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Enigmática tía Elvira

Enigmática tía Elvira

por Santiago Peláez

Enigmática tía Elvira

Ustedes no conocen a tía Elvira,
¿verdad? No, seguro que no la
conocen... Las páginas que siguen
—si es que ustedes se atreven a
leerlas— son una insana
invitación para que la conozcan,
para que tomen contacto con ella.
¿Se atreven?...

Literatura

Tía Elvira me avisó que, allí, en las líneas de su mano, estaba escrito que moriría al año siguiente. No la creí. Ahora, este pensamiento y todo lo que ocurrió desde entonces devora mi vida.

Escribo en medio de una gran angustia, que no puedo evitar transmitir.

¿Saben lo que es el miedo? ¿Han llegado alguna vez a estar a punto de morir de terror? ¿Han sentido agitarse su cuerpo por escalofríos como los que yo tengo?

Ustedes, ahora, me están leyendo tranquilamente en sus casas. Tal vez se encuentran solos. Sí, tal vez. Al menos hay un gran silencio alrededor y ustedes se encuentran cómodos, relajados, felices, quizá un poco cansados..., pero... no sufren, no padecen. Pasean su mirada curiosa sobre estas líneas y se preguntan qué estúpido final puede depararles esta historia.

¡No se equivoquen! El terror no es ningún juego. No es un banal pasatiempo para llenar su ocio... Por que yo sé que tía Elvira está ahí, en alguna parte, quizá en su propia casa, amigo lector.

Ella puede mostrarse sin ser vista, hacerse notar sin que los sentidos lleguen a captarla, pronto lo comprobarán. Sé que es un juego cruel, pero es un juego que le gusta a usted porque, de otro modo, habría abandonado esta lectura ya.

¡Atención!... ¿Ha escuchado el tic-tac del conmutador de la luz y en casa todo el mundo dormía? ¿Ha escuchado otros ruidos? Tranquilícese, pero sepa que tal vez tía Elvira ya está detrás de usted. De ser así, por favor, procure no mirarla al fondo de los ojos azulados que parece haber robado a mil cadáveres. Si escucha una respiración agitada, un jadeo creciente..., vuélvase, es ella.

Suele presentarse con el pelo recogido, los ojos pintarrajeados y esa túnica negra que utilizaba en sus sesiones de brujería.

¡Ah, sí! Ella era bruja. ¿No se lo he contado todavía? Sus poderes eran tan grandes que cuando leyó en su mano la noticia de su muerte, me mandó llamar a Buenos Aires... Perdónenme, pero siento escalofríos al contarles esto. Creo que debería callarlo. Tía Elvira acaba de dar un golpe contra la pared y me ha parecido una protesta de ultratumba. No le debe gustar nada lo que estoy haciendo. Presiento que voy a volverme loco, tan loco como ya lo están mi mujer y mi madre. Y sé que ella está al acecho leyendo cuando escribo, y cerrando sus puños con furia contenida.

¡Silencio, de nuevo! Escucho sus jadeos. Parece cansada. Es como si hubiera subido apresuradamente los escalones de su casa, querido lector, para filtrarse en su vida, como lo ha hecho en la mía. Ahora ustedes y yo comenzamos a ser cómplices de la historia y ella deberá vigilarnos a todos. Perdónenme. Además... todavía pueden retirarse. Es su última oportunidad. Si el terror comienza a ser superior a lo que pensaban, déjenlo. Necesito sólo a los más fuertes para compartir lo que voy a narrar a continuación.

¿Dónde estábamos? Sí, les contaba cómo conocí a tía Elvira. Fue en el 78, cuando leyó en la mano su muerte y me mandó llamar.

Tía Elvira era española, pero se marchó a América en el 36, antes de que estallase la guerra civil. Partió con todas las joyas de la familia, pese a lo cual nadie sintió su ausencia. Llegó a Buenos Aires en barco y desde allí continuó viaje hasta Córdoba, donde vivió por espacio de veinte años. En aquel lugar se casó y allí falleció también su marido. Precisamente, al ocurrir esto último, se trasladó a Buenos Aires, donde comenzó a ejercer de bruja.

Hasta entonces había sido una magnífica curandera, capaz de arreglar con sus manos una fractura, de salvar de la muerte a un desahuciado de cáncer o de condenar a cualquier persona que aparentemente no sufría ninguna enfermedad grave. Tanto en España como en América se ganó una fama de mujer fría y misteriosa a la que era necesario respetar y mantener a distancia. Sus ojos, unos ojos profundos y azulados, parecían un pozo en el que se escondían unos poderes con los que no fueron dotadas las gentes que tenía alrededor.

