La Sonrisa que Mató a Lisa


No tenía idea de qué había sido exactamente lo que le había atraído de ese cuadro de esa manera, lo que sí sabía, es que le fascinaba y que iba a colgarlo en la pared que se encontraba frente a su cama, de modo que sería lo primero que vería cada día. No era nada especial, es decir, sí lo era para él, pero no era un cuadro muy fuera de lo común: se podía ver un arroyo de agua turquesa, la cual brillaba gracias a los rayos del Sol que lograban filtrarse a través de unos árboles de un verde intenso. Del otro lado del arroyo y perdiéndose en el horizonte del dibujo se podía divisar un sendero rodeado de árboles. También, bien lejos se podía divisar las afueras del bosque, lleno de colinas de pasto tan verde como los árboles. Afortunadamente para el que fuera que estuviera paseando por el bosque se podía cruzar el lago gracias a un tronco caído, el cual no presentaba ningún daño y parecía bien asentado. Del lado desde donde el admirador del cuadro se encontraba parado, se podía ver la continuación del sendero, con la diferencia de una notable menor cantidad de árboles, haciendo que estuviese mucho más iluminado que el resto del bosque.

Una de las cosas que le habían atraído del cuadro, es que ese claro estuviese vacío, es decir, que pareciese faltar algo. No porque el pintor haya decidido dejarlo abandonado, sino que pareciera como si se hubiese pintado algo allí pero que de alguna manera hubiera desaparecido. Sabía que sonaba estúpido pero era la impresión sincera que tenía cada vez que lo contemplaba. Se tomó su tiempo en colgar, acomodar y lograr que quedase derecho y en que el clavo que lo sostuviese fuese los suficientemente resistente y que hubiese penetrado correctamente su pared. Una vez finalizado con el proceso, dedicó un par de minutos más en admirar el resultado.

Tal y como era su intención, el cuadro fue lo primero que vio una vez despertado la mañana siguiente. La luz del Sol que iluminaba el cuarto incrementaba, si es que era posible, la belleza de la pintura, quiso verla de cerca y cuando se acercó y pudo observarla mejor, notó algo distinto en la obra, aunque no podía discernir bien qué. El arroyo seguía igual, el sendero estaba intacto, lo árboles seguían verdes, y sin embargo, no podía evitar pensar que no era la misma pintura que había admirado la noche anterior. Se fijó en el claro, el cual seguía igualmente iluminado, pero parecía haber una sección del pasto más oscura a pesar de que no había nada que podría obstaculizar la llegada de los rayos del Sol. No, no era una sombra, estaba aplastado, como si alguien hubiera estado sentado ahí por un largo tiempo y acabara de levantarse. Ingenuamente, buscó por la pintura si había alguien responsable de haber arruinado su hermoso pasto, incluso tuvo un impulso de mirar por encima de su hombro, pero logró detenerse antes de quedar como un estúpido en frente de sí mismo, o de la persona en el cuadro que había estado sentada ahí mientras él dormía. Se demoró unos instantes en darse cuenta de lo ilógico e irracional que era esa idea, evidentemente ese pasto aplastado se encontraba ahí desde el principio y él no había sido capaz de notarlo ante la falta de luz. No le molestaba mucho pero de todos modos prefería el pasto como lo había visto antes, de alguna manera ese pasto recién abandonado por alguien le incomodaba. ¿Quién se había sentado ahí por tanto tiempo? ¿Por qué no se lo veía a lo largo del sendero?

Desafortunadamente, o más bien, afortunadamente, no podía demorarse en intentar contestar a sus preguntas, después de todo, tenía una vida propia. Sin embargo, no logró alejar esas cuestiones de su cabeza en todo el día, dispuso cada momento libre en imaginarse por qué el pintor había decidido dejar ese pasto aplastado sin darle si quiera una pista al resto del mundo de quién era el responsable. Era sencillo crear una historia propia, acerca de una mujer inocente paseando por el bosque, o un pescador intentando atrapar su cena, pero esas versiones no le satisfacían en lo absoluto, simplemente por la posibilidad de que no fueran ciertas. Sólo una persona conocía la realidad atrás de ese rastro y él sabía que no tenía la más mínima chance de lograr contactarlo, el dueño del local no supo decirle quién había pintado ese cuadro ni dónde podría averiguarlo. En ese momento, no le molestó demasiado desconocer el nombre del creador de semejante pintura, pero ahora eso lo fastidiaba más que nada, incluso llegó a desconcertarse en voz alta sobre la ignorancia e irresponsabilidad del vendedor.

