Fuente: http://cuentoscortosparaleer.blogspot.com

CARTA A UN AMIGO QUE SE FUE


Vos no entendés... El problema no es que te vayas, sino el momento. Eso. El momento es lo que me pone nervioso. Al fin y al cabo, que pasaras un par de días afuera no me hubiera afectado en otras circunstancias; pero justo ahora, en este preciso instante, dudo poder superarlo, más aún sabiendo que es definitivo. Nunca acepté mi dependencia, pero me estoy dando cuenta de mi insensatez. Hasta ayer hubiera preferido que te fueras, que ni siquiera me hablaras, pero hoy es diferente.
Escucho que me llaman, pero no pienso levantarme. Quien sea no me importa. No quiero que me vean; no sería agradable ni para sus ojos, que me examinarían con lástima, ni para mí, que –ante la minuciosa mirada de quien me observase–, en un acto de locura, podría convertirme en una bestia. Por eso, por temor a no poder controlarme, no me pondré de pie siquiera para ver quién es. Además no quiero interrumpir mi escritura; hace horas estoy pensado en cómo expresar la amargura que ha inundado mi cuerpo, mi mente y mi alma. Te repito que ya no pienso volver a verte, pues mi necesidad se ha vuelto un desprecio, mi antiguo cariño es ahora un odio profundo que carcome mis entrañas. Quisiera haberte visto, al menos, una vez más, pero ni siquiera ese pequeño placer me has concebido; pues que la ingratitud y la crueldad te pesen en tu existencia desdichada. Yo sé que aquí no hubieras logrado mucho, mas ¿cuánto podrás lograr lejos de este sitio? Probablemente, ni siquiera noten tu existencia.
Siempre sospeché, nunca creí tus palabras prometedoras de eternidad, empero me mantuve firme en la postura intransigente del que, aun sabiendo el final de la historia, continua escéptico en lo inevitable y en lo obvio. Tal vez por temor, por miedo a enfrentarte, te dejé escapar; o quizá por orgullo, por no flaquear en mi discurso inflexible, aunque vacío por completo de contenido útil.
Acaso me sentí inmortal todos estos años y –aunque en ese lapso fui inconsciente de ello–, ahora caigo en la cuenta de lo ciego que fui y de lo poco inteligente que te juzgué, pues no soy más que un ser frágil, desdichado y encerrado luego de haber tenido una vida lineal como encargado de una pequeña biblioteca, cuyo carácter poco controlable desbarrancó en un desenlace imprevisto. Recuerdo con anhelo mis noches enteras en las enormes mesas de aquella amplia sala de lectura, rodeado de libros de los más diversos escritores, ¡cómo extraño esas noches! No te conocía, no sabía siquiera de este lugar espantoso, y era feliz. A pesar de ello, no puedo quejarme en demasía, ya que alguien, vaya a saber quién pensaba, me ha protegido, me ha cuidado de males que ni siquiera he podido advertir. Hoy lo sé, hoy puedo mirar con ojos perspicaces que quien era mi guardián ha partido. Sé hoy, y con angustia vuelvo a decírtelo: nunca podré superar tu intempestiva pérdida.
Tu mirada, extraviada por la ventana que daba al parque e incitándome a imaginar mientras te veía qué estabas pensando, era un pasatiempo que anhelo con el alma. No porque quiera malgastar el tiempo en algo que me agradaba, sino porque tu imagen inmóvil me daba la sensación de compañía para siempre. Era más un deseo que un disfrute, pues ¡cómo me hubiera gustado hablarte! Pero el miedo a despabilarte, y que decidieras irte me mantenía callado, casi sin parpadeos, y con la respiración disimulada.
