No sé qué podría decir yo de Viaje al fin de la noche cuando Maël Renouard escribió hace unos años un artículo tan insuperable y hermosísimo sobre sus barcos (os dejo prometida la traducción). Lo único que puedo contar es por qué me gusta a mí Viaje al fin de la noche, que es de lo que se trata. Me cuesta, porque Ferdinand Bardamu, el protagonista del libro, y yo compartimos la manía de largarnos de todas partes y muchas otras cosas que a ninguno de los dos nos resulta agradable ni fácil ni práctico compartir. Las ganas de irse. El exilio como droga. El cambio como promesa. Los barcos como casita para el alma. El ratito en el que aún somos desconocidos en cada lugar nuevo al que llegamos como remanso de paz. Buscar siempre más lejos, más hondo. La rabia, la lucidez, el cansancio que nos producen la mediocridad y la falta de inquietud, el sentido del humor que nace del agotamiento, esta frase: “Mi corazón, ese conejo, resguardado detrás de su jaulita de costillas, agitado, acurrucado, estúpido.”
El final de la noche es el territorio de Ferdinand Bardamu, y es un territorio geográfico, no es una cuestión de horarios. Lo oscuro adonde nadie quiere ir es el único lugar que le pertenece, o el único lugar al que él pertenece. Él lo dice: no importa lo que hagas durante el día, importa si puedes dormir por la noche. Y él no puede dormir, Bardamu. Él no es como la demás gente que se acuesta sin cuestionarse o intentar comprender, como los que duermen tranquilos como ostras y que cada amanecer se encuentran el pacto que firmaron con la vida renovado automáticamente, el pacto tácito con la brutalidad del mundo, con la mentira inmensa y universal, con la falsedad mutua. Bardamu no soporta el tablero hipocresía sobre el que se juega a la vida tendido en la mesa del desayuno. Bardamu no lleva la cobardía necesaria para seguir viviendo, día tras día, incorporada en los zapatos. Bardamu sabe del cuerpo que se pudre y que se muere y que a veces también goza, el cuerpo siempre dispuesto a seguir con la farsa, la suciedad, el cuerpo dócil donde se guarda el alma dócil. Lo conoce de la guerra, al cuerpo destripado, y lo conoce de su desastrosa carrera de médico, al cuerpo enfermo.
No os llevéis a engaño: Bardamu no es un triste alma errante, es un perro rabioso como pocos, alguien que se duele de haber perdido la esperanza y la fe, un observador lúcido que sabe mirar y al mirar se asquea y anhela un obús que destripe y arregle todos los problemas, un obús-muerte. Pero a veces en su viaje azaroso (el azar elige su destino, porque a Bardamu le da exactamente lo mismo el dónde, con tal de que esté en otra parte) Bardamu se conmueve, cuando encuentra a Alcide, a Molly, a Sophie, cuando encuentra bondades, alguna clase de pureza, amor desinteresado, acordeoncitos que tocan canciones en las sobremesas del verano. Bardamu, en el fondo, es un romántico que no puede ejercer por falta de estímulo, o que sólo ejerce a la vista de unas piernas bonitas o de un corazón vulnerable.
Viaje al fin de la noche es un libro para reírse a carcajadas y para llorar de tristeza por lo triste que es la humanidad a partes iguales, os prohibo que no hagáis las dos cosas. Si os da por la intelectualidad, podéis reflexionar sobre Eros y Tánatos; si os da por la francofilia, podéis hacer paralelismos cínicos entre el Robinson de este libro y el Pangloss del Cándido de Voltaire; si os da por la lingüística, ésta fue la primera novela que alguien se atrevió a escribir en lenguaje coloquial y usando argot como si le fuera en ello la vida; si os da por el viaje, nadie más inspirador que Bardamu que se va de África a Nueva York en una galera. La primera parte del libro es una de las visiones más terribles sobre la guerra que se hayan escrito, a pesar de los generales enamorados de los rosales y de Barmadu jurando nunca más pisar el campo en lo que le queda de vida.
Si podéis, leed la histórica traducción de Carmen Kurtz (es la que leí yo en la biblioteca de mi pueblito, muchos años antes de tener el Céline verdadero en la edición bolsillo de Folio). Ya sabéis, comprada de segunda mano. La de Manzano que os dejo aquí no me gusta un pelo. Esta semana me he leído los tres libros así que hablo con sacrificado conocimiento de causa, pero no abundaré en mis quejas sobre los traductores modernos que ando escupiendo en blogs ajenos.

Por fuera del libro:
Céline dio muchos más tumbos geográficos en la vida que Bardamu, quién sabe si huyendo de las mismas cosas o persiguiendo las mismas cosas. Pero los tumbos los dio, así que los bichos y la disentería africanos y Broadway como restaurante de sueños rápidos, la Alemania de preguerra, fueron suyos antes de que fueran de Ferdinand.
El editor de Céline, Robert Denoël, fue asesinado por las mismas fechas en que Céline huía de Francia después de la guerra, hasta que fue detenido por colaboracionista y por exacerbado panfletario antisemita en Dinamarca, aunque regresara a Francia en el 51 donde siguió escribiendo para Gallimard. Muchos no leyeron a Céline por su ideología, lo que es una lástima además de una soberana estupidez. Viaje al fin de la noche es un libro obligatorio para todo aquel al que le duela, aunque sea un poquito, estar vivo.
Que Robinson y Bardamu terminen trabajando en un manicomio para mí que le sirvió a Cortázar para terminar su Rayuela, igual que la Nadja de Bréton le sirvió para empezarla. Pero ésa es otra historia.


Viaje al fin de la noche: Celine.