NIHON MONOGATARI NI YOUKOSO


Disculpen la Tardanza , pero aquí esta la parte 3

Denle play al tema, para ambientar un poco.





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Nemuri neko

Hace mucho, mucho tiempo, viajaba un escultor llamado Sakichi. Sakichi quería
hospedarse en un hotel pero no tenía dinero, entonces se dirigió al hotelero y le dijo: "
Yo no tengo dinero pero en su lugar le puedo hacer una escultura."
El hotelero le permitó quedarse y Sakichi así lo hizo. Al día
siguiente Sakichi le entregó una escultura de un dios.
El hotelero exclamó: "¡Esta es una escultura magnífica!"
Por ese entonces se estaba construyendo en
Nikkotoushougu en donde se encontraba un escultor muy
famoso llamado Jingoro Hidari. El hotelero presentó a
Sakichi ante Jingoro para que trabajara con él. Sakichi estaba muy contento y pensó:
"Voy a trabajar con mucho ahínco."
Jingoro se dirigió a Sakichi: "Voy a cincelar un dragón y tú
cincela un gato en la puerta."


Todos trabajaron muy arduamente y la noche en que
acabaron con las obras en Nikkoutoushougu hicieron una
fiesta. Todos estaban muy contentos y cantaron, danzaron
y bebieron.
Esa noche todos estaban muy cansados y se durmieron sin
comer la rica comida que había. A la mañana siguiente se sorprendieron mucho al ver
que alguien se había comido todo sin dejar ni una pizca.
"¿Tú comiste?"
"¡Yo no!"
Jingoro y Sakichi se miraron el uno al otro y se dirigieron
con paso rápido a la puerta. En ese lugar estaba el gato
que Sakichi había cincelado y unas comidas alrededor de
él.
Jingoro transformó al gato en un gato durmiendo y le dijo a
Sakichi: "Este gato es magnífico. Probablemente su alma
entró y se salió por aquí. Pero ya no hay cuidado."
Este gato se llama "Nemurineko" y todavía sigue durmiendo en Nikkotoushougu.





Tanabata


Hace mucho, mucho tiempo, en algún lugar vivía
un joven que un día volviendo del trabajo encontró
una tela en el camino, la tela más bella que jamás
había visto. "¡Qué tela tan bella!", dijo
impresionado y la metió en su canasta.
En ese momento alguien lo llamó, y al voltear se
sorprendió mucho al ver aparecer a una mujer
muy bonita quien le dijo: "Me llamo Tanabata.
Por favor devuélveme mi 'hagoromo'."
El joven le preguntó: "¿Hagoromo? ¿Qué es un hagoromo?"
La mujer le contestó: "Hagoromo es una tela que uso para volar. Vivo en el cielo. No
soy humana. Descendí para jugar en aquella laguna, pero sin mi "hagoromo" no podré
regresar. Por eso le pido que me la devuelva.
El joven avergonzado no pudo decir que él la había ocultado y le dijo: "¡Yo no sé de qué
me hablas!"
Tanabata no pudo volver al cielo y no tuvo más remedio que quedarse en la tierra.
Con el tiempo ambos se hicieron muy amigos y posteriormente se casaron.
Después de unos años, Tanabata, cuando hacía la limpieza de la casa, encontró el
hagoromo. Sorprendida se dirigió a su marido y le dijo: "¡Ah! Tú fuiste el que tomó mi
hagoromo. Ahora que ya la he encontrado tengo que regresar al cielo. Si tú me amas,
haz mil pares de sandalias de paja y entiérralas en torno a un bambú. Si lo haces
podremos vernos nuevamente. Hazlo por favor. Te estaré esperando."



Diciendo estas palabras Tanabata subió al cielo.
El joven se quedó muy triste y empezó a hacer las
sandalias de paja que Tanabata le había mencionado y
así poder verla.
Un día hizo mil pares de sandalias de paja y las enterró
en torno a un bambú.
En ese momento el bambú se alargó muy alto hasta el
cielo.
El joven se sorprendió mucho y dijo: ¡Ah, Treparé el
bambú y podré ver a Tanabata!". Y así lo hizo, subió y
subió y llegó a la punta del bambú pero éste no llegaba al cielo. Le faltaba sólo un poco
para llegar.
En realidad le faltaba un par de sandalias para completar el millar.
El joven dijo: "Me falta sólo un poco para alcanzar el
cielo" y exclamó "¡Tanabata! ¡Tanabata!"
Su voz alcanzó a Tanabata quien se puso muy contenta y
enseguida extendió su brazo y lo alzó.
Ellos muy felices se tomaron de las manos.
En ese momento apareció el padre de Tanabata quien le
preguntó: "¿Quién es ese hombre?"
Tanabata le contestó: "Este es mi esposo."
El joven dijo: "Mucho gusto."
Al padre no le gustaba que Tanabata se haya casado con
un humano y preguntó al joven: "¿Que trabajo tiene?"
El joven le contestó: "Soy labrador."
El padre dijo: "Bueno durante tres días cuida mis tierras."
"Sí. Entendido.", respondió el joven.


