Un Encuentro con la Nostalgia


Es extraño reencontrarse con una persona luego de veinte años de no dirigirse la palabra. En este caso, no hubo una pelea de ningún tipo a la que se le pueda hacer responsable esa separación. “Fue como se dieron las cosas” se decía Diego en el viaje hacia el punto de reunión acordado con su amigo de la adolescencia. Tal vez decir que no se dirigieron la palabra en todo ese transcurso de tiempo sería una exageración, incluso faltaría a la verdad. Ya que existieron llamadas ocasionales, saludos de cumpleaños, llamadas de felicitación si les habían llegado buenas noticias del otro – casamiento, nacimiento de una hija, incluso una modesta nota en un diario – pero lo cierto es que no se habían visto desde no se sabe bien cuando. Uno diría que fue en la graduación, que recuerda específicamente cómo fue a saludarlo con un abrazo y desearle en el oído que tuviera suerte en su vida futura; por su parte, Diego, afirma que se habían cruzado una noche en un bar donde habían hablado por horas, pero no le parecía extraño que su amigo no lo recordara ya que había percibido en su aliento cantidades exorbitantes de alcohol.

Esa versión era la más probable, Diego le reprodujo algunas historias que su amigo había narrado en el transcurso de la noche que se corroboraban con la realidad, excepto por una que al parecer había sido completamente falsa, una confesión que no le sorprendió en lo absoluto. Recordaba perfectamente que su amigo solía exagerar sus anécdotas hasta el punto de llegar a ser completamente extraídas de su imaginación, no se trataban de mentiras, es decir, no era su propósito mentir, sólo era un apasionado de dos cosas: por un lado, de ser el centro de atención en cualquier reunión de tres o más personas, y por el otro, de contar historias. “¿Qué importa si son ciertas o falsas? Mientras sean buenas, todo vale.”, solía excusarse cuando Diego le resaltaba esa actitud suya, y la verdad es que era un excelente narrador, numerosas eran las ocasiones en que el propio Diego no podría haber diferenciado las verídicas de las imaginarias. Las contaba con tal lujo de detalles, los cuales incrementaban en cada ocasión en que la relataba, que uno podría jurar que había vivido aquella situación en carne propia, de modo que fue Diego quien terminó por convencerse que no le importaba su veracidad.

Es por eso que cuando se enteró, unos siete años después de la graduación, que su amigo había publicado un libro de relatos, no se sorprendió. Sí le sorprendió encontrar uno que ya había oído en boca propia del autor, con un par de detalles agregados por supuesto. Llevaba una copia del libro a su encuentro para convencerlo de que le escribiera una dedicatoria, había publicado un par de libros más desde aquel pero era ese el que más le gustaba.

El punto de reunión se había establecido en un bar al que frecuentaban cuando jóvenes. Diego lo recordaba perfectamente, ahí había vivido varias experiencias trascendentales en su vida, conocer a su actual esposa entre ellas. Por su lado, su amigo solía tocar ahí con su banda; una fusión de rock y clásica era como la describía, aunque para Diego lo único de música clásica que tenía era el violín que su amigo en común Julián, tocaba con gran habilidad – seguía haciéndolo según tenían entendido.

Mucho había cambiado desde que se habían visto por última vez, tomemos la versión de Diego sobre su último encuentro ya que como se ha dicho era la más probable, en ese momento ninguno se había casado, ninguno era aún padre y por supuesto ninguno era un autor casualmente reconocido. Sin embargo, aquel edificio no había cambiado en absolutamente ningún aspecto, en un primer vistazo creyó que sí, que de hecho, era muy distinto a como lo recordaba, pero entendió que esto se debía a que era una de las pocas veces, sino la única, que entraba allí cuando el sol seguía iluminando el cielo. En realidad, todo parecía haberse mantenido igual; la misma puerta de madera ubicada en la unión de ambas paredes, es decir que daba justo a la esquina misma de la vereda; La misma mesa de pool situada a la derecha de la entrada con una pata de distinto color a las otras tres, las mismas puertas de los baños detrás de la mesa, con los mismos dibujos para distinguir el baño correspondiente a cada sexo; La misma o similar cantidad de mesas ubicadas en el sector izquierdo del bar; La barra que rodeaba todo el lugar en la pared opuesta a la entrada no había cambiado tampoco, de hecho, Diego podía jurar que reconocía las botellas de exhibición en el estante superior a la barra de madera que vigilaba un joven de unos veinte años, aparentemente, lo único renovado del lugar. Todo en ese sitio se había congelado en el tiempo, como manteniéndose para ellos dos, esperándolos, impasible, para que ese reencuentro sea aún más especial de lo que iba a ser sin esa ayuda.