Yo no la conocía. Tan sólo había visto algunas foros suyas, viejas y arrugadas, guardadas en un baúl de mi casa. Cuando comenzó a ejercer la brujería era una mujer menuda, de belleza todavía radiante, aunque algo gastada, aspecto sobrio y elegante de persona culta e inteligente y ademanes nobles.

Cuando yo la saludé por vez primera apenas pude creer que fuese a morir un año después.

Estaba entrada en años, pero los disimulaba bien detrás del tinte perfecto de sus cabellos y del maquillaje cuidado pero profundo, que confería a su rostro una perenne juventud. Había algo, además, que emergía de su figura y se quedaba grabado en cuantos la conocían, era aquel perfume parisiense, tan personal, tan hechizante. Tía Elvira no dejaba nunca un detalla de su persona al azar. Vestía siempre de negro, pero las telas eran de la mejor seda de importación y, por supuesto, lucía toda clase de joyas. Era como si estuviese enamorada del oro y tuviese que hacérselo comprender a todo el mundo.

Tía Elvira y sus dos únicas hijas fueron a esperarme al aeropuerto, separado más de sesenta kilómetros del centro de la ciudad.

Mis primas eran verdaderamente bellas; sobre todo Luisa, la más joven, que poseía una sonrisa limpia y un talante abierto y sincero que contrastaba con el de su hermana Evelyn, algo mayor que ella.

El recibimiento que las tres me dispensaron no pudo ser más agradable y triunfal. Conmigo pareció llegarles el aire y la vida de nuestro país. Un país que las dos hijas de tía Elvira no conocían y que anhelaban ardientemente visitar. Precisamente de España, de sus gentes, de sus lugares, de su actual momento político, de sus artistas y de su futuro hablamos a lo largo del recorrido que nos separaba del domicilio en el que vivían. Yo, a mi vez, me encontraba entusiasmado, deseando descubrir aquel fantástico país en alguno de cuyos lugares casi no había pisado el hombre en pleno siglo XX. La tierra era nueva y todo parecía un vergel. En aquel país, tres veces superior a España, solamente vivían veinticinco millones de personas y, de ellos más de once en Buenos Aires. El resto del territorio argentino se hallaba prácticamente despoblado. Era, pues, un lugar para crear un nuevo Oeste. Una tierra bendita y fuerte, sin cultivar, donde tal vez sería necesario trabajar en el curso de los años siguientes, en busca de un reencuentro con la naturaleza y con el propio espíritu del hombre.

Sí, mi llegada llenó de gozo a tía Elvira y a mis dos primas, porque, a fin de cuentas, yo era una parte de la familia que aún les quedaba en la madre patria.

Desde luego, tuve que enfrentarme con mi madre para que me permitiera viaja, y también con mi esposa, Ana. Mi madre no deseaba reanudar las relaciones con su hermana después de la intempestiva salida de España. A fin de cuentas nunca le perdonó que se llevase todas las joyas de la familia y tampoco disculpaba el silencio mantenido por tía Elvira con el paso de los años y sólo alterado con las noticias de su boda, el nacimiento de sus dos hijas y el fallecimiento del padre de éstas. Además, mi madre, eterna desconfiada, no creía en la buena voluntad de aquel telegrama que reclamaba mi presencia, como miembro de la familia, para hacerme cargo de mis primas y la venta de sus haciendas, al parecer numerosas.

Solamente se me pedía un viaje rápido para entrar en contacto con un brazo de nuestra familia extendido a América, cuando tal vez pronto debía regresar a España.

Pero mi madre, con un sexto sentido muy femenino, creía adivinar que aquel maldito viaje, no nos traería, en lo sucesivo, más que tragedias y complicaciones. Y no se equivocó.

Ana, mi mujer, por su parte, no podía entender que me complaciese la idea de una separación, por corta que ésta fuese no teniéndola a ella a mi lado. Se justificaba asegurándome que nadie me exigía aquel viaja y que debía renunciar a él, puesto que ella no podía seguirme dado el alto valor del pasaje y porque, además, no cabía la posibilidad de dejar los niños a mi madre, demasiado vieja para soportarlos.

