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Las mejores frases de el libro El silencio de los corderos

FRASES Y MOMENTOS, no me entraba en el titulo:




La Acherontia sayx —dijo Pilcher—. Su nombre deriva de dos ríos
mitológicos del infierno. Ese individuo que persigue arroja los cadáveres a un
río distinto cada vez... Lo he leído en algún periódico. ¿Es cierto?

Las mejores frases de el libro El silencio de los corderosHannibal lecterThomas HarrisEl silencio de los inocentes



—De saber por qué está usted aquí. De averiguar lo que le sucedió.
—No me sucedió nada, agente Starling. Yo sucedí. No acepto que se me
reduzca a un conjunto de influencias.
En favor del conductismo han eliminado ustedes el bien y el mal, agente
Starling. Han dejado a todo el mundo en cueros, han barrido la moral, ya nadie
es culpable de nada. Míreme, agente Starling. ¿Es capaz de afirmar que yo soy
el mal? ¿Soy la maldad, agente Starling?
—Creo que ha sido usted destructivo, lo cual para mí equivale a lo mismo.
—¿Solamente la maldad es destructiva? Si las cosas son tan simples, según
tal razonamiento las tormentas son la maldad. Y elfuego, que también existe, y
e1granizo. Los que así piensan lo echan todo en un mismo saco que lleva por
nombre «obra de Dios».
—Todo acto deliberado...
—Para entretenerme colecciono noticias de derrumbamientos de iglesias. ¿Se
ha enterado del que acaba de producirse en Sicilia? ¡Maravilloso! Se desplomó
la fachada aplastando a sesenta y cinco beatas que asistían a misa mayor.
¿Fue eso maldad? Si acordamos que sí, ¿quién la causó? Si
Él está ahí arriba, créame, agente Starling, se regocija. El tifus y los cisnes,
todo procede del mismo sitio.
el silencio de los corderos

Lo último que surgió de la cósmica resaca fue la despedida del Smitlisonian y
un pensamiento que resumía el día: En este extraño mundo, esta mitad del
mundo que ahora está a oscuras, tengo que perseguir a un ser que se alimenta
de lágrimas.
Las mejores frases de el libro El silencio de los corderosHannibal lecter
—A la mayoría de la gente les gustan las mariposas y les repugnan las polillas
—dijo él—. Pero las polillas son más... interesantes, tienen más atractivo.
—Son destructoras.
—Algunas sí; bueno, muchas, pero viven de mil maneras distintas. Como
nosotros.
—Silencio durante un piso—. Hay una clase de polillas, en realidad más de
una, que vive exclusivamente de lágrinías —afirmó—. Es de lo único que se
alimentan o beben.
—¿Qué clase de lágrimas? ¿Lágrimas de quién?
—Lágrimas de los grandes mamíferos terrestres, los que tienen
aproximadamente nuestro tamaño. La antigua definición de polilla era
«cualquier ser que lenta y silenciosamente come, consume o destruye
cualquier cosa». Apolillar era sinónimo de destruir... ¿Es lo único que hace,
perseguir a Buffalo Bill?


—La cara del doctor Lecter se hundió entre sus brazos hasta que sólo los ojos
quedaron visibles—. Es una lástima que Catherine Martin no vuelva a ver el sol
jamás.
El sol es un fuego en el que ha muerto el Dios de esa muchacha, Clarice.
—Lo que es una lástima es que usted ahora tenga que complacer para poder
sorber de vez en cuando alguna lágrima —replicó Starling—

Quizá Lecter le había mentido siempre, como había mentido a la senadora
Martin. Tal vez no sabía ni comprendía nada de Buffalo Bill.
Lo ve todo con prodigiosa claridad; a mí me ha calado por completo. Es duro
aceptar que una persona pueda comprenderte sin descarte lo mejor.

