Un kilo de oro


Un kilo de oro - Un cuento de Rodolfo Walsh


Un cuento de Rodolfo Walsh

El olor a gato venía caminando hacia él por la vereda mojada. O tal vez no caminaba sino que per manecía inmóvil y suficiente, por lo menos a cierta distancia, como la marquesina de un teatro o el palio de una iglesia por donde salen los novios: un tinglado intangible de olor a pis de gato. Fosfuros. Amoníaco. Algalia. En el umbral el plato con pedacitos de hígado cortado. Algún día me agacharé y lo comeré.

¿Entraría? Entró. Meadas ruinas de Marienbad: llevaba a Pola del brazo por las marmóreas galerías, era de tarde en primavera y ella tenía un vestido suel to de muselina, zapatos grises y bajos, aros sonoros de madera. La luz de esa tarde pervivía en la oscuridad como el recuerdo del sol en el fondo de un río. ¿El perfume de Pola era Shocking? Se le había hecho la piel del ciego mientras bajaba un piso, subía otro, rozando con las yemas las paredes que colgaban en tiras de papel. Alguna vez podrían poner luz estos desgraciados. Salió a los guijarros de la terraza y se orientó por los letreros luminosos: el verde era el este, el rojo era el norte. Cosmografía parda.

Una siesta de dos meses atrás estaba cristalizada en la cama de su pieza como un molde de yeso pro bando un delito. Renato volvió a poner en su sitio las sábanas. No quería ver nada, pero automáticamente resurgían pequeños proyectos, las plantitas brotaban del cotiledón, el espíritu germinativo: clavar en la pared el dibujo de Brascó, terminar el libro de Olsen sobre D.T., barrer: cáscaras de naranjas y un peda zo de pan en el piso.

Tonio estaba parado en la puerta, las manos en los bolsillos.

—¿Cómo te va?

—Como la mierda.

Tonio aprobó en silencio, dando un impulso adi cional a las manos dentro del sobretodo: era petiso porque vivía tirándose para abajo. Toda su gran ca beza lo estudiaba, las cejas de ligustro, los ojos de escopeta, la calva reluciente con esos terraplenes de pelo a los costados.

—Me alegro —dijo montando en una silla y cru zando las manos bajo el mentón.

—Ah, te alegrás.

A Tonio se le hizo la sonrisa en las puntas de la boca, trepó hacia el otro arco voltaico de sonrisa que bajaba de los ojos. Sonrisa en dos tiempos, ese cabrón.

—Sabés por qué te digo, ¿no?

—Sí. No. Qué sé yo.

—Te acordás que yo te avisé y me retiraste el saludo por quince días.

Renato no se acordaba.

—La relación entre intelectuales de distinto se xo —dijo Tonio— es una relación homosexual. Lo tengo publicado. .

—¿La doctora Rubiakov?

Otra doble ojiva sonriente. La picardía jugaba un partido de share en la cara de Tonio, que también era la doctora Rubiakov, autora de “El último Enig ma del Sexo” y de “La Mujer Ardiente”.

—Vos reíte, pero yo me corto lo que te dije an tes de llevarme una de esas tilingas a la cama. Van con la tijera de podar. Vos te rompés todo y ellas miran al techo y piensan en Fellini. Una mujer tem bú, eso es lo que hace falta.

—¿Qué es eso?

—Ves —dijo Tonio—. Ahí tenés un intelectual argentino. Seguro que sabés lo que es una mujer Mriji y una mujer Vadawa.

—Una Mriji es una mujer estrecha y una Va dawa un poco menos —recitó Renato.

—Extranjeras —condenó Tonio—. La mujer tembú tiene una lengüeta adentro de la co, de la va gina —reaccionó retornando el lenguaje científico de la doctora Rubiakov— y te la introduce en el orificio de la, del pene.

—Interesante.

