La Náusea

La Náusea se ha quedado allá, en la luz amarilla. Soy feliz, este frío es tan puro, tan pura la noche; ¿no soy yo mismo una onda de aire helado? No tener ni sangre, ni linfa, ni carne. Deslizarse por este largo canal hacia aquella palidez. Ser sólo frío.
Llega gente. Dos sombras. ¿Qué necesidad tenían de venir aquí?
Es una mujercita que tira a un hombre de la manga. Habla en voz rápida y menuda. No comprendo lo que dice, por el viento.
—¿Quieres cerrar la boca, eh? —dice el hombre.
Ella sigue hablando. Bruscamente, el hombre la rechaza. Se miran, vacilantes; después él hunde las manos en los bolsillos y se va sin volverse.
El hombre ha desaparecido. Apenas tres metros me separan ahora de la mujer. De pronto unos sonidos roncos y graves la desgarran, arrancan de ella y llenan toda la calle con una violencia extraordinaria:
—Charles, por favor, ¿sabes lo que te he dicho? ¡Charles, ven, estoy harta, soy muy desgraciada!
Paso tan cerca de ella que podría tocarla. Es... ¿pero cómo creer que esa carne ardida, ese rostro resplandeciente de dolor...? Sin embargo, reconozco la pañoleta, el abrigo y el gran antojo borra de vino que tiene en la mano derecha; es ella, Lucie, la criada. No me atrevo a ofrecerle mi ayuda, pero conviene que pueda pedirla en caso de necesidad; paso delante de ella lentamente, mirándola. Sus ojos se clavan en mí, pero no demuestra verme; es como si sus padecimientos le hubieran hecho perder el juicio. Doy unos pasos, me vuelvo...
Sí, es ella, Lucie. Pero transfigurada, fuera de sí, sufriendo con loca generosidad. La envidio. Está allí, erguida, con los brazos separados, como si esperara los estigmas; abre la boca, se ahoga. Tengo la impresión de que las paredes han crecido a cada lado de la calle, de que se han acercado, de que ella está en el fondo de un pozo. Espero unos instantes; temo que caiga rígida; es demasiado enclenque para soportar este dolor insólito. Pero no se mueve; parece mineralizada, como todo lo que la rodea. Por un momento me pregunto si no me habré equivocado, si no es su verdadera naturaleza la que se me ha revelado de improviso...
Lucie lanza un leve gemido. Se lleva la mano a la garganta abriendo grandes ojos asombrados. No, no hay en ella fuerzas para padecer tanto. Le vienen de afuera... de este bulevar. Habría que tomarla por los hombros, llevarla a las luces, entre la gente, a las calles dulces y rosadas; allá no se puede sufrir tanto; se ablandaría, recuperaría su aire positivo y el nivel ordinario de sus padecimientos.
Le vuelvo la espalda. Después de todo, tiene suerte. Yo estoy demasiado tranquilo desde hace tres años. Ya no puedo recibir de estas soledades trágicas nada más que un poco de pureza vacía.
Me voy.

Jean Paul Sartre- "La náusea" (fragmento)


Jean-Paul Charles Aymard Sartre (París, 21 de junio de 1905 – París, 15 de abril de 1980), conocido comúnmente como Jean-Paul Sartre, fue un filósofo, escritor y dramaturgo francés, exponente del existencialismo y del marxismo humanista. Fue el décimo escritor francés seleccionado como Premio Nobel de Literatura, pero lo rechazó explicando en una carta a la Academia Sueca que él tenía por regla declinar todo reconocimiento o distinción y que los lazos entre el hombre y la cultura debían desarrollarse directamente, sin pasar por las instituciones. Fue pareja de la también filósofa Simone de Beauvoir.