Apenas regresó a su casa, se dirigió a su cuarto con la esperanza de que el cuadro tuviese alguna firma que él no hubiera detectado antes, algo poco probable teniendo en cuenta la mirada minuciosa que había puesto en él durante todo el día anterior. Una vez que confirmó que de hecho nadie se hizo cargo de ser el creador de esa obra de arte, se sentó desconsolado en su cama, sin perder de vista esa obra anónima. ¿Cómo podría alguien no querer ser ligado a semejante creación? ¡Y para empeorar la situación, lo había dejado incompleto! Era indignante. En ese momento algo que lo llenó de felicidad se le cruzó por la cabeza: era posible que el pintor lo haya dejado incompleto para que alguien lo complete, quien sea, cualquier persona que se sintiera capaz o con la necesidad de hacerlo. Por eso no lo había firmado, ¿cómo adjudicarse una obra sin completarla y que uno pretende que otro lo haga? Era perfecto, todo encajaba. Excepto que él no se creía para nada capaz de rellenar ese espacio y no tenía ningún tipo de intención de ser el que arruine esa pieza. No, tendría que recurrir a un profesional. Pero dejar que otra persona en quien no confiaba lo hiciera, tampoco le pareció una buena idea, probablemente se sentiría igual de mal al haberle delegado la tarea a alguien incapaz de realizarla correctamente. Minutos más tarde resolvió consultar a varios profesionales y elegir al que le pareciera más digno para llevar a cabo el trabajo. Solucionado el problema, logró dormir en paz.

Al igual que la mañana anterior, el cuadro fue lo primero que vio al abrir los ojos. Al igual que la mañana anterior, lo primero que hizo al levantarse de la cama fue acercarse al cuadro para verlo mejor, pero algo no era igual a la mañana anterior, es decir, además de que era otro día. Notó un pequeño punto negro un poco más arriba, en el centro de la pintura, justo arriba de la loma más grande que se podía ver al finalizar el bosque. Podía jurar que eso no estaba ahí antes, podía pasársele por alto un pasto de un color más oscuro que el resto, pero no un punto negro en el medio de la pintura. Intentó con mucho cuidado removerlo con el dedo índice, en caso de que fuera una pequeña basura que se había depositado ahí, pero no, definitivamente era pintura. De alguna manera, un pequeño punto de pintura negra había aparecido en el retrato mientras él dormía. ¿Había entrado alguien mientras descansaba? Imposible, se aseguraba todas las noches de cerrar bien las puertas y ventanas, no había manera de que alguien haya entrado. Y a pesar de eso, alguien había pintado un punto negro en su precioso cuadro. Sintió una furia repentina, deseó encontrar a alguien a quien poder culpar y castigarlo por ese acto tan grave y horrible como un asesinato. ¿Pero quién podría haber sido? La sola idea de que alguien haya irrumpido a su casa con un frasco de témpera y pintara ese punto negro sin llevarse nada de valor, o incluso el mismo cuadro, era ridícula. Por un instante consideró la posibilidad de que él sufriera sonambulismo y que él mismo haya sido el responsable de esa masacre, pero tendría que tener un frasco de pintura para hacerlo y estaba seguro de que no había comprado ninguno. Estaba desconcertado. Inspeccionó el punto negro detenidamente. Gracias a ello, notó que no era un círculo perfecto, de hecho, había bastantes irregularidades en el contorno, además era más alargado que ancho, de modo que no era exactamente un punto, sino más bien una mancha, pequeña, pero mancha en fin. Se le hacía tarde, así que, al igual que la mañana anterior, tuvo que salir de su casa sin poder poner fin a las dudas que le había despertado el cuadro.

El día transcurrió muy similar al anterior, utilizando cada recreo en intentar deducir cómo una mancha negra podría haber surgido de la nada. Visitó a un par de restauradores de cuadros que había averiguado de la guía telefónica, y a pesar de que ninguno le inspiró demasiada confianza, decidió mantener el contacto con el último con el que había hablado. Le llevaría el cuadro al día siguiente para que pudiera verlo y comentarle qué arreglo podría hacerle y a partir de ahí era decisión suya seguir adelante o no. Le pareció un trato justo, así que convinieron el horario y se despidieron hasta el día siguiente. O eso planeaba hasta que regresó a su casa. El cuadro seguía ahí, la mancha también, pero al menos que su memoria le fallara, estaba seguro de que no sólo se había movido sino que se había hecho un poco más grande. Ahora la mancha, se encontraba justo en el medio del cuadro, aún sobre la colina pero no en la cima como se encontraba esa mañana sino como a la mitad. En cuanto al tamaño, era casi imperceptible el aumento, pero la impresión que tenía es que se había agrandado. ¿Qué significaba eso? Casi le agarra un ataque al corazón cuando la idea de que el cuadro podría estar destiñéndose se le cruzó por la cabeza. Pero si ese fuera el caso ¿por qué se había movido? No tenía sentido. El sitio donde la mancha se encontraba esa mañana estaba igual que el primer día, en perfectas condiciones. No se animaba a tocarlo otra vez, podría arruinar el resto, pero principalmente, por temor a qué podría ser esa mancha misteriosa. Decidió esperar al día siguiente a que lo revisara el experto y ojala supiera que hacer.