—Eso es. El doctor Bloom dijo que Buffalo Bill está simplemente haciendo
coincidir sus actos con la personalidad de un ser creado por la prensa, el
Buffalo Bill que arranca cabelleras, insinuación que hicieron los titulares de los
periódicos. El doctor Bloom afirmó que esa predicción era evidente.
—¿Era evidente para el doctor Bloom?
—Él dijo que sí.
—Era evidente pero se la calló. Ya veo. ¿Qué opina usted, Clarice?
—No estoy segura.
—Ha estudiado algo de psicología y también peritaje forense. En el punto en
que coinciden ambas ciencias es fácil atrapar un pez. ¿Está usted pescando
algo, Clarice?
—De momento, no. Soy bastante lenta.
—¿Qué le dicen estas dos disciplinas acerca de Buffalo Bill?
—Según el libro, es un sádico.
—La vida es demasiado escurridiza para los libros, Clarice; la ira se interpreta
como lujuria, un lupus como urticaria.
—El doctor Lecter terminó de dibujar su mano izquierda con la derecha y luego
cambió el carboncillo de mano y empezó a dibujar la derecha con la izquierda
con la misma precisión—. ¿Se refiere usted al tratado del doctor Bloom?
—Sí.
—Me ha buscado usted en ese libro, ¿verdad?
—Sí.
—¿Cómo me describe?
—Como un sociópata puro.
—¿Diría usted que el doctor Bloom siempre tiene razón?
—Sigo esperando de usted la superficialidad del afecto. La sonrisa del doctor
Lecter descubrió su pequeña y blanca dentadura.
—Tenemos expertos por todas partes, Clarice. El doctor Chilton afirma que
Sammie, ése que está detrás de usted, es un esquizoide hebefrénico,
irremisiblemente perdido. Ha puesto a Sammie en la antigua celda de Miggs
porque opina que Sammie se ha sumido en una absoluta introversión. ¿Sabe
cómo se comportan generalmente los hebefrénicos? No se preocupe, no la
oye.
—Son los más difíciles de tratar —repuso ella—. Generalmente se aíslan por
completo y presentan problemas de desintegración de la personalidad.
El doctor Lecter rebuscó entre las hojas de papel parafinado, tomó un papel y
lo depositó en la bandeja deslizante. Starling tiró de ella.
—Ayer mismo Sammie me envió esto a la hora de la cena —dijo.
Era un recorte de cartulina de construcción escrito con lápices de colores.
Starling leyó:
10 CIERO IR HAZIA CRISTO 10 CIERO IR CON JESU 10 PUEDO IR HAZIA
CRISTO SI ME PORTO MUI BIEN SAMMIE Starling volvió la cabeza y por
encima del hombro vio a Sammie. Miraba con expresión vacua hacia la pared
de la celda, con la cabeza apoyada en los barrotes.
—¿Quiere leerlo en alta voz? No la oye. Starling leyó: —Yo quiero ir hacia
Cristo, yo quiero ir con jesús, yo puedo ir hacia Cristo si me porto muy bien.
—No, no. Léalo con más énfasis. Déle el ritmo de un verso infantil. Es posible
que la métrica varíe, pero la intensidad es la misma.
—Lecter empezó a dar unas suaves palmadas—. «Cinco lobitos tiene la
loba...» Con ritmo intenso, ¿ve usted? Con fervor. «Yo quiero ir hacia Cristo, yo
quiero ir con jesús...
—Ya veo —dijo Starling depositando nuevamente el papel en la bandeja.
—No, perdone que le diga que no ve nada en absoluto.
—El doctor Lecter se puso de pie de un brinco y con portentosa agilidad se
agachó, encorvó el cuerpo con grotesca postura y llevando el ritmo con
palmadas se puso a dar saltos y a cantar a pleno pulmón—: «Yo quiero ir hacia
Cristo...».
Repentinamente, a espaldas de Clarice, surgió la voz de Sammie, atronadora
como la tos de un leopardo, más estentórea que el alarido de un mono;
Sammie de pie, machacándose la cara contra los barrotes, lívido, con las venas
del cuello a punto de reventar, aullando:
YOQUIERO IR HACIA CRISTO, YO QUIERO IR CON JESúS, YO PUEDO IR
HACIA CRISTO SI ME PORTO MUY BIEN.
Silencio. Starling descubrió que se hallaba de pie, que la silla plegable se había
caído hacia atrás y que sus papeles yacían desparramados por el suelo.
—Por favor —dijo el doctor Lecter, erguido de nuevo y esbelto como un
bailarín, invitando a Clarice a tomar asiento. Se dejó caer con elegancia en su
silla y apoyó la barbilla en la mano—. Usted no ve nada en absoluto —repitió—.
Sammie es un ser profundamente religioso. Lo único que le ocurre es que está
decepcionado porque jesús tarda mucho en venir.
¿Puedo decirle a Clarice por qué motivo estás aquí, Sammie?
Sammie se agarró el mentón y detuvo el movimiento de su cara.
—Anda, dime que sí —le pidió el doctor Lecter.
—Sííí —dijo Sammie entre los dedos.
—Sammie depositó la cabeza de su madre en la bandeja de la colecta
dominical de la iglesia baptista de Trune. Estaban cantando el himno «Entrega
tu más valiosa ofrenda al Señor» y así lo hizo; era lo mejor que tenía.
—Por encima del hombro Lecter dijo—: Gracias, Sammie. Ya no necesito nada
más. Mira la televisión.
El alto recluso volvió a sentarse en el suelo, como antes, y apoyó la cabeza en
los barrotes; las imágenes del televisor pululaban en sus pupilas y en su rostro
había ahora tres hilos plateados: saliva y lágrimas.
—Bien. Veamos si es capaz de concentrarse en el problema de Sammie y
quizá yo me concentre en el que usted me plantea, Clarice. Una cosa por otra.
No la oye.
Starling tuvo que exprimirse el seso.
—El verso transcurre desde «ir hacia Cristo» hasta «ir con Jesús» —dijo—. Se
trata de una secuencia razonada: ir hacia, llegar a, ir con.
—Efectivamente. Estamos ante una progresión lineal. Una de las cosas que
más me satisfacen es que sabe que jesús y Cristo son la misma persona. Eso
constituye un progreso. La idea de que un único Dios sea al mismo tiempo una
Trinidad es difícil de conciliar, particularmente para Sammie, que no está
seguro de cuántas personas hay en sí mismo. Eldrige Cleaver nos ofrece la
parábola de los tres elementos en un solo aceite, que resulta de gran utilidad.
—Sammie ve una relación causal entre su comportamiento y sus objetivos, lo
cual constituye la base del pensamiento estructurado —continuó diciendo
Starling—. Lo mismo puede decirse del manejo de la rima. No está totalmente
aislado; está llorando. ¿Opina usted que podría definírsele como un esquizoide
catatónico?
—Sí. ¿Percibe usted el olor de su sudor? Ese peculiar olor a cabra es
característico del ácido trans—3—metil—2 hexenoico. Recuérdelo siempre; es
el olor de la esquizofrenia.
—¿Y cree usted que puede responder a tratamiento?
—Sí, y especialmente ahora, que sale de una fase de estupor.
¡Fíjese cómo le brillan las mejillas!
Thomas Harris
—¡Tiempo, Pilch! —Una voz de hombre, chillona de excitación—. Adelante.
¡Tiempo!
Starling se detuvo en el umbral. Sentados a una mesa de laboratorio, dos
hombres jugaban al ajedrez.
Tendrían ambos unos treinta años; uno era moreno y flaco; el otro, rechoncho,
tenía el pelo rojo y tieso como el alambre. Estaban absortos en el tablero. Si
advirtieron la presencia de Starling, no lo manifestaron. Y si advirtieron la
presencia del enorme escarabajo rinoceronte que avanzaba lentamente por el
tablero sorteando las piezas, tampoco dieron señal de ello.
El escarabajo llegó al borde del tablero.
—¡Tiempo, Roden! —exclamó entonces el flaco. El rechoncho movió su alfil y
dio la vuelta al escarabajo, que empezó a recorrer en dirección contraria la
distancia que acababa de cubrir.
—¿Cuando el escarabajo llega a la esquina se acaba el tiempo? —preguntó
Starling.
—¡Naturalmente! —contestó el rechoncho levantando la voz pero no la vista—.
Naturalmente. ¿Cómo quiere jugar? ¿Haciéndole cruzar el tablero en diagonal?
¿Contra quién juega usted, contra un caracol?

