Cuento corto romantico

Cuento corto romanticoEn el silencio de la noche se escuchó gritos: fuera de aquí carajo; no, papá no; unos golpes secos en la pared y en el suelo, eran gritos escandalosos, violentos, confusos; como si estuvieran tratando de asesinar a alguien, en el barullo se escuchaba claramente algunas frases que lo decían en tono más alto: Ya te dije que no te quería ver más. Por un momento pensé que el lio era en la calle. ¿Estarían asaltando a alguien? La luz del alumbrado público se asomaba a mi cuarto. Los gritos se repetían: no papá no. Abrí bien los ojos, el sueño se me ha ido de golpe, esos gritos y ruidos, eran furibundos, parecía que se trataba de una pelea, de una feroz pelea. ¿Donde? El ruido de voces y golpes venía de muy cerca, no había duda: era en la habitación contigua, mis vecinos. Por los gritos y golpes, parecía que estaban pegando a alguien, era un lio de grandes proporciones. ¿Habrán encontrado a mi vecina con su amante?, se me ocurrió, si es así, es posible que esto termine en una desgracia. Pero no, mi vecino es un hombre bordeando los sesenta años y su esposa, su segunda esposa, es una mujer mayor que él, ya no esta para esos trotes, es una mujer marchita, nada sociable, de mirada huidiza, apenas me contestaba el saludo, cuando le daba la gana, y cuando no, se hacía la sorda. No, imposible, esa mujer no podía tener amante. ¿A quien está pegando mi vecino?, ¿a su hija?, no, no podía ser tan salvaje para pegar de esa manera a una chica, una chica tranquila, estudiosa, que casi no tenía amigos en la quinta, una chica que estudia, debe ser en la San Marcos, eso sí, traía a sus amigas de la universidad, tomaban té o café y se quedaban hasta las ocho de la noche a más tardar, haciendo sus trabajos de la universidad. Conversaban muy entretenidas; cuando llegaba a mi departamento a las siete de la noche, las escuchaba cuchichear, casi en secreto, de rato en rato, risas en coro, sonoro, pero eso nada más, después se despedían casi en silencio.
El ruido, el escándalo continuó, a alguien lo sacaron hasta la calle, lo bajaron a empellones por las escaleras, con gritos destemplados, ya ni se entendía las voces airadas, eran gritos furiosos, de alguna afrenta muy grave, ¿qué podía ser? O, tal vez un amigo o un familiar vino de visita y trató de excederse con Ada, la hija de mi vecino, esa era la posibilidad más viable.
Dionisio, mi vecino, se había quedado viudo a los cincuentaicinco años, Juana, era su segunda esposa, se volvió a casar con esta mujer mayor que él, solo para que tuviera quien haga los quehaceres de la casa, y se ocupara de una hija que le quedó de su primer matrimonio, una adolescente que estaba terminando la secundaria, Ada. El hijo mayor, Goyo, era casado y vivía cerca.
Rememoré aquel escándalo bochornoso, relacionado con la lascivia ocurrido en el departamento de don Dionisio. Un mediodía doña Juana encontró infraganti a Dionisio con una mujer de la calle que había llevado a su cuarto en su ausencia, para ahorrarse el hotel. Juana, una mujer mojigata, a quien Dionisio había sacado de su soltería sempiterna, no sospechó que aquella mujer era de la vida disoluta, sino pensó que se trataba de una querida de don Dionisio. No creo que Don Dionisio habría consumado sus deberes maritales con Juana, eso se nota tan solo de verlos, Don Dionisio desahogaba sus ardores, con las chicas que para eso, había a menudo en los alrededores de la avenida Iquitos, las había desde muy jóvenes y de cuerpo sinuoso, hasta veteranas coquetas, solo era cuestión de pasar y elegir con la mirada.
La quinta en que vivimos esta ubicada en la calle Francia, vivo en el en el segundo piso, a dos cuadras de la avenida Iquitos. Diariamente don Dionisio atraviesa la Plaza Manco Capac camino a su trabajo: una tienda de repuestos de carro en la esquina de Iquitos con Raimondi; así que la tentación estaba en su camino.