Por primera vez desde que se había comprado el cuadro, deseó que no fuera la primera cosa que viera al despertar. Mantuvo sus ojos cerrados, a pesar de que ya se había despertado hace varios minutos, se preguntó a si mismo si se estaba haciendo el dormido y si ese era el caso, a quién quería engañar pero se sacó esa pregunta de la cabeza y con los ojos aún cerrados se levantó de la cama y recorrió el camino hacia la puerta de memoria. Una vez que supo que estaría a salvo de ver el cuadro si abría los ojos, lo hizo rápidamente fingió que no había sentido miedo de ver una pintura colgada en su pared. Decidió irse esa mañana sin comprobar si la mancha había aumentado, o qué le había sucedido al cuadro mientras él dormía, después de todo, debería volver más tarde para llevárselo al restaurador. Pero si creyó que tendría un día más relajado que los dos anteriores en cuanto a responder dudas, estaba equivocado, es más, ese día fue incluso peor. No tenía idea de qué podía esperar esa tarde cuando volviera a su casa, al menos los días anteriores conocía el resultado y solo se cuestionaba acerca del cómo o del por qué, pero ese día no, no sabía absolutamente nada. ¿Habría crecido la mancha? ¿Habría desaparecido? Si ese era el caso ¿se encontraría con algo más? No logró concentrarse en otra cosa en todo el día.

Estaba muy nervioso, no podía evitarlo, llegó a su casa y retrazó el mayor tiempo que pudo en entrar a su cuarto. Casi deseaba que el cuadro hubiera desaparecido, eso resolvería todo. Pero era imposible, esta vez se maldijo por asegurarse de cerrar correctamente todas las puertas y ventanas. Luego recordó cuánto le gustaba ese cuadro y se arrepintió de haber deseado que lo hayan robado, no era culpa de su querido retrato que esa mancha maldita se haya pegado en él. Con más seguridad, y dispuesto a ayudar a su cuadro de liberarse de esa plaga que amenazaba con destruirlo abrió la puerta de su cuarto y se encaminó con paso seguro al encuentro de la mancha negra. Pero no encontró ninguna mancha negra, lo que una vez había sido una mancha negra en la mitad de la colina, había terminado de bajarla y no sólo eso, había entrado al bosque.

Una silueta negra definitivamente humana se encontraba en el inicio del sendero del bosque, no podía distinguirse quién era, ni su rostro, ni su vestimenta, nada. Solo una silueta caminando hacia él, hacia su arroyo, hacia su pasto aplastado. De repente, se dio cuenta: ¡el pasto aplastado! Durante todo un día se había preguntado quién era el responsable de esa marca y ahora lo tenía ahí a lo lejos pero acercándose. El sentimiento de terror que le había ocasionado ver una silueta humana aparecer en un cuadro en el que antes no había señas de vida, fue sucedido por una emoción de poder contestar a su pregunta inicial. Se quedó observando esperando a que la persona se acercara, pero no se movía, estaba ahí quieta. Incitó en voz alta a quien sea que fuere ese personaje a que avanzara pero nada sucedió, no había caso, debería esperar a que lo hiciera, si es que alguna vez lo haría. En principio, se le ocurrió llamar al restaurador para informarle que no habría necesidad de sus servicios ya que había cambiado de opinión y prefería conservar el cuadro como estaba. No pensaba permitir que otra persona le pusiera los ojos encima, y mucho menos las manos, hasta que averiguara quién era el que se acercaba por el sendero. Ya que cada vez que el cuadro había presentado algún cambio él no se encontraba presente, o consciente, decidió intentar dormirse. Por supuesto que no logró desconcentrarse ni relajarse, no podía dejar de echar rápidos vistazos al cuadro para conseguir ver a la silueta moviéndose.