Tanabata le dijo a su marido que su padre le
estaba haciendo una trampa y que aunque
tuviese sed no comiese ninguna fruta pues le
ocurriría algo malo."
El joven se puso a cuidar las tierras. Pasaron los
días y empezó a tener mucha sed. "Tengo mucha
sed. Ya no puedo aguantar. Sólo un poco....."
En eso, las manos del joven se dirigían a la fruta inconscientemente. La tocó y de ella
empezó a salir mucha agua, convirtiéndose en un río, el "Amanogawa".
El joven y Tanabata quedaron separados por
Amanogawa y ambos se convirtieron en
estrellas, las estrellas Vega y Altaír.
Desde entonces, la pareja con el permiso del
padre, puede encontrarse sólo un día al año,
el siete de julio.
Ambas estrellas aún brillan en el cielo.








Taro y el conejo


Hace mucho, mucho tiempo, vivían un anciano y su nieto
Taro en el fondo de una montaña.
Allí también vivía un conejo que pasaba el tiempo
cometiendo maldades.
Este en aquellos días tenía una cola muy larga y grande y
hacía alarde de ello.

Un día el anciano dijo a Taro: "Voy a trabajar a la montaña
y regresaré al atardecer, por eso espérame con la comida
lista."
Taro contestó: "Lo haré. Cuídese mucho."
Cuando Taro estaba cocinando, vino el conejo y le dijo:
"Taro, Taro, dame un poco de comida por favor."
Taro se quería negar pero no pudo porque era muy
amable.
Entonces le dijo al conejo: "Come sólo un poco" y le
entregó una olla.
Pero el conejo se comió todo y escapó rápidamente.
Cuando regresó el anciano se quedó desilusionado al oír sobre este asunto.



Esa noche ambos no pudieron comer nada.
Al día siguiente, antes de ir a la montaña, el anciano le dijo a Taro: "Taro, si viene el
conejo no le des comida. ¿Está bien?"
Taro contestó: "Está bien."
Al atardecer, cuando Taro estaba cocinando nuevamente, el conejo vino corriendo
y gritando: ¡Taro, Taro, tu abuelo se ha desmayado en la montaña!"
Taro se sorprendió y dijo: "¡Dios mío!"
Salió corriendo en dirección de la
montaña y en la mitad del camino se
encontró con su abuelo, el cual se dirigía
de regreso a casa "¡Oh no! ¡Otra vez ese
conejo!", dijo Taro.
Cuando regresaron a casa vieron que ya
no quedaba nada de comida.
El anciano montó en cólera y dijo: "¡Esto es
imperdonable!" y con un hacha en la mano se dirigió a la
caza del conejo.
Este al ver al anciano, echó a correr.
El anciano lanzó su hacha contra el conejo y éste trató de
evadirlo, sin embargo, el hacha llegó a dar en su larga
cola, cortándola.
El conejo estuvo llorando de dolor durante muchos días y
sus ojos se pusieron rojos. Desde ese momento, los
conejos tienen una cola corta y ojos rojos.
Finalmente, el anciano y Taro pudieron comer con toda tranquilidad.




Tsuru no Ongaeshi



Hace mucho, mucho tiempo, en algún lugar vivía una pareja de ancianos muy pobres.
Un día el anciano oyó el grito de una grulla que había caído en una trampa; se
compadeció al verla y decidió soltarla.



