algunas poesias de la adolescencia

no se si se entienden muy bien, pero nunca decidí publicarlas y esta me parece una buena ocasión. es mas para mujeres que para hombres, pero todos los hombres tenemos una parte femenina, así que me lanzo al vacío. Yo las entiendo perfecto, no es raro, yo mismo las construí, y espero de todo corazón que alguien pueda sentirse identificado. Ahí va:



Anna


Veo la luna tumbada, casi desapareciendo detrás de los edificios que cuadriculan esta metáfora de Güliver, y no lo soporto. No soporto verte caminando sobre esa luna, ni soporto esa tristeza silenciada por un mar, intervalo de miles y miles de peces que no me hablan. Caminabas como una ratita, como una ratita flotante encontrada al azar por el juego de algún Dios en su infancia, y nos sonreíamos inmensamente cada vez que nos encontrábamos en la calle transitada, y no nos importaba que la gente nos viera, y hablábamos uno, acostumbrados ya a que esa imagen de nosotros serpenteara alejándose, acercándose, después de despedirnos. Nos agradaba mirarnos, como esa tarde de siempre y de mi memoria, cuando apareciste desde la esquina como ese fantasma que siempre fuiste, y yo no sabía que hacer, si llamarte o dejarte ir –y eso que me lo había prometido- ; y te llamé, me miraste, se tendió una cuerda siempre invisible, y comprendimos que seríamos translúcidos, irreales, finalmente eternos.


Veo la luna y mi memoria se puebla de recuerdos, como un globo de harina. Primero veo tu cara en la luna, tu cuerpo entero después, que se movió como presente, descendés lenta y prodigiosa luego por una escalera tácita, llegás a mí desapareciendo y… Plushshsh!!!!!!!!!, volviste a recuerdo con la velocidad de una foto, a imagen de otras horas con otros cielos, teñidos por mis obsesiones leptosómicas y mi inestable realidad, repleta de gnomos, culebras y mantarayas, que no duermen la siesta ni te quieren como yo.


Veo la luna, retorno al cono invertido de mi infancia, aparecen como en un divagar extraordinario, chisporroteos de alegrías, de tibiezas, cuando la miro a mi abuela que ya se fue, comprando un helado al lado de mi madre, ambas sin saber que estaban dibujando mi memoria, con ese insólito lápiz que pierde lo que acontece. En ese reefluvio de colores limpios aparecés de nuevo, móvil, luminosa, temperamental, anacrónicamente Anna, esperando que te lleve de paseos por la ciudad de tarde, en la carroza que alquilamos, mientras los angelitos duermen sus sueños quietos y yo juego a que todo esto es una fantasía.


Mientras paseábamos no nos dimos cuenta de que el sol estaba soltando su último aire. Enseguida nos recibió una brisa recién horneada en los vapores del río, repleto de pescadores y barcos de vela, y empezó una música de organito a zigzaguear las calles del puerto cuando recién llegábamos. Un señor daba vueltas una manija vestido de pingüino, ese día me bajé y te regalé tu flor verde y luminosa.


Los anillos que recogen el espíritu de la tarde, dictan que debe anochecer. Con ellos se van el tumulto, los colores, el olor de praliné, la sed del pasto, el rey de copas, una caja de fósforos; y vos y yo en una inmensidad de viento, antes brisa, que trajo el crepúsculo a nuestro regreso. No tengo miedo, te miro mientras tratás de atrapar tus pelos enloquecidos –más fríos- , y tu vestido que se vuela en tu pudor; no puedo sentir más ternura, como si te viera de debajo del agua.


