El perro y mi más alla (Cuento)


Hoy cumplí una semana y pude abrir mis ojitos por primera vez, ¡qué feliz estoy de haber nacido!, y mi mamá me cuida muy bien, es una mamá genial.
Aquel hombre, que venía caminando junto al cordón, pisando los adoquines de una calle empedrada, desierta y por un barrio extraño, reconoció de inmediato aquella casona que se imponía en medio de la cuadra; quedó petrificado observándola; es la casa abandonada donde jugaba de niño, su viejo barrio, y ni siquiera se había dado cuenta. Allí parado, giró trescientos sesenta grados mirando: el progreso había tomado cuenta del lugar, ya sólo quedaba allí la casona… inmortal. El muro de metro y medio de alto, con su portón doble hoja de hierro oxidado, entre abierto, daba paso a un jardín enmarañado y selvático; más atrás, profundo en el terreno se levantaba la construcción, enorme y gris; tras sus ventanas esmeriladas le sorprendió ver una silueta, una silueta encorvada, una silueta que lo espía, una silueta… y chirría la reja por un gato que pasa corriendo y mueve el portón, salta trepa y queda parado, lamiendo su pata sobre un cartel de madera escrito a mano:
Se adivina la suerte
Hoy me separaron de mi mamá. Ella estaba muy nerviosa y con sus ojitos tristes me dijo adiós, pero confiaba en que mi nueva familia humana, me cuidaría tanto… como ella lo había hecho.
Sintió el frío del hierro cuando empujó el portón… que abrió fácilmente, el gato lo acompañó por el sendero hasta la casa, peldaños, polvo y telarañas en la cancel; la puerta ya estaba abierta, aplaudió: -¡Buenas…! –El gato entró corriendo y atravesando el gran salón subió unas escaleras de madera apolillada y en el descanso, se quedó parado, mirándolo a los ojos, -Sube… –le dijo una voz firme- …te estaba esperando –y no parecía de anciana. Su nariz le advierte de un aire húmedo, viejo y encerrado, pero la penumbra se aclaraba a medida que subía por las escaleras; el segundo piso era bien distinto, olía a fragancia fresca, la brisa cálida entraba por un ventanal abierto al completo, haciendo flotar las cortinas blancas, ligeras, casi tocando las espaldas de la joven que destacaba sentada tras una mesa caoba, toda labrada, y con una extraña forma de luna en creciente; en su mano izquierda, un mazo de cartas de gran tamaño, con su derecha, una a una las colocaba en procesión, sobre la mesa, como si el hombre no estuviera frente a ella; el felino ágil, trepó a la media luna sobre una de sus puntas y esto quebró su trance:
-Tome asiento –le dijo señalando con su mano al frente de la mesa… y no había silla alguna, el hombre avanzó y quedó parado-: Estos naipes me han hablado de usted, me han dicho que hoy vendría –¿Así… qué curioso… y qué más te dijeron?
He crecido muy rápido, todo me llama la atención y descubro cosas nuevas cada día; hay dos niños en la casa y ellos son como mis hermanitos, pasamos todo el día correteando por ahí, ellos me tiran de la cola y yo los mordisqueo jugando.
La sibila dio vuelta seis cartas, acomodándolas levemente a su izquierda sobre la mesa, formando con ellas, dos triángulos equiláteros perfectos:
-Has tenido una buena infancia; puedo ver la casa donde morabas junto a tus padres… y a tu abuelo; y te veo a ti, jugando en el jardín a la pelota con el anciano, fue él quien te enseño el juego; tu padre trabajaba el día entero, pero siempre a su regreso te traía un obsequio: un chocolate… una golosina…, un día trajo consigo una camiseta de tu equipo favorito: ¿recuerdas ese día, recuerdas la camiseta autografiada?
El hombre, algo aturdido por la precisión de los detalles, intentó responder con normalidad:
-Claro que me acuerdo, si todavía la tengo guardada en un cajón… -Mintió.