Sin embargo, nadie fue capaz de hacerme cambiar de idea. Estaba decidido a viajar y lo hice. En dos semanas preparé todas mis cosas. Solicité los permisos oportunos en mi trabajo y me planté en Buenos Aires. Necesitaba aquella pequeña escapada; era como una aventura que se me antojaba vivificante.

Tía Elvira se había instalado con sus hijas en un barrio de estilo napolitano. Era una zona de la ciudad relativamente moderna, situada en un barrio periférico de aquella inmensa y cosmopolita ciudad.

La casa era de dos plantas. Una casa vieja, de aspecto colonial, donde apenas entraba la luz. Al parecer, a mi tía y a mis primas les molestaba la claridad y preferían aquella atmósfera misteriosa y poco reconfortante que encontré al llegar.

El salón estaba vestido con muebles fríos y severos, pero elegantes. Se observaban hasta cuatro retratos de tío Emilio, el marido de mi tía, sobre distintas partes de la pieza. En todos ellos, el pobre tío Emilio parecía tener un aspecto de lechuza asustada que me conmovió. Su gesto era siempre... como el de una persona marcada por una macabra mueca de espanto.

Naturalmente la vida en aquella casa se me hizo insoportable desde el primer momento, pero la actitud abierta de mi prima Luisa y sus dieciocho años lograron sacarme algo de aquel abatimiento. Pero ni esto ni los inusitados esfuerzos de las tres por alegrar mi vida con excursiones constantes por toda la ciudad dejaron de causarme una profunda tristeza y una sensación de alegría perdida que invadió mi cuerpo y que me hizo tomar la firme decisión de volver cuanto antes a España. Fue entonces cuando mi tía Elvira, en un último intento por retrasar mi regreso, me invitó a salir a solas con Luisa ya que con ella congeniaba perfectamente. En efecto, comenzamos a ir y venir por todas partes. Comimos en La Cabaña. Escuchamos a Les Luttiers. Nos reímos presenciando una malísima película de Jerry Lewis en un gigantesco «cine-coches». Vimos la magistral actuación de Alfredo Halcón, en un viejo teatro de la calle Corrientes...

Casi sin darnos cuenta Luisa y yo nos enamoramos. Pero yo era consciente de que no hacíamos bien y traté de poner las cosas en su sitio. En cambio, mi prima, acostumbrada a una mentalidad mucho más abierta que la mía, no quiso aceptar esto y una noche me pidió que la hiciese mía en un motel cercano a su propia casa.

Hicimos el amor toda la noche y nos sentimos inmensamente dichosos. Luisa era una mujer sorprendente: toda lujuria y, pese a su juventud, experta y avariciosa del máximo placer. Sin duda, era feliz. Nunca la vi tan radiante como aquella noche. Sin embargo, al día siguiente todo cambió.

Cenábamos en un apartado rincón de un popular y coquetón restaurante de la calle Florida. No dejábamos de sonreír por todo y de estrechar nuestras manos en un deseo mutuo de transmitirnos nuestra felicidad, cuando de repente vimos cómo se abría la puerta y entraban tía Elvira y su hija mayor.

Tía Elvira, aparentemente sonriente, se acercó a nosotros con aire alegre y soñador, mientras nos musitaba no sé qué tonterías intrascendentes, fijó sus ojos de hielo sobre los míos e inmediatamente un estremecimiento me sobrecogió. Al instante vi reflejados en aquellos ojos las escenas más sobresalientes de amor vividas con Luisa la noche anterior, mientras una voz profunda, inquietante, preguntaba machaconamente: «¿Qué has hecho?»

¡Aquellos ojos! ¡Aquellos malditos ojos! Eran fríos como el acero, duros e inhumanos. Parecían ojos superpuestos. Pensé: «Los de tío Emilio y tía Elvira juntos. Tal vez, tal vez»... Pero eran ojos que me miraban descarnadamente, con odio, con fiereza. Jamás los podré olvidar.

Debí palidecer mucho, porque al instante escuché la voz de Luisa preocupada y la propia tía Elvira que me dirigía alguna frase suelta, sin sentido. Miré entonces a Evelyn, su hija mayor, y creí percibir en sus labios una sonrisa furibunda y en sus dientes agarrotados una mueca de desprecio contenido, demoníaco, que me impresionó.