—Hay muy pocas. Yo conocí una sola, en Goya, y era vieja y fea pero te dejaba loco. ¿Te conté que yo tengo un kilo de oro? Ah, tampoco sabés lo que es eso. —Sacó un cigarrillo y un fósforo—. Un kilo de oro es la variedad de pide pene más cotizada entre las mujeres. Les hace sonar los siete tamborcitos. El medio kilo es bueno, pero no tanto. Y la Pía Ma jestad...

Conmovido. Debería estar, por lo menos. Este tipo sabe cómo me siento, viene y enciende la kermés de luces, pone en marcha todos los juegos. Algo cir cula en su cabeza, una molécula ARN, un impulso eléctrico haciendo contacto en cada chiste, en los re leis del bally. Todo para mí. Misterioso, yo nunca le di nada. Me río, cómo no me voy a reir. Pero es igual que reirse con el esternón partido: ese puñal mal puesto.

—. . . pero hay mucha represión —decía Tonio y recién ahora prendió el fósforo—Sexofobia. ¿Sabés cómo le llaman algunos a la? Carne meada. Los curas jodieron mucho.

Renato se paró, decidido a capear la lluvia de palabras.

—¿La viste?

Tonio parecía esperar la pregunta, hizo tiempo calentando con el fósforo la punta del cigarrillo.

—¿Esa turra? Anda yirando por ahí. O vos te crees que es fácil encontrar otro punto como vos. Mirá, el otro día comentábamos con Paco, esta mina se ensartó para toda la cosecha. Lo que pasa es que no pueden aguantar un tipo mejor que ellas, se mue ren de envidia. Con una rea de la calle te va a ir mejor. Otra cosa, ¿vos nunca hiciste la prueba? Andá, hacé la prueba un día. Ponete detrás de un biombo y escuchale la voz sin verla. Voz de hombre, viejo. Y después mirale la boca, ¿nunca le miraste bien la bo ca? Tiene el labio caído, qué se puede esperar de una mina con el labio caído.

—Ella te quería mucho —dijo Renato.

Como la sombre de una cortina cayó sobre la cara de Tonio, una tenue grabación de ceniza, o tal vez era el humo que ahora largaba por la boca, mi rando al cielo raso.

—Yo también, pero jodió a todos mis amigos. A Benito lo jodió, a Paco lo jodió, y ahora a vos.

—Yo estoy bien —dijo Renato.

—Sí, ya veo lo bien que estás. Decime —Tonio encorvó el índice de la mano derecha alrededor del mentón y hundió la cabeza en la gran masa del tórax; las cejas subieron un centímetro—, ¿criás gallinas en la isla?

Clic, el gatillo montado en la locura propia de Tonio. Renato la había olvidado. Trató de mantenerse serio.

—¿Gallinas?

—Sí, gallinas —dijo Tonio profundamente re concentrado— ¿Sabés a cuánto están los huevos?

—Pero viejo, qué.

—Un momentito, ahora hablo yo. ¿Sabés a cuán to están los huevos, sí o no?

Renato volvió a sentarse.

—No— suspiró.

—Ciento veinte pesos la docena —dijo Tonio— ¿Sabés cuántos huevos pone una gallina?

—Que sé yo. Dos o tres por día.

—No, boludo. Uno, en el invierno. Supongamos que tenés cien gallinas, y que cuatro no pongan por que salieron flojas. Noventa y seis huevos, ¿cuántas docenas son? Ocho docenas. A ciento veinte mangos, ¿cuánto es? Novecientos sesenta. Treinta lucas por mes. Y si tenés el doble, sesenta. ¿Comprendés, gil?

Voy a tener que echarlo. El único tipo en el mundo que se preocupa por mi, y mirá de qué forma se preocupa. Pero si le digo que no quiero criar gallinas, capaz que se ofende. Diplomacia:

—¿Cuánto cuestan cien gallinas?

—Treinta y dos mil quinientos cincuenta pesos— respondió Tonio en el acto.

Puñalada:

—¿Me los podés prestar?

Dibujo animado. Nube se rompe. Sal en la herida:

—Aunque sea los treinta. Los dos mil quinien tos los consigo en el banco. Cincuenta tengo aho rrados.