No sé cómo fue que llegamos a mi casa, entre el viento que a cada momento cambiaba de dirección, el cielo con relámpagos de a chorros y el agua reflejando el flash eléctrico en su prisma helado. No sé como fue que llegaste a darme la llave empapada por tu tonto temor a los sucesos de la naturaleza, ni cuando dejamos de ver la luna lenta, que jugábamos a tocar con los dedos, gritando desde el cielo, para precipitarnos en un remolino inefable. Sabíamos, eso sí, que palideció el esplendor en un lapso minúsculo. Dejaste el miedo y te reíste de tu ingenuidad como una mariposa, y de golpe te enojaste de que yo haya disfrutado mirándote, y quisiste pegarme de juguete. Después me abrazaste llorando como un chaparrón, como una catarata de gusanitos de la miel, mientras yo pensaba en la ausencia y en tus lágrimas fugitivas, y cerré los ojos con párpados invisibles que no tapan las nubes frias.


Corrí, corrí como siempre, siempre que quiero mostrarte algo. Empapado abrí el cajón ancestral para mostrarte el álbum de fotos que nos habíamos sacado muchos años atrás, cuando todavía creíamos en los bichitos de luz. Desde la habitación venía distraído en el piso, levanté la vista y vi tus rulos deshechos, y a vos sentada esperándome con cara de desastre y tus ojos parecían haber sido detenidos por el agua. Sacaste un pañuelo, te secaste la cara de sopa y moviste los dedos. Nos tiramos en la cama descubriendo figuras de animalitos en las manchas del techo de ese entonces. Un mundo tan fabuloso se nos despertó de nuestros ojos, que ya nos olvidamos de las fotos. Hasta la madrugada seguimos reanimando esa multitud de bestias jurásicas que viven en las viejas y pobres paredes del vecindario. Yo te dije que esa noche éramos nuestros para siempre por esa noche, imponiendo una profundidad inadecuada para tu cara, y vos armaste un barquito plateado con papel de paquete de cigarrillos, y no me contestaste porque vos no y yo sí, despertaba de a ratos de la ensoñación y con la velocidad del platino, volvía a hundirme en la insólita metonimia, como una forma de ser sin nuestros cuerpos. Ah!, como me gusta verte cuando tenés la luz encendida hacia adentro y parece que nada te importa, como me gusta detener mis manos en tus piernas delgadísimas sin almanaque, cuando te levantás enojada y me decís que estoy volviéndome loco, que no sé ve sano quién pasa la vida completando una libreta de episodios y preguntas, cuando me decís que no y tu respiración que sí.


Por ese entonces nos encontrábamos en alguna esquina concurrida de esta trabajosa ciudad, vos aparecías de mal humor y me decías palabras que quitan el ánimo, y yo, que te conozco, metía las manos en los bolsillos mientras buscaba algún bar, y esperaba, y siempre llegaba el momento que se te abría el gesto – y lo sabía- con una sonrisa, consecuencia de alguna de mis eventuales monerías. Cuando no llegaba enseguida tu gesto de ciento ochenta grados, yo silbaba o hablaba sin parar de asuntos irrelevantes, hasta que te llamara la atención mi silencio, volvía a hacer las monadas de entonces, entonces sí te reías a carcajadas, mientras esperábamos que cortaran el sol contra la ventana abierta de mi cuarto, los pájaros del amanecer.


Eras tan diminuta, tan inocente, que daba miedo tocarte, entonces yo prefería sentarme a tu lado a hablar sobre nosotros. Yo siempre decía la verdad, situación que empezó a tornarse desfavorable a partir del segundo día, día remotísimo en que se separaron las capas agrietadas y nuevas de mis múltiples espíritus, que justo ahí, y por causa inexplicable, se habían aglomerado en uno, provocando ese sentimiento oceánico, tan infrecuente. Caminábamos haciendo equilibrio sobre la genuina madrugada del sur el día en que, después de pasar por debajo de un gran arco, y sentarnos en un banco a mirar el lago y las montañas, ya te dije que te quería, aunque fuera inexplicable. De ese sur plural las fotos que quería mostrarte y que nos olvidamos por los animalitos.