Fue por eso que Diego se demoró unos instantes en la puerta contemplando lo que una vez supo ser el destino de sus noches libres, sonrió recordando los acontecimientos más importantes que incluso podía ubicar específicamente en dónde habían ocurrido. Pero alguien sentado en una silla en una mesa cercana acababa de pegar un grito de sorpresa que hizo que se sobresaltara, interrumpiendo sus recuerdos nostálgicos. Un hombre de pelo castaño que aparentaba unos cuarenta años, su edad justa realmente, alzaba los brazos con una sonrisa de oreja a oreja. En seguida se paró y se dirigió hacia Diego que aún seguía un poco ensimismado con los recuerdos que le había traído el bar, sin embargo, al ver a su amigo de la infancia después de tanto tiempo superó aquellos pensamientos y reaccionó rápidamente, con una sonrisa tan grande como la de su amigo, avanzó hacia él y se estrecharon en un abrazo que implicó palmadas gentiles en la espalda. Se separaron un poco para poder verse bien el rostro de cada uno luego de ser afectado por los años, cada uno podía reconocer perfectamente a su amigo, a pesar de todo.

Curiosamente, ninguno había cambiado mucho desde la última vez que se vieron, se podría decir que ninguno había engordado, al menos no de una forma destacable. Afortunadamente, la calvicie tampoco se había presentado de manera apreciable, si bien se distinguían sectores en sus cabezas donde alguna vez supo crecer pelo, no se le podía llamar de ninguna manera alopecia, ni si quiera calificarían como entradas. Diego pudo notar un poco de cansancio en los ojos de su antiguo amigo, se preguntó si sería un estado normal, o si estaría atravesando por un momento difícil, o por lo menos agobiante. En cambio, su amigo no notó otra cosa más que años en la mirada de Diego, aún conservaba la mirada alegre que siempre lo había definido.

Finalmente, Pedro - no creo haber mencionado su nombre hasta este punto de la historia y sería una molestia no hacerlo para relatar el encuentro - invitó a sentarse al recién llegado a la mesa que había escogido, la única junto a una de las dos ventanas que poseía el establecimiento, ya que la otra estaba de lado de la mesa de pool. Desde aquella ventana, el sol lograba filtrarse entre los edificios de la zona, iluminando su mesa y sus rostros en una manera que no llegaba a ser molesta ya que se acercaban las siete de la tarde y los rayos eran débiles. También se tenía una perfecta visión de la plaza en la manzana del frente que Diego no recordaba haber visto antes. Volvió su mirada hacia el frente y notó que su amigo no había dejado de contemplarlo desde que se habían sentado, y lo hacía con una sonrisa nostálgica. Al parecer pensó que Diego se molestaría o se sentiría incómodo porque la ocultó al instante en que éste desvió la mirada del parque. Diego, en un intento por demostrar que nada de eso le parecía incómodo, que en realidad a él le había ocurrido exactamente lo mismo cuando entró al bar, preguntó con voz amistosa:
- ¿Cómo estás Pedrito? ¡Tanto tiempo! ¿No?
- Demasiado. No entiendo cómo no hicimos esto antes.
- Porque somos dos colgados. Siempre lo fuimos, es momento para que lo sepas.
- Creéme que ya lo sé desde hace rato. – Los dos comenzaron a reír y así la conversación comenzó a fluir como siempre lo había hecho en el pasado.
- ¿Cómo está Laura? ¿Sigue con vos o se dio cuenta que puede conseguir algo mejor? – Preguntó Pedro sonriendo.
- Ambas, creo. – Respondió hábilmente Diego - ¿Y tu mujer? ¿María era?
- Mariana, boludo. – Contestó Pedro negando con la cabeza – Bien, ahí anda en búsqueda de trabajo.
- ¿Qué pasó? ¿La rajaron?
- Al parecer renunció, pero yo creo que no partió de ella la idea. De todos modos, no me lo quiere decir. Orgullosa como pocas.
- ¿Y vos? ¿Estás escribiendo algo?
- ¡Ah! Ni me hables de eso. Bastante tengo con el editor hinchándome las pelotas preguntándomelo cada semana. No sé, últimamente no ando con ganas de escribir nada, menos con ese boludo presionándome, el último libro fue una mierda por culpa de eso. No voy a dejar que pase dos veces- Diego había notado que el último libro que había sacado no contaba con la calidad de los dos anteriores, no podía ni compararse con el primero, que aún tenía en su bolso, ahora abandonando toda esperanza de que se lo dedicara.
- No fue una mierda, me gustó. – Pedro sacudió la mano dándole a entender que no era necesario que le levantara el ánimo o que le mintiera en cuanto a la calidad del libro, parecía tenerlo absolutamente asumido. Diego intentó cambiar la trayectoria de la conversación y se decidió por un tema seguro:
- ¿Fue ahí donde el gordo Martínez se desmayó? – Preguntó señalando una banqueta de la barra a unos metros de donde se sentaban. A pesar del burdo intentó, logró su cometido.