Ese día Juana en un arranque de furia - no podía ser celos- arrastro de los pelos a una jovencita de piel blanca, desnuda, hasta la calle. Yo, que estaba llegando, quedé estupefacto, confundido. Los transeúntes igualmente sorprendidos por tamaño espectáculo, atinaban solo a sonreír y abrir los ojos desorbitadamente, los varones trataban de ver las partes intimas de la muchacha, ella se defendía como podía de la furia de la mujer, y ocultaba con las manos, su cuerpo desnudo de las miradas libidinosas. Una vez fuera, la mujer cerró las rejas de la quinta. La muchacha quedó en cuclillas, recostada a la pared. Algunas mujeres que pasaban se acercaron, la cubrieron con sus chompas y algún mantel. Pobrecita, decían compadecidas, que madre para desalmada, murmuraban otras, que falta habrá cometido, pero no es para tanto, la miraban compadecidas, la acariciaban, siempre la mujer tiene su cuarto de hora, decían otras. Todas la tenían por una hija repudiada por algún pecadillo, nadie sospechaba la vida callejera de la muchacha, que dio unos pasos desafiantes, su cuerpo estaba cubierto por las chompas y el mantel de las señoras solidarias, misericordiosas. Paró un taxi, dio una mirada dura a las señoras, subió al taxi y dio un portazo, no agradeció, en la esquina votó una chompa por la ventana. Las señoras quedaron atónitas.
Subí a mi departamento, los vecinos se miraban y se sonreían. Desgraciado, gritaba doña Juana, se sentía burlada, creía sentirse burlada, aparentaba, no lo sabía, estaba casada con aquel hombre malo: los hombres son todos iguales, le vino a la memoria, ella nunca experimentó en carne propia para gritar calladamente aquella máxima, no le tocó esas cartas. Entró al baño, miró su rostro mortecino en el espejo, lloró con amargura e impotencia. La querida, pero como puede esa muchacha estar con un viejo; por el dinero; claro, eso lo vio en las telenovelas, si algo tenía don Dionisio de sobra, era dinero. Todos los domingos nos saca en su auto, a Ada y a mí; sus paseos favoritos son Chosica y Chaclacayo. En Chosica almorzamos en El Tollo Loco, un suculento Almuerzo Marino, en Chaclacayo, Pachamanca Tres Sabores, cordero, cerdo y cuy, con sus humitas, delicioso; después, pide una botella de vino Tacama, semi seco, a Ada y a mi nos sirve una copa a cada una, salú, chocamos nuestras copas, otras veces pide dos Cusqueñas Negras, que rico es después del almuerzo, chocamos nuestros vasos, salú. En esos lugares tocan música criolla, la de la vieja guardia, las que a mí me gustan. No, don Dionisio, mi esposo, no es malo, es bueno, buenísimo, no se emborracha, no tiene ese vicio, gracias a Dios. Se secó las lágrimas, salió del baño. Dionisio, ven para almorzar, llamó; ella también sabe preparar potajes ricos, criollos e internacionales, los aprendió trabajando para un judío, en San Isidro.
El incidente de Juana con la chica de vida disoluta era claro y explicable, pero la bullanga de anoche, para mí era un enigma. No me gusta fisgonear la vida de nadie, no pregunté a ningún vecino acerca del alboroto de anoche. Don Dionisio vive en ese departamento solo con doña Juana y Ada, el lio no era a causa de Juana, eso era claro, ni a causa de un ladrón que se pudo haber metido, eso hubiera trascendido inmediatamente, todos los vecinos lo hubieran comentado. Solo quedaba Ada, la hija de don Dionisio, no conocí a la mamá de Ada, cuando llegaron a la quinta, hace cuatro años, ya era viudo y ya se había vuelto a casar con Juana.
Don Dionisio se había comprado ese departamento, al contado, con sus ahorros y la venta de su anterior casa, en el Rimac. Tomó esa decisión porque estaba más cerca a su trabajo. Sus ingresos eran relativamente buenos y no tenía más ambiciones sino la de disfrutar en familia, llevaba una vida metódica de trabajo y descanso.
Llegó una madrugada en un furgón grande y se instalaron en el departamento contiguo al mío, allí vi a su hijo Goyo y otros ayudantes que subieron sus cosas, cuando salí a trabajar a las siete vi todo el alboroto de la mudanza, una señora ya mayor y -supuse- su hija, ayudaban en lo que podían, en seguida me entró la duda, no debe ser su hija, por el trato frio, casi impersonal que se prodigaban. Ada era una adolescente nada atractiva, no tenía la alegría natural de la juventud, la mirada fría y esquiva, muy formal en el trato, muy distante, de manera que se formó inmediatamente un hielo entre ella y yo. Se hizo amiga de mi hermana Dalia, Dalia le llevaba unos diez años, que bien conversaban, yo solo las observaba.