Absurdamente años después se te ocurrió tomar por venganza mi acercamiento, y me trajo un doble problema que no detallaré aquí pero que se trata de un halago y una decepción; inseparables. Yo, de un momento para otro, me encontré en algún lugar de esa mezcla, haciendo de espantapájaros. Esa noche no reaccionaste, nunca lo hiciste, por lo que nunca pude ver a través de tu cielo, razón de esa concatenación desordenada de hechos y de palabras. Pienso que nos encontramos en un inmóvil punto del tiempo, el inequívoco punto de la verdad, que deja de ser ciego porque desde atrás, aparece y salta esa metáfora que no quiero que se escape.


Así, pasaste del presente de la luna a un enérgico viaje por los alrededores de mis sueños, te zambulliste en mi infancia, donde no te conocía, salimos a dejarnos aplastar por la tarde de un domingo y volvimos hechos un pez, dimos saltos flotando como parapentes, tomados de la cola de un ave prehistórica enorme, acariciamos las frías plumas de la noche, te hiciste cóncava y te miré, mucho te miré, hasta que no sé, me incliné de la cama para rescatar la claridad incipiente de la ventana, giré, volví para mirarte y comprobé sin dudas, que habías desaparecido, como si fueras la que llevaba el “anillo”.


…Y no miramos las fotos…

Fin.


Rueda

Es esta una historia que todavía no he decidido como contar, si de adelante para atrás o al revés, o tomando aspectos, desarrollarlos y juntar los pedazos. Sí sé, en cambio, que tengo muchas ganas de narrarla porque hace un tiempo (años) que anda dando vueltas por mi cabeza y ya es hora de la abreacción. Curiosamente conocí en un velorio la parte que me permite estar sentado al pié de la PC y la fui ensamblando con el resto sin querer. Este es el primer intento. También ignoro todo lo que tengo que saber sobre el tiempo verbal conveniente en este caso, pero creo que dispondré de la desusada intuición, y sí, sí, quizá lo mejor sea dejarse llevar por las emociones, heterodoxas por naturaleza. Así que bástese decir que esto ocurrió muy atrás, tan atrás que casi no lo recuerdan mis genes, a mediados del siglo XIX.


¿Son necesarias las digresiones? ¿Cuál es la mejor forma de narrar una historia? Son preguntas que no puedo contestar por el momento y creo que por unos cuantos años más, con suerte, puedo nada más que dejarme guiar por la pasión, aunque en este esfuerzo se me vayan las hojas y los días. Me parece que esto es como dibujar, igualmente se debe tomar la birome por la parte de atrás para lograr trazo suave, continuo, lo que junto con el olor del papel, constituye la música de este trabajo, o lo mismo en mi caso con la tecnología, tratando de encontrar el lugar de la belleza, de los relieves, de los colores, de reconstruir una vieja fábula, la de la en ese entonces joven Doña Carolina, caminado por las calles de una lejana provincia de un país lejano, pintoresco, montañoso en su norte, la Italia de aquellos años. José Ángel fue su prometido durante varios años, hombre de mirada clara, de pocos pelos y andar robusto (según la descripción que me dieron) que sería el heredero de su familia, la que de dedicaba ha generaciones a la plantación de viñedos y fabricación de vinos, especialmente favorecida por la zona y el clima. De manera que se trataba sin más, de un nada raro por ese entonces, futuro matrimonio por conveniencia. El caso es que, si bien José Ángel abrigaba sentimientos tiernos por Carolina, nada de eso se podía decir de esta, que no tenía pudor en demostrar su angustia, para preocupación de la familia entera, ya que había que ser demasiado tonto para no percibir cierto clima de tensión, y no era el caso se José Ángel. Es más, Carolina, desde su educación primaria, permanecía atenta a los movimientos de un joven de condición humilde llamado Pietro. Decía que de él le gustaba su múltiple estatura, la condición geométrica de su fisonomía, la mirada tibia, su perfil delgado y el derroche de sus hombros, forma disparatadamente distante de la de José Ángel. Su familia nunca había tenido dinero, condición que sin duda lo alejaba cada vez más de Carolina, en esa época de tan particular concepción del amor. Y nunca pudo Carolina entenderse muy bien con Pietro, mas que nada por la distancia que los separaba continuamente, por la estricta vigilancia a la que se habían dedicado todos en no dejarlos encontrarse, para disconformidad de ella. El contacto no pasaba de un saludo de vereda a vereda, desde un lado de la plaza hacia otro, o de un guiño que Pietro le regalaba cada vez que la encontraba, mitad por casualidad y mitad por los papelitos mensajeros que hábilmente se pasaban cada vez que la oportunidad los dejaba. ¡Carajo!, insisto que lo más difícil es comprender que, a pesar de lo feo y lo bello, lo maravilloso es el arte de practicar la libertè. Pero siguiendo con el relato, no sé si dije que José hacía cualquier cosa por ganar el corazón de Carolina, lo que jamás logró, ni siquiera muchísimos años después, con la tragedia de Argentina, y desde Argentina es que escribo. Las familias estaban decididas en concretar ese matrimonio, o sea que las cosas se desarrollaban sin anacronismos, y para estas el joven Pietro se había tornado molesto y también carolina para los intereses, entonces se decidió tomar una medida definitiva, que se trató de un regalo. Les regalaron (de bodas) tierras con cafetales en América, en el remoto Brasil, para que los recién casados se tomaran el barco que terminaría con los problemas, lo que finalmente hicieron, pero no sin antes traer dos pequeños, cuyos nombres decidieron que sea, Gigi el del mayor y Eusebio el del siguiente.

