escalar a sangre y fuego las escalinatas de la Casa Rosada, deponer a los inútiles y alzarse con el poder total, para desde allí imponer la justicia social en todo el territorio nacional. Cosa que a mí desde el vamos, joven pero avezado pesimista, siempre bajo el halo del discurso yippie, hipster o beatnick, me parecían una locura imposible de llevar a cabo.
Vito no solo pintaba muy bien, sino que escribía poesía, cuentos y realizaba sorprendentes guiones de cine que tenía pensado llevar a cabo con las maquinarias filmicas con las cuales se estaba pertrechando el Boss Beilinson. Creo que, en ese momento, le costó mucho decidir lo que llamaba su destino. Debía convertirse, casi de un día para otro, en un soldado de la revolución. Desde ahora y quizá para siempre tendría que aprender a matar, a ensuciarse las manos para poner en marcha las dinámicas perfectas que iban a cambiar el mundo, era el momento no cabía la menor duda en quienes pensaban como Vito, que la historia tenía previsto en el poderoso rodar de su obstinado acaecer, de comenzar a suspender los pinceles para tomar el fusil. A Vito ya no le alcanzaban o ya no creía en las prácticas situacionistas, que inspiradas por gente como los prankster, Jerry García y Ken Kensey había llevado durante algún tiempo a cabo en La Plata. Encender fuego en la fuente de la Plaza, ver cual era el modo de poder meter ácido lisérgico en las tuberías de agua corriente de la ciudad o realizar irrupciones poéticas en los centros neurálgicos de concurrencia masiva, creo que le parecían cosas demasiado inofensivas o inconducentes para subvertir el orden burgués. Ahora, como decian entre las filas del más conspicuo y joven ejercito peronista, solo fusiles y pelotas. Me pregunto cuantos como él y como yo habrán estado ante el mismo dilema, de índole más bien existencial que de naturaleza propiamente política, debatiéndonos en la inmensidad atronadora de una serie interminable de noches de insomnio. Jugando un ajedrez rabioso ante los propios fantasmas de la historia que estaban a su vez incidiendo de forma definitiva y transmutando el cauce de muchas vidas. La decisión de Vito no se hizo esperar demasiado fue contundente y altamente comprometida con las posturas de violencia más extrema que imperaban dentro del mando central, consignas encerradas en el círculo fantasma de la organización y que desde allí se volcaban con intensidad volcánica hacia sus bases. Tiempo después me enteré que a través de sus capacidades para la gestión bélica, cosa que no me sorprendió porque Vito era un verdadero capo en todo lo que se proponía como meta, como objetivo a realizar, primero llegó a ser oficial instructor de tiro de un grupo montonero de Ensenada y de allí pasó a ser parte del grupo más avanzado en ingeniería militar encargado de perfeccionar el nuevo armamento que la organización tenia pensado implementar para su accionar urbano.
Yo podría decir que casi no ví a Vito en esa época. Apenas recuerdo verlo pasar por alguna esquina del centro con el rostro complejo de los que habitan el corazón del peligro. Tuvo la enorme fortuna de salvar su pellejo, tomarse un avión que lo llevó primero a Suiza donde se instalo muy precariamente para después vagar por toda Europa y Africa, no así su compañera desaparecida unos días antes de partir, sabe Vito ahora, en los infiernos del Pozo de Banfield.
Con el barro fresco de la nueva democracia tratando de cimentar una nueva época en el país, en un retorno que no puede ser más que oscuro, melancólico y transido por un vendaval contante de dolores y angustias, Vito ha vuelto. Consiguió trabajo en el estudio de arquitectura de uno de sus primos y se ha vuelto a afincar en Buenos Aires.
Esta tarde estuvimos en el patio de casa junto a sus dos pequeños hijos madrileños mirando el cielo como dos boludos a punto de alcanzar la felicidad y compartiendo algunos tragos.
Todos los que vuelven del exilio, ya he tenido contacto con más de uno, tienen un rasgo particular que a mi modo de ver se concentra sobre todo en el espectro del cuerpo. Como si los ganara una corporeidad ausente dentro de un sachet huidizo igual que si todavía seguirían siendo expulsados de su tierra.
Ni bien tocó el timbre y salí a atender le pregunté como carajo me había encontrado. Eduardito Beilinson me dio la dirección, me dijo sin sorpresa. Nos encontramos de casualidad en Madrid pocos días antes de venirme. Me lo encontré un viernes a la noche en un boliche nocturno de la Gran Vía tocando la guitarra para unos tipos que se hacía llamar Los Toreros Muertos.
(Malísimos los tíos) , dijo entre risas, no se como Eduardito que si mal no recuerdo tocaba tan bien la viola, dió con esos esperpentos musicales y se sumó a una propuesta de gusto indescifrable. Me levanté de la mesa y me acerqué a un costado del pequeño escenario. Llamándole la atención con un chistido le pregunté si en verdad era el famoso Skay Beilinson. Seguimos toda la noche de caravana tomando un par de wiskyes en cada lugar donde parábamos. Me dijo que estaban muy contentos, tanto él como Poli con su aventura en España y que estaban pensando en comprarse una casa. Casi de mañana nos despedimos.
Cuando Vito me preguntó en que andaba yo, si seguía con el tema de los dibujos y la pintura, enseguida me dí cuenta que ni Skay, ni Poli le hablaron para nada de los Redonditos. Sentí que todo se iba a la mismísima mierda. Sentí que sin Skay no hay Redonditos. No me animé, no quise preguntarle a Vito en algún momento de la noche si Skay o Poli habían dejado deslizar la posibilidad de volver pronto a la Argentina. Me sentía hundido. Vito se dio cuenta que una especie de rayo me había electrocutado el alma pero creo que no sabía bien porqué. Seguramente lo atribuyó a la nostalgia y melancolía que provoca la lejanía de los grandes amigos. Yo tampoco me detuve en explicarle, me pareció complicado y a decir verdad me sentía sin aliento para hablarle de la intimidad de Patricio Rey. Seguimos hablando como pude de cualquier otra cosa.