Ada terminó el colegio, muy formalita y estudiosa, nunca le conocí un enamorado en su época escolar, solo unos amigos que venían a prestarse libros y cuadernos, curiosamente estos eran Labarthinos, mi ex colegio; me preguntaba, ¿qué raro? Estos Labarthinos no son como los de mi época, más parecen monaguillos, ni una broma, ni una carcajada; no se les sentía cuando llegaban a la quinta, ni cuando se iban. Todos sus amigos, aunque pocos, eran igual, a mi esto me desesperaba y me entristecía, que pasa con la juventud, me preguntaba, ya no hay ese espíritu alegre y rebelde, contestatario, de manera que a Ada y sus amistades los taché de jóvenes viejos. Con ellos solo un hola y eso era todo.
Un día, ya de tarde, a eso de las tres, tocaron a mi puerta. Tocaron tres veces, no abrí, volvieron a tocar tres veces, que aburrido, pensé, así no tocan Lucho ni Alberto, mis patas, debe ser un cobrador o alguien de la municipalidad. Abrí. Era un joven delgado, moreno, de pelo lacio, bien peinado, con raya al lado izquierdo. Aquí vive Ada, me preguntó. No, vive allí, le indiqué la puerta de Ada. Le noté algo preocupado y vacilante. Está seguro que Ada vive allí. Sí. Que raro, quede con ella que me esperase a esta hora pero no está. Yo encogí los hombros. Puede decirle que vine, de parte de Arturo. Claro, cuando la vea le diré. Por favor no se olvide, y se fue casi corriendo, antes de bajar las gradas volteó y repitió. No se olvide…De Arturo.
Cuando llegó Ada, sentí la llave en la cerradura de su puerta, entró, cerró con suavidad, escuché sus pasos. Recordé el rostro de Arturo, debe ser su enamorado, pensé. Toqué su puerta. A… es usted, adelante; no tenía nada que hacer, decidí conversar un rato con ella, después de todo, éramos vecinos, no teníamos porqué no hablarnos. Fue amable, me invitó una taza de té, a la media hora entré en confianza; estaba equivocado, la muchacha, aunque no atractiva, era sensual, sobretodo en la mirada, además su juventud era, por si sola, provocativa. Yo tenía treinta años y aún soltero, ella dieciocho y ya era universitaria. Vestía un bluejeans ajustado. Yo estaba sentado en una silla, de pronto ella se paró a mi lado derecho, tan cerca que me rozaba, levanté la vista, ella me sonreía, mirada sensual, desafiante. Terminamos en su dormitorio, era una muchacha ardiente, explosiva. Ya es tarde, me dijo, me apuré, al salir me dijo: amorcito, de esto que nadie se entere. Comprendí.
Desde entonces tuvimos encuentros secretos cada vez que había oportunidad, eran frecuentes. Ningún vecino ni nadie sospecharon nada. A la vista de todos, nos tratábamos con la misma indiferencia de siempre.
Ese año murió don Dionisio repentinamente, en los baños termales de Churin, se le elevó la presión y colapsó. Reapareció Arturo y yo me mudé a Lince.
Después de cinco años he vuelto a la quinta de la calle Francia, la nostalgia y la curiosidad me arrastraron hasta aquí. Estoy casado. En las gradas hacia el segundo piso me encontré con Ada, Arturo y una niña de unos cinco años. Ya me había enterado que aquella noche del escándalo, fue que don Dionisio estaba echando a Arturo, esa noche, Arturo había rodado por estas gradas. Doña Juana había vuelto a su antiguo empleo en San Isidro.
Ada me saludó calurosamente, volvimos a su departamento. Arturo, como lo hacía don Dionisio, Arturo el repudiado, abrió con toda la parsimonia, como lo hacía don Dionisio, abrió la puerta de su departamento, del departamento por el que don Dionisio trabajó toda su vida. Y ahora era, con todas las de la ley, era del repudiado. Ada, Arturo, la niña y yo nos sentamos a la mesa.
La niña ¿me confundió?, se abrazó a mi rodilla y me dijo papá, volví la mirada hacia Arturo, no era él, en su lugar, por un momento, vi a don Dionisio, y a Arturo rodando por las gradas. Y la niña, la niña es mi hija, ¿no cree usted? Y el departamento es mío, soy el verdadero yerno de don Dionisio. Pero yo ya tengo mi familia, mi esposa Laura y mi hijo Dante.
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1 comentario - Cuento corto romantico

@HAPPO_DAI_KARIN Hace más de 1 año +1
bla bla bla largo aburridor
@juliocesar1982 Hace más de 1 año +2
es una narracion literaria si quieres algo corto y de accion estan los comics