Hoy me retaron por primera vez. Mi dueño se molestó porque me hice pipí dentro de la casa, pero nunca me habían enseñado donde hacerlo y además, duermo en la cocina, estaba todo cerrado y yo ya no me aguantaba.
-Si… has tenido una buena infancia, hasta el final de tu adolescencia, cuando tu madre falleció. Los siguientes años fueron oscuros, la depresión tomó cuenta de ti haciéndote caer en un espiral descendente… hasta que conoces a Estela, ella te sacó de allí; poco después la habéis desposado, y así nació tu primer hijo, una niña, le has puesto Adela por nombre según la gracia de tu madre, tiempo después, habéis comprado un perro para completar la familia. El hombre aún de pie, observó con ternura al gato mientras recordaba todo aquello, y trayendo imágenes que creía olvidadas, lo acarició, de la cabeza a la cola, varias veces. El felino comenzó a ronronear.
Ya cumplí un año y soy un perro adulto. Escuche a mis dueños decir que crecí más de lo que ellos esperaban: ¡Qué orgullosos deben estar de mí!, pero luego me sentí muy mal, mi hermanito me quitó la pelota y yo nunca le quité sus juguetes, así que se la saqué y sin querer, lo lastime un poco; mis mandíbulas se han hecho más fuertes y yo todavía no aprendí a controlarlas. Pasado el susto, me ataron al rayo del sol; dicen que soy un perro malo, un desagradecido, y que me van a poner un bozal. No entiendo nada de lo que pasa.
La cartomántica, dio vuelta una séptima carta y la colocó en medio de los dos triángulos.
-Este naipe, el último, ya no habla del pasado, nos ha de contar tu presente
-Pues acertaste sobre mi pasado, leéme la carta esa y decíme cómo es mi vida ahora
-Primero coge asiento, ya te lo he pedido antes –Y señaló la brujita nuevamente con su mano extendida. El hombre se dio vuelta para ver y… casi se cae, tropezando con una silla que tenía a sus espaldas, pegada a las pantorrillas. Luego de tomar asiento, la adivina continuó:
-Tu hija y tu perro han crecido, tu relación con ellos ha cambiado, ya no los tratas igual; tampoco a tu mujer
-Que interesante che, ¿y podes contarme del futuro?
Ahora vivo en la azotea, me siento muy solo y triste, mi familia ya no me quiere, se olvidan de darme de comer todos los días y a veces no tengo ni agua; cuando hace frío y llueve… no tengo techo, y el sol del mediodía me calcina la piel.
-El futuro no es de gracia, has de pagar por el
-Tomá doscientos pesos –y los dejó sobre la mesa junto al gato- pero contame algo bueno he
-Siete naipes para el pasado, siete naipes para el futuro; es todo lo que puedo hacer por ti
La sibila recogió las cartas de la mesa, barajo, y dispuso nuevamente seis de ellas, pero esta vez, cerrando un circulo preciso.
-Veo disputas, discusión y malos tratos. Tu mujer se apartará de ti, y se habrá de llevar a la niña con ella, pero no al perro. Desahuciado, intentando olvidar, te desharás del animal abandonándolo a su suerte; habrás de caer luego, en una depresión muy grande, similar a la de tu adolescencia, pero esta vez, habrás de enfermar gravemente… y morirás
-¿Cómo que voy a morir, y cuando será eso?
-Pronto… muy pronto
-Me estas mintiendo, eso no puede ser verdad
Hoy me bajaron de la azotea, de seguro mi familia me perdonó y yo me puse tan contento… que daba saltos de alegría, movía mi cola de aquí para allá golpeteando -paf paf paf- todo lo que encontraba a mi paso, y además, me van a llevar de paseo. Subimos al coche y pusimos rumbo a la carretera, por suerte yo ya no me mareo como antes y pude disfrutar del viaje sacando mi hocico por la ventanilla para percibir todos esos olores nuevos. Luego pararon, hemos llegado, abrieron la puerta y yo me baje feliz. No entiendo por que cerraron la puerta… y se van… ¡hey… se han olvidado de mí! Corrí tras el coche hasta quedar exhausto, ya casi me desvanecía y ellos seguían andando: me han olvidado.