Esa noche le contó a su mujer lo que había ocurrido y ella le dijo: "Hiciste bien. Yo
también estoy contenta", y los dos se pusieron alegres. En ese momento, alguien llamó
a la puerta: "toc toc...", el anciano salió y encontró a una chica muy bonita que dijo:
"Me desorienté en el camino, ¿Podría quedarme en su casa esta noche?".Los
ancianos que eran muy amables no dudaron en invitarla a dormir.
Aquella noche los tres conversaron y la chica les contó que no
tenía casa a donde ir ni familia con quien estar. Los ancianos
le propusieron: "¡Queremos que seas nuestra hija!"
Ella se puso muy contenta. Al rato los tres se fueron a
descansar. Al día siguiente, la chica se levantó muy temprano
para preparar el desayuno, pero no había ni arroz ni miso. En
ese momento, la chica divisó un telar en una habitación
contigua y en unos instantes se empezó a oir el sonido del
telar mecánico.
Cuando los ancianos se despertaron, la chica les entregó una pieza de tela bellísima
diciéndoles: "vendan esta tela y compren lo necesario para vivir". Ellos se
sorprendieron y se pusieron muy contentos. El anciano recibió mucho dinero a cambio
de la pieza de tela, ya que ésta era muy bonita, y compró lo necesario para vivir
además de un precioso peine para la chica.
Esa noche los tres estaban muy contentos y se quedaron conversando hasta muy tarde.
En eso el anciano dijo: "Ya vamos a dormir", pero la chica respondió: "Yo voy a
continuar trabajando un poco más". Los ancianos se sorprendieron y le dijeron: "¡No!
hoy ya no trabajes! es mejor que descanses". La chica respondió: "Quiero hacer más
piezas de tela para ustedes pero quisiera pedirles un favor, no entren a la habitación
mientras yo esté trabajando.". El anciano preguntó sorprendido: "¿Cómo? ¿No
podemos verte trabajar?". La chica respondió: "No, por favor, quiero que me
prometan que no lo harán."



Los ancianos no entendían la razón por la cual la chica les pedía eso, pero asintieron
con la cabeza. La chica tejía cada noche una pieza de tela que se vendían como "pan
caliente", pero cada día se ponía más delgada, y por días iba teniendo cada vez menos
ánimo.
El anciano le decía: "¡Tienes que descansar, no trabajes
demasiado!", pero la chica respondía: "Voy a seguir
trabajando sólo un poco más" y entraba en la habitación. Pero
los ancianos no podían dormir pensando en la salud de la
chica.
Una noche, el anciano no pudo contenerse y dijo: "Voy a
verla"; la anciana replicó: "Tenemos que cumplir con nuestra
promesa". El anciano, haciendo caso omiso a su mujer, se dirigió a la habitación en
donde se encontraba trabajando la chica. Miró a través de la puerta que estaba
entreabierta y para su sorpresa divisó a una grulla trabajando en el lugar. La grulla
utilizaba su pico para quitarse plumas, las cuales utilizaba para decorar las hermosas
piezas de tela que hacía. De pronto, advirtió que estaba siendo observada y se disfrazó
nuevamente de mujer.
La chica abrió la puerta y se dirigió al anciano: "Yo soy
aquella grulla que salvaste de la trampa. Por salvarme la vida
quise devolverte el favor y para ello se me dió la oportunidad
de convertirme en un ser humano por una sóla vez y venir
aquí, pero ya no puedo permanecer con ustedes. Deseaba
convertirme en vuestra hija para siempre".
La chica volvió a tomar su apariencia original de grulla y
levantó vuelo. El anciano al verla volar pensó: "Perdóname.
¡No nos olvides!" y le lanzó el peine que le había regalado a la "chica". La grulla lo
cogió y se fue volando



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Ubasuteyama


Hace mucho, mucho tiempo, un señor feudal publicó en su castillo una nota oficial que
decía: "Cuando su madre cumpla sesenta años, tendrá que abandonarla en la
montaña".
A esa montaña se le conocía como "Ubasuteyama". En algún lugar del pueblo vivía
una madre con su hijo, ambos eran muy amables. Ella ya había cumplido sesenta años
y su hijo se encontraba muy apenado.
"No llores", le dijo la madre, "Voy a ir cerca de los dioses, así que no te preocupes
por mí."
El hijo se dirigió a la montaña llevando a su madre
sobre su espalda. Al poco rato de iniciado el
recorrido, el hijo notó que su madre rompía unas
ramillas y le preguntó: "¿Qué estás haciendo?"
La madre le contestó: "Estoy dejando señales para
que te indiquen el camino de regreso y no te
pierdas."