No sabía si había logrado dormir o no, lo cierto es que apenas vio un tenue rayo de Sol filtrándose por la pequeña ventana se paró de un salto y prácticamente corrió hacia el cuadro. La silueta había desaparecido, ya había caminado todo el sendero, cruzado el arroyo utilizando el tronco y había ocupado su lugar en el claro, aplastando el pasto que había comenzado a volver a su posición normal ante la falta de peso ejercido en él. No se creía capaz de poder sacar los ojos de encima a esa mujer sentada ahí nunca más. Hacía que la espera haya valido la pena, ya que le sonreía como agradeciéndole, y él se enamoraba de esa sonrisa pensando que no había nada que agradecer. Intentó hablarle, saludarla, conocerla. Pero no obtuvo respuestas, la mujer, como había sucedido con la silueta, no se movía, se mantenía inerte en la posición que había adaptado. Tenía el pelo ondulado, largo y negro que le caía sobre los hombros, la cara teñida por el sol era elegante pero la expresión era jovial. Los ojos azules le sonreían, todo en ella le sonreía, a él. La camisa anaranjada de mangas cortas con todos los botones, excepto el último, abrochados le indicaba que hacía calor donde sea que estuviera. Llevaba pantalones azul claro que no llegaban a cubrirle todas las piernas, no podía ver qué calzado tenía, estaba sentada sobre sus pantorrillas con las manos posadas en sus rodillas. Analizó cada detalle, desde la nariz ligeramente manchada de pecas, hasta las uñas despintadas pero correctamente mantenidas. Estaba maravillado. No podía creer que esa mancha negra bajando por la colina se hubiera convertido en esa obra de arte. Una obra de arte dentro de otra.

Era inconsciente del tiempo que había transcurrido desde que se había levantado, le parecía irrelevante ¿Qué podría ser más importante que estar con ella? Lamentó el hecho de tener necesidades físicas que responder, el hambre, el sueño, le parecían nimiedades ahora, pero no para su cuerpo. No había comido nada desde la noche y ya sentía un dolor en el estómago difícil de soportar. Buscó algo para satisfacer su hambre lo más rápido que pudo, pero aún así le habría llevado unos quince minutos, que le parecieron horas. Había comido lo suficiente como para no ser interrumpido por el hambre hasta después del mediodía, le alcanzaba para una agradable y larga sesión frente a ella. Sin embargo, le resultó difícil no vomitar todo lo que había comido al volver a su habitación y encontrarse con que la mujer había desaparecido. Era imposible, solo se había ido por quince minutos, ella había tardado dos días en llegar. La buscó a lo largo del sendero, en la colina, pero nada, había desaparecido, dejando como único rastro el pasto ligeramente aplastado. Estaba desconsolado, estaba seguro de que no volvería a ser feliz hasta que ella no regresara, hasta que ella no estuviera sonriéndole nuevamente. ¿Cómo podía hacerle esto? ¡A él! Que había estado esperándola por tanto tiempo, que se había quedado frente a ella por horas, que solo se había ido por quince minutos. La frustración y el enojo le provocaron golpear la pared firmemente. ¿Sería su culpa? ¿Habría pensado ella que él la había abandonado, que ya no regresaría? Comenzó a llorar ante la idea de ser el culpable de que ella se haya ido. ¿Cómo podría haberla dejado sola por algo tan intrascendente como buscar comida? ¿Era esa su prioridad? Ante la primera sensación de malestar la había dejado sola, sin nadie a quien sonreír. No la merecía. Se sintió muy cansado repentinamente. Quería acostarse en su cama a dormir y nunca despertar, al menos hasta que ella volviera. Ese era su plan, dormiría y si cuando se despertara ella no se encontraba sentada junto al arroyo, volvería a dormirse. Ya nada más le importaba, sólo quería volver a verla, al menos unos segundos más.