Los ojos del doctor Lecter se posaron en ella.
—Esa bandera huele a cigarro habano —dijo—. ¿Crió usted a Catherine?
—Perdone, ¿cómo dice?
—¿Le dio usted el pecho?
—Sí.
—Qué voraces son los recién nacidos, ¿verdad? Al ver que las pupilas de la
senadora se ensombrecían, el doctor Lecter paladeó aquel dolor hallándolo
exquisito. Por hoy bastaba. De modo que continuó diciendo:

Cuando veo en usted esos destellos de inteligencia contextual, Clarice,
olvido que su generación es analfabeta. El emperador aconseja simplicidad.
Primeros principios. De cada cosa concreta pregúntese: ¿Qué es en sí misma,
en su propia esencia?
¿Cuál es su naturaleza causal?
—Eso para mí no significa nada.
—¿Qué hace él, el hombre que usted persigue?
—Mata...
—¡Ah! —exclamó Lecter con aspereza, apartando un instante la cara para no
tener que presenciar la obstinación de Clarice en el error—. Eso es accesorio.
¿Qué es lo primero, lo primordial que hace? ¿Qué necesidad satisface
matando?
—Ira, resentimiento social, frustración sexual...
—No.
—¿Cuál, pues?
—Codicia. De hecho, codicia ser lo que usted es. Su naturaleza es la codicia.
¿Y cómo empezamos a codiciar, Clarice? ¿Buscarnos cosas que codiciar?
Esfuércese por contestar correctamente.
—No. Lo que nos...
—Exactamente. No. Su respuesta es correcta. Empezamos por codiciar lo que
vemos cada día. ¿No nota usted cada día ojos que la recorren por entero,
Clarice, en encuentros casuales?
No diga que no porque no lo voy a creer. ¿Y no acarician sus ojos ciertas
cosas?
—De acuerdo. Entonces, dígame cómo...