Un hilo de sangre tiñó aquellos dientes y las pupilas de sus ojos se distorsionaron a la vez que su semblante se quebró mientras un humillo blanco de olor repugnante invadió mis pulmones. Afortunadamente la cercana presencia de un camarero puso fin a aquella escena; pero todavía tuve tiempo para escuchar una carcajada de ultratumba que penetró en lo más profundo de mi cuerpo.

Aquella noche no pude dormir. Las frases de consuelo de Luisa, asegurándome que todo era producto de mis sentidos, no lograron consolarme. Para atestiguarlo mi tía decidió reanudar al día siguiente sus sesiones de brujería; sesiones que había interrumpido con mi llegada.

Decidí volver inmediatamente a España y, puesto que no acababa de ver cuál era mi misión allí, llegué a la conclusión de que cuanto antes mejor. No podía seguir soportando aquel infierno, pero para mi desgracia me encontré con las iras de Luisa y con la noticia de que no podía regresar a mi país, hasta siete días después, porque estaban cubiertos todos los vuelos.

Una enorme preocupación me invadió. Ya ni siquiera contaba con la presencia y el apoyo de la más joven de mis primas. Esta tornó su aparente amor por un odio feroz hacia mi persona, al conocer que deseaba regresar a España, desairando su entrega. Por su parte, tía Elvira y Evelyn comenzaron a mirarme con desdén y maldad, y yo llegué a pensar que tal vez jamás podría escapar de aquel lugar.

Aquella misma noche mi tía inició, en medio de un ambiente festivo, aquellas malditas sesiones de brujería que tanto dinero la habían proporcionado por parte de un pueblo, el argentino, tan dado a encontrar en el hechizo y en el más allá respuestas que yo no deseaba conocer.

Tía Elvira me invitó, naturalmente, a la sesión, pero me negué con firmeza. Ella, irritada, me insinuó que no podría huir de mi destino, y aquél se encontraba escrito en las cartas del Tarot.

El clima de aquella reunión era tan tétrico y deleznable que pensé que podrían ocurrir cosas horribles. Escuché cómo mi tía invocaba a los espíritus para que éstos visitasen aquella habitación y contasen cuáles eran sus penas y alegrías en el otro mundo. Al cabo, unas voces chirriantes se presentaron en la estancia para conversar con aquellos fanáticos de la curiosidad por el más allá. Fueron momentos de plena excitación en los que sinceramente pensé que no había lugar para la duda. Ninguno de los personajes que se encontraban allí podrían interpretar aquella larga comedia de susurros, de quejidos, de ruidos de motores, de coches estrellándose, reventando, incendiándose, machacando cráneos, retorciendo carnes, quebrando huesos, vertiendo masas encefálicas, convirtiendo en pingajos retorcidos y cuerpos abrasados vidas que mantenían una sola y vieja ilusión: la de ver nacer el día y escuchar cómo se acerca la suave tranquilidad de la noche.

Todo aquello, alma y vida, cuerpo y espíritu, estaban ahora unidos en un juego sobrecogedor que me hizo orinarme en la cama y despertar lleno de fantasmas y dudas sobre lo que realmente puede existir más allá de la muerte.

Sobre mi cabeza, una lámpara de infinitos cristales de colores azulados me permitía ver, seguir viendo, lo que acababa de escuchar, de sentir o de soñar allí al lado. Y todo mi cuerpo permanecía en una tensión tan alta, tan álgida, que creí que mi cerebro iba a explotar y mi corazón se detendría para siempre.

De repente, la voz como un susurro de tía Elvira volvió a preguntarme qué había hecho con Luisa y al momento la luz azul de la lámpara giró y giró hasta que la imagen de tía Elvira apareció proyectada sobre ella, mostrándome sus ojos demoníacos que me hicieron gritar y gritar crispado de horror.

En seguida corrieron hasta mi lecho mis primas y también tía Elvira, que llegó atándose la bata y con una sonrisa beatífica pintada en el rostro.

Pedí disculpas y les rogué que se marcharan. Quizá estaba empezando a enloquecer. Puede ser que todo, absolutamente todo, fuera producto de mi imaginación, pero cuando la puerta se hubo cerrado volví a escuchar muy claramente aquella sonora e hiriente carcajada llena de ecos y de malos presagios.

Al fin, siete días después, logré regresar a España.


Antes de partir tía Elvira me prometió que me avisaría su muerte. «¿De qué forma?», le pregunté. Y ella contestó en un susurro: «A mi manera».

