—¡Te dije que agarres el puto arma y ayudes en el frente!
—No es mi función, señor. Fui hecho para curar a los seres humanos y para arreglar las máquinas. No puedo matar a nadie.
—Tenés brazos y piernas, como todo el mundo. ¡A ver si los empezás a mover!
—No voy a hacerlo. Me niego a matar.
—Pero soy tu superior, y te lo ordeno.
—No puedo.

El Coronel David Vicente Delgado, un hombre de gran estatura y de fuerte aspecto, se volvió hacia sus hombres.

—¿Ven? ¡Les dije que no era buena idea traer a este robot! Y ustedes insistieron en que una chatarra como ésta iba a sernos útil. No es capaz de disparar algunos tiros para presionar al enemigo a una retirada.

El Teniente Raúl Omar Bellitieri, un joven rubio de cabello ralo, se adelantó.

—Coronel, Oniro es un robot médico y, además, fue diseñado en tiempos de paz. Está fuera de lugar lo que le pide. Es como pretender que una secadora para el pelo sirva de aspiradora. Es una máquina y, como tal, sirve para algo específico.
—¡Vamos, es un fracaso de la Ciencia! Dijeron que era un robot humanoide, y cualquiera puede darse cuenta de que es un robot, si hasta los ojos le brillan. Está bien, son turquesas, y si los apagáramos, quizás no se note tanto, pero la piel tampoco parece piel humana. Además, el esqueleto es una aberración... ¿Para qué me dicen que me van a mandar un robot humanoide, si me mandan un robot cualquiera? No parece humano en lo más mínimo. No se esforzaron nada, seguro que lo hicieron jugando a las cartas...
—Señor, el robot es el más avanzado que hay en el mundo. Salvó a miles de soldados, que probablemente hubieran muerto, si fuese por los médicos humanos. Es un cirujano excelente.
— ¿Y de qué sirve todo eso, si no es capaz de disparar un par de tiros, cuando lo necesitamos? Los chilenos tienen a sus "topos". Y nosotros no tenemos nada con qué defendernos de eso. Lo único que tenemos es esta chatarra inútil, que solamente sirve para salvar mutilados. Me gustaría tener alguna ventaja ofensiva, algún arma que sea superior a las de Chile, y no esta cibermierda.

Oniro miró al Coronel Delgado con rencor.

—No fui diseñado para matar. No soy un asesino.
—¡Sos una basura!— le respondió cortante. —La gente de tu país te necesita, y lo único que hacés es poner excusas para no ayudar.

La voz de Oniro se puso tensa, cuando contestó.

—Yo ayudo a mi país. Si no me cree, pregúntele a los que siguen vivos, gracias a mí.
—Pero, ahora, necesitamos otra cosa. ¿Cuánta gente más va a morir, por el sentimentalismo de una máquina?
—Yo juré... Y no soy una máquina. Tengo emociones, tengo personalidad, razono.
—¡Jajá! ¡Escuchenlo! ¡Ahora se cree un ser humano!— se burló el militar, y después de unos segundos de risa, continuó: —Nunca naciste, no comés, no respirás, no vas a cagar.
—Nací en el laboratorio, me alimento de energía, necesito aceitarme... Pero eso no es lo que define la vida. Usted y una planta son diferentes, pero sabe que ambos viven. Yo también vivo.
—Pero sos una máquina estúpida. No podés hacer abstracción de tu programación. Ni siquiera sos capaz de disparar un tiro. Eso no es estar vivo.

El robot lo miró, con un gesto en los labios que pareció ser una sonrisa.

—¿Y matar a los demás masivamente si es estar vivo, no cierto?

El Coronel se puso rojo de cólera. Una vena se le marcó en la sien.

— Pero... ¡ máquina de mierda! ¿Quién te creés que sos para venir a decirme esas cosas a mí, tu superior? ¡Salí de acá, o te mando a desarmar, y que te hagan repuestos para licuadoras!

El robot obedeció, y no pareció sentirse disgustado con la orden.

Cuando salió, y cerraron la puerta del dormitorio de la casa, que servía de cuartel provisorio, se dirigió a sus hombres: el Teniente Bellitieri y dos tenientes más.

—Quiero que arreglen la devolución de esta chatarra lo antes posible.
—Pero, Coronel, Oniro salvó muchas vidas. Lo necesitamos.
—Sí, salvó tantas, que hasta los chilenos están vivos gracias a él... ¿Y yo qué tengo que hacer con ellos? Una cosa es que se mueran en batalla, por las heridas, pero, si ahora los hago degollar, van a decir que soy cruel. Y si los dejo vivos, necesitan comer y no hay provisiones ni para nosotros. Y encima hay que vigilarlos, para que no se escapen y vuelvan a combatir... ¡Este robot me asa! En vez de ser útil, me da puros problemas.
—Señor, usted está nervioso por los últimos hechos, le sugiero que lo piense y no se desquite con el robot...
—¡No me digas lo que tengo que hacer!
—Disculpe, señor.
—Te disculpo, pero la tarea de deshacerte del robot queda a tu cargo, y tiene prioridad.