Tonio caía agitando los brazos en el aire azul. Pero ya estaba fabricando otra rosada nubecita de pedos: la nomenclatura era suya.

—¿Hasta cuándo te quedás?

—Me voy mañana.

—Esperame al jueves. El jueves sin falta te los consigo. —Se paró, abotonándose el sobretodo. Una repentina preocupación lo demoraba—. ¿Qué les vas a dar de comer?

—¿A quién?

—A las gallinas, hombre. ¿De qué estamos ha blando?

—Maíz —dijo sabiamente Renato.

—Ah, no —se opuso Tonio—. Así no vamos a ninguna parte. Maíz, una vez por semana. ¿Sabés a cuánto está el maíz?

—Novecientos pesos la bolsa —improvisó Renato.

—Exacto —dijo Tonio que había inventado una cifra algo distinta— Y cien gallinas ¿cuántas bolsas comen?

—Tres.

—Por semana —precisó Tonio—. Entonces no podés darles maíz. Tenés que darles las sobras de lo que comés, y que se las rebusquen por ahí. Atorran tas. El campo está lleno de semillitas. ¿Comprendido?

—Sí—dijo Renato en un hilo.

—Bueno. Ahora todo está más claro. ¿Necesitás algo?

—No.

Lo miraba con profunda desconfianza.

—Decime. ¿Hace mucho que no?

—Más o menos.

—¿Te mando la gorda?

—No —se apresuró Renato—. La verdad, ayer levanté una mina en la isla.

—No te creo. Te mando la gorda. Total no tiene nada que hacer, se está cagando de frío en la esquina de Paraguay.

—Tirame un cien.

Tonio se revisó prolijamente los bolsillos hasta encontrar un billete de quinientos doblado en ocho.

—Tomá Uniqueti.

Desde el fondo de la escalera gritó todavía:

—Esperá un cacho que ya viene la gorda.

Renato se cambió precipitadamente la ropa mo jada y salió. El número no estaba en su memoria, estaba en la punta de sus dedos. Cómico, verlos mo verse. El llamado volvió a caer en el vacío. En cam bio la voz de Greta diciendo hola sonó como si es tuviera en Canadá, para deshacerse luego en delei tadas estalactitas, jirones de asombro y excitación.

—Pero vení en seguida— dijo —Tengo millo nes de cosas para contarte.

Renato subió. Volvió a verse en el espejo del ascensor. La cara triangular de turco triste con la opacidad enfermiza de la piel, la frente cansada, sin dominio, y esa absurda cantidad de pelo rizado y negro que le había crecido. Había olvidado el odio que sentía por su cara. Greta lo esperaba con la puer ta abierta, asomada en el marco de luz. Al abrazarla sintió el olor a pintura en el tibio pulóver, en los duros pantalones de loneta. Recorrió sin intérés los cuadros nuevos apilados contra las paredes, espectador más abstracto que las desordenadas manchas donde la luz se pulverizaba en sombríos sienas y verdes. Greta en su luna menguante.

—Bueno —dijo ella—, contame. ¿Es cierto que vivís en una isla? —la voz volteada desde la kitche nette donde hacía el café.

—Es cierto. No hay mosquitos —se anticipó—. No se inunda. Los pajaritos cantan todo el día —re cibió el pocillo caliente—. ¿Dónde está Pala?

—Ah, ah, ah, —hizo Greta—. Es eso.

—No es eso. Es que los extraño a todos, no pue do vivir sin ustedes.

La cara de Greta se estiró.

—lronias no, chiquito. Hoy ha sido un largo dia, ¿sabés? Desde que me levanté me he sentido como una imbécil.

—Supongo que has estado arruinando tus pro pios cuadros.

Ella asintió con la cabeza.

—Los retoco demasiado, no sé cuándo pararme. Hay un punto en que deben estar perfectos pero nunca sé cuál es.

—¿Sabés qué podrías ser? Una gran pintora naive. Si tuvieras un crítico al lado.

