Cuento breve



escritor






Puntualidad





El señor Armando tenía una cita para esa tarde. Recordaba poco, casi nada, de cuándo habían acordado encontrarse. Pero era en la plaza de siempre, a las seis. Por momentos el señor Armando deseaba que aquello no ocurriera, escudarse en una excusa más o menos creíble y seguir tirado en su cama. Pero, a la vez, lo entusiasmaba la idea de tener realmente algo importante para hacer. Hacía varios días que no salía de su departamento. Al mediodía, mientras bebía en largos tragos algo que le habían prohibido, pensaba en retomar cosas pendientes. Entre ellas la de visitar a la única persona que había llegado a odiar de verdad. Su nombre era Elisa. Pero ya no la odiaba. Se propuso pensar con seriedad qué era lo que sentía realmente por ella. El odio había dejado lugar a la compasión hacia una "pobre vieja" que, como él, habían sufrido el riesgoso arte de la sinceridad. Ya casi no recordaba quién había dejado a quién, menos la causa. "Después de golpear su puerta ¿qué?", pensó. El día se prestaba para el perdón, parecía que todos, en la calle y en los bares, eran aburridos esclavos de la metálica llovizna. Al parecer, el señor Armando, también deseaba que, a pesar de él mismo, la cita se concretara en tiempo y forma.
Su deforme contextura se balanceó por el centro del salón hasta la barra. Eran las tres. Sin dominó se sentía más inútil que de costumbre, pero encender una charla lo traía de nuevo al cuerpo. "¡¿Dónde anda ese maldito del dueño?!" Preguntó a un parroquiano que quiso hacerlo callar con la mirada. Él sabía que el dueño lo estaba escuchando, era un juego, guiñó un ojo y se sentó. "No sabe nada de burros ése", le dijo al mismo tipo. El otro se encogió de hombros en silencio, y abrió unos maníes tratando de hacer todo el ruido posible con las cáscaras.
El señor Armando solía peinar sus canas para distraer, miraba de reojo y acomodaba el mechón rebelde en su lugar. Le importaba poco el tiempo, ya no podía medirlo, apenas si sabía que a las tres y cuarto pasaba el tren a Tigre, y era hora de tomarlo para terminar allá en el norte, contemplar el río hasta el atardecer y volver. Miraba las lanchas, compraba unas ciruelas o un pan, recordaba las tardes con su última mujer y regresaba muy despacio. Nada que hacer. Pero esa tarde tenía una cita, un plan, algo que cumplir. Y creía que era importante la cuestión, le dedicó un traje y su mejor sombrero a la ceremonia. Trató de nuevo, inútilmente, de recordar como se había acordado el encuentro.
En la puerta del bar se dio vuelta, miró el paraguas que había dejado colgado del mostrador y salió. Era una tarde de nubes corredizas que parecían el pañuelo de seda en el cuello de las damas elegantes y cursis. Armando levantó la cara al cielo y sin pensarlo demoró la mirada en su balcón. Nunca lo había observado desde abajo, le pareció un hueco asqueroso. La plaza estaba a pocas cuadras, faltaba media hora para el momento indicado. "Voy a hacérsela fácil", se dijo y recostado en una pared, bebió todo el ron que pudo de una petaca que llevaba en el pantalón. Al llegar a la esquina el dueño del bar comenzó a gritarle con el paraguas en alto. Siguió bajando por la avenida. Alguien lo insultó entre dientes, iba mareado "te la voy a hacer fácil", repetía. Los coches zumbaban cerca de él al cruzar cada calle, dependía más de un instinto que de un recorrido mental para llegar. Un sol pobre iluminaba la copa de los árboles en la plaza. Miró su reloj y espero que ella llegara sentado en un banco, con la cara hundida entre las solapas. Los salmos y citas bíblicas en el altavoz de un falso predicador recrudecían con las ráfagas de viento sur. Unas muchachas comían algo en un puesto ambulante. Tenía pocas ganas de mirar a la gente pero lo miraban. Hizo un último esfuerzo por recordar cómo y cuándo había sido acordada la cita. Un chico de mirada fría caminó desde el centro de la plaza hasta él, tan drogado que le fue imposible fingir su intención. Lo que le dijo al viejo fue un ruido para él, los dos babeaban como perros. El chico levantó un puño y escupió un insulto más fuerte que el poder de su mano. Armando miró su reloj y enfureció al muchacho al acomodarse el mechón blanco con tanta paciencia, aunque estuviera aterrado. Un respiro ahogado. Un impulso de sangre alocada en el pecho. La muerte llegó puntual.



V.K.F. Polar



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Espero les haya gustado. Hasta la próxima...



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