El Teniente Bellitieri bajó la vista, como si sufriera en silencio por la decisión de su superior.

—Delo por hecho.
—Confío en vos.

El militar rubio abrió la boca, pero vacilaba en decir lo que quería, hasta que, finalmente, se animó.

—Quería decirle que lo comprendo, Coronel. Debe ser difícil ver cómo es arrasada la ciudad en la que uno nació. Si necesita hablar, no dude en llamarme.
—¡Por favor! Hablar es lo que menos necesito. Soy un profesional de la Guerra, no una nenita boyscout. No se confunda: que valore a mi gente y me duela, no quiere decir que no tenga la cabeza fría.

Bellitieri casi sonríe, pero se contuvo. No le creía en lo más mínimo.

Meses antes, las fuerzas de Chile iniciaban el ataque a Las Heras, en Mendoza. Un bombardeo intensivo, que asoló las casas del noroeste mendocino. Pero eso no fue lo peor. Las tropas argentinas hubieran rechazado el ataque aéreo con facilidad, si no hubiera sido por los topos.

Cuando el Regimiento estaba defendiendo la zona, del suelo surgieron unas máquinas monstruosas que aplastaron a los soldados rasos y los hicieron puré. Algunos lograron escaparse, pero la mayoría murió, porque el ataque de los topos fue tan devastador como sorpresivo, y tampoco había muchos lugares donde esconderse: los bombarderos atacaban por aire, los topos desde abajo, atrás y a los lados, la infantería enemiga por el frente.

El Coronel Delgado miraba fijo una parte del mapa, pensativo.

—No tenemos nada que oponerles a esas máquinas del infierno, y no vamos a ganar esta guerra curando a los heridos. ¡Qué estupidez pensar así!
—Señor, Oniro fue diseñado mucho antes de que pasaran estas cosas, aunque lo hayan creado efectivamente hace un mes. Evidentemente, es lo único que tenemos, no es que nos hayan dado el robot con la esperanza de que fuera decisivo en la batalla.
—Lo entiendo, pero creo que deberíamos habernos preocupado un poco más por la defensa nacional. Ahora, estamos pagándolo caro. Y si esto sigue así, no nos va a quedar otra que aceptar las condiciones que los chilotes quieran, a cambio de la paz...
—Confiemos en que no sea necesario, Coronel.

La puerta se abrió, y entró el Sargento Luna, un hombre regordete que siempre estaba de mal humor.

Cuatro soldados jóvenes traían a lo que parecía ser una pareja, a los empujones. Uno de ellos, era también un soldado, aunque no estaba correctamente vestido.

—¿Se puede saber qué es esto?— preguntó Delgado.
—Disculpe si le interrumpo, mi Coronel, pero es que ocurrió algo grave, y quería conocer su opinión.
—¿Qué tanto puede pasar, que no pueda solucionar usted mismo? — el Coronel teníua cara de haber perdido la paciencia.
—Es que encontramos a este soldado con esta chica...

Delgado no espero a que terminara.

—¿Y qué? ¿Me va a decir que nunca se miró una porno?—. El Coronel sonrió, irónico. —Aparte, los soldados quieren divertirse un poco. No es el primero que se va con una puta, y si falló al servicio, ya sabe cuál es el castigo.
—Es que esta puta, casualmente, es una puta chilena.

El joven que, era sostenido por sus compañeros, casi gritó:

—¡No es ninguna puta! Y no insulte a la mujer que amo, o va a saber quién soy.
—Es muy valiente de su parte decir eso, en su situación...—, señaló el Coronel. —¿Escuché bien? ¿Dijo que —remarcó la palabra— "amaba" a esta chilena?
—Así es.
—Dígame su nombre, soldado.
—Franco Gabriel López, Coronel.
—Bien, López, le voy a decir algo y quiero que me escuche bien...
—Dígame, señor.
—Todos somos hombres y, como hombres, tenemos necesidades. Necesitamos coger, para ser más claros. Sus compañeros se voltean alguna trola, para sentirse más "tranquilos", ¿me entiende?
—Lo entiendo...
—Muchos de ellos, se acostaron con putas chilenas. No me lo dicen, y no hablamos de eso, pero es lógico que sea así. Algunas, ni siquiera eran putas con todas las letras, porque no cobraban por el servicio. Y yo, aunque no se los digo, estoy enterado. ¿Me entiende?
—Lo entiendo, Coronel.
—Y, sin embargo, ninguno de ellos me vino a decir que "estaba enamorado" de alguna de esas putitas. No leí nunca la historia de Romeo y Julieta, pero sé que termina mal. ¿Comprende lo que quiero decir?
—Sí, entiendo. Pero, señor...
—No hay peros— lo cortó, secamente, el líder militar.
—¿Usted como sabe que no es una espía, que viene a conseguir información?
—No es una espía, la conozco.
—No se deje engañar. Las mujeres pueden ser muy astutas, son más vivas que nosotros
—Señor, puedo jurarle que Cintia...
—No me jure nada. Si piensa que confío en el criterio del que confiesa que perdió la cabeza (porque, ¿qué otra cosa es estar enamorado?), está muy equivocado. La soledad del frente le afectó mucho, por lo que veo, y ahora se enamora de las chilenas...
—No de cualquiera, sólo de ella...
—Comprenda, Soldado López, que no se lo puedo dejar pasar. Si lo hago, voy a tener que dejar que todos los demás se me aparezcan con sus novias chilotas, y no pienso hacerlo.
—Señor, le juro que no fue mi intención. Simplemente, se dio así.
—No me jure nada, le dije. No debía enamorarse de las enemigas. Eso es traicionar a su patria...
—No, yo no traicionaría nunca a la bandera que amo.
—Ya lo está haciendo.
—No...

El Coronel Delgado, caminaba de una lado a otro, con las manos a la espalda, a paso firme y regular. Estuvo así unos largos 30 segundos, sin decir nada. El suspenso se sentía, y el soldado sabía que el veredicto de su superior no iba a ser bueno. Pero ¿hasta dónde iba a ser el castigo? ¿Podría sobrellevarse, hasta que el conflicto bélico se solucionara o los matarían?

El Coronel, de pronto, se detuvo, mirando de frente a Franco Gabriel López, con una mirada que parecía querer atravesarlo.

—Le voy a dar una oportunidad— le dijo, en tono amistoso.
—¿Una oportunidad para qué?
—Para redimirse, hombre. Lo que hizo es grave, y se paga con la vida.

El rostro del soldado se tornó sombrío porque, si él que era un soldado argentino tenía que ser castigado con la muerte, ¿qué quedaba para su amada chilena? De ésta, no los salvaba nadie.

—¿Puede considerarse la vida de Cintia?
—Se considera, por supuesto.

El soldado no comprendía la decisión, pero se alegró ante la noticia. El rostro se le iluminó, al saber que podía salvarse el amor de su vida.

—¡Gracias, mi Coronel! ¡Éste es un favor que no le voy a poder pagar nunca!

Delgado hizo un gesto negativo, en vez de responder con una sonrisa, como se hubiera esperado.

—No me comprende. Deje que le explique bien: le perdono la vida, pero si es usted mismo el que fusila a esta enemiga de la patria.

Franco se puso pálido. Parecía enfermo.

—Señor, no me puede pedir algo semejante...
—¡Vamos! Sé que es difícil, pero debe saber que, si usted no lo hace, la vamos a matar, igual. No tenemos provisiones suficientes. No quiero más prisioneros.

El soldado se echó de rodillas, llorando.

—Señor, se lo suplico: máteme a mí, si lo desea, pero no le quite la vida a una mujer inocente, aunque sea chilena.
—¡Levántese, soldado López!—

Éste le obedeció.

—Lo creía más hombre—, le reprochó Delgado, con el rostro avinagrado.
—¡Por favor!
—No puedo. Usted ya es adulto, y sabe lo que hace. Tiene una hora para decidirse. Ni un minuto más.

El soldado le contestó, con la voz temblorosa.

—Si es así, ahorremos tiempo, porque no puedo vivir sin Cintia, y mucho menos hacer lo que me pide.
—Muy bien.

La ejecución se preparó con tantos preparativos, como si fueran a ascender a alguien. En vez de haber un clima triste, todos estaban alegres y bebían, mientras acomodaban las cosas.El coronel dijo que era importante, y le tomaron la palabra.

Aunque algunos sabían de qué se trataba todo, y aquí y allá corrían rumores, a nadie parecía importarle lo más mínimo la vida de su compañero. Y si alguno, por razones humanitarias, estaba en desacuerdo con el festejo, lo disimulaba lo más que podía.

Las risas y charlas se oían en todo el campamento, hasta el punto de que tenían que hablar en voz alta para escucharse entre ellos.

Finalmente, la llegada del Coronel David Vicente Delgado marcó el comienzo del silencio y el orden.