Los arquitectos razonables podrán dudar de la existencia del alma, pero suscribirán cualquier teoría sobre el átomo , los neutrones y los protones, con la mayor alegría.
No importa si entienden estas teorías. En realidad - como dice Sábato - el pensamiento científico parece tener mayor poder cuanto menos se lo comprende.
Por eso se suele decir:
- Que bien que habla este hombre...! No alcanzo a entender ni una sola de sus palabras.
Cuando un racionalista se pone supersticioso, no hay quien lo gane. Todo parece indicar que el futuro pertenece a los Refutadores de Leyendas. Tal vez por eso los miembros de esta entidad - la única que queda de las que existieron en los años dorados - se muestran tan optimistas con respecto a lo que vendrá.
Todos los adoradores del progreso nos pintan un porvenir lleno de veredas móviles que nos evitaran el esfuerzo de caminar, con maquinas invictas, con ríos domados, y vehículos cada vez mas veloces.
A las almas sencillas, la descripción de estos espantosos mecanismos les parece algo diabólico.
Porque en este proyecto de aparatos infalibles y formidables fuentes de energía no parece existir la menor preocupación por responder a alguna de las preguntas que el profesor Frascarelli supo insertar en su memorable problema 187.
La Sociedad Científicos Sentimentales era una locura. Pero tal vez hace falta un poco de locura entre tanta exactitud y precisión.
Serán buenos los cálculos y los teoremas inexpugnables, si es que se aplican a rombos, ángulos y cubos. Pero empiezan a fallar cuando se trata de personas.
Y a lo mejor esto constituye la mas grande virtud del hombre, su toque divino. El ultimo de los atorrantes de Flores es mas interesante que una estrella, solamente porque su comportamiento no es previsible.
Nada de esto significa que debamos renunciar a la ciencia y su arsenal.
Que se sigan inventando licuadoras y tónicos contra el catarro. Dos mas dos son cuatro. Los Refutadores de Leyendas tienen razón. Pero nada mas que eso: razón.
A mi no me alcanza.



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