Un año después comencé a sentir por primera vez sus llamadas. Fue una noche de verano. Me encontraba medio dormido y escuché golpes en la cocina, los mismos golpes que ahora oigo. Parecía la puerta. Debía estar mal cerrada, y empujada por el viento se movía una y otra vez provocando un sonido semejante al de una llamada desde el más allá. Me levanté y cerré todas las puertas y ventanas, pero al momento se reanudó aquel extraño chirrido y se tornó tan misterioso que mi mujer vivió la primera noche de terror. Desde entonces tampoco ha descansado.

Parecía, convinimos, que alguien avanzaba por la casa arrastrando sus pies, vigilando nuestra respiración, esperando nuestro sueño, para quizá atacarnos. Aquello era siniestro, indescriptible, espeluznante. Nuestro miedo llamaba al propio miedo y las más extrañas y absurdas imágenes recorrían nuestra mente creándonos una psicosis tan profunda que nos convertíamos en barcos de papel agitados por el viento del desierto.

Ana se escondía bajo las sábanas y yo sentía un temor casi infantil que me obligaba a perder mi compostura. Reconozco que cada vez que acudí en busca de la razón de aquellos ruidos no encontré nada, pero la idea de que algún día pudiese encontrar detrás de aquellas puertas la risa y el perfume de tía Elvira me ponía la carne de gallina y erizaba hasta el último de mis cabellos.

Afortunadamente aquella noche no sucedió nada. Y tampoco en los días siguientes. El ruido desapareció.

Luego, a la semana, llegó una misteriosa cajita a la casa de mi madre y ésta nos telefoneó encantada invitándonos a comer.

Mientras l hacíamos, degustando una exquisita sopa de verduras, mi madre nos contó que había recibido aquella preciosa caja llena de especias de Buenos Aires. Al fin, su hermana se había acordado de ella y de sus debilidades culinarias. Naturalmente, se apresuró a invitarnos a comer y preparó sopa utilizando aquellas herbajas de la otra parte del mundo. Parecía —nos dijo— que su descastada hermana se había tornado sensata y pensaba estrechar las relaciones con la familia. Indudablemente mi visita había contribuido favorablemente a ello.

Mamá no dejó de parlotear en un largo e interminable monólogo que se me hizo insufrible. Y seguía diciendo que ella estaba segura de que tía Elvira acabaría abandonando la Argentina y regresando a España, ya podíamos estar todos seguros de ello, porque a la vejez..., ¡ay!, a la vejes viruelas, a cada cual le tira lo suyo, y sobre todo su país, su patria. Además, sus hijas debían casarse aquí y pronto, no debía dejar pasar el tiempo...

Mientras nos contaba esto y otras muchas cosas nos sirvió una segunda ración de aquella sabrosísima sopa que ninguno rechazamos...

En ese momento yo sentí la necesidad de contarles a todos la verdadera historia de los hechos que viví en Argentina. Sí, estuve al borde de revelar los secretos ocultos de aquella maldita bruja que había estado a punto de llevarme a un estado de desesperación en Buenos Aires y que tal vez ahora deseaba regresar a España para perturbar la paz de nuestro hogar, pero permanecí callado. Sería muy difícil que nadie me entendiera, que nadie me prestase atención. Por otro lado, una supuesta investigación de lo ocurrido podría poner al descubierto mi adulterio. Pero sin duda tenía que existir alguna manera de hacer ver a los míos, sin provocar recelos, lo peligroso que podría resultar abrir los brazos a aquellas tres mujeres, tan ajenas a nosotros ya.

Esa noche todos nos quedamos a dormir en la casa de mi madre, aprovechando las primeras vacaciones de los niños.

AL día siguiente nos disponíamos a comer cuando sonó el timbre de la puerta. Era el cartero. Traía una carta certificada y urgente, procedente de Argentina, que entregó a mi madre. Esta la recogió con mimo y a continuación comentó con un vencido gesto de tristeza: «Seguro que en esta carta nos anuncia su próximo viaje. Comamos. Luego la leeremos».

La carta quedó sobre la mesita de centro y pronto la olvidamos para hablar del lugar de la costa elegido por los niños para disfrutar nuestros días de descanso.

De nuevo comimos una sopa deliciosa condimentada con aquellas mágicas especias, y luego una carne en la que mi madre cargó las tintas en la salsa, puesto que tenía un saborcillo agradable, pero especial, que ninguno de nosotros supo bien cómo definir.