La vida de Pietro se transformó en un desastre, ya que terminó en la cárcel, y a pesar de no haber cometido jamás un solo acto delictivo, quedó enredado en un misterioso robo que nunca se aclaró, pero que le sirvió como fuga de este mundo, y no se pasaron más papelitos, y los metales taparon la escena.

El gran paso (el matrimonio y el viaje) ya estaba dado para Carolina y no sé sabe para gracia de quien porque no se sabe mucho, más sobre José Ángel. Los dos primeros niños lloraron como todos cuando se zambullen en el mundo y fueron sanísimos, a los cuales llamaron Joanín y Gigi, respectivamente. Ambas familias se había tomado el trabajo de no dejar los jóvenes padres a la buena de Dios, por eso los días pasaban entre negociados de desconocida índole, hasta que se supo de que se trataban. Al parecer consistió en la adquisición de una tierras en lejanos lugares, para que pudieran vivir de su provecho, y el café no era en ese tiempo una mala inversión, y seguramente esto también sería una excusa para afianzar el vínculo de aquel matrimonio que por el momento no tenía grandes probabilidades de prosperar y así también acabar con los problemas definitivamente. Sí, el Brasil (así me lo dicen esta serie de documentos deshilvanados que tengo sobre mi mesa) no era mal lugar para conseguir lo que se habían propuesto, pero con tanta mala suerte que, llegando con sus dos pequeños, no pudieron encontrar lo que buscaban, y no se desalentaron, hasta que finalmente comprendieron que habían sido estafados, y no les quedó más remedio que establecerse en ese lugar, porque no les quedaba ni agua en los bolsillos y, como se sabe, las comunicaciones no tenían la fluidez de este siglo, y eran, por otra parte, carísimas.

No supieron, desde luego, por un tiempo, que hacer (sumado a esto la gran desilusión), pero José Ángel, que había sido educado con los más severos principios de la época, tomó las riendas y se aventuró a una decisión, que podía dejarlos peor de lo que estaban, lo que ya es mucho decir, pero no había demaciadas alternativas. Asi que después de pasar un tiempo en el desanimado Brasil y de traer dos niños más al mundo, Eugenio y Felipe, viajaron hacia el sur corriendo detrás de una esperanza. Sabían que era una locura cambiar el calor tropical por la fría humedad, y así armaron las valijas y soñaron. Los seis fueron a parar a un lugar de la Provincia de Santa Fe que queda en Argentina, llamado Elortondo, donde nacieron Giácomo y Lucía.