El hijo pensó: "Mi madre hasta en ese detalle se preocupa por mí" y sintió una oleada
de tristeza en su corazón y exclamó: "¡Mamá vamos a regresar!"
La madre le dijo: "No. Si yo regreso sufrirías el castigo."
El hijo exclamó: "¡Pase lo que pase no te puedo dejar!"
El hijo regresó con su mamá y le pidió a ella que por favor se ocultase debajo del
suelo.
La madre le contestó: "Sí. No te preocupes."
Un día un monarca vecino amenazó al señor feudal con atacar su castillo si no
contestaba a la pregunta de cómo se puede hacer una cuerda de cenizas. El monarca
vecino había hecho esta pregunta pues pensaba que era imposible contestarla. El
señor feudal pidió a su gente que pensaran en la posible respuesta.
El hijo también intentó resolver el problema sin éxito. Entonces preguntó a su madre,
y ella le contestó: "Eso es muy fácil. Haz una cuerda muy estrecha y mójala en agua
salada. Seca la cuerda y quémala. ¿Entendiste?"
El hijo así lo hizo y la llevó al señor
feudal.
Este exclamó: "¡Excelente! Voy a
recompensarte. A propósito, ¿lo
hiciste sólo?"
El hijo tímidamente le dijo la verdad.
El señor feudal dijo: "Si no hubiera sido por la anciana, yo
habría perdido mi castillo."
Reflexionó mucho y desde entonces se dedicó a cuidar a los ancianos del pueblo. El
hijo y su madre vivieron felices para siempre.



Urashima Taro


Urashima vivió, hace cientos y cientos de años, en una de las islas situadas al oeste
del archipiélago japonés. Era el único hijo de un matrimonio de pescadores. Una red y
una barquichuela constituían toda su fortuna. Sin embargo, el matrimonio veía
compensada su pobreza con la bondad de su hijo Urashima.
Y sucedió que cierto día el muchacho caminaba por una de las calles de la aldea,
cuando de pronto vio a unos cuantos chiquillos que maltrataban a una enorme
tortuga. De seguir de aquel modo mucho tiempo, hubieran acabado por matarla, y
Urashima decidió impedirlo.


Se dirigió a los chicos, y, reprendiéndoles por su mala
acción, les quitó la tortuga. Cuando la tuvo en sus manos, pensó dejarla en libertad, y
para ello fue hacia la playa. Una vez allí, la llevó a la orilla y la dejó en el mar. Vio
cómo la tortuga se alejaba poco a poco, y cuando la perdió de vista, Urashima
regresó a su casa. Sentía una gran satisfacción por haber librado al animal de sus
pequeños verdugos.
Transcurrió algún tiempo desde aquel día. Una mañana, el
muchacho se fue a pescar. Tomó el camino que conducía a
la playa y cuando llegó puso la barca en el agua, montó en
ella y remó hacia dentro. Llevaba largo rato remando y
perdió de vista la orilla; decidió echar al agua su red, y
cuando tiró para sacarla hacia fuera, notó que le pesaba
más que de costumbre. Logró subirla, y con gran sorpresa
vio que dentro de la red estaba la tortuga que él mismo echó en el mar, la cual,
dirigiéndose a él, le dijo que el rey de los mares, que había visto su buen corazón, la
enviaba para conducirle a su palacio y casarle con su hija, la princesa Otohime.

Urashima le entusiasmaban las aventuras y accedió muy gustoso. Juntos se fueron
mar adentro, hasta que llegaron a Riugú, la ciudad del reino del mar. Era
maravillosa. Sus casas eran de esmeralda y los tejidos de oro; el suelo estaba
cubierto de perlas y grandes árboles de coral daban sombra en los jardines; sus hojas
eran de nácar y sus frutos de las más bellas pedrerías. Hacia los asombrados ojos de
Urashima avanzaba una hermosísima doncella: era Otohime, la hija del rey del mar.
Le recibió como a un esposo y juntos vivieron varios días en una completa felicidad.
Todos colmaban al pescador de todo género de atenciones, y entre tanta delicia,
Urashima no sintió que el tiempo pasaba. No podía precisar desde cuándo estaba allí.
¿Para qué había de saberlo? No debía importarle. La vida en aquel lugar maravilloso
le parecía inmejorable; nunca pudo soñar nada semejante.