No requirió de muchos intentos. La primera vez que se despertó y echó un rápido vistazo al cuadro pudo divisar que la mujer había regresado a su puesto. Lejos de preguntarse por qué había regresado tan rápido teniendo en cuenta que la vez anterior se había demorado tres días, se levantó velozmente de la cama y se acerco al cuadro para ver mejor a la mujer, o para que ella pudiera verlo mejor a él. No había cambiado, llevaba la misma ropa, estaba sentada en la misma posición y en el mismo lugar. Le seguía sonriendo, tanto con la boca como con los ojos. Por más que disfrutaba de su presencia, no podía dejar de preguntarse por el motivo de su ausencia. ¿Dónde habría ido? ¿Tendría una casa al otro lado de las colinas? Una idea horrible se le originó en la mente: ¿tendría familia? ¿Sería posible que tuviera esposo? Podía imaginársela, llegando a su casa después de todo un día de estar sonriéndole a él, con un hombre esperándola para que le sonrían. ¿Cómo sería? ¿Disfrutaría más que él de su presencia? No lo creía posible pero ¿a quién preferiría ella? ¿A quién le gustaría más sonreírle? Además ¿cómo podía estar seguro de que ese era el único cuadro que visitase? Ni siquiera estaba seguro de que no existiese una réplica a ese cuadro. ¿Era eso lo que hacía cuando no estaba frente a él? ¿Visitar otros cuadros y sonreírles a sus propietarios de la misma manera que a él? El solo hecho de pensar en eso, le provocó repulsión. Se sintió usado, se sintió como un estúpido. De repente, la sonrisa que ayer veía como seductora, le pareció socarrona, ella se estaba burlando de su inocencia, de su ingenuidad. La imaginó riéndose de él frente a otro admirador. Ya no sabía cómo se sentía ¿era odio? ¿Celos? tal vez todo eso junto, pero seguía amándola. No se puede sentir celos de una persona sin sentir un cariño que lo justifique, uno no puede sentir celos de alguien a quien no se aprecia. Mientras tanto ella seguía sonriéndole, impasible, inconsciente de lo que sucedía dentro de su cabeza. Esperando a que él se fuera, quitara la vista de ella por un segundo para poder correr hacia otro cuadro, o hacia su casa, de vuelta con ese idiota, porque estaba seguro que quien fuera el otro hombre hacia el que ella corría debía ser un idiota, un absoluto indigno de esa mujer. Que estúpida, ¿cómo no se daba cuenta? Y él no podía decírselo, ya había probado hablarle y ella no había dado respuesta alguna. ¿Iba a dejarla irse? ¿Dejarla volver a reírse de él? No iba a permitirlo.

Dio un paso en dirección a la cocina, pero se detuvo de inmediato y volvió a dirigir la mirada al cuadro. Estuvo a punto de dejarla sola, de dejar que se vaya. Descolgó el cuadro y lo ubicó frente a sus ojos, sin sacarle la vista de encima. Cuidadosamente, retomó su camino a la cocina, abrió el primer cajón sin dejar de mirar el cuadro, buscó a tientas un cuchillo, lo tomó fuertemente con los dedos y regresó a su cuarto en donde disponía de mayor luz para realizar correctamente el trabajo. Puso el cuadro sobre la cama, nada había cambiado, no notaba ningún tipo de reacción en él que indicara que supiera lo que estaba a punto de hacer. Ella mantenía la misma sonrisa, que ahora le parecía más burlona que nunca, no la toleraba. Subió el puño agarrando el cuchillo, que era ahora un puñal, y con toda la fuerza acumulada por la ira y la tristeza lo clavó de lleno en el medio del rostro de la mujer. Cerró los ojos y volvió a apuñalarlo, una y otra vez, mientras las lágrimas, de furia y desconsolación le empapaban la cara. Abrió los ojos pero no veía nada, tenía la vista borrosa por el llanto, no le importó siguió asentándole cuchillazos a lo que hace unas horas había sido su más preciada posesión. Era inconsciente del tiempo que había trascurrido desde la primera estocada, pero se detuvo súbitamente, con una última apuñalada a medio camino. Se limpió los ojos con la manga y vio lo que había hecho. El cuadro estaba irreconocible, completamente rasgado, con agujeros de distintos tamaños y partes de tela esparcidas por toda la cama, que a su vez se encontraba bastante dañada. Algunos sectores del cuadro permanecían intactos, afortunados de no haber sido alcanzados por los frenéticos cuchillazos, pero se notaban donde habían caído algunas lágrimas, que ya no podía estar seguro de que fueran suyas, o de la mujer que acababa de asesinar.

Aún no se atrevía a juntar los pedazos para saber qué había sido de ella, no sabía qué esperar. Si la vería muerta, o si la vería igual pero incapaz de irse ya que no estaba completa. Lo que sí no esperaba, era no encontrarla. Por más que buscó y buscó, no logró encontrar los pedazos de tela pintados con la camisa naranja, los pantalones azul claro, el pelo negro, los ojos azules, o la boca sonriente. Habían desaparecido. Una vez que rearmó todos los pedazos, con las manos temblorosas y respirando con dificultad vio el contorno de una persona sentada en la misma posición y en la exacta ubicación que ella. Era la pieza faltante que ya no vería. ¿Habría muerto? ¿Se habría marchado? No lo sabía. Lo único que podía saber con seguridad es que ya nunca volvería a verla sonreírle. Y eso no ayudó a contener las lágrimas que seguían dejando rastros en el resto del cuadro.