No puedo evitar sonreír mientras escribo esto, casi con alegría recuerdo tu silencio diario. Ese enmudecido diálogo que me invitabas a tener, cuando me mirabas sin hablar y yo debía reprimir mi deseo de decirte que disfrutaba de tu compañía. ¿Por qué esperaste al último día? Yo sé que mi apariencia es poco prolija, en realidad poco agradable, y que tu mirada desdeñosa trataba de decírmelo. Yo no pude hacer nada, sabías cómo es esto: no podemos cambiar nuestras vestimentas por puro capricho, por vernos mejor; además, si bien yo era un despojo –sin ánimo de ofenderte– debo decirte que era un fiel retrato tuyo.
Te pido disculpas si peco de formal al escribir estas líneas, pues soy plenamente consciente de que mi lenguaje aquí no era el que ves expresado en estas palabras, pero es que necesito sentirme fuera de este sitio, y es un recurso a mi alcance hablar al menos a través de esta carta del modo en que lo hacía fuera de estas paredes grises. Te repito, te ofrezco mis disculpas de antemano si peco de ser un burdo reo, simulando ser un pomposo académico, pero es la necesidad lo que me lleva a serlo, no mi libre voluntad; sólo mi deseo de estar allí contigo, caminando a través del aire fresco de la ciudad.
Hoy me desperté, y noté que ya no estabas. Sin desesperarme fui hasta el lavabo y enjuagué mi rostro con agua fresca. De inmediato tomé la toalla y sequé mis facciones con sutileza, como habitualmente lo hago. Tomé el cepillo de dientes e hice lo obvio. Miré a través de la ventana, vi que el día estaba soleado, y no pude evitar imaginarte caminando por alguna acera, bajo los rayos cándidos y reconfortantes, sintiéndote libre. Luego, giré, di tres pasos y, nuevamente, regresé a la litera, y me senté en unos diez minutos debería ir a desayunar. Hacía ya tiempo que me venía preparando para este momento, pero a pesar de recordar cada una de las ideas que había pensado para afrontar esa inefable soledad, entré en pánico.
Tomé un jarro de metal que estaba sobre la caja de cartón que usábamos de mesa y lo lancé contra la ventana. El ruido que hizo fui estrepitoso, pues cuando un metal choca contra otro emite un ruido ensordecedor. Naturalmente, fue escuchado por Ribeyro, quien se acercó al trote y me ordenó mostrarle las manos. “No tengo nada –le dije–, ¿por qué no le pregunta a Pereira, creo que trama algo?”, agregué. Pese a mi insistencia me amenazó a gritos. Pero ¿qué mal es mayor que la soledad absoluta? Acaso existen miedos a miles de cosas y, aunque suene absurdo, jamás temí estar solo. Sin embargo ahora, consciente de que ya no tengo a nadie, sé que es lo peor.
No sé por qué te cuento esto; tal vez porque necesite que alguien comparta conmigo este dolor silencioso, este miedo a permanecer para siempre en este estado, y quizá porque te considero responsable. De repente me volví fóbico a mi sombra, pues creo que ver a un amigo me daba seguridad, mas ahora, que soy un hombre indefenso y abandonado, le temo a todo. Mi soberbia, característica sobresaliente de mi personalidad, ha quedado reducida a vestigios de una época mejor. Mis sólidas palabras ya no son sino blandos balbuceos, que ni siquiera logran hilar una frase. No te extraño, no confundas mis palabras; no es a vos a quién anhelo, sino a la compañía de tu persona, de tu reflejo tan parecido a mí. No te creas tan importante, pues no lo eres, solo me resulta relevante tu presencia, pero no tu persona. Por eso, ni siquiera intentes escribir una respuesta a las palabras que te he dedicado, ya que jamás leería algo que hubieras escrito, de hecho, dudo que pudieras hacerlo. No me importa qué pienses o qué estés haciendo ahora, pues lejos de aquí no tiene significado alguno, ya has perdido todo contacto conmigo y el resto. No puedes regresar (al menos por las buenas).
