El caso del vengador de la costa


El caso del vengador de la costa - Cuento propio



La aparición de los dos primeros cuerpos, con algunos días de diferencia, de Hernán Gonzales y Martin Cáceres ambos compañeros en la secundaría me hicieron intuir inevitablemente el comienzo de un círculo. Fue unos años antes de mi retiro y me dio una motivación que no había tenido en años: la de poder anticipar futuros crímenes y no solo encontrar culpables.

Los hechos sucedieron en General Madariaga una ciudad-pueblo de la costa Bonaerense; yo estaba por aquellos años trabajando en Mar del Plata y me llamaron para la investigación. Las víctimas tenían ambas treinta años; Gonzales fue encontrado en un descampado completamente desnudo con un disparo en la frente y una raqueta de tenis metida por el mango en sus partes traseras (pericias posteriores demostraron que primero sucedió el hecho de la raqueta). A Cáceres se lo encontró en su casa, ahorcado con una tanza, vestido y pintado (mal pintado) como una mujer. Buscamos junto con mi compañero Teodoro Paraguay un eslabón entre ambas víctimas, además del hecho primeramente mencionado de que fueron compañeros de secundaria (y amigos según supimos luego), pero no logramos encontrar nada.

Días más tarde se reporto la desaparición de Lucas Alonso y Tomás Gil. También compañeros y amigos de las victimas anteriores. La búsqueda de alguna evidencia en la casa de los muertos y los desaparecidos fue fructífera; encontramos sus guardapolvos de quinto año con dedicatorias y firmas de todos sus compañeros. Descubrimos en ellos un patrón común, una dedicatoria amenazante y simple “¡Ya vas a ver!” firmada en todos los casos por un tal Gabriel. Averiguamos luego que se trataba de Gabriel Marques, vivía solo y sus vecinos no lo veían al menos hace un mes.

Decidimos entrevistar a toda la promoción de aquel año; todos coincidieron en que Gabriel era un pibe introvertido, que formaba parte del grupo de los amenazados en sus guardapolvos junto con uno más: Daniel Martínez. Este último no se presentó a atestiguar, de modo que nos dirigimos a su domicilio. Amablemente nos atendió, vivía solo; nos hizo pasar, preparó unos mates y comenzó su narración. Contó de cómo Gabriel era constantemente víctima de las burlas y maldades del grupo. Sin sonreír en ningún momento nos dijo que Gonzales una vez le había bajado los pantalones en plena clase de educación física y le había dado con una raqueta de tenis en el culo; que Cáceres le había puesto una correa, pintado la cara con el lápiz labial de su hermana y lo paseo por toda la ciudad tirándolo desde su bicicleta; Alonso y Gil le habían tirado su mochila a una zanja con agua podrida y cuando quiso sacarla, lo empujaron. Narró otros hechos pero no nos parecieron significativos en cuanto a su crueldad. Preguntamos que le había hecho él, nada, respondió, solo observaba. Nos mostró su guardapolvo de quinto, la dedicatoria del sospechoso era “Sos igual que ellos”. Dejamos un policía para que custodiara a Martínez.

Salimos de allí rumbo al hotel a dormir un poco, durante la noche recordé mi juventud y como mi grupo me cargaba por ser el gordito; especialmente el gringo Cian, a quien si pudiera le pegaría una buena trompada en la jeta. Al día siguiente ordenamos que se buscara en las zanjas de toda la ciudad y sus afueras; los resultados fueron los esperados: los cuerpos de los desaparecidos fueron encontrados ahogados, desnudos, abrazados entre ellos haciendo “cucharita” y con distintas frases en sus espaldas, una decía “putito” y la otra “putazo”. Sin dudas el criminal buscaba muertes vergonzosas. Las evidencias apuntaban invequívocamente a Gabriel Marques.

Se buscó al sospechoso por toda la ciudad y alrededores, se buscó parientes o amigos que dieran una pista, pero no hubo éxito. En paralelo se allanó su casa, encontramos panales de abeja (al parecer vivía de vender miel y derivados), algunas revistas pornográficas, restos de comida ya en mal estado, una foto de la promoción sobre la mesa al lado de una taza de café, y una agenda. Revisamos minuciosamente este último elemento, todos los números eran de compradores de miel, salvo uno; era de una cancha de futbol. ¿Para qué un solitario sin amigos ni conocidos tendría el número de una cancha de futbol? Llamamos, el dueño del lugar nos dijo que la cancha estaba a la salida de la ciudad, un empleado que vivía cerca se encargaba de cobrar al principio del turno, se retiraba y volvía al final del mismo; le preguntamos por futuros turnos de noche y si alguno estaba a nombre de Marques, la respuesta fue negativa, pero luego agregó como curiosidad que en ese mismo instante (eran pasadas las diez pm) había un turno a nombre de “Montecristo”. Salimos rápidamente para lo de Martínez, el policía de la entrada dijo que había salido a comprar huevos y se reusó a ser custodiado para ello; trillado error: no estaba en el almacén. Pedimos refuerzos y nos dirigimos a la cancha.

El lugar estaba totalmente oscuro salvo por una pequeña lamparita sobre una pared que indicaba la entrada: una puerta corrediza enorme. La empujamos e hizo un chirrido atroz. Las luces estaban apagadas, las encendimos; unos tubos fluorescentes se fueron encendiendo de a poco, titilando y enseñándonos dramáticamente la fatal escena: Martínez estaba tirado en la mitad de la cancha, ensangrentado y muerto (su pulso lo dijo más tarde), Gabriel Marques sentado en el área chica lo observaba y no dejó de hacerlo ante nuestra llegada; lo esposamos y lo llevamos a la comisaría.

En la sala de interrogatorios confesó todos los crímenes como si fuera un autómata, como si lo estuviera leyendo o repitiendo de memoria, siempre con la vista clavada en un rincón. Contó mecánicamente que a Daniel Martínez lo secuestró en un auto junto con cuatro tipos a quienes había contratado. Lo llevó en el baúl del auto a la cancha y esperó que el encargado se fuera para entrarlo. Los sicarios tenían la orden de golpearlo pero, ante su orden, detenerse. ¿Y qué hizo? Pregunté intuyendo ya la respuesta, “Nada” respondió, dejó que lo golpearan hasta matarlo. Yo no pude interrogar más, Teodoro hizo algunas preguntas de rutina y lo dejamos solo en la sala de interrogatorios, inmóvil, frio, como sin alma, con la vista clavada en el rincón, como si la venganza le hubiera dejado vació.

Volviendo a Mar del Plata me preguntaba si debía sentir alguna empatía por ese siniestro personaje, si podría llegar a comprender sus actos, me sentí un imbécil de solo pensarlo: No creo que nada justifique los actos llevados a cabo por Marques. Menos aún el de Martínez, ¿Acaso el no hacer nada, el ser un simple observador(o mirar para otro lado) lo convierte a uno en cómplice merecedor de un castigo? Tenía mis dudas, pero al parecer el asesino no.

Al día siguiente del último de los asesinatos la crónica fue dada a conocer por los diarios, televisión y radios. Los crímenes habían sido resueltos por Narciso Sánchez y su compañero Teodoro Paraguay decían. Debería haber sentido cierto orgullo pero lo verdad es que, como dije antes, hubiera preferido evitar la muerte de Martínez.

Esa misma noche recibí un llamado: era el Gringo Cian, quería pedirme perdón por todas las burlas y maltratos a los que me había sometido durante mi adolescencia, largué una carcajada escueta y corte la comunicación.


Fuente:
http://dejequelecuente.blogspot.com/