No siempre se recuerda que la actividad fotográfica de Man Ray estuvo estimulada, desde su juventud en Nueva York, por el galerista Alfred Stieglitz, que fundó la Little Gallery de la Photo-Secession en el 291 de la Quinta Avenida y publicó luego la revista Camera Work. Aquel espíritu de búsqueda de la excelencia, que tuvieron los pioneros de la fotografía concebida como una de las bellas artes, esta vigente en cada foto de Man Ray. En contraste fuerte con aquel espíritu tan exigente, produjo, de otra parte, su obra pictórica y objetual, dadaísta -bajo la influencia directa de sus amigos Duchamp y Picabia en el Nueva York de entre 1915 y 1920- ámbito en que la creación ya no se justifica si no es por la libertad absoluta, ejercitada hasta la negación de “el hecho artístico”, negando la obra de arte en sí misma.


Man Ray: Cadeu


La obra de Meret Oppenheim en cambio, tuvo otros influjos. Primeramente, el que recibió de Giacometti, al que conoció en París, en 1932: un Giacometti seducido entonces por lo imaginario, que realizaba pequeñas piezas lúdicas, oníricas y eróticas, denominadas “afectivas”. Seguidamente, el influjo dadá-surrealista determinante de Man Ray.


Meret Oppenheim: Petit temple dans la forêt


La importante relación entre Meret Oppenheim y Man Ray se reconoce en la gran amistad que tuvieron y en su complicidad dentro de la práctica del arte, con aportaciones tan interesantes como la de Meret sirviendo de modelo fotográfico a Man Ray, en especial entre 1933 y 1937, y con influjos tan benéficos como el que la joven pintora de la segunda generación surrealista recibió de la concepción entre dadaísta y surrealista que caracterizaba al gran fotógrafo y pintor.



De aquellas fotografías que Man Ray hizo de Meret hay retratos de fidelidad escalofriante, desnudos de erótico y extraño neoclasicismo y composiciones inquietantes, de tan mágica ambigüedad como las de la serie M.O. en el estudio de Marcoussis.



En el ambiente excéntrico y apasionado de los surrealistas parisinos de los años treinta, la aparición de Meret Oppenheim supuso un verdadero terremoto para todos ellos. No fue sólo su inteligencia y su formación culta y sofisticada, o su indudable belleza, fueron sobre todo su vitalismo, el ímpetu de su juventud y su reputada desinhibición sexual lo que acentuó aún más si cabe aquel entorno ya de por sí extravagante.





“Para las mujeres, las implicaciones son que tienen que vivir su propia vida femenina, así como la vida que los hombres proyectan para ellas. Por lo tanto, son dos veces mujer. Eso es demasiado”. (Meret Oppenheim, 1975)