Está bien..., sabemos ambos que estás mejor, y que es egoísta de mi parte entrar en cólera por tu ausencia, pero acaso soy humano, soy una persona corriente que a duras penas sostiene su alma, y no puedo sino entregarme a mis emociones con el afán de aún sentirme vivo, pues aquí es como estar enterrado.
Acabo se sobresaltarme; escucho a Ribeyro que le grita a Pereyra y me figuro que lo he metido en un embrollo. Creo que le ha quitado un cuchillo y que ahora se lo llevan entre tres arrastrándolo, jalándole los cabellos. Pobre Pereyra, por tu culpa, mira en que lío lo metí. Debieras sentirte mal, muy mal, porque ese hombre pasará a oscuras varios días, y hasta semanas, tal vez. No quiero volver a incriminarlo, pero si vuelve a ocurrir algo semejante a lo del jarro que arrojé a la ventana, quiero que sepas que no vacilaré en repetir mis palabras, aunque por respeto a Pereyra, diré otro nombre; y así hasta que todos hayan pasado por el castigo que motivaste con tu partida.
Si bien no es ira lo que siento, podría describir mi sentimiento como una gran decepción. Todos sabemos que algún día, en el mejor de los casos, partiremos a un lugar mejor; pero lo tuyo fue descarado, ni siquiera llegamos a tener un diálogo en el verdadero sentido de la palabra, ni siquiera eso. Podrías haberte despedido al menos; con eso hubieras salvado la mínima dignidad de tu presencia efímera. Insisto en que no quiero dar lástima, ni mucho menos, sino que sepas el dolor que inunda este sitio. No por tu partida sino por la falta de compañía. Me hubiera dado lo mismo que estuvieras tú u otra persona, pero ahora en la ausencia de alguien te escribo para simular tu presencia; al fin y al cabo, jamás hablamos como dos personas, y mientras no levante la vista del papel, y te imagine ahí de pie, no estaré solo.
No estoy loco, de ninguna manera. Estoy más lúcido que nunca; hoy me siento despabilado. Ya es de tarde y estoy por lanzar el jarro contra ventana nuevamente, pero estoy esperando que Ribeyro se aleje un poco, pues desde donde está parado ahora puede verme, y creo que me mira extrañado, porque ve mis lágrimas cayendo sobre la mesa. “Sí, lloro porque estoy solo, –pienso–. Si estuviera usted en mi lugar, seguramente, pasaría por lo mismo”. Maldito creído y soberbio, se siente muy importante porque puede caminar en un ambiente un poco más grande que éste...
Ya tengo el jarro en mi mano, pero estoy pensando el nombre que daré esta vez. ¿Será el de “Copué”, “Quirno” o “el Negro”? Sí, “el Negro”, ese idiota me debe dinero además. Veo que traen a la rastra de vuelta a Pereyra, creo que el castigo fue leve –que suerte la tuya–, no debes cargar con mucho cargo de conciencia. Ya se ha ido Ribeyro así que voy a lanzar el jarro, con todas mis fuerzas, así el castigo será más grande.

Lo lamento, no pude mandarte esta carta antes, pues ni bien quise lanzar el jarro de metal contra la ventana se acercó Ribeyro, mirándome con recelo. Me sorprendió justo cuando me disponía a hacer mi proeza. Me castigaron por casi tres días y recién hoy me devolvieron a mi celda. Acabo de releer mi carta, pese a que ahora tengo un nuevo compañero, que no se mantiene aislado, y que habla a montones. Aún tengo la necesidad de enviártela, con el afán de que sepas cuanto he sentido tu partida. Es loable que tu fuga de este sitio haya sido exitosa; ahora entiendo tus eternas miradas a la ventana, planeando tu perfecta huída.
Bueno..., dejo de escribirte nuevamente, pues se acerca el guardia, que ya hace varios días me pregunta qué hago, a quién le escribo “A un amigo”, le contesto colérico. Pero parece no entender, siempre responde la misma idiotez: “Deja ya de escribir cartas a compañeros imaginarios, ya no sabemos qué hacer con ellas”.

C.G.

Autor: Cristian O. A. Graf