El grito del silencio: Malvinas


El viento indómito, su bruma gélida, el páramo tempestuoso que ruge desde el océano. Los cuatro otoños de ostracismo en esta tierra profanada por la barbarie, alimentan mi locura. No entiendo la razón de ser un cuerpo fétido, inmolado por balas lacerantes.
El paso del tiempo no ha mitigado mi temor al insomnio eterno. La genuflexión en mis sueños no parece conmover la mano de Dios.
Quisiera abrazar a mi madre una vez más .Charlar con mi padre en su taller de invenciones. Besar la tierna comisura de los labios de Pilar. Caminar por la avenida Corrientes y escuchar a la cadencia del unísono, la voz del morocho del Abasto. Abrir mi ventana, reposar mis codos en el alfeizar y ver a mi pueblo: los chicos jugando al fútbol, el afilador de tijeras con su chiflo de Orense, el mercado de frutas abarrotado de clientes. Esa magia que sólo Buenos Aires irradia con las fachadas de sus viejos edificios.
No puedo dormir en mi lecho cubierto de nieve. Una cruz de madera atavía mi tumba. Nadie me ha dejado una flor.
En la isla sus habitantes convergen en un laberinto de incertidumbre y ansiedad. No los juzgo por su desinterés hacia el valle de los caídos. He redimido al soldado que recibió la orden de asesinarme. Yo, no me perdoné al matarlo desde el piso. Era la guerra; los dos éramos jóvenes. Desangrado le apunté con mi Fal. Observé sus ojos medrosos, suplicando misericordia. ¿Por qué lo hice? ¿Él no fue el primero? ¡No, claro qué no! Ambos éramos títeres solitarios, de déspotas que jugaban al ajedrez en un campo minado. Peones blanco y negro. No vi nunca a la reina y al rey borracho.
Me intriga que hoy los advenedizos, con su idioma inextricable, juntan sus manos y se persignan frente a televisores y radios. Intento levantarme, ladear mi cabeza hacia la aldea, pero es imposible. Sólo puedo imaginar. Escuchar el grito de las ballenas, al parir sus crías. El graznido de un ejército de gaviotas que buscan al ras del mar peces pequeños. Y un sonido vehemente, un volcán en erosión que llega desde lejos. El viento cómplice me estremece.
- Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial…. genio, genio… Golll, Golll, Golll, Golll…
Ahora la mano de Dios me trae el grito de mis padres, de Pilar, de la Argentina que amo.
Una lágrima se desliza por mi piel despedazada. La bandera celeste y blanca me presiona y me aferro a ella. En todo el lugar, súbitamente se apodera un silencio insondable. La mano de Dios me ha tocado. Tengo sueño, quiero dormir. Perdón James Forget, que descanses vos también. Adiós mamá, te quiero.



JORGE REBOREDO