—¡Pero eso es lo que no quiero ser! —gimió Greta—. Quiero pintar con la cabeza, no con los ovarios.

Renato se fijó en ella por primera vez esa noche.

—Me voy —dijo.

Greta alzó una mano.

—No la vas a encontrar. Esta noche tiene ácido. Ácido. Qué raro. Pola, que tenía miedo de volver se loca, que veía el mundo partido por la mitad, y cada cosa del mundo también partida, y cada mitad nuevamente partida. “Es como si fuera un gran es pejo, comprendés, y alguien lo hubiera tirado al suelo”.

—Pola se analiza con Reverdi. Más loco que ella. ¿Sabés quién se le suicidó? Graciela, fue ho rrible. Ella que no quería ser fea, y se ahorcó del techo. No quise verla, pero me

El dentista. Graciela vista a través de una pe riostitis y un complejo de culpa: lávese bien; si le duele, vuelva. Mirándola de reojo después del salu do; no era un lugar para hablar. Vestido con lu nares rosa. Dejé de leer Esquire cuando descubrí que empezaba a comerse las rosas del florero. Se las comió una por una. Nerviosa, sin duda: “Yo vivo en ácido permanente”. Cuello Modigliani. Ahora digo Modigliani. Jirafa comiendo rosas, desandando la calle Darwin. Hermoso cuello. No oí la soga cuando se cortó, hermana mía

y violeta, dicen.

deshaciéndose en lenta y olorosa pudrición como las ciruelas que

—Pobre —dijo Renato, pasándose la mano iz quierda por el costado de la cara, oyendo el chas quido de la barba que sólo él podía oir—. ¿Cómo está León?

—En el diario —dijo Greta—. A estas horas. Se las ha arreglado para dejarme sin hombre. Lo peor es que no puedo encamarme con otro. Alma unicelular; sabés.

—¿Dónde está la clínica?

—No sé —dijo Greta—. ¿Más café? Si lo supiera; no te lo diría. Primero la mandaste al osteópa ta. Después al psicoanalista.

—Es la pasión —dijo Renato—. Vos no sabés nada de eso. Por eso León está a estas horas hacien do las necrológicas.

El diente sobre el labio. El fino diente, instan táneo.

—Puede ser.

—¿Muchos muertos? —prosiguió—. He visto que ya no les ponen una cruz. Les ponen un signo más. Fulano más fulano más fulano, rip, rip, rip, suma y sigue. Cuando se den cuenta, les van a poner un signo menos. El buen León.

Los ojos de Greta brillaban en la cruda luz.

—¿Para eso viniste?

Renato se levantó, se arrodilló junto a Greta, Sonia, apoyó la cabeza en su falda. Iuxta crucem. Nada podía ser sincero, cada gesto estaba podrido por una palabra previa, y él un traficante de pala bras para podrir otros gestos.

—Estoy jodido —dijo.

Sintió sus manos en la nuca, tibias. El olor a pintura en el pantalón de Greta, y tal vez olor a León y a ella en la madrugada anterior. Baño sin agua caliente. Los dedos iban y venían sobre su nu ca; Mater universalis, la vieja tarjetita perforada.

—¿Vos creés que debo criar gallinas?

—Qué manera de hablar —dijo Greta levantándole la cara y cruzándole la boca con el índice—. Kakós, kaké, kakón.

Renato se sentó en el suelo. La cara de Greta era casi dulce cayendo en declives de piedad hacia él.

—Estoy bien —dijo—. Me voy en seguida.

—Si querés quedarte. Yo voy a trabajar. Podés dormir hasta que venga León. Después te damos un colchón.

Ón, ón. Cacófono ocupado. Renato se paró.

—La noche recién empieza.

Greta lo llevó a la puerta, lo besó en la mejilla:

—But we love you, Charlie Brown.

Reverdi, Carlos: ¿ Qué clínica? Reverdi Fran cisco: Pero no, hombre, ésta no es hora de llamar. Reverdi Guillermo, Reverdi Walter. Reverdy.