Trabajaron y trabajaron siempre de lo que podían y ya ahí el futuro empezaba a madurar una virtual posibilidad de algo mejor –hasta entonces todo les había resultado muy difícil: una tierra extranjera, una decepción y una distancia tan enorme de los afectos. Se alejaron un poco más hacia el sur y se asentaron definitivamente en Santa Isabel, un pequeño pueblo solo unos pocos kilómetros más al sur que el anterior. Allí nacería el último, mi abuelo, al que apodaron “Nene”, mota le duraría el resto de su vida.

Lo trágico es que, después de tantas y tan espiralazas piruetas, Carolina hasta su muerte, allá cuando mi padre era aun joven, no le entrega el corazón a José Ángel, “solo le doy mis años”, como ella solía decir. Nene fue quien me condujo por una parte de esta historia, el resto lo fui obteniendo de mis preguntas, y el nexo me llegó el día de su velatorio. El me hablaba mientras comíamos de su linaje.

El pueblo, Santa Isabel era pequeñísimo (por otra parte, lo sigue siendo aunque no tanto) y lleno de pájaros todo el año y mariposas de vuelo desprolijo y prolijísimos dibujos, en verano y primavera. Esa comunidad de Italianos en su mayoría que habían ido a parar ahí, a los costado de las vías del ferrocarril, como quisieron los Inglese, que en ese entonces eran dueños de las vía, habían sido tentados con la idea de fundar algo así como un lugar de reuniones, donde también pudieran practicarse deportes, sobre todo fútbol, que ya despertaba los más singulares paroxismos, lo que finalmente se llevó a cabo, y tomó el nombre prestado de un prócer y se asentó la primera vez y durante algún tiempo, en la casa paterna de mi pequeño abuelo. Las letras del Cub de Fútbol General Belgrano tuvo allí su primera ceda y después, cuando se mudó, puso sobre el alero, su inscripción en enormes letras de cemento, todavía intactas. Y se jugaba a las cartas, y los primeros conserjes habían sido justamente Carolina y José Ángel, el que desde ahí comenzó a trastabillar por severos trastornos que lo llevaron a una vida desordenada. Parece ser que mientras pasaban las copas, unas detrás de las otras, sus hijos lo veían adelgazar, y a pesar de llamarle su atención los más grandes, no quiso escuchar a nadie, porque “ya soy grande y sé lo que hago”. Había que ser muy tonto para no darse cuenta al cabo de los meses, que ya no se trataba de algo pasajero, y que por esa misma razón, debía buscar el consejo de un profesional. De ahí que Carolina le insistió hasta hartarlo, para que finalmente se decida a apoyarse en el tren, ya que no había médicos ni importante ni nada, como es de suponer en un pueblo que recién se está conformando. Así se decidió a partir solo hacia Rosario, porque todos los demás debían cuidar la casa y trabajar para sostenerla, porque los niños eran muy pequeños y los grandes se responsabilizaban de aquellos.

Viajó, lo intervinieron y volvió. Le avisaron que no era una tontería lo que tenía y le recomendaron que se cuidara con las comidas, pero sobre todo con la bebida, pero no hizo caso, de manera que siguió con la vida ligera que había llevado hasta ese tiempo, así que le regresaron los dolores. Lentamente debió subirse nuevamente al tren por el mismo motivo, solo que ahora intensificado por recaída. Debió subirse y subió, y nunca más lo vieron venir.

La versión que más circuló por los pasillos de mi casa paterna es la que dice que efectivamente fue operado del hígado y que los médicos después de su trabajo, le hablaron con claras palabras “Mire, usted tiene un organismo realmente fuerte, pero que ahora ha quedado delicado, tan fuerte que no tenía que haber resistido siquiera la primera operación y está acá, pero le pido que se cuide un poco más” Escuchando atentamente miró hacia la puerta, salió solitario del hospital y se subió al tren para volver. En ese transporte se disputó una partida de cartas con lo que esto trae (aclaro que desconozco la procedencia original de ciertas partes de la información, como ser esta), y bebieron café y bebieron licores, lo que constituyó un exceso para su estado, exceso que terminó en un ataque, que terminó con su vida. Sus desconocidos compañeros de juego rehusaron hacerse cargo de la situación y alimento de animales tal vez.