Esa sencilla pregunta derivó a lo que ambos habían buscado al acceder reencontrarse, recordar los viejos tiempos. Eran dos cuarentones nostálgicos rememorando tiempos pasados que parecían muy lejanos, demasiado. Con cada anécdota, sentimientos contradictorios crecían en ambos. La nostalgia afecta de manera distinta en las personas, en algunas es simplemente una fuente de recuerdos felices a los que se recurre para sentirse mejor en contadas ocasiones, sobre todo si uno está al igual de satisfecho con su presente. Pero en otros, la nostalgia puede ser tan mala como cualquier vicio, en algunas personas la nostalgia es un vicio. Uno a uno los recuerdos felices de una vida pasada se van depositando en su inconsciente hasta que este reacciona bajo la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, y sobre todo que este presente no complace. Estos sentimientos, respectivamente, les ocurrieron a Diego y a Pedro. Uno sentía únicamente felicidad al recordar esos momentos, el otro sentía un deseo irremediable de revivirlos. Pero Diego no había notado nada de esto, por lo que la siguiente pregunta de Pedro lo tomó por sorpresa:
- ¿Qué pasó Diego? – Inquirió con una sonrisa triste - ¿Cómo se nos vino así la vida de repente? Por un lado siento que todo esto que hablamos pasó hace una semana, pero por el otro estoy consciente de que pasaron veinte años. Pasaron así sin preguntarle a nadie, sin que te des cuenta. Un día estás boludeando con tus mejores amigos en el bar, dando vueltas con una mina, sin preocupaciones por la guita, el laburo, porque total tenés toda la vida por delante. Pero sin darte cuenta, van llegando las cosas, uno no reacciona porque si bien llegan rápido, las preocupaciones vienen en intervalos – Dio un pequeño pero decisivo golpe a la mesa – Estás casado – Otro golpe – Sos papá – Otro más – Necesitás un laburo para mantener la familia – Último golpe – Lo próximo que me voy a dar cuenta es que soy un viejo en un geriátrico usando pañales. No me malentiendas, amo a mi esposa, a mi hija, mi laburo me encanta. Pero siento que nunca voy a ser tan feliz como lo era en ese tiempo Diego. ¿Me entendés? – Diego había escuchado todo eso con una sensación incómoda, lo había tomado por sorpresa y lo que describía Pedro no era nada comparado a lo que él sentía. Claro que había sido feliz en esos tiempos, pero ahora era igual o incluso más feliz. Es cierto, tenía más responsabilidades. Pero le gustaban, y estaba dispuesto a tolerarlas por su familia. Era lo que lo ayudaba a seguir en esos momentos de duda que todo el mundo sufre. Pero lo que sentía Pedro era algo completamente diferente, y era preocupante, después de todo, su vida presente no estaba nada mal.

Fue ahí cuando Diego hizo una rápida recopilación de lo que Pedro había dicho, y en cierto modo expuesto, a lo largo del encuentro: la mirada cansada, su esposa desempleada; su falta de inspiración para escribir; la presión de su editor; el fracaso de su último libro. Diego entendió que su amigo había concretado ese encuentro con la esperanza de olvidar sus problemas en el presente y viajar aunque sea por unas horas a ese pasado libre de responsabilidades, libre de preocupaciones, de problemas. Pero Diego sabía bien que eso no era lo que Pedro necesitaba, lo conocía, y sabía que no hablaría de todo eso con nadie, incluso aunque eso lo atormentara durante años. De modo que se preparó mentalmente para lo que iba a ocurrir, se recostó en la silla, estiró las piernas y con total seriedad, frunciendo el ceño y ya sin ningún tono amistoso preguntó:
- ¿Cómo estás Pedrito? – Su amigo se sorprendió con el tono y la expresión de Diego, incluso la pregunta lo tomó desprevenido. Le costó entender que respuesta era la que Diego buscaba. Cuando finalmente comprendió a que iba con la pregunta, en un primer instante, se mostró reacio a prestarse a lo que podía llegar a desencadenar la respuesta a esa pregunta, pero en un segundo parecer y con una disimulada inspección al rostro de su interrogador, ya que era así como veía ahora a su compañero de fiestas de la juventud, advirtió que sólo tenía buenas intenciones. Lanzó un largo suspiro, apoyó ambos brazos en la mesa y con la vista dirigida hacia unos chicos jugando en la plaza, mientras los rayos del sol abandonaban lentamente, hasta hacerlo por completo, su rostro, confesó:
- Hecho mierda Dieguito.