“Vos no sos loco, Reni. Vos te has puesto traje de loco, que es distinto.” La guerra entre ella y yo. Responso del guerrero. Pola daba vueltas dentro de su cabeza, todo desembocaba en ella, el mundo ar mado como un escenario donde iba a aparecer en cualquier momento. Cada cosa la anunciaba, la ropa interior de una vidriera o un tacho de basura. El psicódromo lleno esta noche: un galgo en cámara lenta, los aplausos caían despacio como la nieve, pa lomitas sonoras entre sonrisas tibetanas, un pie se sacaba la piel como una media pero no se animaba a dar la patada final. La mirada de Pola venía, res balando desde lo alto de la nariz, una mirada líquida que exprimía entrecerrando los párpado, oh con tanta lentitud, como si fueran un pulgar y un índice que manejaba a voluntad, lo que es el oficio che; las luces se movían, el fondo de ojo de la noche; luz rasante en el cuerpo de Pola encandeciendo los po ros de la espalda, pulverización mezcalínica, y ¿qué Viejo Maestro pintó qué cosa debajo de su piel? Qué amontonamiento de jugadores, viejo, no se ve la pelotita por ninguna parte.

—Seesta, seesta.

Entró en El Ciervo, se sentó frente a la imagen propia del cérvido cornudo que encendía y apagaba sus ojos de topacio, probó el mosela y su matiz cri soberilo, tantos años con esa frase adentro dándome un calorcito, la tarde en su matiz crisoberilo, pelota al córner.

(Analizada con razón) la noche venía mal, Re nato sentía su olor interno a desastre y recaída. No puede ser que Uno busque lleno de esperanza y lo arrastren así como un bagre por el barro, y que Uno muerda el anzuelo que estaba invisible, mirá vos. Pero sí puede ser, y siempre fue. Qué se puede esperar de un mentón como el que tengo, esta espe cie de preámbulo de fuga o de argumento dilatorio. Las facultades del alma todas puestas como el ojete, armadas a último momento y con apuro. La bisagra entre la voluntad y la sensibilidad, la roldana del entendimiento. Catul Jobson experimentó una irre frenable vocación por la psicología después que ar mó su primer meccano.

El sandwich de pavita tenía gusto a polietileno y a doscientos cuarenta pesos y ella no apareció. Debí quedarme en la isla, estaba tan bien hasta que empezó a llover. Ahora al salir el toldo le escu pió unas gotas en el cuello, pero el cielo se aguje reaba, viento del sur empujando nubes blancas y deshilachadas, el asfalto inundado de letreros temblo rosos, ilegible trepidación, shimmering, pointillage, embalsados capaces de sostener el peso de un ómni bus sin sumergir a los obreros del volante.

La gente salía de los cines, empezó a atrave sarla con paciencia. Respiraba más rápido, como si estuviera por llegar a una cita establecida. Ese era el Síntoma, antes, y las piedritas adentro del oído: había empezado a correr en el psicódromo bajo el crepúsculo de Malpighi. Se paró. Estaba internado en la calle, tan oscura a cuadra y media de Corrien tes, a veinte metros del teatro, único transeúnte po sible entre los cajones de basura y la luz de los charcos. Se pegó a la reja. Prisionero, mirando la gran foto con los ojos trágicos de Pola, la sombra trian gular cayendo largamente de cada ojo, la deidad que llora, la trampa en que siempre caía. Gran siete, si no es para creer en las formas, miro esa cara y soy como el mono recién nacido al que le muestran una T de madera.

Sobre la cabeza de Pola se tendía en letras ana ranjadas el título de su nueva obra, “Los Días Igua les”. Para eso se habían pasado hablando de Artaud hasta la insensatez; para eso habían imaginado lenguas de oprobio saliendo de cárceles, manicomios y leprosarios hasta arrasar la inicua ciudad: enormes holocaustos que terminarían con los actores armados de hachas y mangueras corriendo al público después de gritarle “iFuego!”, persiguiéndolo por las calles hasta la llegada de la policía, que también recibiría su parte de la única Función.