Pero sucedió que un día se acordó de sus padres. ¿Qué sería
de ellos? Sin duda sufrirían mucho sin saber lo que había
sido de él. Y desde aquel momento la tristeza se apoderó de
todo su ser. Nada lograba distraerle; ya no encontraba aquel
lugar tan encantador y hasta le pareció menos bello. Sólo
deseaba una cosa: volver junto a sus queridos padres. Y así
se lo comunicó una mañana a su esposa, cuando ésta
procuraba por todos los medios averiguar la causa de su
pena. Al decirle Urashima lo que quería, Otohime se
entristeció; procuró convencerle de que se quedara junto a ella, pero nada logró. El
pescador estaba firme en su propósito. Así, pues, prometió volverle a la aldea, y con
un lucido cortejo le acompañó hasta la playa. Cuando al fin llegaron, la princesa
entregó a Urashima una pequeña caja de laca, atada con un cordón de seda. Le
recomendó que, si quería volver a verla, nunca la abriese. Después se despidió de él
y con su acompañamiento se internó en el mar.

Pronto Urashima la perdió de vista. Con la cajita en sus manos, miraba fijamente a
las aguas. Así estuvo algún tiempo; después recorrió la playa. De nuevo estaba en su
pueblecito. Las mismas arenas, las rocas de siempre, el mismo sitio donde de
pequeño tantas veces había ido a jugar; le parecía que su vida en la cuidad del mar
había sido un sueño. Qué lejos todo aquello! Entonces encaminó sus pasos hacia su
casa; pero cuando entró en la aldea no supo por dónde tirar. La encontraba
completamente cambiada: no la reconocía. Las casas eran m´s grandes; tejados de
pizarra habían sustituido a los que él vio de paja. La gente se vestía con vistosos
kimonos bordados. Parecía otro lugar. Y, sin embargo, era su pueblo; estaba seguro.
La misma playa, las mismas montañas. Sólo las casas y la gente habían cambiado.Entonces decidió preguntar a unos muchachos en dónde se
encontraba la casa del pescador Urashima, puesto que éste
era también el nombre de su padre. Los muchachos no
supieron responderle; no conocían a tal pescador. Entró en
un comercio e hizo igual pregunta al dueño; pero le dijo lo
mismo que los chicos: nunca había oído hablar de tal
pescador, y eso que creía conocer a todo el pueblo. En esto
acertó a pasar por allí un hombre que debía de tener muchos
años, a juzgar por su apariencia. Era conocido por saber mil
historietas antiguas del pueblo y conocer las vidas de sus
antiguos habitantes. Urashima se dirigió a él, por indicación
del dueño de la tienda y le preguntó dónde estaba la casa del pescador Urashima. El
viejo no contestó; se quedó un momento pensativo, y al cabo de un rato dijo que casi
lo había olvidado, porque habían pasado más de cien años desde que murió el
matrimonio. Su único hijo decían que un día salió a pescar, y a partir de entonces
nadie volvió a saber lo que le sucedió. Urashima empezó a comprender: mientras
vivió en la ciudad del mar había perdido la noción del tiempo. Lo que le habían
parecido sólo unos cuantos días habían sido más de cien años.
No supo qué hacer; se encontraba completamente solo en un pueblo que, aunque era
el suyo, le era absolutamente extraño. Entonces se dirigió a la playa; puesto que
había perdido a sus padres, volvería con la princesa Otohime. Pero ¿Cómo llegar a
ella? En su precipitación por ver a sus padres, olvidó, cuando se despidieron,
preguntarle de qué medio se valdría para volver a verla. De pronto, recordó la cajita
que tenía entre sus manos; se olvidó de que no debía abrirla, y pensó que,
haciéndolo, quizá pudiera ir junto a Otohime.
Desató sus cordones y la destapó. Al instante salió de ella una nubecilla que se fue
elevando, elevando, hasta perderse de vista. En vano Urashima intentó alcanzarla.
Entonces recordó la recomendación de la princesa; su atolondramiento le había
perdido. Ya no volvería a verla. De pronto sintió que sus fuerzas le abandonaban, sus
cabellos encanecían, innumerables arrugas surcaron su piel; su corazón cesó de latir,
y, al fin, cayó al suelo. Cuando a la mañana siguiente fueron los muchachos a
bañarse, vieron tendido en la arena a un hombre decrépito, sin vida. era Urashima
que había muerto de viejo.
Todavía hoy algunos pescadores de ciertos pueblos del Japón cuentan a sus hijos,
para que no sean distraídos, la leyenda del pescador Urashima.


link: http://www.youtube.com/watch?v=uszLSQ4Cv8E&feature=related




Eso es todo por ahora, esperen la Cuarta parte.. y Visitan las primeras.
http://www.taringa.net/posts/arte/8063210/Cuentos-Cortos-de-Japon-Nihon-Monogatari-Parte-2.html
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