Crawford se apartó del lado de Bella y se dirigió a la habitación contigua; desde
allí la veía, por la puerta abierta, arreglada bajo la cálida luz de la lámpara de la
mesilla. Estaba esperando que el cuerpo de su esposa se convirtiese en un
objeto ceremonial, aislado de la persona que había abrazado en la cama,
aislado de la compañera de toda una vida a la que ahora abrazaba en su
mente. Para así poder telefonear para que viniesen a buscarla.
Con las manos vacías, caídas a los costados, permaneció ante la ventana
mirando hacia el vacío del este. No buscaba el alba; el este era simplemente la
dirección hacia la cual se hallaba orientada la ventana


El silencio de los inocentesel silencio de los corderos
La elegante caligrafía del doctor Lecter cruzaba la zona de los Grandes Lagos
y decía:
Clarice: ¿No le parece excesivo el azar que preside la dispersión de estos
puntos? ¿No le da la impresión de que constituye un conjunto
desesperadamente fortuito? ¿Fortuito hasta pecar de inconveniente? ¿No le
sugiere el artificio de un pésimo embustero?
Gracias, Aníbal Lecter P.D. No se moleste en revisar el expediente. No hay
nada más.

—Eso me lo insinuó al escribir en el expediente que los lugares de secuestro y
aparición de los cadáveres eran demasiado fortuitos —replicó Starling—. Y en
Memphis me preguntó si sabía coser. ¿Qué quería conseguir con ello?
—Quería divertirse —sentenció Crawford—. Hace mucho, mucho tiempo que
no hace más que eso, divertirse.
Ahuecó la mejilla con la lengua mientras cogía el abrigo de Starling

—Buenas noches, doctor Lecter. Apareció la punta de la lengua, de un rojo tan
intenso como el de los labios. Rozó el labio superior exactamente en el centro y
desapareció.
Las mejores frases de el libro El silencio de los corderosHannibal lecterThomas Harris
Bien, Clarice, ¿han dejado de balar ya los corderos? Me debe una información,
¿se acuerda? y me gustaría que me la comunicase.
Un anuncio en la edición nacional del Times y del International Herald—Tribune
el día primero de cada mes será lo más adecuado. Mejor que ponga también
otro en el China Mail.
No me sorprendería que la respuesta fuese sí y no. Los corderos se habrán
callado de momento, pero usted, Clarice, se juzga a sí misma con la piedad de
la balanza del Averno y tendrá que ganarse una y otra vez ese bendito silencio.
Porque a usted lo que la impulsa es el compromiso, fijarse un objetivo, y el
compromiso no cesa, nunca.
No tengo intención de ir a visitarla, Clarice, porque el mundo es más
interesante si usted está en él. Procure hacerme objeto de la misma cortesía.
El doctor Lecter se llevó la pluma a los labios. Miró por la ventana al
firmamento y sonrió.
Tengo ventanas. Orión se encuentra en este momento justo encima del
horizonte, y a poca distancia brilla Júpiter, con una intensidad que no volverá a
alcanzar antes del año 2ooo. (No tengo la menor intención de decirle la hora ni
a qué altura se encuentra.) Pero espero que usted también lo esté viendo.
Algunas de las estrellas que nos guían son las mismas.

1 comentario - Las mejores frases de el libro El silencio de los corderos

MoskaJP
Nunca lo lei, aunque siempre le tuve ganas.
MoskaJP
@PaulRazini jajaa tal cual. Justo en esa linea que decís, una vez escuché que el libro de Forest Gump es mucho mas amplio que la peli. Ni hablar de otras cosas como Dune, 2001 Odisea, etc.
PaulRazini
@MoskaJP odisea es de un libro? el de forest sabes que no lo pude conseguir ni en pdf jajaja
MoskaJP
@PaulRazini Y no solo eso, sino que Odisea es una saga:

2001: Una odisea espacial (1968)
2010: Odisea dos (1982)
2061: Odisea tres (1987)
3001: Odisea final (1997)

Todos los libros fueron escritos por el maestro de la ciencia ficción Arthur Clarke.

P.D: Tanto esta saga como el libro de Forest Gump los tengo en formato epub para leer en mi ereader o en la pc. Cualquier duda q tengas, mandame MP