Enternecido, aciago, Renato se reía recordando la acumulación de proyectos que desembocó en su obra solitaria que la gente pateó y los críticos lapidaron: Nadie llegó a ver lo que él había imaginado en aquel Götterdammerung de cómicos que parecían salidos del Teatro del Pueblo para tartajear mons truosidades incomprensibles y jirones de letra olvidada, con sólo Pola modulando impávida los acen tos grises y neutros de la Muñeca, esa mera figura del alma, que bajaban sobre la platea entre chistidos y risas mientras un Diablo de music-hall la acechaba confundido con los tabiques, las sombras, el piso.

El candado estaba abierto. Renato entró, avan zó por la oscuridad del lunes—descanso en el hall suspendido de afiches y fotos y el olor recalcitrante de multitudes idas. Vio una raya de luz entre dos paños de puerta, pero ya entonces había oído esa hilacha de voz tenue como un recuerdo. Empujó la puerta y miró el “escenario donde una sola figura iluminada y perdida era Pola. Desgarbada en un, simple “vestido negro, las manos caídas y los ojos puestos en un lugar del pullman donde no había nadie como no “había nadie en todo el teatro, reci taba la 'súplica del segundo acto frente a un demonio invisible. Renato asumió su papel, se escondió tras una columna donde ella debía descubrirlo.

La mirada de Pola giró, las manos temblaron, el cuello se movía por grados de esfuerzo hacia la izquierda, la oscuridad, la columna. De pronto lo vio, casi a sus pies, adivinó el salto que lo pondría junto a ella.

Corría por un túnel anillado que se ensanchaba para dejarla pasar y se cerraba detrás en intestina les sopores. El piso afelpado le trajo sucesivos rebo tes a destiempo y al volver la cabeza descubrió a Renato caminando altísimo y seguro por el firme suelo de cemento, avanzando sin esfuerzo con largas zancadas, un puñal brillando en la mano y una pie dra en un turbante tan absurdo que le dio ganas de reir. Pero al frente el túnel se estrechaba hasta vol verse un hilo. Se detuvo, se apoyó en la pared con consistencia de toalla mojada y viva.

—Basta —dijo, suplicó—. Vamos a casa.

Tenía los ojos cerrados, parecía muerta, des componiéndose ya en la paz: estampa de mendiga con su bajorrelieve de arrugas en cada comisura. El sintió tironeos de piedad en cada blandura de su cuerpo y la realidad que lo asaltaba en fogonazos: eran las dos de la mañana, el sereno volvería del café de la esquina y los encontraría en ese juego absurdo. Sacó el paquete de Gloster y prendió uno. Ahora ella vendría. Cuando el fósforo le quemó los dedos se dio cuenta de que estaba solo.

La escuchó reír en los pasillos, escalones, min gitorios. Un trozo de su vestido quedó entre sus manos en una encrucijada. Un pie desnudo y cortado por una ojiva subía una escalera. Los ojos de Pola estaban a diez centímetros de los suyos sobre un fondo de almohada. Estiró la mano y no era nadie. Avanzaba precedido por la luz de la navaja. (Nues tra vida estuvo colmada de tristeza. Ahora seremos felices un momento cuando yo te encuentre.) Entró en un camarín flanqueado de ropas colgadas, más caras y túnicas y pieles. Al fondo de todo sin duda estaba ella que había dejado de reírse. Es preciso, murmuró. La vio a la luz de una claraboya, vestida nuevamente de Muñeca, con una blusa de mariposas pintadas y el pelo —qué notable— rubio. No volve ría a engañarlo con sus pelucas, máscaras, pinceles. Ella fue a gritar, le tapó la boca con una mano. La palma de la otra ascendía debajo de su falda, sobre la piel, conocía de nuevo esa conmoción de apoyarse en su sexo. Felices un momento, repitió, clavando la navaja en el pecho, abrazándola para que no se cayera. Pasa en seguida. Apaguen la luz y no hagan tanto ruido.