-Tranquilo, no corráis prisa, aún queda la última carta por tirar… -Así la joven, dio vuelta la séptima carta, colocándola en el centro del círculo- si…, como lo imaginaba, este es el naipe de los grandes cambios
-Entonces… ¿no moriré?
-Si morirás, las cartas no se equivocan y tu muerte, ya ha sido echada, pero luego todo cambiará para ti
-¿Acaso iré al cielo… o al infierno?
-No, eso no sería un cambio, sería el camino habitual, tú sufrirás una gran transformación
-¿Cuál… cuál?
-No hay ya más naipes por tirar, pero tengo algo aquí, en este cajón que nos lo puede decir…, pero claro, todo tiene su precio –dice la brujita mostrándole la palma de su mano extendida. El hombre rasco sus bolsillos y le dio todo lo que tenía, hasta el reloj. En la mesa de luna, chirrió el cajón al ser abierto, resistiéndose, lo que allí había, no quería se perturbado.
No encuentro el camino a casa, estoy perdido en un lugar extraño. En mi camino encuentro gente buena que me da de comer; quisiera que me adoptaran y yo sería fiel como ninguno, pero sólo sienten lástima por mi, ¡Pobre perrito, se ha de haber perdido! Un día pasé por la escuela y vi muchos niños como mis hermanitos, me acerque y un grupo de ellos comenzó a tirarme piedras asiendo puntería, una me dio en el ojo, desde entonces ya no veo con el.
Surgieron del cajón una serie de pequeños pergaminos viejos, o más bien, trozos de pergaminos que parecían estar mal recortados de uno mayor, con sus bordes desparejos, algo deshilachados y llenos de jeroglíficos incomprensibles en su lomo; la pitonisa los colocó uno a uno en forma de abanico abierto sobre la mesa, boca abajo, y explicó:
-Estos papiros fueron hallados junto al Libro de los Muertos Egipcio, ellos nos dirán sobre las transformaciones posibles después de la muerte; escoge uno y sólo uno, y escoge bien, porque las posibilidades son muchas, pero la transformación, una sola.
No entiendo, cuando era más joven y bonito se compadecían de mí, ahora estoy flaco, me pica todo el cuerpo, perdí un ojo y la gente me echa a patadas cuando intento acercarme. Ya casi no puedo moverme. Ayer me arrolló un coche cuando yo estaba cobijado en la cuneta, pude ver su cara de satisfacción cuando maniobró el auto para acertar el golpe, ojala me hubiera matado, pero sólo me dislocó la cadera; ya no soporto el dolor; con mucha dificultad me arrastré hasta una sombra en el pasto. Llevo varios días aquí tirado, ya no sé cuantos, siento mucho frío y estuve sin comer todo este tiempo, me siento muy mal y hasta el pelo se me está callendo. Las personas que pasan ni me miran, las madres toman a los niños de la mano para que no se me acerquen. Ya estoy casi inconciente, pero una vos me hizo abrir los ojos de nuevo: -¡Pobre perrito, mirá lo que tan hecho! -El hombre vestido de blanco junto a ella comenzó a tocarme y luego dijo: -Lo siento señora, no hay nada que hacer, lo mejor será evitarle el sufrimiento
A ella se le escaparon unas lágrimas mientras el doctor me aplicaba la inyección. Yo la miré a los ojos agradeciendo que me ayudara a descansar; luego me dormí pensando: ¿por qué tuve que nacer si nadie me quería…, por qué no me habrán dejado con mi mamá?
El hombre dudó pasando su mano sobre los papiros, de lomo todos iguales; finalmente escogió, lo tocó con su índice primero… y esto hizo erizar al gato, que encorvó su lomo mostrando los dientes y lanzando zarpazos al aire, saltó de la mesa y huyó; el tipo lentamente le dio la vuelta, y así, se mostró la figura inconfundible, de un hombre con cabeza de perro.
By: Cuentista

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