La Esquina


Nublado amaneció el aire de aquel lunes que empezó a traer la primavera que llenaría de margaritas y manzanillas todo lugar abierto. Pasó un día natural hasta la otra esquina: el desayuno se encontró con el olvido, los pájaros cruzaron por la ventana a la velocidad habitual y con el mismo color; no es hoy Apocalipsis. Sentado en el escritorio miro el vidrio que tiene una mancha de suciedad, tomo un algodón, limpio la superficie sin ansiedad y desprolijamente, después de lo cual aprieto el bolso, bajo las escaleras y el viento me pega en la cara. Como estuve apurado todo ese día, camino rápido primero, corro después, pero no sin antes pasar por el kiosco de la salida de mí casa y comprar una birome en reemplazo de la que ayer perdí. Ya hace rato no había hojas amontonadas en la vereda, con lo que me gustan.

Fucsia, algunos interurbanos son fucsia en esta ciudad, y amarillos otros. Yo ya sé que no vienen nunca, y menos cuanto que el tiempo más milimétrico es. Hay que esperar y esperar, un aprendizaje oriental y que templa el espíritu. Mi abuelo me hablaba de aprender ese arte y yo tan testarudo que los minutos se me ocurren como hilos quietitos quietitos que se van deshaciendo a medida que nos atraviesan, y las horas se me ocurren como los caños que van debajo de la tierra, son duras y no se ven.

Yo no veo nada cuando camino, algunos me dicen que tengo dientes en los ojos, otros quieren que sea como mis anteojos, que lo ven todo. El olvido no existe, dijo alguien, y yo no olvido nada, solo recuerdo a destiempo, pero mi vida, que a veces se adelanta y se atrasa a veces, se pone otras como una máquina fotográfica, cuyo objeto es el espacio, cuyo lente es el tiempo, vida que fue una tarde, un cielo, una esquina, un movimiento fucsia, y no tengo el recuerdo de los árboles de aquel día.

Bajé las escaleras con el reloj a contramano, pero igual cedí a mi costumbre, la de armar historias y desarmarlas lúdicamente, sin ansiedad, como si estuviera debajo de un árbol. Detuve el juego cuando llegué a la esquina, y empecé a pensar en los pro y contras de los ómnibus, con tiempo y distancia. No es este el ámbito ni el momento para hacer un ensayo sobre los colectivos de esta ciudad, pero digamos que, de los dos que pasan por esa esquina (para ese lugar), el más frecuente es también el de llegada más distante, y viceversa. Por eso decidí preguntar si hacía mucho que había pasado uno de ellos, el que más me convenía, a una señorita de la que supuse, se encontraba en idéntica situación que la mía.

En las grandes ciudades es escueta la comunicación entre gente desconocida por las calles, por eso me sorprendió la respuesta, “mirá, yo recién llegué a esta esquina, pero iba en realidad a tomar el ómnibus en la anterior, y estoy acá porque no conseguí tarjeta, y tuve que caminar para comprar, y como caminé a lo largo de esta misma calle, tuve tiempo para mirar si venía, por eso creo que no pasó. A menos que yo no lo haya visto, y prefiero el 101 porque me deja más cerca”. Le contesté y de esa manera entablamos una conversación que continuó en el movimiento fucsia, que nos dejó en otra esquina y quedamos en volver a vernos antes de despedirnos. Estábamos sorprendidos.