Al finalizar, los niños se fueron a jugar y nosotros, los mayores, buscamos el descanso reparador de unos buenos sillones, donde hacer bien la digestión. Mi madre aprovechó aquel momento para recoger la carta y abrirla no sin un cierto temor que se le marcó ligeramente en el rostro.

Inmediatamente percibimos en ella algo que la transformó por completo y que la hizo palidecer como nunca. Parecía una figura de cera. Repentinamente se echó las manos al vientre y comenzó a gimotear histérica, mientras una serie de arcadas propiciaron una enorme vomitona que nos salpicó la cara a Ana y a mí. Era como si de repente un malestar terrible y vertiginoso se hubiese apoderado de ella hiriéndola de muerte. Incapaz de expresar nada, de decir nada, presa de una mueca indescifrable abandonó la habitación corriendo entre grandes convulsiones y gemidos de terror.

Cuando logré alcanzarla buscando una explicación, observé cómo Ana, con la carta en la mano, vomitaba también sin remedio y luego caía al suelo, tras haber perdido el conocimiento.

¿Qué maldita noticia podía haber traído a nuestra casa aquella carta que ahora reposaba en el suelo después de haber cumplido con su trágico cometido?

La carta era muy breve. Estaba fechada en Buenos Aires y la firmaban mis dos primas, Luisa y Evelyn, decía textualmente:

«El 25 falleció nuestra madre tal y como ella anunció que ocurriría. Fue una muerte rápida y repentina, puesto que aparentemente no se encontraba aquejada de ningún mal. Su última voluntad fue que su cuerpo fuese incinerado aquel y sus cenizas enviadas a España para que allí sean enterradas.

Os mandamos dichas cenizas por correo aparte en una caja preciosa que ella misma eligió para tal fin.

Estad atentos, porque pronto llegarán...

Nosotras viajaremos a España próximamente una vez que vendamos todas las propiedades que nuestra madre nos dejó y algunas de las cuales pasarán a ser de usted, tía, tal y como nuestra madre dejó escrito en su testamento. De esta manera quiere paliar los sinsabores que le produjo cuando hace años que se llevó sus joyas y las del resto de la familia, para iniciar una nueva vida aquí, en América, que ahora acaba de finalizar. Queremos decirles además que sus últimos pensamientos fueron para ustedes, puesto que aseguró que ya nunca las abandonaría. Cariñosos saludos de Luisa y Evelyn.

P.D. ¿Qué tal sigue nuestro primo?»


Ha pasado el tiempo y en efecto tía Elvira no nos ha olvidado. Llega cada noche a casa y camina por ella sin descanso.

¿La escuchan ustedes? Está ahí. Ya está ahí, entre ustedes y yo, porque hoy al menos sé que ustedes comparten m secreto y mi sufrimiento, y ella, que lo sabe, no me lo perdonará, pero tampoco se lo perdonará a usted. Mi pecado se produjo hace mucho tiempo, el de usted, ahora, al acabar este relato.

A partir de hoy cada noche podrán escuchar un ruido y ella estará ahí vigilando con esos monstruosos ojos que cuando se ven por primera vez transportan a quien lo hace a un mundo lleno de penas y sufrimientos.

¿Ustedes creen que estoy desquiciado? ¿Que acaso me he vuelto loco?... Tal vez, tal vez, ojala...

¿Usted, amiga o amigo lector, cree que está solo? No sea ingenuo. Si en este momento se va a meter en la cama, no apague la luz. Ella puede escurrirse a su lado y acariciarle suavemente. ¿Siente algún ligero aleteo a sus espaldas? ¡Tranquilo!... Por favor, sea valiente, vuélvase poco a poco, muy lentamente, y no grite si descubre la túnica negra y los ojos azules de Elvira. Ella es muy sensible. Déjese acariciar. Sea prudente...


Fuente: Cuento extraído del libro Biblioteca Universal de Misterio y Terror 8


Narrativa

terror

4 comentarios - Enigmática tía Elvira

@sunick2o
AnakazelA dijo:
charlessssss dijo:Too much for read...

Spanish please

Significa \"Demasiado para leer\".

Ahora cuando tenga unos mins lo leo.

A Fav.

Nos vemos.
@skywalker1 +1
charlessssss dijo:Too much for read...

Too dumb for read .. esa expresión funciona mejor para gente como vos
Me gustó la intro,en un rato lo leo entero, gracias x compartir !