—No grites, gallego —decía Tonio tratando de aplacar al sereno que no quería entender razones y optaba por llamar a la policía—. No hagás tanto lío por un maniquí de mierda.

Renato también estaba mirando las serpentinas de paja que salían del pecho de Pola.

—No es eso, señor Tonio —dijo el sereno—. Es la navaja.

—Vino a afeitarse —aseguró Tonio, sacando otro billete de quinientos plegado en ocho—. ¿Vos nunca te afeitás?

Salieron a la calle. El cielo estaba limpio. Las fieras del bosque huían del psicódromo y en cada árbol dejaban una meadita de adjetivo.

—Es grande Corrientes —dijo Tonio—. Sabés que estamos pisando los huesos de los muertos.

—Los indios —dijo Renato.

—¡Qué los indios! —lo agarró del brazo—. Los huesos de los cafishos polacos.

Lo miraba de soslayo esperando la pregunta que no vino.

—En el treinta los barrieron a todos y los en terraron aquí abajo, aprovechando la excavación del subterráneo —Renato seguía callado—.Vení, toma mos algo.

Entraron, se sentaron, les trajeron dos cafés. —Y, ¿qué tal? —dijo Tonio, como si recién se encontraran.

—Bien. Así que me seguiste.

—No. Te esperé acá. Sos un boludo —agregó de golpe—. La dejaste a la gorda esperando. —¿Dónde está?

—En tu cama. Dónde querés que esté, con este frío.

Renato empezó a reírse, despacito.

—Tenías otro billete de quinientos.

La cara dé Tonio era un trifásico burlándose de él mismo, de Renato, de nada.

—Tenía. Vos pagá los cafés.

Empezó a ponerse serio mientras fumaba. Una profunda meditación se abría paso debajo de su cara, como un cazador en la hojarasca. .

—Decime —bajó la voz—. ¿Qué pescás allá?

—Bagres —dijo Renato—. Bogas.

—¿Pejerreyes?.

—Para eso hay que ir al Paraná.

—Bueno, eso es lo de menos. Lo importante es esto. ¿Cuántos pejerreyes caben en un metro cúbico de agua?

—Diez —aventuró Renato—. Cien —viendo la cara de reproche.

—Uno —demolió Tonio—. Ellos también respi ran. Pero si tenés una pileta de veinte metros de largo por diez de ancho y tres de hondo, ¿cuántos pejerreyes caben?

—Menefrega.

—Seiscientos. Ahora imaginate seiscientos giles por noche a cincuenta mangos por hora por cabeza tratando de pescar seiscientos pejerreyes en una pi leta subterránea en plena calle Corrientes. Vos al quilás las cañas y hacés un millón por mes.

—Bajá, viejo.

—¿Te parece que no camina?

—No —dijo Renato.

Tonio tomó de un trago el café que se le había enfriado. Miraba sin interés la calle, los diarieros, los rezagados que tomaban los último taxis. Pensaba.

—Qué joda —murmuró de pronto.

—Sí —dijo Renato—. Es una joda.


Editado por Jorge Álvarez, Buenos Aires, 1967.

Rodolfo Walsh nació en Río Negro en 1927 y fue asesinado en Buenos Aires en 1977 por un Grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Fue escritor, periodista, traductor y autor teatral. Fundó en Cuba la agencia de noticias Prensa Latina, en 1959 y en 1976 creó la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA)
Magnífico escritor, entre sus obras podemos citar: Diez cuentos policiales argentinos (1953); Variaciones en rojo (1953, Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires); Antología del cuento extraño (1956); Operación masacre, un proceso que no ha sido clausurado (1958); ¿Quién mató a Rosendo? (1959); La batalla (1964, teatro); La granada (1965, segundo premio del certamen La Comedia); Los oficios terrestres (1966); Un kilo de oro (1967); Crónica de Cuba (1969); Caso Satanowsky (1973); Un oscuro día de justicia (1973) y Carta abierta de un escritor a la Junta Militar (1977).