Había pasado más de un mes hasta que volvimos a encontrarnos por casualidad, y luego fui yo el primero en conjurar el azar, de suerte que una tardecita decidí visitarla a su casa, que no quedaba lejos de la mía, y conocer otra gente. Así que comimos juntos, y luego manifestamos el deseo de volver a vernos. Ocurrió en la facultad, casi sin querer, y de alguna manera sabíamos que eso podía ocurrir, porque en una conversación, ya nos habíamos revelado (siempre sorprendidos), que cursábamos en la misma facultad, en la misma aula, idéntica materia, el mismo día, a igual hora. Pensé: una esquina y dos personas que se habían quizá cruzado muchísimas veces, que eran hasta ese entonces, como el vidrio o como aquel otro vidrio con agujas, ¿casualidad? Me resulta curioso, una curiosidad comparable a la carta robada, solo que una esquina y un aula no indican permanencia, ya que no se trata en este caso de un objeto. Aseguro que no soy persona de andar buscando conexiones entre determinado vino tomado ayer por la noche y el mismo vino que estuvo a punto de comprar un amigo a la misma hora. Y si bien no me quitan el sueño ese tipo de conjeturas, no termino de creerlas del todo, porque es como querer encontrar sentidos de cosas que no contribuyeron a un hecho. De manera que si bien admito hablar de coincidencias, trato de despojar el sentido mágico de los paralelismos.

Yo creía que una visita era suficiente, o mejor dicho, no creía nada, pero cada vez nos vimos con mayor asiduidad, de suerte que llegamos a entablar una relación casi fluida, casi dinámica, con redundancias y todo, porque una relación es siempre metonímica, una bolsa de papel librado a las vicisitudes de los elementos o un fósforo en el instante que se está encendiendo, de ninguna manera un hierro. De ahí que este gen fue sometido a los errores de la aleatoriedad y ¡pataplúm!, de jirafa de cuello corto a jirafa de cuello largo en un periquete, pero no como una tendencia del universo hacia la perfección, sino porque murieron las pobres primeras, que no pudieron conseguir comida, quedaron raquitísimas y no dejaron descendencia. Así que la arvejilla de jardín se puso un saco nuevo, pero para eso falta un triz.

Con el tiempo me he descubierto algo, llamémosle intuitivo, sobre todo en relación con lo personal, aunque a veces predigo algún acontecimiento climático, por eso no termino de entender cuando tengo una sensación esquiva. No es que me moleste, es que me perturba la perseveración a pesar de los datos que me ofrece la realidad, como la sutil soledad del olor a oro, que no entiende nada del olvido. Entonces fuimos encontrando excusas para visitarnos, y todo el mundo nos miraba como si nos creyeran campanitas al mediodía, y su suerte comenzó a ser un avestruz con mi distancia. Por eso, después de un tiempo, una noche, sin seguridad pero también sin pena, le hablé de los chorros de agua de los maniquíes, de su cuarto menguante al lado de aquel Venus, de mis inmensas ganas de ponerle una frazada a aquel satélite, pero me dijo que la distracción puede convertirse en diamante, pero que en este caso era un chaparrón. Como dije, no me molestan mis equívocos, lo que me asombra es permanecer en la misma realidad inmóvil. Y seguimos visitándonos, hablando, abrazándonos como siempre, por eso el viento no dejó de soplar, y cuando nos apretábamos fuerte se sentía un viento de dragón que nos chorreaba, y un temblor alrededor que empezaba por las uñas. De otra manera yo no hubiese arrastrado la torre. Así seguimos mientras comíamos pizzas, participé en su traslado y conocí a su Enano Blanco, al que saludé con la cortesía que me permitió mi cuerpo, y ya en ese otro lugar un día, o mejor dicho, una noche ya de calor, le pedí que pronunciara una última palabra, porque la maduración es un proceso que tiene que ver con el tiempo, y la última palabra fue la última, de ahí lo que escribo, y yo no sé si verme intuitivo o viajero de una obstinada esperanza.


Fin

2 comentarios - algunas poesias de la adolescencia

@Niqo07
primero: no me sakes el derecho al primer comentario
segundo: imagenes le vendrian muy bn
tercero : me gusta la mandarina